ARTÍCULO

La ética del cuidado

Routledge, Londres y Nueva York, 1997
 

Cuando Carol Gilligan acuñó en 1982 la expresión «ética del cuidado», la utilizó para referirse a un estilo distintivo de «hablar de problemas morales» y de «pensar sobre las relaciones», un estilo que encontró primariamente en las mujeres, y que documentó primariamente a partir de voces femeninas. De manera nada sorprendente, muchas filósofas feministas se han inspirado en el trabajo de Gilligan, mientras que otras, entre las que me incluyo, hemos encontrado algunas partes del mismo profundamente problemáticas. No es éste lugar para enumerar las objeciones al trabajo de Gilligan; en tanto en cuanto son aplicables al libro de Peta Bowden Caring. Gender-Sensitive Ethics, serán discutidas a su debido tiempo. Peta Bowden entiende que el cuidado El uso del término inglés «caring», como sustantivo verbal, implica una actividad que acaso no se ve muy bien reflejada en el sustantivo «cuidado» castellano. Un uso perifrástico, «proporcionar cuidados», «dedicar atención», «ocuparse de», recogería mejor el sentido de actividad. Sin embargo, no debemos olvidar que el castellano «cuidado» también conllevaba el sentido de «preocupación». De alguna manera, «caring» denota una preocupación eficiente, en la que intervienen mecanismos psicológico-emocionales, al tiempo que cognitivos, una eficiencia «cariñosa», como la discusión con C. Thiebaut y J. Seoane ha revelado. es éticamente importante pero ha sido insuficientemente explorado; su «propósito más general», anuncia, es «motivar un interés filosóficamente comprensivo acerca de las posibilidades éticas del cuidado» (pág. 1). Esto lo logra brillantemente. Dice a sus lectores lo suficiente acerca del cuidado como para hacerles comprender su significación moral, pero no dice tanto como para que el lector sienta que no hay nada más que decir o pensar.

Su estrategia consiste en explorar cuatro ejemplos de lo que ella denomina «prácticas de cuidado»: la maternidad, la amistad, la asistencia sanitaria y la ciudadanía, tratando de mostrar un parecido de familia wittgensteniano entre estas prácticas, al tiempo que debilita las teorías que intentan discernir la esencia del cuidado, o establecerlo como «otro concepto moral unitario y universal» (pág. 2). Quien suscribe halló la referencia a Wittgenstein y una referencia afín posterior al debate entre modernismo y postmodernismo confusas, y ello me llevó a preguntarme si Bowden estaba haciendo justicia a Wittgenstein. Los moralistas, desde Platón y los autores de la Biblia saben que son necesarias historias, parábolas, ejemplos, como ayudas para la interpretación de reglas generales. Incluso Kant utiliza ejemplos. Extrañamente, los únicos ejemplos, y muy breves, que encontró esta reseñadora en el libro de Bowden, se dan en el capítulo sobre la asistencia sanitaria. ¡Qué curioso que una autora que desea demostrar la necesidad del particularismo no proporcione particulares! Quizá la moraleja que debemos extraer de todo esto es que las mujeres que hacen ética no necesitan ser tan autoconscientes y estar tan a la defensiva como con demasiada frecuencia parece estarlo Peta Bowden.

Es lamentable que las lecciones morales que enseña un estudio del cuidado se acompañen en este libro de una visión de la «tradición» en filosofía moral que identifica la tradición con una lectura vulgar de Kant –vulgar porque ve a Kant solamente como alguien que busca y aplica principios universales, pero no alcanza a darse cuenta de que Kant era totalmente consciente del cuidado exigido a la hora de aplicar los principios a los casos particulares–. Es particularmente penoso que Bowden siga aquí los pasos de Gilligan porque en su capítulo sobre la amistad concede un crédito considerable a Aristóteles, quien puso de manifiesto que en las cuestiones morales el discernimiento depende de la percepción, y ella menciona más de una vez el énfasis de Iris Murdoch en la atención cariñosa En español «atento» o «atención» implican una actitud, no sólo perceptual, hacia los otros, sino activamente «simpática». Al igual que en el caso de «cuidado», hay que interpretar una inversión de energía psicológica y emocional., que antecede en más de una década el trabajo de Gilligan sobre el cuidado y todos los posteriores. El cuidado de Gilligan, aunque no, desde luego, las prácticas de cuidado discutidas por Bowden, es la mirada cariñosa de Murdoch, el tipo de sensibilidad que demandaba Aristóteles. Bowden está en lo cierto cuando afirma que ninguna teoría moral puede ser universal en el sentido de que cubra todas las situaciones. Pero de esto no se sigue que no haya lugar para principios generales. A menos que enseñemos a nuestros hijos principios generales, no se adaptarán razonablemente de una manera lo suficientemente suave a su sociedad. Estos principios pueden imponer a uno esperar su turno en el tobogán en el parque o pagar las facturas y participar en los procesos políticos de su país (principios de justicia) o pueden animar a compartir los juguetes o a ser caritativo con los pobres (principios que gobiernan las prácticas de cuidado). Los principios también sirven como señales, como indicaciones de lo que sería moralmente sobresaliente en situaciones nuevas y confusas. Aprender principios lleva consigo también aprender cómo y cuando aplicar cada principio, y cuándo hay que abandonarlos. Es en este punto donde el cuidado, la mirada atenta, se convierte en indispensable; sólo cuidando podemos enseñar a nuestros hijos a cuidar, al tiempo que aprendemos de su cuidado; aprender a cuidar es una tarea sin fin. Bowden, creo, reconoce estos hechos, y en el capítulo sobre la ciudadanía, siguiendo el trabajo de Martha Minow, reconoce también, si bien a regañadientes –esa es otra cuestión–, que hay veces en que la apelación a los derechos está no meramente justificada sino que es indispensable, porque «la retórica de los derechos proporciona al que está oprimido un espacio donde erigir la reivindicación del respeto como ciudadano» (pág. 181). Un derecho no sólo protege la posesión de un valor determinado o guarda de un daño particular, protege la propia dignidad cuando uno exige esa protección. En los momentos más prudentes, Bowden es bastante clara en cuanto a que lo que podemos aprender del estudio de las prácticas de cuidado no equivale a una teoría moral completa; podría, sin embargo, estar preparada para reconocer las contribuciones que hacen a nuestra comprensión moral otras teorías incompletas, incluidas las teorías deontológicas. Si así fuera, creo que podría reforzar su causa mostrando cómo el cuidado ocupa un lugar en nuestra vida moral, no meramente en las prácticas de cuidado. Por el contrario, está tan preocupada por evitar cualquier pretensión de universalidad (¿o de completitud?) que hace difícil aun para ella misma extraer cualquier tipo de conclusiones generales de su estudio del cuidado, y deja ese trabajo en gran medida al lector. Desde luego, ésta es precisamente la manera en que logra motivar un interés filosófico por el cuidado.

Bowden apunta, y lo hace sobre una sólida base, que ninguna teoría moral puede ser imparcial, que todas las teorías morales están moldeadas por el contexto social en el que se encuentran sus autores. Concluye que una filosofía moral adecuada debe en consecuencia mostrarse autoconscientemente atenta al contexto social en el que se produce; específicamente, debe ser sensible al género. Señalando que la tradición dominante en la filosofía moral «está enfocada hacia las obligaciones que deben cumplirse universalmente e imparcialmente en los tipos de relaciones que típicamente se asocian con los varones», explica que «la sensibilidad hacia el género exige un igual énfasis sobre las implicaciones éticas de las relaciones especiales y «parciales» en las que característicamente toman parte las mujeres» (pág. 5). Es importante señalar la expresión «igual énfasis», porque una ética limitada a las relaciones íntimas sería tan incompleta como una que las ignorase. Bowden es consciente de los escollos que amenazan su proyecto y de las objeciones que la idea misma de una ética del cuidado levantó por parte tanto de los filósofos tradicionales como de las feministas. En particular, algunas feministas han indicado que una ética del cuidado perpetúa una desigualdad de género al animar al autosacrificio, mientras que las objeciones de otras se cifraban en que asociar una ética del cuidado con las voces de las mujeres tiende a limitar el horizonte moral de las mujeres al de las prácticas de cuidado, y entre ellas a la maternidad. Estas no son objeciones a la significación moral del cuidado, son objeciones a la identificación de las prácticas de cuidado con prácticas de mujeres, y a la asociación de la atención a los particulares que es característica del cuidado con relaciones «privadas» o «domésticas» en oposición a «públicas». Aunque Bowden reconoce la fuerza de estas objeciones, su trabajo, como veremos, se hace acreedor de algunas de las impugnaciones que acabo de mencionar. Sin embargo, al considerar cuatro tipos de prácticas de cuidado (maternidad, amistad, asistencia profesional y ciudadanía) y diferentes consideraciones de cada una de ellas, Bowden no sólo proporciona un informe rico y variado del cuidado en relaciones más o menos privadas, sino que demuestra cómo esa consideración puede enriquecer nuestra comprensión de los conceptos políticos y mejorar nuestras prácticas públicas.

La introducción de Bowden termina con un extenso reconocimiento de las limitaciones de su propio estudio. Además de hacer delicados malabarismos, tal como ella lo ve, entre un exceso de abstracción y un exceso de especificidad, apunta que ha enfatizado «las posibilidades positivas de la participación de las mujeres en prácticas de cuidado» para que estos valores no sean pasados por alto por el exceso de atención a los contextos opresivos en los que a menudo practican las mujeres el cuidado (pág. 18). Finalmente reconoce que su perspectiva como una mujer blanca de clase media es sólo una perspectiva, que son necesarias las perspectivas de muchas otras mujeres para enriquecer nuestra comprensión del cuidado. Es éste un movimiento anti-esencialista muy de agradecer; es, ay, ignorado en el cuerpo de la obra.

He dedicado la parte principal de esta reseña a la introducción de Bowden –su manifiesto metodológico o filosófico– porque estas consideraciones parecen ser de la mayor importancia para Bowden. Ha escrito no un libro sobre el cuidado, sino un libro autoconscientemente feminista sobre el cuidado. No obstante, para quien suscribe, el valor del libro reside en su habilidad para provocar un pensamiento filosófico acerca del cuidado. El cuidado, o la ética del cuidado, tal como la entendió Gilligan, es cierta actitud con la que uno se acerca a situaciones moralmente problemáticas, la actitud que supone estar atento a los individuos implicados y a las relaciones humanas que se verán afectadas positiva o negativamente por una línea de conducta u otra. Así entendido, el cuidado, parece ser una virtud; se ve, de cualquier modo, implicado en todas las otras virtudes. Como otras virtudes es un término medio, un término medio entre mostrarse demasiado atento a los detalles, sin un sentido de lo prioritario y –esto es más frecuente– ser insuficientemente atento. Pero una disposición de prestar una atención cuidadosa a los aspectos particulares prioritarios en una situación, incluso a los aspectos prioritarios de las relaciones humanas involucradas, aunque es una virtud epistémica, no llega a ser una virtud moral.

Sin embargo, es una virtud epistémica de una enorme significación moral, una condición sine qua non del comportamiento virtuoso consistente. «El cuidado» no es, no obstante, el término correcto para denominar esta disposición, de ninguna manera si cuidado va a señalar una esfera más específica en nuestra vida moral. De modo que, hablemos de lo que he descrito como «atención». Tanto los varones como las mujeres pueden ser y deben ser atentos; la atención es una parte indispensable, acaso la parte principal, de lo que Aristóteles llamaba sabiduría práctica. Quizá Gilligan (y Bowden) no son capaces de distinguir este elemento en lo que ellas denominan cuidado a causa de la demasiado fácil asociación del cuidado con las mujeres. Con seguridad ni las feministas más vehementes podrían negar que los varones moralmente buenos, al igual que las mujeres moralmente buenas, son atentos.

Lo que diferencia el cuidado como una especie particular de la atención es que se guía por una preocupación por el bien del otro, u otros, con quienes se es atento. Esto suena como la descripción de la amistad en Aristóteles, y así se pretende que sea. Como señala Bowden, la descripción de la amistad (philia) perfecta en Aristóteles incluye una descripción perfecta del cuidado en el sentido de Gilligan. Es más, su descripción del cuidado entre iguales, destaca tanto las dificultades especiales en el cuidado maternal como la posibilidad del cuidado en la esfera pública de la ciudadanía. Para clarificar las ideas, por tanto, digamos que una persona «que cuida» es una persona atenta que se guía en su o sus juicios acerca de las prioridades por una preocupación por el bien de las personas, todas las personas, que toman parte en la situación.

Bowden, sin embargo, no habla del cuidado como un estado mental, o una virtud, habla de prácticas de cuidado, prácticas en las que la mirada cariñosa desempeña un papel central mientras que las reglas sólo tienen una importancia periférica. Las cuatro prácticas examinadas por Bowden, aunque no, creo, en el orden que se les da, conceden de manera creciente más espacio e importancia a las estructuras institucionales y a las reglas generales; el orden, desde esta perspectiva, debería ser: amistad, maternidad, atención sanitaria y ciudadanía. A diferencia de la amistad, la maternidad está incrustada en contextos institucionalizados (politizados), esto es incluso más cierto en el caso de la atención sanitaria profesional. Finalmente, es uno de los grandes méritos del libro de Bowden señalar las contribuciones que puede realizar el cuidado en nuestra comprensión de nociones centrales que guían nuestras vidas públicas.

No puedo resumir aquí los capítulos centrales del libro de Bowden; constituyen en sí mismos resúmenes y discusiones críticas de obras destacadas sobre cada una de las cuatro prácticas de cuidado. Me concentraré, a cambio, en los puntos en los que no estoy de acuerdo.

Bowden comienza su estudio con la maternidad aunque rechaza la afirmación de que la maternidad es cuidado paradigmático. Está particularmente interesada en la maternidad por las razones que siguen: a) Porque, dado el proceso gradual por el cual el niño se separa de la madre físicamente en un principio y con posterioridad psicológicamente, la maternidad «expone el absurdo de las afirmaciones universales de filosofías morales más tradicionales basadas en las codificaciones de la utilidad o los derechos de los individuos» (pág. 22); b) Porque dado que sólo las mujeres pueden traer hijos al mundo y que la sociedad también asigna a las mujeres un papel central en su crianza, «la maternidad es un constitutivo central de las identidades de las mujeres» (pág. 23). Esto debe ser falso. Ignora a todas las mujeres que nunca quisieron hijos y no los tuvieron; sugiere que las mujeres sin hijos por la razón que sea, de alguna manera, son incompletas; finalmente, es falso incluso para la conciencia de las madres durante la mayor parte de sus vidas. Como Bowden, yo soy una privilegiada blanca de clase media, también he tenido varios hijos, algunos de los cuales son ahora padres a su vez, durante la mayor parte de mi vida, la maternidad no ha sido un constituyente central de mi identidad. Durante la mayor parte de mi vida, el feminismo ha significado luchar para dar a las mujeres la oportunidad de llevar vidas completas al tiempo y en consecuencia después de haber sido madres. Esta preocupación conduce a un desvío del interés de la maternidad a la paternidad en sentido neutro.

Sólo cuando los padres son igualmente padres en sentido neutro pueden las madres continuar sus vidas extra-parentales sobre una base de igualdad. Es ésta la razón por la que las feministas que solían exigir permisos por maternidad están ahora exigiendo permisos por paternidad. Extrañamente, Bowden critica a Sarah Ruddick, cuya descripción de la maternidad presenta con gran detalle, por una parte porque minimiza «un sentido de identidades fusionadas que es tan típico del nacimiento y la maternidad» y porque «presenta la maternidad y la ética que puede sostener como una posibilidad no genéricamente marcada» (págs. 30, 31), y por otra parte, porque no presenta «a las madres como personas con sus propios derechos» Bowden, creo, se debate entre su deseo de mostrar, analizando una multiplicidad de descripciones de prácticas de cuidado, las muchas cosas que hacemos cuando cuidamos, y su deseo de examinar con un ojo feminista (ella lo llama «sensible al género») los contextos sociales en los que tienen lugar las prácticas de cuidado, y los efectos de esos contextos, a menudo perjudiciales para las mujeres. Ambas son intenciones laudables, pero en lo que es más bien un libro breve, cada una de ellas interfiere con el pleno desarrollo de la otra.

El capítulo que Bowden dedica a la amistad comienza con una extensa y acertada discusión de la descripción aristotélica de la philia, y es rico en sugerencias. Para Aristóteles, la amistad es tanto un medio como la expresión de la excelencia moral. Los amigos cuidan de sus virtudes recíprocamente. Aristóteles asumía por supuesto que los amigos poseen los mismos valores, pero en nuestro mundo más complejo, los amigos pueden hasta cierto punto sostener valores diferentes. Es suficiente con que puedan y de hecho respeten sus valores respectivos y confíen entre sí. La confianza se basa en un tipo de conocimiento del otro que sólo puede surgir de una atención cariñosa; al mismo tiempo, la confianza hace posible revelarse a esa mirada. Bowden apunta, con razón, la importancia de la amistad como una fuente de autorespeto y concede una atención particular a la amistad como base de la comunidad y la acción política. No me es posible hacer justicia aquí al contenido de este capítulo rico y valioso.

A continuación, Bowden se ocupa de la asistencia sanitaria como un ejemplo de prácticas de cuidado que están «directamente sujetas a las determinaciones de normas administradas públicamente y estructuradas por las exigencias de conductas públicamente sancionadas» (pág. 101). La asistencia sanitaria requiere una atención cariñosa con una urgencia particular, precisamente porque la relación entre enfermera y paciente es totalmente unidireccional –las enfermeras cuidan al paciente, nunca a la inversa–, y porque la enfermera no puede permitirse ligarse emocionalmente con cada paciente. «Cariñosa» en «atención cariñosa» se ve claramente no como una emoción sino como una actitud cognitiva, una actitud, me gustaría señalar, que es tan apropiada en un juez que dicta sentencia contra un delincuente como en una enfermera que proporciona cuidados postoperatorios. Dada la naturaleza jerárquica de los equipos de asistencia en partos, un estudio de la enfermería proporciona a Bowden la oportunidad de apuntar las deformaciones del cuidado debidas a las restricciones jerárquicas institucionalizadas y al conflicto entre la necesidad de las enfermeras de luchar por su propia situación económica y profesional y las exigencias de los pacientes de un cuidado solícito y atento.

El capítulo sobre la ciudadanía es con mucho el más interesante del libro. La mirada hacia las prácticas relacionales en la esfera pública desde la perspectiva del cuidado permite a Bowden cuestionar, como otras feministas, la distinción privado/público, especialmente porque está asociada con la dicotomía masculino/femenino. Aunque han caído las barreras legales a la participación de las mujeres en las esferas política y económica, persisten barreras informales; a menudo estas barreras se deben a la suposición de que las mujeres continuarán cargando con la mayor parte del peso del cuidado de los más pequeños, los ancianos y los enfermos. Se hace evidente que la carga debe ser traspasada en mayor medida a la esfera pública. Traspasar estas cargas a la esfera pública crea un nuevo problema: algunas mujeres deberán aceptar empleos de cuidado con bajos salarios para que otras mujeres puedan desarrollar carreras brillantes y lucrativas. Mientras que muchas han desesperado ya, Bowden busca las enseñanzas de los países escandinavos. Al final, Bowden concluye correctamente que para reestructurar las instituciones de manera que respondan a las necesidades tanto de quienes reciben el cuidado como de quienes lo proporcionan, es preciso repensar conceptos políticos básicos. La idea no es reemplazar una ética de la justicia por una ética del cuidado, ni dar prioridad a los valores de cuidado, ni siquiera añadir una perspectiva de cuidado a las otras perspectivas morales de los ciudadanos, Bowden quiere más bien «revigorizar el lenguaje de la tradición heredada de la ciudadanía», por el procedimiento de «trabajar los conceptos establecidos» desde «una perspectiva de cuidado de las relaciones entre unos y otros que reconozca la conexión imperativa entre el bienestar de los ciudadanos y la calidad de sus relaciones sociales» (pág. 168).

Específicamente, reconcibe Bowden los derechos –en este punto sigue a Martha Minow– como aquello que permite a los ciudadanos participar en un debate comunal. Y de esta manera cerramos el círculo, porque los participantes en ese debate deben ser oyentes atentos, es decir, cuidadosos. La contribución nada insignificante de Bowden a la filosofía moral es haber alertado a los filósofos morales de las múltiples dimensiones del cuidado, algunas de las cuales explora ella misma. Aunque creo que ha tratado de aflojar la asociación entre el cuidado y ser una mujer, su propia agenda feminista ha tendido a menoscabar sus esfuerzos. Todas nuestras prácticas deben ser prácticas de cuidado, o, utilizando la terminología que sugería antes, prácticas atentas. La atención a los particulares es una condición necesaria de la vida moral, pero es sólo una condición. Me inclino a pensar que ha sido menos pasada por alto en la «tradición» de lo que cree Bowden; sin embargo, merece el examen de que, esperamos, será objeto en respuesta al libro de Bowden. Traducción de C.González Marín

01/02/1998

 
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