ARTÍCULO

El magisterio de Linz

Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid
CXVI + 348 pp. 56 €
Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid
XLI + 646 PP. 56 €
 

Juan José Linz Storch de Gracia nació en Bonn, Alemania, en 1926, de padre alemán y madre española. Cuando aún no había cumplido los seis años, en 1932, los apuros económicos de la familia propiciaron la venida de madre e hijo a España, concretamente a Madrid, ciudad en la que comenzó la formación del muchacho, bruscamente interrumpida con el estallido de la Guerra Civil. Tras una breve escapada a Berlín, madre e hijo se integraron en Salamanca en la España nacional, la primera como militante de Falange y el segundo como flecha. Aunque ambos se desilusionaron pronto del nuevo Estado, el joven Linz continuó en Madrid sus estudios, primero en el instituto Ramiro de Maeztu y luego en las facultades de Ciencias Políticas y Derecho, carreras que terminaría, respectivamente, en 1947 y 1948. Por estas fechas accedió al Instituto de Estudios Políticos, entonces bajo la dirección de Francisco Javier Conde, un peldaño decisivo en su carrera, no sólo para su formación y sus primeros trabajos especializados, sino por los privilegiados contactos internacionales que pudo establecer en un país que no destacaba entonces precisamente por su apertura al exterior. De hecho, ya en 1950, es decir, con apenas veinticuatro años, se encontraba en la Universidad de Columbia disfrutando de una beca que le facilitó Conde, en un ambiente intelectual ya de por sí brillante y enriquecedor, pero que además –por su plena libertad, exigencia académica y abrumadores recursos materiales– debía deslumbrar a un joven que venía de la España franquista.
La estancia norteamericana –que en esta primera fase se prolongó, más allá de los nueve meses previstos, por un lapso de ocho años– marcó ya indeleblemente el rumbo intelectual de Linz, que desarrolló múltiples contactos profesionales (desde 1956 dio clases también en Berkeley) y, sobre todo, empezó a destacar como uno de los grandes expertos en sociología electoral comparada, con una decidida vocación por el examen empírico de los casos europeos y muy especialmente Alemania, su país natal. Su regreso a España en 1958 se convirtió en un breve paréntesis –eso sí, muy fructífero desde el punto de vista de la investigación de la sociedad franquista, en colaboración con Amando de Miguel y otros jóvenes sociólogos del momento– antes de volver, a comienzos de los años sesenta, a Estados Unidos de manera definitiva. A partir de esas fechas se consolida Linz como una autoridad en el campo de la sociología y la política, y ello tanto en la dimensión teórica de ambas disciplinas como en la vertiente que podríamos denominar práctica, es decir, en lo que concierne a los mecanismos concretos que utiliza el poder democrático o autoritario para acceder al poder, legitimarse o perpetuarse en él.
Las estancias en España desde entonces serían por lo general breves períodos de trabajo –básicamente de investigación, aunque también desarrolló puntuales actividades docentes–, que se ampliaron excepcionalmente a la muerte de Franco –dos años en Madrid entre 1976 y 1978– para el estudio in situ del proceso de transición a la democracia, uno de sus grandes caballos de batalla. Se dibuja así una dualidad que será característica de su obra intelectual: por un lado, una preocupación permanente por «el caso español» (como se apellidan algunos de sus trabajos), y, por otro, su formación, su trabajo y su magisterio lejos del ámbito peninsular. Tanto es así que constituye un tópico señalar que contrasta poderosamente el respeto que despierta la figura de Linz en nuestro país como teórico e investigador con el desconocimiento real de la mayor parte de su obra. En última instancia, ésa es la razón que justifica la iniciativa de José Álvarez Junco, a la sazón director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, de ofrecer al público español lo esencial de la producción de Linz en estas Obras escogidas en siete volúmenes, cuyas dos primeras entregas sirven de acicate para la redacción de este artículo.
Obras escogidas y no Obras completas porque, como explica el propio autor en el prólogo escrito para la ocasión, las segundas constituyen como tal una labor ímproba, dada la cantidad y dispersión de los escritos linzianos en las más diversas lenguas y en los más variados medios que imaginarse pueda. Al tiempo, el estudio meticuloso de determinados procesos, como las mil páginas que desbrozan las actitudes políticas de los alemanes en las elecciones de 1953 –su tesis doctoral– tendría un interés muy limitado para el público hispano, como el interesado se honra en reconocer. Pero, sobre todo, como también se admite explícitamente, se trataría de una tarea carente de sentido para la práctica totalidad de los lectores comunes y aun para los especialistas –descontando tan sólo a quien desee hacer una tesis sobre Linz–, debido al método peculiar de nuestro autor, que le ha llevado a no dar casi nunca un trabajo por cerrado o definitivo, incurriendo por ello con alevosía y contumacia en matizaciones, complementos, reescrituras o sucesivas versiones de un mismo asunto. Aun así, como se dice en los compases iniciales y el propio lector podrá comprobar fácilmente, las reiteraciones saltan a la vista, aunque no más de las que suelen ser habituales en cualquier obra que destaque por su coherencia impecable; en otras palabras, se hallará aquí un análisis riguroso y pormenorizado, lindando siempre con la exhaustividad, del conjunto limitado de problemas que han constituido desde siempre la base de la preocupación cognoscitiva de Linz.
En este sentido no está de más deshacer uno de los lugares comunes que suele acompañar la calificación de dicha obra, ese que se complace en presentarla a ella, o más bien, a su artífice, como «inclasificable», tomando como base determinados aspectos formales o interpretando sesgadamente la inquietud intelectiva de Linz. Es incuestionable, y una de las observaciones más repetidas por todos aquellos que se acercan al universo linziano, que sus escritos sobrepasan con mucho los límites convencionales del artículo científico sin llegar a los establecidos para la monografía, quedando así en una incómoda tierra de nadie para el editor. Por si fuera poco, Linz ha presentado con frecuencia sus investigaciones en el marco de simposios y congresos, publicando luego las ponencias en ese marco colectivo o, en general, en actas o volúmenes de autores variados, de manera que ya desde el principio adaptaba su contribución al contexto en que sabía que iban a aparecer sus datos y reflexiones, con todas las (auto)limitaciones que ello lleva implícitas. Y, por último, aunque no menos determinante, nuestro autor tampoco se ha sentido a gusto en las demarcaciones establecidas en la esfera académica y nunca se ha limitado a ser un sociólogo al uso, sino un estudioso de las realidades sociales que se sirve de la sociología tanto como de la historia o de la ciencia política. Siendo todo ello cierto, no tiene sentido extrapolarlo o generalizarlo al punto de hacer de Linz un investigador excéntrico, porque ello iría en menoscabo de algo más esencial, que es (como antes se apuntó) la prístina coherencia de su trabajo y de su trayectoria científica.
No es el menor de los méritos de esta publicación el que sus editores, José Ramón Montero y Thomas Jeffrey Miley, hayan sabido articular de modo tan diáfano y equilibrado el conjunto de la producción linziana, hasta el punto de que la clasificación temática mediante la que han organizado los diversos tomos es ya de por sí una aportación impagable, en la medida en que sitúa la obra del profesor hispanoalemán en una perspectiva nueva que contribuye a entender mejor «sus obsesiones»: sin ánimo de citarlas todas, una enumeración elemental tendría que empezar por la crisis de los años treinta y el fracaso en conjunto de los sistemas democráticos en la Europa del primer tercio del siglo XX; estrechamente emparentada con ella estaría el análisis del surgimiento y desarrollo del fascismo (con especial atención a las similitudes y diferencias de concepciones y estilos en ese vasto movimiento político); siguiendo esa pista, Linz no tarda en desembocar en los problemas representativos de las democracias y las condiciones de éxito o fracaso de los partidos políticos en los más diversos contextos. Al tocar todos esos asuntos, básicamente en el marco del último siglo, es imposible orillar el fenómeno nacionalista, que Linz examina no sólo en su dimensión estrictamente política, sino en su vertiente sociocultural.
A esa lista condensada y apresurada habría que añadir otros asuntos recurrentes, como las rupturas de la legalidad en general y los golpes de Estado en particular. En esa línea, Linz ha dedicado diversos estudios a la génesis de movimientos y sistemas totalitarios en los más diversos países, aunque con especial atención al sur de Europa y Latinoamérica, pero también se ha interesado, y mucho, por la situación opuesta, es decir, las transiciones de regímenes autoritarios a sistemas democráticos. También se ha ocupado de las estructuras de poder desde diversas perspectivas (así, por ejemplo, sus tesis sobre el presidencialismo), del papel de sectores clave en la configuración económico-social (como el empresariado) y de los movimientos de opinión en las sociedades avanzadas reflejados en elecciones, encuestas y otras manifestaciones. En fin, por abreviar, digamos que la clasificación temática antes aludida se concreta del siguiente modo: el primer volumen presenta los trabajos de Linz sobre el fascismo en su perspectiva histórica y comparada; el segundo reúne los estudios sobre nación, Estado y nacionalismos; el tercero estará dedicado a los sistemas totalitarios y regímenes autoritarios; el cuarto se ocupará de los problemas de las democracias, en especial de sus quiebras, transiciones y retos; el quinto tratará del sector económico y los empresarios en el ámbito español; el sexto, de partidos y élites políticas en España, y el séptimo y último, de sociedad e historia, también en el marco hispano.
Aunque no se ha dicho explícitamente, se colige de todo lo anterior, y de la propia conformación de estas Obras escogidas, que, aunque internacional en tantos aspectos, Linz es, como investigador, profundamente español (también lo es en el aspecto personal, pero ésta es una dimensión en la que no voy a entrar aquí). No diré, por inexacto y porque iría en menoscabo de su amplísima obra, que España sea el centro de su atención, pero sí puede afirmarse que España o el «caso español» constituye un privilegiado polo de atracción y hasta una referencia indirecta muchas veces cuando trata de asuntos o espacios aparentemente lejanos. Pero la preocupación por España tiene en Linz notas que hoy ya no son insólitas, pero sí que lo fueron en su momento: en efecto, nuestro autor, junto con alguna que otra rara avis (Maravall en la historia, Ayala en la sociología, Caro Baroja en la antropología) fue pionero en el marco de las ciencias sociales, no ya sólo en refutar la excepcionalidad española, sino en situar metodológicamente el caso hispano en unas coordenadas internacionales que desmentían empírica y sistemáticamente la rareza del país, de su política, de sus habitantes y de su trayectoria histórica, vista en su conjunto. El paradigma de «normalidad», que tanto uso y abuso ha sufrido de un tiempo a esta parte (aunque ésta es otra historia que no toca ahora), tiene en Linz uno de sus adelantados: para él, la política, la sociedad y la historia española sólo pueden entenderse en un contexto más amplio, sin que la admisión de unas características peculiares –como cualquier otra nación– autorice a hablar en términos catastrofistas de trayectoria excepcional ni, mucho menos, de un esencialismo hispano en la órbita negativa del noventayochismo.
Para este planteamiento era requisito indispensable una formación, una amplitud de miras y unas posibilidades de investigación que estaban entonces al alcance de muy pocos. Linz las tuvo y supo aprovecharlas. Su condición políglota, sus raíces familiares y su propia experiencia vital a caballo entre España y Alemania y, sobre todo, su inmersión en el ambiente universitario estadounidense, le condujeron a esa perspectiva comparada que constituirá una de las constantes más características de su carrera: comparación no sólo de países, sino de sociedades, clases, regímenes, estructuras y momentos históricos; comparación en la que el científico desborda los límites de su disciplina para servirse de todos los instrumentos necesarios para un mayor y mejor entendimiento de la realidad, aunque vengan de campos formalmente distintos al del sociólogo propiamente dicho. Linz se mueve así por la historia, sin ser estrictamente historiador, con la misma soltura que por la política o hasta la economía. Su condición erudita le hace no desdeñar nada si incorpora algún elemento o matiz a su trabajo; su curiosidad le lleva a mirar a todas partes y su agudeza le permite sacar siempre algo valioso, con frecuencia incluso original. Su mirada termina siempre iluminando aquello en lo que se posa. Pero, al tiempo, como científico riguroso, le cuesta dar el caso por cerrado: Linz es un perfeccionista que siempre encuentra un cabo suelto, una afirmación no suficientemente fundamentada, un dato ulterior que puede modificar parcialmente una conclusión. Y a todo ello hay que añadir como seña de identidad de la casa el abrumador despliegue empírico –cuadros, tablas, gráficos, estadísticas diversas– con que el autor acompaña sus investigaciones (y de las que el lector hallará una buena ración en el segundo volumen).
Algunos ejemplos de todo lo que se ha apuntado pueden encontrarse sin dificultad en estos dos primeros volúmenes que acaban de aparecer. Permítasenos un repaso a vuelapluma, dado que detenernos en ellos, y aún más, diseccionarlos o discutirlos, rebasa con mucho los límites que aquí debemos imponernos. El primero presenta, amén de un buen retrato del personaje escrito por los editores y una recopilación bibliográfica elaborada por Houchang E. Chehabi, cinco trabajos en torno al fascismo, que abordan el complejo fenómeno desde una perspectiva comparada histórico-sociológica (capítulo I), desde el punto de vista de las condiciones que condujeron a su éxito o fracaso (II) y desde la óptica de la herencia que nos ha dejado (III). El siguiente capítulo se centra en la quiebra de las democracias y los regímenes autoritarios, para establecer coincidencias y discrepancias, mientras que el quinto y último se consagra al caso español entre 1936 y 1968, para dar cuenta de la evolución de la Falange y el surgimiento de un «Movimiento-organización». En la línea de lo dicho anteriormente, más de una vez confiesa o se lamenta Linz de que «aún quedan demasiados problemas por explorar», pero aún resulta más llamativo su continuo énfasis en los matices, su rechazo de las simplificaciones y la nitidez de sus argumentos, aparte de la sólida estructura conceptual de su análisis. Así, por citar tan sólo una vertiente, Linz se rebela contra el uso extensivo y acrítico del término fascismo, subrayando que tuvo su época y sus características: aunque algunos movimientos empleen piezas sueltas del legado fascista, ello no nos autoriza a calificarlos como tales, del mismo modo que «no llamaríamos romanos a los edificios que incorporan alguna piedra romana». Por otro lado, argumenta, resulta falso y hasta ridículo el empecinamiento en hacer del fascismo el epítome de la crueldad, como absurda es la pretensión de que toda dictadura haya de ser calificada como fascista como ineludible botón de oprobio: la Italia de Mussolini era más fascista que la España de Franco, «pero la represión en España fue mucho más cruenta» (I, pp. 233-234).
El segundo volumen, más extenso, contiene bajo el epígrafe de «Nación, Estado y lengua» diez capítulos bastante disímiles en extensión y profundidad. Los mejores y más completos, desde mi punto de vista, son los que están centrados en la situación española: resulta absolutamente fundamental el primero («Construcción temprana del Estado y nacionalismos periféricos tardíos frente al Estado»), que luego se ve eficazmente complementado con el cuarto («De la crisis de un Estado unitario al Estado de las autonomías»); los capítulos cinco y seis son también esenciales en el mismo sentido porque perfilan el paisaje político resultante después de la muerte de Franco aludiendo a cuestiones clave, como el problema de la identidad (españoles, vascos, catalanes) y las propuestas que siguen al fin del centralismo (autonomía, federalismo, independencia). También considero muy importante por sus aportaciones conceptuales el capítulo 7, «Del primordialismo al nacionalismo», que contiene disquisiciones esclarecedoras sobre la inmigración, la territorialidad y la heterogeneidad étnica. Una vez más pueden encontrarse en estas páginas múltiples ejemplos concretos de todo lo que se ha dicho anteriormente sobre el buen hacer de Linz. Así, su insistencia en que no hay soluciones fáciles para problemas complejos (II, pp. 72-73), sus precisiones conceptuales fundamentadas en una sólida base empírica (II, pp. 388-389) o su capacidad para definir con precisión, de modo brillante y contundente, los términos de una cuestión enmarañada: «España es hoy día un Estado para todos los españoles, un Estado-nación para una gran parte de la población y sólo un Estado pero no una nación para importantes minorías» (II, p. 65).
Los trabajos que se agavillan en estos volúmenes tienen, como ya se ha sugerido, desigual valor, aunque el tono medio raya a una gran altura. Desde luego –y obviamente con ello no descubro nada, sino que me limito a una obviedad– el lector generalista no va a perder el tiempo si se sumerge en la lectura completa, aunque lo más normal será que tanto aquél como, en mayor medida, el especialista escojan para una lectura selectiva aquellos artículos que más cercanos se encuentren a sus intereses particulares. No puede silenciarse, sin embargo, que uno de los defectos o inconvenientes que a buen seguro se imputará a esta edición estriba en el carácter añejo –dicho sea, al menos por mi parte, sin intención peyorativa– de los escritos aquí reunidos: en efecto, estas páginas presentan las contribuciones de Linz tal como éste las dio a la imprenta en su momento, sin añadidos ni alteraciones. Sería absurdo negar que en algunos casos pesa especialmente esa falta de actualización, sobre todo cuando nos situamos en un terreno tan dinámico como el de los nacionalismos y el Estado autonómico. Pero, la verdad, dado el volumen y características de la producción linziana, tampoco hubiera podido ser de otro modo y, en cualquier caso, como ya se dijo antes, leer a nuestro autor es siempre, pese a todos los peros, un placer para la inteligencia. Un reconocimiento, dicho sea de paso, que no implica asentimiento continuo: aquí hay mucha materia discutible, y sería hacerle un flaco favor al propio autor, además de una muestra palpable de estulticia, una especie de rendición incondicional a sus tesis, como resultante última derivada de su prestigio hoy indiscutible.
Y hago esta última alusión –que podría parecer extemporánea a algunos y ociosa a la mayoría– porque, al repasar ahora los volúmenes y mis notas, me doy cuenta de que los elogios, hoy abrumadores, a la figura de Linz y su obra contrastan con las reticencias (en el mejor de los casos) o las críticas frontales que una y otra –la figura y la obra– despertaban en nuestros medios intelectuales en un ayer no tan lejano. Linz, en efecto, era una figura más que sospechosa para la intelectualidad progre de hace unos pocos lustros –y no digamos ya la del tardofranquismo–: un sociólogo radicado en Estados Unidos, formado en el medio universitario norteamericano, mucho más proclive a Weber que a Marx, poco comprometido con la lucha antifranquista (tal como entonces se concebía), sin veleidades obreristas (más bien lo contrario, su figura era fácil de caricaturizar como elitista) y que, además, no sólo anteponía «entender» a «condenar» el régimen de Franco, sino que se atrevía a hablar de «pluralismo limitado» en el seno de la dictadura. Algo de lamento tardío por esta actitud –un reconocimiento que le honra– hay en las palabras de presentación de Álvarez Junco que encabezan el primer volumen: Linz –dice– era para los universitarios antifranquistas un «autor difícil de comprender, y más aún de aceptar». Y en términos todavía más contundentes añade: «El racionalismo, la moderación política y la cautela científica de Linz eran sospechosos. Perdimos mucho tiempo. Todo el que hubiéramos ganado si él hubiera guiado nuestras lecturas». Pues bien, ahora que casi todo el mundo lo acepta como maestro, ahora que casi nadie le regatea elogios (con ese exceso pendular que es característico entre nosotros), apresurémonos a hacer lo que antes no hemos hecho, por rechazo o por las dificultades objetivas: leamos a Linz. Esta encomiable iniciativa de Obras escogidas nos lo pone fácil.

01/05/2009

 
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