ARTÍCULO

Un sonámbulo entre sombras

Alfaguara
280 págs. 2.500 ptas.
 

Cuando Prometeo robó el fuego a los dioses para llevárselo a los hombres, Zeus decidió infligirle un castigo ejemplar, encadenándole a una roca para que un águila le devorase el hígado por toda la eternidad. La actitud serena en la adversidad del hijo del titán y su rebelión contra la tiranía divina han servido de referente a obras literarias tan dispares como las del matrimonio Shelley ––Frankenstein o el moderno Prometeo y Prometeo liberado– y encuentran también eco en la última novela de Jesús Ferrero (Zamora, 1952): Juanelo o el hombre nuevo, un triple salto mortal con el que su autor sale del registro urbano para introducirnos en la historia de un hombre artificial despertado a la vida con métodos cabalísticos en el Toledo del siglo XV.

Juanelo, el protagonista del libro, y su padre Gianello representan las dos caras del mito: el primero soporta sus cadenas de hombre nuevo con heroicidad de condenado, el segundo desafía el designio de los dioses, con la intención prometeica de librar al hombre de la muerte, descifrando el secreto de la vida. Por desgracia, y en palabras del personaje más ilustre del libro, El Greco, «no se puede jugar con la esencia».

Gianello Turriano, relojero real, consigue hacer realidad su sueño más preciado: dar vida a uno de sus objetos, aún a costa de perder la suya. Gracias a sus conocimientos alquímicos reproduce con precisión y laboriosidad de artesano los órganos humanos, sus tejidos más íntimos, ensamblándolos hasta configurar un efebo de belleza mítica. Pero el ser que ha creado es –como todo golem, incluyendo al propio Adán– imperfecto: no tiene olor, sus articulaciones chirrían, su tacto es duro y su voz suena como «un instrumento de viento tocado al fondo de la cueva». Tiene sentimientos y conciencia, ternura y palabras para comunicarlos pero no controla su propia fuerza ni sus movimientos. No es un hombre. Sólo un homúnculo que busca desesperadamente su lugar en un mundo que no fue creado para él.

Funambulista arriesgado, Ferrero mantiene en esta novela una fuerte apuesta: la de conservar el equilibrio entre imaginación y rigor sin caer en la red del género menor. Lo consigue gracias a una decidida voluntad literaria, materializada en una técnica minimalista de rasgos poéticos donde el narrador en tercera persona es un acierto: la voz confesional habría restado credibilidad a una historia ya de por sí difícil de sostener.

Ahora bien, la contención general de su tono, que es uno de los mayores logros de la novela, se troca a veces en un contorsionismo excesivo. Un ejemplo es el tratamiento del tema del incesto que, unido al de familia, es recurrente en Ferrero. A grandes trazos la situación planteada es la siguiente: Juanelo es fruto de la «cópula mental» de su hermana Bárbara Medea y Gianello, quien mantuvo relaciones sexuales con su otra hija, Eva Eloisa, relaciones que ésta reproduce con Juanelo, cuyo físico además le recuerda al de su hermana, que también terminará por unirse al homúnculo, heredero del espíritu de Gianello y por tanto hijo-hermano-padre. Aun juzgándolo bajo el prisma de la ironía resulta desmedido. También cae en el exceso la influencia cinematográfica, que lleva a un peligroso límite la veracidad de la historia, como ocurre en el episodio de iniciación sexual con Angélica, la mujer vampiro.

Estas salvedades, sin embargo, no estropean demasiado el conjunto, sólidamente armado. Adecuadas, por mesuradas, las referencias a la época –pinceladas literarias más que históricas (don Juan Manuel, Calixto y Melibea, San Juan de la Cruz...)– entre las que juega un importante papel El Greco como personaje, elegido para tallar con su genio la parte mas falsa de Juanelo: el ombligo, que con sus cuadros y su porte reconocible arroja una sombra de realidad a la historia.

Especialmente sugerentes resultan los momentos líricos, tanto en su versión expresionista («caras de animales deslizándose en una noche de furia y fuego») como narrativa (escena en que Nicomedes y la estatua de su mujer muerta quedan unidos en un abrazo helado bajo la nieve), que refuerzan las vestiduras míticas de la novela, género que según Octavio Paz «brota de la constante oscilación entre la prosa y la poesía, el concepto y el mito».

Aparece además otra constante en la obra de Ferrero: la locura. Afirma el autor: «en mis novelas son los locos y los tontos los que dicen la verdad». Oigamos entonces al loco de esta novela, Esteban, en su primer encuentro con el protagonista: «Estoy en el infierno. Y no sabéis lo que es estar en el infierno». Que es exactamente lo que Juanelo debería decir y no dice –a pesar de su amargo destino de marginación, de diferencia– en todo el libro, ya que se trata, al igual que el protagonista de otra de sus novelas, Amador, de un héroe positivista. Comprobamos, de paso, que los únicos personajes con los que consigue relacionarse Juanelo, al margen de sus hermanas, son seres tan ajenos a la sociedad y a la moral imperante como él: un loco, un ciego, un vampiro, una niña...

Los objetos, espejos de inercia en los que se mira el homúnculo, juegan un papel crucial en la narración. Rodeado de estatuas, Juanelo se mueve como un sonámbulo entre las sombras de un Toledo de contornos imprecisos, tentado por las aguas sin memoria, asesino inconsciente destinado a repetir su crimen una y otra vez y a purgarlo para siempre fuera del tiempo, condenado a un espacio al que nunca tuvo derecho. «Andar es un dolor pero más dolorosa es la inmovilidad», le explica Bárbara Medea a un Juanelo en pleno aprendizaje. Y a este pensamiento se aferra mientras puede el hombre nuevo para no desfallecer en el penoso tránsito que habita.

01/10/2000

 
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