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Mozart según Karl Böhm

¿Por qué nos apasionan algunos directores de orquesta y otros nos dejan indiferentes, particularmente cuando nuestra formación musical es escasa y sólo podemos justificar tibiamente nuestras preferencias? Mi madre me regaló mi primer vinilo de música clásica a los nueve o diez años. Quizá pensó que Mozart sería una buena forma de ayudarme a penetrar en el mundo de la música, mostrándome la dicha que puede reportar una experiencia de esta naturaleza. O, mejor dicho, una vivencia, pues la verdadera escucha no es un simple estar, sino un proceso activo, que se incorpora a nuestra biografía, dejando una huella duradera, un largo eco. Mi madre escogió la Sinfonías núm. 40 en Sol menor, K. 550, y núm. 41 en Do mayor, «Júpiter», interpretadas por la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Karl Böhm. Era una grabación de 1970 del sello Deutsche Grammophon, con su característico encabezamiento amarillo. ¿Es posible definir la música? 

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De qué hablamos cuando hablamos de liberalismo (I)

Participaba yo hace unos días en una tertulia radiofónica en la que se hablaba del tema del momento, que no es otro que el populismo, cuando, tras hacer una referencia a las tensiones plebiscitarias a que se encuentran sometidas «nuestras democracias liberales», la contertulia que se sentaba a mi lado me interrumpió: «Liberales no, querrás decir Estado social, no empecemos con el liberalismo». Intenté aclarar que aludía con ello a la naturaleza representativa de las democracias occidentales, por oposición al ideal de la democracia directa, añadiendo que su dimensión bienestarista es adyacente o complementaria a ella. Pero en ese momento entró la publicidad.

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¡Usted, sí, usted! ¡Identifíquese! (y II)

La verdad es que las consideraciones anteriores sobre la identidad me surgieron el otro día, después de ver en el Teatro Español de Madrid el montaje que ha realizado en castellano Josep Maria Flotats de la comedia dramática de Jean-Claude Grumberg Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía. Dos personajes –vecinos? se encuentran, uno subiendo y otro bajando, o viceversa, en la escalera de la casa que habitan. Un escenario –la escalera, el descansillo, el portal? que va a mantenerse invariable a lo largo de la función, ámbito único de los encuentros físicos y desencuentros (en casi todo lo demás) de los dos únicos personajes de la representación. Podría decirse que la obra empieza en el más puro estilo cómico, con un diálogo chispeante, lleno de equívocos y un tanto vodevilesco.

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