ARTÍCULO

Reflexiones de un nacionalista liberal

Espasa Calpe, Madrid
228 págs. 5,2 €
 

Tras la inesperada derrota de 1993, ante un partido socialista zarandeado por los escándalos, José María Aznar, presidente del Partido Popular, publica un libro, España. La segunda transiciónLa primera edición es de 1994. Cito por la edición de bolsillo, Madrid, Espasa Calpe, 1995. Las citas del libro aparecen como I seguido del número de página., en el que expone las líneas generales de su futura acción de gobierno. En mayo de 2004, después de un revés aún más sorprendente, explicable en buena medida por el atentado terrorista de Madrid, el ex presidente del Gobierno publica un segundo libro, Ocho años de gobiernoJosé María Aznar, Ocho años de gobierno.Una visión personal de España, Barcelona, Planeta, 2004. Las citas del libro aparecen como II seguido del número de página., escrito, mejor dicho, dictado en los últimos meses de gobierno (II, pág. 9), una vez que contra viento y marea mantuviera la decisión, tomada antes de llegar al poder, de permanecer sólo dos legislaturas, convencido, como casi todo el mundo en el último año de su mandato, de que ganaría las elecciones el candidato por él designado. El lector saca la impresión de que la derrota del 14 de marzo apenas ha modificado estilo y contenido, ni ha desviado lo más mínimo la intención última del libro: servir de testamento político. «No puede uno marcharse de un partido político dando un portazo, cuando uno se va, hay que dejar un partido ordenado, con ideas claras y un proyecto articulado» (II, pág. 98). Tan seguro parece de sus convicciones que cree que por su propia fuerza sobrevivirán al día que se ausente del Gobierno y de los órganos directivos del partido.
Porque tal vez de lo que se sienta más orgulloso es de haber contribuido a que la derecha superase el caos ideológico y organizativo en que se encontraba cuando la primera dimisión de Fraga, creando un partido de centro-derecha, unido en la ideología liberal que, bien gobierna, bien constituye una alternativa clara de gobierno. Y, en verdad, es mérito de dimensiones históricas el haber centrado a la derecha española en un partido liberal-conservador, homologable a los del resto de Europa. Lo único llamativo y hasta ahora diferenciador es que a la derecha del PP no hayan cuajado, como en Francia o Alemania, partidos de ultraderecha que por su sola existencia lo obliguen a centrarse.
Tras el desplome de UCD en 1982, los españoles contamos desde 1989, gracias al equipo articulado por Aznar, con una derecha con capacidad de gobernar, una de las carencias más graves de los años ochenta, que hacía sumamente frágil nuestro sistema de partidos. Curiosamente, Aznar diagnostica hoy una nueva fragilidad que provendría de que «ahora el PSOE parece una confederación de partidos. No puede ofrecer alternativas serias y creíbles. Está continuamente pendiente de sus equilibrios internos de poder» (II, pág. 98). Si a ello se añade que el PSOE no cuenta con una mayoría estable y depende para gobernar de los partidos nacionalistas y de IU, se comprende que el PP haya hecho de este punto el núcleo central de la crítica al nuevo Gobierno.
El verdadero refundador del Partido Popular que, como organización y como proyecto, poco tiene ya en común con el modelo originario de Alianza Popular, ha aprendido del fundador, por paradójico que suene, la importancia de marcharse a tiempo. El partido estuvo a punto de irse a pique cuando hubo que sustituir a un presidente que estaba claro que nunca ganaría unas elecciones generales. A ello se suma la experiencia trágica de UCD, que naufragó en la operación de reemplazar a Adolfo Suárez. Cuando se apaciguaron las aguas, la mañana del 24 de febrero de 1981, el presidente saliente trató de recuperar el poder, y al no estar conforme Leopoldo Calvo Sotelo, Suárez eligió acabar con UCD, empeñado en sustituirlo a medio plazo por un partido nuevo que controlase por completo. Sin duda ha influido también en la decisión de Aznar la triste figura de Felipe González en los años noventa, incapaz de dar paso a un sucesor, pese a que era la única opción que tenía su partido si quería permanecer en el poder. «No sé si habré establecido una pauta para el futuro, sí que estoy muy convencido de lo que he hecho. Lo demás ya se verá. Creo que retirarse después de ocho años en el Gobierno era bueno para la normalidad de las instituciones y también era bueno para el partido» (II, pág. 48).
Del acierto de la decisión, no me cabe a mí, ni a la mayor parte de los españoles, la menor duda; favorece tanto a las instituciones democráticas, que no se acoplan bien con la permanencia indefinida del líder en el poder, como a cualquier partido le conviene que se haga la sustitución cuando las cosas van bien, y no como subproducto colateral de una crisis que nunca se sabe en qué puede parar. Si bien es cierto que no ha establecido «una pauta para el futuro» –el presidente fundador, a punto de cumplir ochenta y dos años, está dispuesto a presentarse por quinta vez en Galicia–, al menos marca una importante diferencia entre ambos, que se trasluce en los partidos tan distintos que presidieron. Mientras el uno dice que, como el buen torero, quiere morir en la plaza, alegando el más egoísta de los motivos –mientras disfrute haciendo lo que hago, no estoy dispuesto a dejarlo–, su sucesor, mucho más joven, lleno de fuerza e ilusión, y que tampoco ha tratado de ocultar lo que salta a la vista, que le gusta mandar un montón, sin embargo, ha prevalecido el convencimiento de que «a mi partido y a España conviene el que me vaya», algo en lo que, evidentemente, lleva toda la razón.
Todos los políticos dicen de sí mismos que anteponen los intereses de la comunidad a los meros personales, pero son muy pocos a los que en el fondo mueva otro afán que mantenerse en el machito el mayor tiempo posible. De todas las decisiones tomadas por Aznar, la de abandonar el poder tras un plazo previamente fijado, ha sido la que más ha llamado la atención y la que a la hora de definir su personalidad política pienso que ha de colocarse en el frontispicio. En conexión con ella resaltan dos rasgos de su carácter: el primero que «una vez tomada una decisión hay que saber mantenerla siempre» (II, pág. 45), convencido de que «el liderazgo se demuestra cuando uno se enfrenta a situaciones adversas y es capaz de mantener sus propias convicciones» (II, pág. 43). Aznar se identifica plenamente con la vieja sentencia castellana de «mantenella y no enmendalla», incluso, una vez decidido, no está dispuesto a modificar los tiempos, tan importantes en política. El no rectificar a tiempo le ha llevado a cometer algunos errores graves, entre los que incluyo la designación de la última ministra de Asuntos Exteriores.
La segunda peculiaridad que ha dejado bien patente es que su proclamado «amor a España» no es de boquilla, retórica hueca, propia de la vieja derecha, sino un elemento que tenemos que tomar en consideración para entender su comportamiento. Aznar cree en la nación española y, como político, lo que más le importa es fortalecer una identidad nacional que la larga dictadura de Franco había puesto en cuestión. En una España en la que prevalecen los nacionalismos periféricos, no ha de extrañar que se alce uno que incumbe a todo el Estado. Si los norteamericanos calificaron al primer Gobierno de Felipe González como uno presidido por un joven nacionalista, a nadie puede sorprender que subrayemos lo obvio: que Aznar cree en la nación española y con tanto o más motivo puede ser descrito como un nacionalista español. Algo que, desde luego, no resulta fácil en una España en la que este término no dice nada a una buena parte de los ciudadanos, bien porque se han vinculado emocionalmente a otra patria (Euskadi o Cataluña), bien porque su identidad principal la han traslado a Europa, o a la humanidad toda, cosmopolitas internacionalistas, bien porque estarían de acuerdo con el antiguo presidente de la República Federal de Alemania, Gustav Heinemann, que ante la pregunta de si amaba a Alemania, contestó que amar, lo que se dice amar, sólo a su mujer. Pues bien, en 1996 este nacionalista de derechas únicamente podía gobernar con un pacto con los nacionalismos periféricos, y al realismo político de Aznar debemos el que la derecha española haya terminado por aceptar el Estado de las autonomías, un logro histórico de enormes dimensiones que no siempre se le ha reconocido.
Dejemos constancia desde un principio de que Aznar en la política española –yo diría que incluso en la europea– es una rara avis que llama la atención, precisamente por ser un hombre de convicciones arraigadas. Este es el rasgo principal del que se derivan buena parte de los otros que lo han convertido en un político, digamos, tan especial, de lo que es testimonio el libro que comentamos. Porque, empezando por su aspecto físico y siguiendo por esa mezcla de timidez y voluntad inflexible que lo hace poco simpático –él habla de «sequedad» (II, pág. 46)–, la verdad es que uno pensaría que no cuenta con las cualidades mínimas para que el mejor asesor de imagen hiciera de él un líder mediático. El hecho de que, sin embargo, haya unificado el partido y llegado a presidente de Gobierno en 1996, alcanzando en 2000 la mayoría absoluta, es prueba contundente de que, en contra de prejuicios muy difundidos, en nuestras democracias funcionan otros valores que la presencia física o la brillantez retórica.
Más asombra que, sin la fascinación que proyectaba Felipe González, a partir de 2002, y en mucho menos tiempo, Aznar haya ocasionado la misma polarización entre defensores incondicionales y detractores acérrimos que ya había concitado González en la primera mitad de los noventa. Para aprehenderla en sus múltiples significaciones no basta con apelar a la corrupción y los GAL en un caso, o a la catástrofe del Prestige o a la guerra de Irak en el otro, sino que probablemente provenga de la pervivencia de la vieja división entre una izquierda y una derecha viscerales, todavía perceptibles en una España que llegó a enfrentarse en una salvaje guerra civil. En los países de nuestro entorno, los odios y los amores personales no dividen a la población en dos frentes tan claros como los que se formaron ante Felipe González y José María Aznar. Para explicarlo, este último alude a un «prejuicio histórico que pesa sobre el centro-derecha español y sobre la historia de España. Según este prejuicio, todo el que no sea de izquierdas es de ultraderecha. Por naturaleza, está incapacitado para pensar, para escribir, para enseñar, y con más razón para gobernar» (II, pág. 76). Prejuicio que simétricamente corresponde con el que existe en la derecha, según el cual la persona de izquierda es siempre un comunista, confeso o disimulado, que lo único que pretende es robar lo poco que tenga la gente, perseguir a la Iglesia, burocratizar la vida social y, en un igualitarismo desmedido, acabar con las libertades. En España quedan sin duda residuos de estos dos prejuicios que llegaron al paroxismo con la guerra civil y que el franquismo se encargó de perpetuar.
Excepcional (en un hombre excepcional, tanto por sus virtudes como por sus carencias) es, en fin, que haya acompañado su acción política con dos libros de reflexión. Pocos nombres de políticos contemporáneos podrían citarse por haber escrito libros de este tenor. De Fernando Morán contamos con sendos librosFernando Morán, Una política exterior para España: una alternativa socialista (Barcelona, Planeta, 1980) y España en su sitio (Barcelona, Actualidad y Libros, 1990). en los que se reflexiona sobre la política exterior de España, antes y después de haber sido ministro de Asuntos Exteriores, pero se trata de un diplomático de carrera que se había distinguido por su labor literaria, hasta el punto de que cabría definirlo como un intelectual comprometido en política. Leopoldo Calvo Sotelo, después de haber pasado fugazmente por la presidencia del Gobierno –hubiera sido un magnífico presidente, si no lo hubiera elevado el 23-F y no lo hubiera derribado Suárez, al contribuir decisivamente a la disolución de UCD–, ha publicado libros de ensayo muy dignos, en los que resalta un humor mitad gallego, mitad británico, que constituyen retazos de unas memorias incompletasLeopoldo Calvo Sotelo, Memoria viva de la transición (Barcelona, Actualidad y Libros, 1990) y Pláticas de familia (1878-2003) (Madrid, La Esfera de los Libros, 2003).. En cambio, los libros de Aznar son de reflexión política, sin apenas elementos memorialísticos, si descontamos el hecho obvio de que también se escribieron para justificar la labor política realizada. El libro sobre los ocho años de gobierno no repasa los hechos más importantes de este período en sus circunstancias particulares, proporcionando así información inédita, o contando anécdotas que nos ayuden a mejor entender lo sucedido, sino que se centra, como lo hizo el libro programático de 1994, en las ideas fuerza en que ha basado su acción política. Ambos son libros de reflexión y como tales han de ser leídos y enjuiciados.
En consecuencia, importa desde un primer momento apartar la tentación de examinar la acción de gobierno desde las expectativas que había levantado el primer libro. No sólo obligaría a un análisis sectorial de lo ocurrido en dos legislaturas que, por sintético que se hiciera, sobrepasa con mucho el ámbito de una reseña, sino que dejaría fuera al núcleo principal del segundo libro, que pretende no tanto contar la política realizada como exponer las líneas maestras subyacentes, el fundamento ideológico que ha de seguir aglutinando al PP en el futuro. Aun así, no puedo dejar de mencionar algunos temas en los que resulta llamativo el contraste entre el primero y el segundo libro.
El primer libro lleva por subtítulo La segunda transición, y como de los libros a menudo no queda más que el título, muchos pensaron que, después de los casi catorce años de Gobierno socialista, el autor proponía una especie de nuevo comenzar, al que llamaba un tanto pomposamente «segunda transición». Frente al «mito federal» o el «equívoco de la nación de naciones», habría que consolidar «la España plural», tal como la Constitución la establece en el «Estado de las autonomías». La única corrección necesaria sería «mejorar la integración política del Estado mediante la reforma del Senado» (I, pág. 54). Frente a la corrupción, la marginalización del Parlamento o el control del Gobierno sobre la televisión pública, proponía «la revitalización democrática». Ante el intervencionismo estatal en la economía, habría que establecer una «economía de mercado» según estrictos principios liberales que, junto con el equilibrio presupuestario, constituirían dos instrumentos eficaces para disminuir el altísimo paro que habría originado la política de los socialistas. Podría prolongarse la lista de modificaciones que implicaría esta «segunda transición», pero creo que con lo dicho el lector puede sacar una idea clara de lo que se pretendía. ¿Qué queda de todo esto en Ocho años de gobierno. Una visión personal de España ?
El concepto de «segunda transición», de ser el que organiza las ideas centrales del primer libro, lo que se refleja en el subtítulo, pasa en el segundo a una posición marginal. La «segunda transición» sucede no por la «revitalización democrática», de la que se olvidó nada más llegar al poder en 1996, sino en 2000, cuando consigue la mayoría absoluta, acontecimiento que habría ratificado el poder en una derecha que había quedado un tanto descolocada en la primera transición. «En términos históricos, la transición terminó ahí, en 2000. En 1996 una victoria tan ajustada como la nuestra daba pie a pensar que nosotros éramos un paréntesis en la historia de España. Los resultados del año 2000 dejan claro que eso no es así, y que hay un centro-derecha democrático capaz de gobernar con el respaldo de los electores. Las elecciones de 2000 vienen a cerrar definitivamente la ruptura abierta por la guerra civil» (II, págs. 83-84). En 2000, las aguas habrían vuelto a su cauce, después de que durante las dos dictaduras militares del siglo XX, la del general Primo de Rivera y la del general Franco, la derecha se hubiera desviado de la senda democrática. El acontecimiento que marcaría la segunda transición es que por fin la derecha gobierna con el apoyo de los votos y no de las armas.
Ante las presiones nacionalistas de la periferia, Aznar ha preferido abandonar la reforma del Senado, antes que abrir de nuevo el proceso constitucional, a lo que, una vez en posesión de la mayoría absoluta, se ha cerrado por completo. El lector juzgue, si a la vista de la política realizada, cabe afirmar que en estos ocho años se ha mantenido «un principio incuestionable que un proyecto político nacional que mire al futuro de España debe incluir un programa de revitalización democrática» (I, pág. 72) y que, gracias a la aplicación de este programa, la democracia hubiese mejorado sustancialmente, al menos a partir de que el PP lograse la mayoría absoluta con mayor responsabilidad sobre lo acontecido. Cuando el PSOE detentaba la mayoría absoluta, su política se caracterizaba por «obstaculizar hasta el extremo la labor de control de la oposición y despreciar la opinión de las minorías» (I, pág. 73). ¿Acaso no habría vuelto a ocurrir lo mismo con la nueva mayoría? En 1994, Aznar escribe que «resulta inaplazable la profunda reforma de nuestra radiotelevisión pública, con objeto de poner fin a su vergonzosa actuación al servicio del partido del Gobierno y a sus desmanes financieros. Son tan patentes su manipulación informativa, su programación inadecuada a lo que debe ser una televisión pública, sus despilfarros y pésima gestión que no es necesario insistir en ello. Nuestra democracia no puede seguir padeciendo el tumor, degradante para todo el sistema, de la actual radiotelevisión del Estado» (I, págs. 93-94). Es una opinión que hizo suya la oposición socialista durante su mandato, y me temo que siga siendo válida en 2008, arropada esta vez por los populares. Claro que si continuáramos por este camino de comparar lo pensado con lo realizado, habría que poner también de manifiesto que en política exterior, y sobre todo en política económica, la congruencia es mucho mayor.
Abandonemos la comparación de ambos libros y examinemos el último como uno de reflexión, en el que se manejan ideas y se hacen propuestas, eso sí, teniendo muy en cuenta la particularidad de que ha sido escrito –no abunda el género– por un político en activo. Ello supone, en primer término, no buscar originalidad. En el estadista parece un deporte irresponsable el juego intelectual de ofrecer a cualquier precio las últimas novedades. No es la singularidad de las ideas, ni tampoco la brillantez al exponerlas, lo que importa subrayar en una crítica de este tipo de libros, sino el grado de claridad –la ambigüedad, cuando no la mera confusión, que permiten acoplarse a acontecimientos imprevisibles, suelen caracterizar los discursos del político al uso– y, sobre todo, el tamaño de la convicción que nos permita esperar que también en momentos de crisis mantendrá sus posiciones. Si claridad y convicción son los dos criterios a los que hemos de acudir para juzgar las palabras de un político, Ocho años de gobierno merece un reconocimiento leal: se trata de un buen libro de reflexión política, escrito según los cánones que hay que exigir al político en activo. Si estamos o no de acuerdo con sus análisis y conclusiones es, por lo demás, secundario; lo que importa al lector que no comulga en la ideología del autor es conocer los supuestos teóricos desde los que ha elaborado la política que el Gobierno ha puesto en práctica, y el libro cumple cabalmente este objetivo.
El fundamento último del pensamiento de Aznar es la libertad, entendida como el valor en el que se sostienen todos los demás. Libertad económica, entendida como defensa de la iniciativa privada; libertad individual, como cimiento sólido de la sociedad. Aznar es un liberal convencido y el liberalismo es la doctrina que engarza todo su pensamiento económico, político y social. Se dirá que no es una posición muy original que haya aparecido ayer, pero no es este el criterio que debe aplicarse. En cambio, la verdadera novedad consiste en que un presidente de Gobierno español se defina y, además, haya intentado ejercer de liberal. Desde el momento que consiguió la mayoría absoluta y no se sentía hipotecado por la necesidad de ganar unas elecciones a las que no se iba a presentar, Aznar trató de poner en práctica un liberalismo duro y puro, según el ejemplo de su admirada señora Thatcher (II, págs. 113-114). Después de seis años de entendimiento, fracasó en el intento de someter a los sindicatos, con el famoso «decretazo». En este sentido, la huelga general de 2002 y, sobre todo, el grado de manipulación y de mentira al que llegó la televisión pública, marcaron en cierto modo el principio del fin. A diferencia de la señora Thatcher, que llevó la lucha contra los sindicatos hasta el final, Aznar prefirió replegarse, esperando mejor ocasión. Ello no impide que, desde la restauración de la democracia en 1978, haya sido el primer liberal que ha gobernado España, y tal vez incluso el único del siglo XX, si dejamos a un lado la tradición, harto cuestionable, que se ha inventado para engarzar con el liberalismo de la primera restauración. En todo caso, un liberalismo neto ha gobernado pocas veces y poco tiempo en España, pero me atrevo a decir que es la primera vez que se ha intentado con la rotundidad de Aznar.
«Sin duda la idea de la libertad es previa a la idea de democracia. Pero la democracia es la forma más perfecta de organización de la libertad» (II, pág. 11). La democracia, gobierno de las mayorías y de minorías en la oposición, que resulta de elecciones libres, y que se sostiene sobre el Estado de Derecho y el respeto a los derechos fundamentales de la persona, estaría plenamente establecida en nuestros países, sin que hiciese falta ninguna «revitalización» ni desarrollo ulterior. Es el punto en que más se separa del libro anterior. En cambio, la liberalización de la economía, pese a las privatizaciones llevadas a cabo durante su mandato, sigue siendo un proceso abierto, que no modifica el hecho de que la economía de mercado y la democracia establecida representen formas definitivas que ya no cabe superar. Aznar también piensa que hemos llegado al «fin de la historia», en el sentido de que ya no tenemos que inventar ni experimentar con nuevos sistemas económicos o políticos. «Fukuyama sostiene algo que para mí es evidente: que no hay alternativa a las democracias liberales y que son estos regímenes los únicos que pueden mantener a largo plazo economías abiertas y flexibles, que son las que mayor bienestar proporcionan» (II, pág. 114). Al final todos los países se convertirán a la democracia liberal que representa en su primera y más acabada forma los Estados Unidos de América.
El capítulo que Aznar escribe con un triunfalismo justificado por los logros es el que se refiere al «progreso» económico y social. El crecimiento del PIB fue de 1997 a 2000 superior al 4% y, a partir de 2001, en torno al 2,5%. El déficit presupuestario, que estaba en el 6,6% en 1996, desaparece en 2001, el famoso déficit cero. Con esta política, en diciembre de 1997 se consiguió entrar en el euro, junto al grupo fundador, algo que en 1996 parecía bastante problemático. El proceso de privatización ha avanzado a mayor velocidad: «Así es como hemos podido reducir el porcentaje de gasto del Estado de un 47% del PIB en 1996 a un 40% ahora» (II, pág. 122). Un crecimiento económico relativamente alto y constante ha permitido bajar los impuestos, aumentando la recaudación, lo que ha repercutido en reducir el desempleo a casi la mitad. La seguridad social ha alcanzado 16,6 millones de cotizantes, 4,3 millones más que en 1996. En 2000, en cumplimiento del Pacto de Toledo, se creó el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, pasando del déficit heredado al superávit actual. Lo que más indignó a los socialistas que habían basado sus campañas electorales de 1993 y 1996 en atemorizar al electorado, vaticinando la destrucción del Estado social si ganaba el PP, no sólo se mantuvo íntegro en sus líneas generales, sino que, a diferencia de las últimas fases de Gobierno socialista, las relaciones con los sindicatos fueron buenas. Para mí ha sido una revelación que Aznar sintonizara tan bien con Nicolás Redondo, con quien tuvo «muchas reuniones reservadas» (II, pág. 117). En fin, si desde el plan de estabilización de 1959 el factor principal de crecimiento ha sido la progresiva apertura de nuestra economía, es comprensible que Aznar encare la globalización no como una amenaza, sino, al contrario, como un reto que ofrece enormes posibilidades de desarrollo.
Sea cual fuere la actitud que se tome ante el capitalismo liberal, lo que no cabe negar es la enorme capacidad transformadora que lleva consigo. Muchos pensamos que es inmensa su fuerza destructora en la sociedad y en el medio ambiente, pero también lo es el crecimiento económico que despliega, capaz de proporcionar bienestar material a mayorías cada vez más amplias. Si bien es cierto, como señala Aznar, que la convivencia del liberalismo con el socialismo es difícil, repleta de tensiones y de problemas, no son menos los que se producen al unir el liberalismo económico y social con el conservadurismo. La posición liberal-conservadora de la que se reclama parte Aznar quizá lleve consigo tantos conflictos y tensiones como los que se producen al vincular el liberalismo con el socialismo. Buen ejemplo de ello es la familia, que el conservador sigue considerando institución básica de la sociedad, pero que el capitalismo, al individualizar el sujeto económico, marca una tendencia hacia su superación. La familia ha sido la base económica y la fuente de solidaridad en la sociedad rural tradicional, con un reparto de roles perfectamente definidos entre el marido y la mujer, padres e hijos, que hoy, en las nuevas condiciones de las sociedades urbanas industrializadas, no pueden mantenerse. En una economía en la que cada cual tiene un puesto de trabajo, o al menos aspira a tenerlo, la familia desaparece como unidad económica y como centro de apoyo personal, trasladando el deber de solidaridad al conjunto de la sociedad. Al adquirir la misma educación que el varón y disfrutar como él de un empleo, la pertenencia a una familia deja de ser la única forma de supervivencia para la mujer, como tampoco lo es para el resto de los familiares, con las consecuencias conocidas en la reformulación de las relaciones interpersonales y en el índice de natalidad. No se olvide que la familia nuclear, que el mundo conservador trata como si fuera una institución imperecedera, se generalizó a finales del siglo XIX, al permitir por vez primera que el monto del jornal sostuviese a la familia. En las sociedades más prósperas ha entrado en crisis a finales del siglo XX, cuando se ha extendido la ocupación de la mujer fuera de casa con una natalidad que ella controla. El individualismo inherente al liberalismo, en principio, no deja espacio para la institución familiar que surgió en sociedades tradicionales, en las que era el centro económico de supervivencia. La contradicción que arrastra el liberal-conservador radica en no reconocer el papel que en la destrucción de la familia desempeña el modelo económico que defiende.
Los capítulos que dedica a la política exterior muestran a un autor tan seguro de sus ideas como en el resto del libro, pero ahora se echa en falta la claridad que he alabado como uno de sus rasgos principales. Se entiende que quien ha sido presidente de Gobierno no pueda contar mucho de lo que sabe, con lo que a menudo la argumentación se queda corta o poco convincente, obligado, además, a mantener la ambigüedad propia del lenguaje diplomático. Donde acaso la insatisfacción del lector sea mayor es en las páginas que dedica a Marruecos. Ignora la larga negociación comunitaria que no llegó a un acuerdo sobre la pesca, y cómo ello influye luego sobre las relaciones hispano-marroquíes; pasa como sobre ascuas el tema del Frente Polisario y llega al colmo de la ambigüedad al referirse a la intervención norteamericana en el conflicto que se produce con la ocupación marroquí del islote de Perejil. «No es que nosotros fuéramos a llamar a Estados Unidos para pedirle su ayuda o su permiso, ni mucho menos. Es que Estados Unidos estaba vigilante y sabía lo que estaba en juego» (II, pág. 168). No cabe mayor ambigüedad en cuestión tan decisiva. En estas palabras he visto confirmada la sospecha que he manifestado en algún artículo de periódico de que los problemas presentes con Marruecos, y sobre todo los que se divisan en el horizonte, son la causa última del atlantismo sin resquicios que ha practicado Aznar. Si a esto se suma el que me sienta muy distante de la política que defiende, he de tener buen cuidado en no abandonar el papel del comentarista que no pretende exponer sus propios puntos de vista, sino tan sólo hacer inteligibles los que subyacen en la nueva política exterior de España que ha llevado a cabo en los ocho años de gobierno.
El que hable de «una nueva política exterior de España», el que dé por descontado que se ha producido una ruptura, sería un punto del que Aznar discreparía, haciendo hincapié en la continuidad de una política que se basa en el atlantismo que ha caracterizado a Europa hasta la caída del bloque soviético. Y en efecto, la Europa comunitaria desde 1957 hasta 1989 se construye gracias al apoyo de Estados Unidos, que ejerce una clara hegemonía, en primer lugar militar. La defensa de Europa occidental resulta inconcebible sin la OTAN y sin el papel decisivo que en esta organización desempeña Estados Unidos. Por otro lado, las inversiones norteamericanas en Europa, y luego las europeas en Estados Unidos, han creado un espacio económico común interdependiente. Europa y Estados Unidos se necesitan mutuamente y nadie a ambos lados del Atlántico concibe que se enemisten. En efecto, «no hay una Europa europea y otra atlántica» (II, pág. 150), pero lo que sí se ha producido, inicialmente con la creación del euro –el primer paso de envergadura de la Unión Europea que no contó con el asentimiento claro de Estados Unidos (que al dólar le haya salido una divisa competitiva es algo que todavía los norteamericanos no han asimilado)–, y luego claramente con la guerra de Irak –que llevó consigo un posicionamiento de algunos países europeos en contra de la Administración Bush, claramente desviada hacia posiciones de ultraderecha–, es que se ha llegado a formular la teoría, ésta sí que nueva, de que Estados Unidos no tendría más que aliados ad hoc, según fueran sus intereses estratégicos en cada ocasión. Expresado en los términos en que se ha discutido el tema en Estados Unidos, más que de atlantismo frente a europeísmo, habría que hablar de unilateralismo frente a multilateralismo. La primera posición independiza la política estadounidense de los organismos internacionales, en primer lugar de la ONU, y de sus aliados europeos, reconociendo un único tipo de aliados: aquellos dispuestos a seguir, sin marcar distancias, la política que decida unilateralmente Estados Unidos. La alternativa no es una ruptura o una enemistad de Europa con Estados Unidos, que nadie quiere, aunque sólo sea porque se reputa imposible, sino el multilateralismo, con defensores en Estados Unidos y en Europa, consistente en propugnar una verdadera alianza en que, reconociendo la primacía de Estados Unidos, los socios tengan la posibilidad de defender los intereses comunes desde la perspectiva de cada cual. La aspiración de algunos países europeos, al fortalecer la unidad política de Europa, es convertirse en verdaderos aliados de Estados Unidos, una vez superada la dependencia a la que les tenía sujetos la amenaza soviética.
Justamente este planteamiento es el que brilla por su ausencia en el libro de Aznar. La comunidad atlántica es el interés primario de Europa, que hay que mantener a todo trance. Ya lo formulaba en 1994: «A España le interesa una mayor protección atlántica y contribuir a que Europa también la tenga» (I, pág. 184). En consecuencia, un atlantismo, sin matices ni distingos, es el fundamento último de la política exterior de Aznar. La noción que maneja de «antiamericanismo», que incluye cualquier forma de distanciamiento crítico ante la gran potencia americana, hace desaparecer de su horizonte el hecho básico de que hay distintas formas de concebir las relaciones de Europa con Estados Unidos. Aznar insiste en que la división de una Europa más europea y otra que se mantiene atlantista como siempre, tendría su origen en el «antiamericanismo» que cuaja después del 11 de septiembre. «Es fácil mostrarse solidario cuando hay una desgracia, pero es muy difícil asumir responsabilidades cuando hay que actuar. Así empezaron a surgir todos los prejuicios que nos llevaron a la situación en la que acabaríamos encontrándonos» (II, pág. 147). La fractura de Europa se habría debido a que algunos países –Alemania, Francia– no habrían asumido las responsabilidades que les conciernen en la lucha mundial contra el terrorismo, refugiándose, para salir del paso, en un «antiamericanismo» que se explica por múltiples razones. «Quien tiene la responsabilidad de gobernar no es popular. Menos aún lo es quien tiene responsabilidades de gobierno de la primera potencia del mundo. En los tiempos en que España era una gran potencia, los españoles no fuimos precisamente populares. Nos adjudicaron la leyenda negra, que ha durado siglos» (II, pág. 147). El que manda no es popular –bien lo sabemos los españoles que hemos mandado– y mucho menos si se hace desde una posición claramente democrática. «Estados Unidos es, sin duda alguna, la gran democracia liberal del mundo, y hay mucha gente a la que eso del liberalismo y la democracia no le gusta nada. No gusta el liberalismo, y mucho menos, por no decir absolutamente nada, la economía libre. Ese es el fondo de la mentalidad de la que nacen todos los prejuicios europeos sobre lo pernicioso que es el sistema norteamericano» (II, págs. 149-150). ¡Los que se han posicionado contra la guerra de Irak en el fondo odian la democracia y la economía de mercado! Tengo que confesar que no salgo de mi asombro ante un gobernante europeo que, sin la menor matización crítica, ha hecho suya la argumentación de la derecha norteamericana más fundamentalista. Señalar los posibles errores que hubiera podido haber cometido la Administración Bush desde el 11 de septiembre, no sería otra cosa que caer en el denostado «antiamericanismo».

01/12/2004

 
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