ARTÍCULO

La búsqueda en el «espejo» africano

Bellaterra, Barcelona, 158 págs.
Trad. Francisco José Ramos
 

Dicen sus más críticos practicantes que la antropología, como disciplina científica, nació íntimamente vinculada a la expansión colonial europea del siglo XIX . Sostienen dichos antropólogos que fue la necesidad de conocer para controlar –la surveillance foucaultiana– el impulso que estaba detrás del desarrollo de los estudios antropológicos sobre el terreno. Pero había algo más. Y este algo tiene que ver con la eclosión generalizada de las llamadas ciencias sociales en el pasado siglo. Existía una muy extendida creencia en la necesidad y en la posibilidad de una ingeniería social que pudiera mejorar la condición del hombre en sociedad. Y para poder desarrollar semejante técnica era imprescindible el conocimiento de los mecanismos individuales y colectivos, presentes y pasados, que estructuraban las sociedades. De tal manera que los antropólogos que viajaban a extrañas tierras no sólo cumplían una misión imperial, sino que intentaban encontrar en los pueblos no civilizados las claves del primitivo pasado de las sociedades europeas. El viaje a África era un viaje de aprendizaje.

Éste que comentamos es un libro curioso. Y lo es por múltiples razones, algunas de las cuales reseñaré aquí. Pero avancemos dos para comenzar. Cabe mencionar, en primer lugar, que, quizá fruto de su doble condición de académico –el autor es profesor de Historia de África en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona– y de novelista, recordemos que logró el premio Sant Jordi de novela el año 1997 1 . Alfred Bosch ha escrito un texto que tiene algo de libro de viajes; es también, en alguna medida, una biografía intelectual; se despliega como un estudio sobre el estado en África centrándose en las experiencias de Nigeria, Sudáfrica y Etiopía; pero cuyo horizonte último es una reflexión sobre la catalanidad. En segundo lugar, este es un libro original porque siendo aquí también el viaje a África un viaje de aprendizaje, lo es, no para buscar rastros de nuestro pasado, sino para encontrar pistas útiles para nuestro presente y nuestro futuro, solicitando a nuestros vecinos del Sur «un fondo de ayuda al desarrollo mental» (pág. 18).

En una ocasión, en una entrevista, me preguntaron directa y contundentemente cuál era la Causa de lo que podríamos denominar el desastre africano, de lo que parece como la galopada a rienda suelta de los siete jinetes del Apocalipsis por ese continente. Ante la imposibilidad de enunciar la Causa, no encontré otra salida que contestar que, de haber tal causa, ésa sería la Historia. Después de algún tiempo he llegado a la conclusión de que mi respuesta no era tan vaga, ni tan estúpida, como me pareció cuando se le balbuceé a mi insistente entrevistador. El libro que nos ocupa me reafirma en tal respuesta. La Causa es la Historia, es decir, la conjunción de actores africanos, árabes y europeos desde el siglo XV ; la importación y exportación de formas culturales, esclavos y otras riquezas; la lucha y acomodación de colonizadores y colonizados en una relación asimétrica de dominación; la particular asunción de los estados africanos de lo que Charles Tilly denomina las formas sociales de organizar la coerción y la distribución, etcétera.

Pero la Historia es también la Causa en otro sentido. El África independiente no ha tenido todavía suficiente tiempo histórico 2 . La violencia, la pobreza, la enfermedad no serían más que los eslabones de ese tiempo del que África todavía no ha tenido suficiente. ¿Pues no es acaso la violencia elemento esencial en la formación de los estados, en palabras de Jean-François Bayart 3 , «un factor de innovación social, regulación política e intercambio económico»? ¿No ha sido, y es, el robo y la depredación un factor de acumulación de capital? En este sentido, no debemos olvidar nuestro propio reciente pasado. Hace tiempo que los historiadores llegaron a la conclusión de que en Europa el estado hacía la guerra y la guerra hizo al estado, que la piratería, por no hablar de la trata de esclavos, tuvo un papel esencial en la formación del capitalismo holandés o británico, o, en el caso de nuestro país, que afamados negreros o estraperlistas acumularon honorables fortunas, cuyo origen hoy nadie recuerda públicamente.

Pero esta tesis de la falta de tiempo histórico puede traslucir una concepción muy propia de la modernidad occidental: aquella que considera como universales de necesaria aplicación nuestras particulares respuestas a la búsqueda del orden político y a la producción de bienes; aquella teleología que ve el despliegue de la Historia como el paso de etapas inferiores a etapas superiores y que explica el pasado por el presente, concepción que es, en definitiva, la fundamentación de la sedicente misión civilizadora de Occidente, de la carga del hombre blanco.

El libro de Alfred Bosch apunta, creo yo, a esa falta de tiempo histórico pero en otro sentido, no menos sangriento y cruel, quizás, pero desde luego menos universalista y teleológico: el tiempo que los africanos necesitan para encontrar, construir y asentar su propia modernidad. Y de esta experiencia africana nuestro autor se fija en los intentos de conjugar la etnicidad –«el sentido de pertenencia»– con la idea del estado, con la configuración actual étnica, geográfica y política de los actuales estados africanos. Pero, como apunta Alfred Bosch, la modernidad africana, en este aspecto por lo menos, no tiene que recorrer necesariamente el camino andado ya por los llamados países desarrollados. Existe una vía africana «en el camino de la traducción política de la identidad», que no supone ni la vuelta al pasado precolonial, ni la imposición del modelo del estado jacobino del siglo XIX , sino la pervivencia de los aparatos de estados en perpetua crisis, el no cuestionamiento de las fronteras coloniales y la convivencia de las identidades étnicas con «los nacionalismos híbridos y capitalinos que, pese a su evidente fracaso social tampoco acababan de morir» (pág. 130).

El libro que comentamos tiene desde luego sus propios demonios y, de entre éstos, uno destaca por ser blanco de sus ataques, el estado jacobino: aquella forma homogeneizadora de organizar la colectividad, arrasadora de diferencias e incapaz de acomodar los sentimientos étnicos encontrados, los sentimientos de pertenencia. Entramos de lleno así en el problema central que ocupa a la teoría política de nuestros días: la relación entre etnicidad o nacionalidad, que para el caso son sinónimos, y la ciudadanía. El estado jacobino, el estado (que se pretende) nación es la organización por antonomasia de la modernidad triunfadora, y trasluce una antropología filosófica a la vez individualista y colectivista, igualadora hacia dentro y diferenciadora hacia fuera. Este estado es una organización moderna liberadora del antiguo régimen pero que nos encierra en la jaula de hierro de la que nos hablara Max Weber y cuyos resultados, como todos los resultados históricos, son ambivalentes y contradictorios, buenos y malos. Y en este sentido creo que habría que ser más indulgente de lo que nuestro autor se permite con los líderes africanos que, en la hora de las independencias, abrazaron con pasión el modelo de estado nación. Si los dirigentes africanos de la descolonización «habían interiorizado el modelo político imperante» (pág. 124) no se debía a ninguna particular ceguera, sino precisamente a que no sólo era el modelo dominante, sino que además podríamos afirmar que era el único existente en el horizonte político y teórico de los años cincuenta y sesenta. Los modelos políticos, como las técnicas militares, y tantos otros artefactos culturales se difunden por imitación: aquellos que demuestran ser más eficaces son finalmente adoptados. La organización de la comunidad según el patrón del estado jacobino demostró ser la forma más eficaz de supervivencia de las colectividades a lo largo del tumultuoso y violento siglo XIX europeo. Estados naciones eran o se consideraban los que se repartieron África, estado nación era Japón, el único país no europeo capaz de resistir y eventualmente vencer a las potencias del viejo continente; y aun hoy, conscientes de lo que Basil Davidson denominó la maldición del estado nación, tenemos dificultades para pensar con distinto vocabulario, de imaginarnos formas alternativas. ¿Y no será acaso otro error de teleologismo, es decir, de explicación del pasado a la luz del presente, calificar de error tal elección de modelo de estado a través del prismas de conflictos como el de Ruanda o el de Sierra Leona? Quizá la historia hubiera podido ser de otra manera.

Y, sin embargo, a mi entender el punto más fuerte del libro no está en su análisis de las realidades africanas, con ser éste de mucho interés, sino en derribar los muros etnocéntricos que nuestra cultura política establece entre las etnicidades –valga decir tribalismos– africanas y los nacionalismos occidentales. En determinada concepción, que flota en el ambiente, se producen sutiles distinciones y se aplica el viejo estándar de civilización que tanto juego dio al dominio colonial: hay pueblos civilizados que, por supuesto, no son nacionalistas sino cosmopolitas, racionales y ecuánimes; hay pueblos semicivilizados que son nacionalistas, tanto más bárbaros cuanto más aireen su sentido de pertenencia, y hay pueblos salvajes donde la etnicidad campa a sus anchas, es decir, tribus, es decir, africanos. Pues bien, nuestro autor sostiene, y no le falta razón, que hay nacionalismos encubiertos que niegan serlo –normalmente aquellos que están en el poder– y que etnia y nación son descripciones de sentidos de pertenencia en Lagos, París, Madrid o Barcelona. Y semejante desbroce de barreras conceptuales artificiales tiene tanto más valor, por lo menos en la cultura política española, cuando el autor se declara nacionalista, catalán y catalanista.

Llegamos así al sentido final del libro que nos ocupa: estudiar la realidad africana para buscar soluciones a nuestros propios problemas; buscar inspiración en Nigeria, Sudáfrica o Etiopía para renegociar nuestras etnicidades en el marco estatal que hemos heredado o nos ha sido impuesto, y así desnudar «los conflictos de identidad de la catalanidad en pleno», aun a riesgo de «que le apedreasen al volver a casa, dada la nula fascinación que el continente vecino había despertado entre los prohombres del catalanismo» (pág. 18).

Siempre he sospechado que algunos africanistas occidentales estudiábamos la realidad del continenteoscuro para buscar pistas de nuestra incomodidad con nuestra propia modernidad. Hasta ahora nunca lo había leído. Quizá esto explique por qué califiqué al inicio de estas líneas a La vía africana como un libro curioso. Curioso y valiente.

01/10/1999

 
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