ARTÍCULO

Del Ateneu a Pombo pasando por Barbastro

Anagrama, Barcelona, 1998
Trad. de Fernando Gutiérrez
 


Escritas originalmente en catalán en 1954, y traducidas al castellano tres años más tarde, las voluminosas y pormenorizadas Memorias del célebre poeta, dramaturgo y novelista barcelonés Josep Maria de Sagarra alcanzaron un muy discreto eco en su momento, en gran medida porque su autor se había quedado en una incómoda tierra de nadie: sospechoso, como autor en catalán, para el franquismo, pero distanciado del catalanismo militante, Sagarra, que había cosechado tantos éxitos en las décadas anteriores, ni siquiera intentó cumplir la promesa que cierra este volumen, la de continuar el relato de su vida. Así, en efecto, lo primero que le resultará sorprendente al lector no avisado es que tras casi novecientas apretadas páginas, la narración se detenga abruptamente en 1918, cuando el escritor contaba... ¡veinticuatro años!

La segunda observación para el lector incauto guarda relación con el contenido y el tono mismo de estas memorias: que nadie espere del autor de Vida privada un relato salpimentado maliciosamente con las debilidades y devaneos de sus coetáneos, porque en esa vertiente encontrará pocas anécdotas que llevarse a la boca. Por el contrario, el propósito del autor, explicitado en el prólogo y en la pequeña conclusión, es escribir «un libro decente de pies a cabeza», una «confidencia amable», siempre en «la antípoda del chisme y el escándalo».

Hechas, pues, esas precisiones indispensables, podemos decir de entrada que nos encontramos con una obra monumental en varios sentidos –por lo que cuenta y cómo lo cuenta–, un extraordinario cuadro de época, un fascinante relato de maravillas y miserias, una abigarrada evocación de un ambiente y un período (los años tempranos del siglo), en la que no se sabe qué admirar más, si la increíble memoria del autor para los más nimios detalles o su capacidad de caracterización física y moral de decenas de personajes con tres o cuatro trazos precisos.

Se debe subrayar precisamente la primacía de los personajes por cuanto su descripción minuciosa revela el interés supremo que por ellos siente el narrador. No es una consideración menor, pues el empeño que pone Sagarra en perfilar, hasta el menor gesto, a familiares, profesores, amigos o simples conocidos, tiene como objetivo último legar un retrato de «su mundo», cercano y remoto, ya irremediablemente superado, de aquella atmósfera de efervescencia cultural que califica reiteradamente de «inocente, pura e irresponsable». Al rememorar sus años mozos, Sagarra proyecta su alegría vital y se funde sin rebozos con el contexto que describe: en primer término, una Barcelona humana y entrañable, donde la gente en general, y no sólo él, «participaba de una auténtica felicidad», y hasta «los pobres tenían muchas más posibilidades que hoy». De esa melancolía por aquel supuesto paraíso perdido está impregnado todo el libro.

Dividida en cinco partes de pareja extensión, la obra va ganando en interés y profundidad según se van recorriendo las páginas, aunque sólo sea porque el lector debe superar en principio el inevitable peaje que Sagarra tributa a sus antepasados en forma de prolijo (y casi agotador) relato de sus vidas y milagros, que se remonta a 1524, en la búsqueda del primer ancestro por parte paterna, y a 1034, para el primer documento que da fe de la existencia de la rama materna. Salvado ese escollo, se puede entrar en las aguas apacibles de la primera infancia del escritor, con unas magníficas pinceladas dedicadas a la mansión familiar (en la parte del casco viejo barcelonés que fue derribado para hacer la Vía Layetana: otro símbolo del pasado irrecuperable), el primer colegio (con un inefable maestro integrista, de los de El Siglo Futuro), la finca de recreo en Santa Coloma de Gramenet y, en definitiva, todo el proceso de iniciación a la vida, que alcanza cotas sublimes en la descripción del ambiente rural desde la perspectiva de un inquieto niño de ciudad, con los incendios de la Semana Trágica como telón de fondo.

La parte siguiente, «Entre Ariel y Calibán», empieza justo cuando Sagarra accede a la universidad. Hasta este momento el contenido de la narración apenas ha salido de la órbita privada (familiar y escolar), con contadas menciones de los acontecimientos sociales y políticos de su tiempo. Aunque en este terreno las memorias de Sagarra nunca son muy explícitas, a partir de ahora empiezan a aparecer personajes importantes de la sociedad catalana de la época, hasta el punto de que antes o después terminan desfilando todos los que entonces significaban algo en la vida cultural, política o periodística: Verdaguer, el doctor Robert, Durán i Bas, Maragall, Guimerà, Prat de la Riba, Domènech i Muntaner, Cambó, Corominas, Gaziel, D'Ors, Carner, Pijoan, Durán i Ventosa, Pompeu Fabra, Gener, Brossa, Dalí, Alomar, Carles Riba... Por lo general, el retrato que de todos ellos traza Sagarra es de respeto y comprensión (a veces incluso excesivos, sobre todo en comparación con el tramo final del libro). También aquí pueden encontrarse perlas como la fugaz descripción del Paralelo y el ambiente «sicalíptico» de los antros y cabarets, que luego volverán a aparecer, en otros apuntes magistrales, al alcanzar su esplendor máximo en los días de la Gran Guerra.

En mi opinión desfallece el ritmo en la parte siguiente, con una parsimoniosa descripción de un viaje a Italia –visita al Santo Padre incluida–, que recrea conscientemente los aspectos más tópicos. La vuelta a Barcelona –estamos ya en 1913– supone una recuperación del tono anterior, y aún más, una revitalización del pulso narrativo –acorde quizás con lo que el autor cuenta, el ya imparable despegue de su vocación literaria– que alcanza su cenit en el último capítulo, las doscientas páginas cumbre del libro, dedicadas al mundillo intelectual madrileño y sus aledaños, que Sagarra conoce durante los dos años de residencia en la capital (1916-1918): el Ateneo, el ambiente estudiantil, la bohemia, los cafés literarios (Fornos, Pombo), la colonia catalana, las «variedades», el nacimiento de grandes diarios (El Sol) y hasta las pensiones y casas de huéspedes donde se refugiaban los que disponían de menos posibles.

Como en el caso catalán, van desfilando todos los que eran alguien, intelectualmente hablando, en la España del momento, desde Unamuno a Ortega, de Baroja a Pérez de Ayala, o de Mariano de Cavia a García Morente, pasando naturalmente por Azaña, Ramón y Juan Ramón, doña Emilia, Valle-Inclán, Bagaria, Salinas... y hasta Galdós. En este Madrid «de las innúmeras carretas de bueyes, de los cafés infinitos y de la miseria enseñando el culo», la pluma de Sagarra se afila, se hace menos complaciente, y con un distanciamiento irónico que recuerda en algunos momentos al Pla de Madrid, 1921. Un dietario, traza un impagable retrato de personajes y personajillos del momento.

El adolescente que había hecho del pujante Ateneu barcelonés su segunda casa, el joven que había consolidado su vocación literaria frecuentando el madrileño café de Pombo «en su época más brillante y enigmática», termina su relato haciendo de muñidor electoral, al servicio de Cambó, en Barbastro. Las páginas dedicadas a las «actividades electorales» en el pueblecito aragonés (inclúyase funeral solanesco y hasta la compra de un braguero) constituyen una pieza maestra, un monumento literario del más crudo esperpento, que culmina en una pantagruélica comida entre pedos y descorche del «mejor champán francés», perdices en salsa y perros saltando por encima de la mesa, en una hilarante «promiscuidad» entre animales, aristócratas, niños salvajes y demás familia (a destacar, la abuela, «cuya delantera parecía la proa de un falucho»), bendecidos todos ellos por «el brazo eclesiástico», que atiende al nombre –¡naturalmente!– de don Espiridión.

Hoy en día, con una revalorización del género biográfico y una mayor atención de los historiadores hacia el factor humano, pueden entenderse mejor obras como esta, que no basan su atractivo en el oportunismo ni agitan ningún señuelo político o de otro tipo, sino que se limitan a ofrecer exactamente lo que proclaman (lo cual no es poco en estos tiempos). A pesar de que el libro viene avalado por los elogios de importantes figuras de nuestra literatura –tanto del ámbito castellano como catalán–, y a pesar también de que aparezca clasificado editorialmente como «narrativas hispánicas», conviene advertir por último que más que un texto de puro disfrute literario para el gran público, nos encontramos con un material que valorará por encima de todo el historiador o en general el investigador de la «edad de plata» de nuestras letras. En este sentido, digámoslo con rotundidad, nos encontramos ante un testimonio imprescindible.

01/08/1998

 
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