ARTÍCULO

Júbilo tras la rendición

Tusquets, Barcelona
242 pp. 17 €
 

Las novelas de Antonio Orejudo suelen producir una inquietante mezcla de felicidad y desasosiego. Por ejemplo, su humor, fuente de momentos impagables, lo es también de provocación y malestar porque sirve asimismo para interpelar al lector sobre su propio papel en la realidad o como destinatario en la comunicación literaria. Y otro tanto se puede decir de su portentosa capacidad de fabulación y de su maestría narrativa; es un patrimonio que primero seduce y arrastra al lector, pero para acabar zarandeándolo y obligarlo a contemplarse como objeto de una manipulación, pues la ficción es urdimbre y artificio como quizá también lo sea, en cierta forma, la realidad.
Tal vez todas estas antítesis sean ecos de la doble naturaleza de un narrador que es a la vez cervantino y posmoderno. Es decir, un escritor cuyas novelas exhiben el gusto y la necesidad de contar historias, que proclama la legitimidad del acto de narrar como forma de enfrentarse a la realidad, pero que al mismo tiempo hace afirmaciones tales como que es imposible acceder a la verdad, que la realidad no es más que la narración que se hace de ella o que el yo es una construcción elaborada con los mismos propósitos y medios que maneja el autor de ficciones. Por decirlo con el narrador de Reconstrucción, su anterior novela: «Esta reconstrucción es solamente un orden de palabras. Pero qué se le va a hacer; no hay que demolerla por eso. La morfosintaxis es la única herramienta que tiene a su alcance para explicarse precariamente el mundo».
Quizás algo menos redonda (o tal vez solo menos sorprendente) que Ventajas de viajar en tren (2000), Un momento de descanso constituye otro excelente ejemplo de esa contradictoria síntesis de escepticismo sobre la realidad y de fe en el discurso narrativo. Como es habitual en Orejudo, la ilusión inicial de una cierta estructura unitaria se va diluyendo minuciosamente mediante constantes bifurcaciones, expectativas frustradas e infidencias narrativas, relatos secundarios que derogan la hegemonía del hilo conductor. Si a esto añadimos la presencia de ciertas constantes como los delirios conspirativos, la suplantación de identidad, las falsificaciones de toda clase o las intrigas que descubren la inextricable trama de la realidad, podría pensarse en la aniquiladora entropía de Pynchon.
Sin embargo, en nuestro autor siempre existe un cauce que evita la franca inmersión en el caos. En la novela que nos ocupa, se trata de la parodia, entendida (una vez más) según la lección cervantina. Un momento de descanso es, en primera instancia, una novela elaborada conforme a los presupuestos de la llamada autoficción. El narrador es un escritor de mediana edad llamado Antonio Orejudo, autor de tres novelas y protagonista de una biografía que coincide en algunos aspectos con la que nos ofrecen las solapas de los libros firmados por el Orejudo «real». Este narrador actúa en la primera parte como interlocutor de un viejo amigo, Arturo Cifuentes, al que vuelve a encontrar después de muchos años. En la larga conversación del reencuentro, que recuerda el diálogo de Cipión y Berganza, Cifuentes relata sus quebrantos familiares y académicos en Estados Unidos, y dibuja el aislamiento de un individuo que rechaza el consumismo y la vulgaridad de su entorno, pero también, y en no menor medida, las nuevas restricciones éticas e intelectuales que imponen la corrección política y las doctrinas de los cultural studies en las élites universitarias. La depresión de Cifuentes se gesta en forma de un crescendo grotesco que incluye a un hijo (con minusvalía mental) que participa en un reality, un adulterio y unas acusaciones de discriminación que activan un proceso kafkiano, para desembocar en una ruptura doble (laboral y conyugal) que lo devolverá a su país.
Será en la tercera parte cuando se acometan las andanzas de Cifuentes por España, su difícil integración en la facultad de Filología y sus indagaciones sobre la figura de Augusto Desmoines, prohombre de la universidad española tras el que descubre una oscura realidad de traiciones e imposturas. Mientras tanto, la segunda parte, titulada «Cómo me hice escritor», constituye un intermezzo en el que el personaje Orejudo ocupa el primer término para desarrollar una falsa rememoración autobiográfica. Si la primera parte era, en buena parte, una parodia de las novelas de campus, ahora toca el turno a los lugares comunes de la autoficción, en especial esa tendencia romántica a mitificar el descubrimiento del talento creativo, sustituida aquí por una explicación tan materialista como disparatada y, al cabo, casi terrorífica. En realidad la distorsión paródica rebasa el marco de esta segunda parte y se extiende por toda la novela. El gusto por los personajes y ambientes intelectuales y académicos, la conversión del escritor en detective, la exhumación de algún episodio del pasado (es decir, de la Guerra Civil), la incorporación de disquisiciones teóricas o de material gráfico: todas estas convenciones tienen en la novela su reverso distorsionado.
Sería, sin embargo, un error considerar que estamos ante una simple invectiva contra una cierta corriente narrativa, como tampoco lo es el Quijote de los libros de caballerías. La elección de este discurso paródico está estrechamente vinculada al propósito de proyectar una cierta mirada sobre el mundo actual, una mirada escéptica pero en absoluto condescendiente, pues los personajes en que se fija el punto de vista de la narración, pertenecientes ambos a la generación del autor, no pueden presumir de inocencia, de firmeza o de intachable credibilidad. Hay una innegable fuerza satírica que se dirige contra ciertas enfermedades características de una época, y para ello el microcosmos académico constituye un perfecto lugar para que los síntomas de esos males manifiesten sus contornos con mayor nitidez. Sin embargo, el narrador se resiste a emitir una sentencia condenatoria. Solo al final comprendemos que esa retracción no obedece a una actitud magnánima, sino que es consecuencia lógica de una decisión: la de abandonar la lealtad a los principios inculcados a los de su generación, la de abandonarse moralmente, concederse un respiro y disfrutar, parafraseando a Cifuentes, del derecho a envilecerse y chapotear feliz en la ciénaga.
La simpatía con que, al final de la novela, se hace profesión de fe en el cinismo no quiere decir que la novela comulgue con esa decisión. En realidad, el humor bajo el que se presentan los conflictos y angustias más trascendentes constituye la verdadera impronta moral en la narrativa de Orejudo. Pero no nos pongamos estupendos. Un momento de descanso contiene algunos momentos dignos de pasar a cualquier antología del humor, como la presentación de los miembros del departamento de español de la Universidad de Missouri o el episodio del tribunal de oposición (un pasaje que comienza como esperpento y acaba en relato de terror). Con todo, mi favorita es la anécdota del manuscrito del Cid. Además de remover ciertos rescoldos adolescentes, constituye un excepcional exemplum sobre las aspiraciones de permanencia a través de la literatura.

01/12/2011

 
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