ARTÍCULO

El ser interior

 

Todo el mundo sabe que el individualismo moderno nació en la Italia del Renacimiento. Todo el mundo, excepto los propios habitantes del mundo renacentista. Que ellos no utilizaran ni hubieran entendido el término «individualismo» –parece que fue acuñado en Francia a principios del siglo xix– es el punto de partida de este nuevo libro de John Martin, reputado especialista en la historia religiosa de la Italia moderna, y de Venecia en par­ticu­lar. En él Martin somete a riguroso examen un amplio abanico de ideas relacionadas con las nociones modernas de identidad, tanto colectiva como individual, y los resultados son sorprendentes.
La visión ya tópica del Renacimiento como crisol de una nueva conciencia del individuo en relación con la sociedad y la cultura que le rodeaban fue una crea­ción del gran historiador suizo Jacob Burckhardt. En su conocido libro La civilización del Renacimiento en Italia (1860), Burckhardt atribuyó el renovado clima artístico e intelectual de la época a la aparición de un nuevo tipo de hombre. A diferencia de sus antepasados medievales, que sólo se concebían como miembros de una familia, corporación u otra categoría general, este «individuo espiritual» se caracterizaba por una nueva conciencia de sí mismo como agente autónomo, dotado de una personalidad independiente y psicológicamente compleja. La presentación que hacía Burckhardt del humanista, artista e incluso condottiere renacentista como el «primogénito entre los hijos de la Europa moderna» conoció un enorme éxito, y sigue ejerciendo una gran influencia sobre la visión no sólo erudita, sino también popular, de esta época. Pero también ha tenido sus detractores, sobre todo entre los seguidores del «nuevo historicismo». Esta corriente de historia cultural literaria posmoderna con hondas raíces foucaultianas concibe el hombre del Renacimiento en términos radicalmente diferentes. En la obra de Stephen Greenblatt, el fundador de esta escuela, el ser renacentista representaba –literalmente– una interioridad fragmentada y dividida, una suerte de artefacto cultural con poquísima capacidad de resistir el poder moldeador de las fuerzas sociales, económicas y políticas que lo reprimen. En este esquema, el individuo moderno es más que nada una ficción, un disfraz que apenas disimula la casi total falta de control que la gente a todos los niveles sociales tiene sobre su propia suerte y personalidad.
Ni una ni otra interpretación convencen a Martin. Él propone una nueva lectura que reconoce la complejidad tanto de los nuevos conceptos del individuo que circulaban en la Italia moderna como de las múltiples vías de aproximación a su estudio al alcance de los historiadores actuales. En su opinión, durante el Renacimiento no predominaba ningún modelo de identidad, sino que coexistían diversas formas de concebir las relaciones entre el ser interior y el mundo externo. Entre ellas, cinco revestían especial relevancia:
1) El ser social o conformista, caracterizado por la ausencia de conflicto entre sus papeles sociales y públicos y sus creencias íntimas. El tipo ideal de este ser es el hombre ortodoxo, que se siente cómodo como miembro de la mayoría confesional, étnica y/o política. 2)El ser prudente, que reconoce la importancia e incluso la necesidad del disimulo. El tipo ideal aquí es el hereje, que comprende bien la necesidad de esconder o disfrazar sus convicciones más profundas. 3)El ser teatral, que prefiere la exploración de distintos e incluso disonantes papeles en la vida pública a la actitud de cautela típica del disimulador. 4)El ser poroso, es decir, abierto a influencias externas invasivas. El ejemplar más obvio es la persona (normalmente una mujer) poseída por el diablo, que a juicio de todos ha perdido toda autonomía y capacidad de autogestión. 5)El ser sincero, para quien la manifestación pública de sus creencias es una necesidad imperiosa. Martin no muestra preferencia por ninguna de las posturas dentro de esta taxonomía. Al contrario, piensa que el «ser interior» (selfhood) del Renacimiento se encuentra oscilando entre estas opciones distintas. El énfasis en la variación y la inestabilidad de las formas de identidad rompe tanto con la formulación burckhardtiana como con la nueva corriente historicista, ambas dedicadas a defender un único paradigma –modernista o posmodernista– de identidad personal.
Martin apuesta por una aproximación diferente: la tarea «antropológica» de conocer y estudiar a la gente de la época renacentista a través en sus propias categorías, expresadas por los términos que utilizaban para describir (y prescribir) sus creencias y comportamientos. Su puesto de observación es el tribunal de la Inquisición. Una lectura detenida de algunos de los mismos procesos que estudió en su primer libro sobre la herejía en la Venecia del siglo xvi muestra las claras ventajas de la estrategia epistemológica de repensar fuentes ya examinadas previamente1. Las nuevas preguntas que Martin les plantea se reducen fundamentalmente a una: cómo las respuestas a las preguntas de los jueces revelan diferentes formas de presentación de identidad. Pero Martin escucha con atención no sólo lo que dicen los variopintos acusados, entre ellos artistas desviados, estudiantes protestantes, artesanos anticlericales y curanderas exorcizadas. También le interesan los inquisidores, que aparecen aquí dotados de un conocimiento muy sofisticado de las numerosas estrategias que los reos empleaban para explicar no sólo lo que hacen y creen, sino también –y sobre todo– lo que eran.
Este es un libro pequeño, pero su ambición es grande. El autor apuesta fuerte a favor de su tesis de que la cultura del Renacimiento –a diferencia de la de épocas posteriores– nunca desarrolló una actitud coherente hacia las identidades. Al contrario, vivía esta cuestión con ansiedad, y exhibía muchísima incertidumbre a la hora de marcar las fronteras entre lo interior y lo exterior. Este clima tan confuso acabó favoreciendo el cambio más que la continuidad. Una de las innovaciones más importantes era la consolidación de un nuevo discurso de «sinceridad». Martin atribuye esta novedad directamente al gran desafío emotivo, además de espiritual, de la Reforma protestante, que insistía en que era más importante que el buen cristiano se ocupase de pensar y sentir la fe dentro de sí mismo que mostrar su adhesión a la práctica externa de sus ritos2. Es una tesis arriesgada, pero nadie puede negar su relevancia, ni el interés de un libro tan sugerente.

   1 Véase su Venice’s Hidden Enemies: Italian Heretics in a Renaissance City, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1993.

 2            Desarrolla especialmente esta tesis en las páginas 103-123. Su anterior artículo, «Inventing Sincerity, Refashioning Prudence: The Discovery of the Individual in Renaissance Europe», American Historical Review, vol. 102 (diciembre de 1997), pp. 1309-1342, ofrece un excelente resumen de la misma y del libro en general

01/12/2007

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
7 - 5  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE JAMES S. AMELANG
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL