ARTÍCULO

Red global, información e identidad

Alianza, Madrid, 1997
592 págs. 4.850 ptas.
Alianza, Madrid, 1998
496 págs. 3.750 ptas.
Alianza, Madrid, 1998
448 págs. 3.200 ptas.
 

La extrema complejidad de la sociedad contemporánea parece inabarcable, ininteligible. Cuando, más allá del silencio prudente o del puro balbuceo perplejo, se aventura un diagnóstico, el resultado típico oscila entre el ensayo panóptico y la monografía sectorial. Ambos dejan un poso de insatisfacción: el primero, porque deglute la complejidad reduciéndola a un ordenado ramillete de ideas-fuerza que, si son honestas, más que responder al problema, se limitan a ordenarlo; la segunda, porque fragmenta y multiplica a la vez la complejidad de fondo, refugiándose en la acumulación de datos para especialistas que, a su vez, han de alimentar la producción de datos adicionales hasta alcanzar el punto en el que el mapa cognitivo se convierte en réplica del territorio. Nadar entre estas dos aguas es heroico y difícil. El inmenso mérito de la trilogía de Manuel Castells, La era de la información, radica justamente en mostrarnos la presencia de un nadador tan improbable: un investigador «globopolita», viajero de la red de que está hablando, ubicado en varios de sus nodos académicos y que, en una de sus no infrecuentes noticias autobiográficas, llega a confesar, «me temo que cada vez me parezco más a un flujo» (vol. 1, pág. 458). Y es que, según parece, sólo el que es o está en el flujo de información de esa sociedad en red de la que se nos quiere dar noticia puede acometer la tarea de ordenar inteligentemente su complejidad, reconduciéndola a una matriz, pero atendiendo a sus múltiples caras y dinámicas.

La tesis de ese voluminoso trabajo es que nos encontramos instalados en un tipo novedoso de sociedad, la sociedad informacional, y que ésta, lejos de ser compacta, homogénea o coherente, se halla tensionada entre dos fuerzas que dominan sus procesos: por un lado, la globalización reticular de la economía, la tecnología y la comunicación; por el otro, el poder de la identidad. Esta tensión entre la red global y el yo-nosotros identitario es el resultado de los múltiples cambios acontecidos en el último medio siglo en la sociedad del planeta Tierra y es la que en la actualidad anima y condiciona los procesos sociales fundamentales que están decidiendo nuestro destino en esta frontera entre milenios.

La obra se estructura en tres volúmenes a lo largo de cuyas páginas se van acumulando las descripciones y análisis que apoyan la tesis de fondo. Sería insensato intentar resumir aquí lo que al autor le ha costado alrededor de 1.500 páginas exponer. Lo que se nos brinda es un tríptico de vivos colores en el que se entreverán y/o enfrentan seis realidades sociales fundamentales: el informacionalismo, la globalización, la interconexión reticular, las identidades sociales, el estado-nación en crisis y la ya agónica familia patriarcal. Qué son y qué acontecimientos o procesos dan de sí lo fijan en sucesión los tres volúmenes. El primero, fiel al intenso azul planetario de su cubierta, proporciona un retrato del cambio estructural sufrido por la sociedad mundial desde los años sesenta, mostrando sus resultados: la globalización, la sociedad red y la nueva tecnología de la información. El segundo, acorde con su verde no menos intenso, da cuenta del reflorecimiento de identidades que, para sorpresa de analistas, salen a la luz en la sociedad reticular global, al hilo de la crisis del estado-nación y la familia patriarcal. El último, a tono con su cubierta de rojo incandescente, nos muestra el magmático mundo que se ha puesto en marcha a resultas del choque entre la red del capitalismo global y las identidades de resistencia o emergentes. El tríptico es, pues, ambicioso, y nítidos, valientes y expresivos los colores que incorpora. Pero vayamos más por lo derecho a sus cuentas y cuentos.

Castells viene a decirnos que el capitalismo ha vencido, pero que ni su victoria estaba cantada, ni lo ha dejado tal cual era, ni está asegurada como definitiva en su forma actual. No estaba cantada porque no ha sido el cumplimiento de un destino manifiesto que urdiera el triunfo final del mejor (o peor) de los mundos posibles; por el contrario, Castells se afana en mostrar que tal triunfo final sobre su rival, el estatismo industrial, ha sido el producto no programado de la coincidencia en el tiempo y el espacio de múltiples procesos de cambio independientes. Por su parte, el capitalismo triunfante no es tal cual era en la época anterior del industrialismo porque, en la actualidad, es global, informacional y organizado en la empresa red. Su expresión más alta es el capitalismo financiero que, como malla global informacional por la que fluyen diariamente cantidades inmensas de dinero, domina la deriva económica del mundo actual. Pero tampoco este resultado es el producto de una dinámica homogénea y lineal. Los procesos de globalización, reorganización en red de la empresa y surgimiento de la nueva tecnología de la información han sido y son, cada uno en sí mismo, complejos y, desde luego, se han desarrollado de forma autónoma, con independencia de que, a partir de un determinado estadio, hayan confluido y puesto en común sus energías para configurar al capitalismo actual. No estamos, pues, ante un diagnóstico de suave evolución lineal, ni ante un retrato simple de situación. Lo muestra, sobre todo, el matizado análisis de la globalización que, lejos de su formulación simplista, Castells reconstruye como una realidad de arquitectura permanente aunque de geometría variable y dinámica. Pero lo muestran también sus estudios sobre la génesis y estructura de la revolución tecnológica informacional y de la empresa red (y sus trabajadores individualizados). Y la óptica analítica que permite tal diagnóstico de situación se proyecta también hacia la prognosis, pues, a pesar de que cae en algunos titubeos –que inducen a pensar en un futuro ya prefigurado por el capital, la red y la tecnología de la información a los que todos habríamos de adaptarnos–, la cauta actualidad del autor apunta a que todo el cambio estructural está abierto a eventuales reorientaciones que dependerán de lo que quieran y hagan los actores sociales. No es que éstos se encuentren en un escenario plástico y plenamente abierto, pero tampoco parecen abocados a la pura asunción de un cambio estructural cerrado: como el Prometeo encadenado, es posible que al final acaben triunfando o, por lo menos, dejando su impronta sobre el mundo de mañana.

El enfoque básicamente marxiano de la investigación de Castells prescinde, sin embargo, del esquema causal infraestructura/superestructura. En razón de ello, no pretende explicar las transformaciones que detecta en la cultura, la política o ciertas instituciones sociales decisivas (por ejemplo, la familia) como puros reflejos de los cambios tecno-económicos. También se les supone causas complejas y variadas, con independencia de que acaben configurando un mundo básicamente congruente con el del capitalismo actual. Son, por una parte, cambios culturales o incluso, más radicalmente, cambios que afectan al espacio-tiempo en el que cristalizan las prácticas sociales. Al diagnosticarlos, Castells opta por la acumulación de oxímoros: emergencia de la «virtualidad real» en la comunicación cultural; desvanecimiento del espacio local a favor de un «espacio de los flujos»; arrinconamiento del tiempo de la sucesión y los cronómetros acosado por un paradójico «tiempo atemporal». Cercana a, aunque no identificada con, la crítica posmodernista de la cultura, es ésta tal vez la parte menos sólida de su estudio, aunque no esté falta de agudos análisis resultado de su larga experiencia como investigador del mundo urbano. No menos relevantes son los cambios políticos que se apuntan, dominados todos por la idea de crisis: crisis de los actores (partidos políticos, movimiento obrero) que habían dominado el escenario político del capitalismo industrial; crisis de la democracia liberal, sometida al fuego cruzado de la política mediática, el escándalo y la corrupción; crisis, en fin, del gran invento político mundializado del Estado-nación que, siendo demasiado pequeño para lidiar con lo global y demasiado grande para administrar lo local, se ve a la vez desmochado por arriba y socavado por abajo. De tales crisis emerge una eventual relocalización de la política que, como se apunta en el caso de la Unión Europea, para ser viable ha de insertarse en una estructura política novedosa que Castells denomina Estado red, un aparato de geometría variable que combina y articula «soberanías» múltiples (locales, regionales, estatal-nacionales y supra-estatales) sin encerrarlas en un estricto diseño competencial. Por último, es la crisis de la familia patriarcal su otro gran centro de atención. Su expresión se encuentra en la floración de nuevas formas de organizar la vida en común y criar a los hijos, formas que se alejan, en grados distintos, del modelo patriarcal que ha dominado a lo largo de los siglos las relaciones de género e intergeneracionales. Sus causas son también múltiples: la revolución cultural de los jóvenes en los sesenta, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo extradoméstico, el movimiento feminista en sus distintas variantes, los movimientos de liberación sexual. Ciertamente es en el occidente nor-atlántico donde este cambio parece más nítido e irreversible, pero Castells apunta hacia su mundialización para lo que aporta información sobre la crisis en marcha del patriarcalismo asiático.

Estamos, pues, ante una nueva era, la de la información, a la que corresponde una nueva sociedad, la sociedad informacional, cuya expresión estructural actual es el capitalismo informacional, es decir, global, basado en la generación, procesamiento y transformación tecnológicos de la información, interconectado en red y que arrastra la doble crisis del Estado-nación y la familia patriarcal. Pero este diagnóstico es todavía insuficiente pues, para Castells, la sociedad informacional es también la del poder de la identidad. Y es justamente la contraposición entre la red informacional y la emergencia de identidades extrañas a aquélla su caracterización más plena. El tema es el objeto preferente de análisis de los volúmenes segundo y tercero. La argumentación del autor se desarrolla en tres planos interconectados. El primero aborda la cara oculta y siniestra del capitalismo informacional, mostrándonos sus víctimas, los espacios externos a la red (África), sus «agujeros negros» de miseria, sobreexplotación y exclusión, su «conexión perversa» con la rampante economía criminal –verdadero paradigma de globalización reticular e informacional–. El segundo plano centra su atención en los movimientos sociales de resistencia que se oponen a la deriva del informacionalismo global y su red excluyente. En ellos emergen básicamente identidades de resistencia que oponen al nuevo mundo los códigos culturales afianzados en la tradición o en la experiencia local. Sus manifestaciones son muy variadas y en algunas centra el autor su atención selectiva: fundamentalismos islámico y cristiano, nacionalismo post-soviético, nacionalismo europeo de nuevo cuño (Cataluña), zapatismo chapaneco, etc. Pero es el tercer plano de la argumentación el más decisivo y problemático. La tesis de Castells es que, en razón de su específica conformación cultural y, más concretamente, de la desestructuración radical a que somete al espacio y el tiempo, la sociedad red procesadora de flujos de información es incapaz de producir por sí misma identidades plausibles. La razón fundamental la encuentra en que desubica a los actores sociales de los lugares en los que podrían interactuar cara a cara, los convierte en flujos a la deriva o en objetos actuados, arrastrados por un mundo hipercomplejo que no pueden dominar ni entender. Desubicados, atemporalizados, presos en una realidad inseparable de la ficción, los actores reaccionan en busca de un ser que el poder de los flujos es incapaz de proporcionarles. Y ese ser lo encuentran en las tradiciones que los vertebran en el tiempo, en las culturas locales o regionales del nuevo nacionalismo o en las culturas emergentes del cuerpo o la naturaleza; todas tienen una nota común: son locales, se sitúan de espaldas al espacio de los flujos y desdeñan su temporalidad vacía. Son estos planos de experiencia los que permiten adquirir identidad y llenar el vacío que la sociedad informacional crea en su red de flujos de información-poder. Surge así un mundo doble, un escenario de esquizofrenia generalizada por el que transitan las gentes: en él, son lo que no hacen y hacen lo que no son.

Baste este sucinto resumen para dar cuenta de las propuestas fundamentales de investigación tan actual, informada y de entusiasta acogida mundial como la realizada por Manuel Castells. El lector que emprenda su lectura ha de estar tranquilo, pues la obra no se le va a caer de las manos. Su autor repite insistentemente que el suyo no es un libro sobre libros y que, por lo tanto, no se va a demorar en abstrusas discusiones teórico-doctrinales. El que quiera referencias adicionales las encontrará ciertamente en las notas bibliográficas que introducen el tratamiento de cada tema y podrá tirar de ese hilo para recabar información adicional. Pero lo que no se encontrará es la manida discusión doctrinal y su hábil superación de errores y carencias –siempre de los otros–. Castells dice amar lo concreto, la investigación pegada al terreno, la carne y el hueso de lo social, pero no lleva tal pasión al abuso estadístico. No encontrará el lector una cansina recopilación de tablas estadísticas que fotografíen en sus minucias el universo mundo. Los datos tienden a ser siempre selectivos y expresivos. Por otro lado, el libro está escrito en un estilo libre de academicismos y tiende a combinar algunas breves incursiones analíticas con la presentación e interpretación de datos, sin desdeñar crónicas de acontecimientos incluso muy locales y hasta pintorescos. Hay además una notable insistencia en el testimonio presencial: la aseguración de la verdad de un aserto en razón de que se ha sido testigo, de que se ha estado allí y entonces. Por otro lado, como el autor es flujo o está en los fundamentales flujos académicos, resulta también que su retrato está libre del etnocentrismo noroccidental que domina la producción sociológica y acuerda una importante presencia al mundo no-occidental, especialmente a las sociedades asiáticas. Estamos, pues, ante una obra global sobre la globalización, reticular sobre la red, informada sobre la informalización. En esto es de una coherencia ejemplar.

Pero, ¿qué decir sobre ella cuando se va más allá de su forma y estilo? ¿Cómo evaluar sus propuestas? Es evidente que no es éste el lugar adecuado para responder al reto del tríptico de Castells. Responder cabalmente sería tanto como ir desgranando sus múltiples propuestas e ir evaluando hasta qué punto se ha procedido a seleccionar lo relevante, qué ausencias clamorosas lo lastran, cuál es el valor de los datos e historias en los que se apoya, qué plausibilidad tienen las interpretaciones sectoriales que propone, cómo se engarzan y totalizan. Es tarea que los especialistas (comunicólogos, economistas, politólogos, antropólogos, sociólogos y demás especímenes de las ciencias sociales) han de acometer, o están acometiendo ya, en las revistas especializadas en las que suelen comunicarse. Aquí cumple tan sólo esbozar algunas impresiones sobre el conjunto. Y tales impresiones se pueden reducir a lo que sigue.

Diagnosticar un mundo complejo y en proceso es entrar en un avispero lleno de ruido, trayectorias erráticas y desorientación. Para desgracia de los observadores, la realidad social no se deja retratar y aparece siempre como pantalla móvil en la que se entrecruzan distintas películas. Esto hace que su diagnóstico sea siempre muy incierto y que la prudencia, más que el afán de novedades inusitadas, sea el mejor consejero para el analista. Castells, ávido por retratar la novedad del mundo, opta por el tiempo corto de lo contemporáneo y a este ídolo sacrifica la espesura de la historia larga que es mucho más perezosa a la hora de certificar novedades. Por otro lado, en su retrato se acumulan retazos de realidad con estatuto muy distinto: transformaciones acaecidas, tendencias emergentes cuyo mantenimiento es, por lo menos, problemático, atisbos o apuntes de fenómenos de porvenir incierto, barruntos de futuras dinámicas. Se mezcla y amalgama así lo que ya es, lo que está en marcha, lo que se apunta, lo que se adivina. Y todo ello aparece en lugares y contextos que no surgen de la nada, sino que son historia cristalizada cuya impronta reciben. ¿Hay base así para dar un diagnóstico seguro de situación? Me temo que no y que, al desoír tal temor, seamos presa de una profecía que se autocumple: cuanto más corto sea el tiempo histórico más novedoso será el presente y más aparente la consistencia de nuestro diagnóstico. Lo dicta nuestro método, no la realidad dinámica de la que se supone que estamos hablando.

Hay, pues, un cierto sacrificio de la historia en pos de una atención preferente a lo acontecido en las últimas tres décadas. Es, tal vez, un sacrificio inevitable porque si no haría infinita la tarea de análisis; y es desde luego un sacrificio al que el sociólogo es muy dado –y que Castells no compensa cuando salpimenta su relato con crónicas planas de acontecimientos e individuos llamativos–. Lo que ya es más sorprendente es que en una obra tan ambiciosa y segura se haya procedido a un sacrificio excesivo de la reflexión teórica. Una cosa es no abrumar o cansar al lector con debates doctrinales y otra muy distinta pasar como sobre ascuas sobre la necesaria teorización de lo que se describe e interpreta. Hay así una sorprendente dejadez en la especificación del marco analítico desde el que se procesan los datos. Conceptos claves como información, comunicación, cultura, conocimiento, tiempo, identidad, etc., son prácticamente arrumbados o especificados sin el debido cuidado. En razón de ello, cuando se utilizan o no funcionan o se retuercen hasta la extenuación. Tal es el caso de la identidad: su semántica es delimitada tras unos cuantos brochazos desganados; el protagonismo del concepto es, sin embargo, ubicuo y estratégico; al cabo, resulta que, a pesar de sus variantes (identidades legitimadora, resistente y de proyecto), el concepto resulta demasiado tosco, limitado a significar una autoconciencia de base cultural, plana, homogénea y holística que proporciona sentido. No creo que nadie tenga una identidad tan roma, ni que un concepto así sea operativo para el análisis del mundo en que vivimos.

Estas objeciones se proyectan ya hacia el núcleo del diagnóstico: el informalismo emergente. ¿Qué es? Se nos especifica en una extensa nota a pie de página: «El término informacional indica el atributo de una forma específica de organización social en la que la generación, el procesamiento y la transformación de la información se convierten en las fuentes fundamentales de la productividad y el poder, debido a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en este período histórico» (vol. 1, pág. 47). Se trata, pues, de una forma de organización social en la que es dominante una nueva tecnología de la información. Que sea dominante significa ciertamente que no es única y que al lado de ese cambio tecnológico hay otros cambios estructurales (por ejemplo, la sociedad red) con los que coexiste. Pero que sea dominante significa que estructural y dinámicamente la lógica de esa tecnología se convierte en el núcleo fundamental de un tipo de sociedad y permite definirla. Esta sinécdoque es fundamental en la argumentación de Castells. Pero se convierte en un tropo que se vuelve y revuelve sin parar. En efecto, el carácter estratégico de la tecnología de la información le permite bautizar como informacional a nuestra sociedad. De esa sociedad se nos dice que no es la superestructura de un paradigma tecnológico, ya que está transida por «la tensión histórica entre el poder material del procesamiento abstracto de la información y la búsqueda por parte de la sociedad de una identidad cultural significativa» (vol. 3, pág. 91). Si es así, entonces la sociedad informacional es a la vez ella misma y lo que le es extraño u hostil: un dualismo entre fuerzas enfrentadas, cuya expresión es la ya mentada esquizofrenia generalizada de su mundo de vida. Resulta, pues, que en contra de lo anunciado la sinécdoque no funciona o se convierte en ironía. La pregunta obvia es, ¿por qué? No estoy muy seguro de dar con la respuesta, pero si la hay, ha de encontrarse en la forma en que Castells concibe el juego sociedad/tecnología. La suya es una teoría del impacto tecnológico. Que la tecnología impacte no quiere decir que determine y configure todo, ni siquiera que se genere asocialmente. Castells es muy explícito en el rechazo de estos tópicos simplistas. Lo que sí significa es que actúa sobre algo que le es extremo y ese algo es, evidentemente, la sociedad. No se supone, pues, que esa distinción sea baldía, es decir, que toda tecnología sea ya sociedad y toda sociedad tecnología, o que, como propone Latour, la tecnología no sea más que sociedad materializada. Si se supusiera esto, entonces no se podría hablar de impacto, sino de cristalización tecnológica de un tipo de sociedad. Como no se hace, la sociedad tiene que ser otra cosa y es aquí donde aparecen los sujetos que, frente al cambio estructural, quieren protagonizar un cambio social o, más modestamente, se limitan a horadar los nichos de sentido e identidad que les permitan darse la apariencia de ser o pintar algo en un medio ambiente hostil que lo desarraiga, actúa o margina.

No deberían tomarse estos apuntes críticos como una descalificación de una investigación notable, valiente, informada y que responde a las demandas de dar razón del mundo en el que estamos situados. Castells se ha atrevido a pensar y ha corrido el riesgo de adentrarse en la selva selvaggia del mundo contemporáneo. En los próximos años su obra será de referencia obligada y se verá sometida a la prueba de la siempre sorprendente deriva de los acontecimientos. Tal vez entonces podamos ver más claro, pero ahora no nos queda sino celebrar y agradecer que se nos haya brindado al público de los lectores un trabajo tan sintético e informado sobre un mundo tan complejo.

01/03/1999

 
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