ARTÍCULO

Inocencia y locura

Alfaguara, Madrid, 1998
360 págs.
 

En el escritor cubano Eliseo Alberto, nacido en La Habana en 1951 y residente en México, hay una necesidad de convertir algunas de sus experiencias personales en experiencias narrativas para proyectarlas en el conjunto de su obra con una serie de referencias que no sólo establecen una complicidad con el lector sino que, incluso cuando son breves, definen el espíritu de su escritura, su concepción estética y su relación con Cuba. Una visión que, asimismo, nos ayuda a situarlo en el contexto de escritores consagrados como Cabrera Infante, Severo Sarduy, Calvert Casey o Reinaldo Arenas y con la nueva escritura cubana que se está imponiendo en Europa y Estados Unidos con, entre otros, Mayta Montero, Zoe Valdés o Abilio Estévez.

La acción de Caracol Beach, definida en la nota introductoria como «una novela sobre el miedo, la locura, la inocencia, el perdón y la muerte», se desarrolla durante una noche de junio de 1994 en un cementerio de automóviles en el kilómetro dieciséis de la autopista de Caracol Beach, un espacio de desolación que no pertenece a nadie y que va a afectar a todos. Allí vive en un trailer de circo Alberto Milanés, quien en 1976 participó en la guerra de Angola. Único sobreviviente de una escuadra de ocho combatientes, el miedo y la culpa lo llevaron a la locura. En su brazo lleva tatuados, a modo de epitafio, los nombres de sus siete compañeros muertos en la selva, entre ellos el teniente Samá, con el que acaba identificándose o confundiéndose. En sus sueños se ve arrastrando un leño con una cadena de siete eslabones. Siete moscardones revolotean como recuerdo de los siete muertos. Y, sobre todo, se le aparece un tigre de Bengala porque, «en las pesadillas todos los animales son tigres». Las suyas son, sin embargo, las pesadillas de la vigilia.

Beto Milanés representa el aspecto trágico de la novela. Por un lado, está la locura provocada por el miedo y la culpa, por el otro, su sentimiento de orfandad, el recuerdo de su madre Catalina, una prostituta que es asimismo el personaje más noble de la novela: «A pesar de la facha, nadie puso en duda la majestuosidad de su dolor». Beto llega a ella a través de los sueños, concretamente del sueño del pozo. Representa también el lazo que lo une a la lejana Cuba. Cuba aparece así como una presencia mágica a través de la madre y como una dolorosa nostalgia a través del soldado.

Para Laura Fontanet, unida también a ella a través del recuerdo de la madre muerta, Cuba es, en cambio, «un piano que alguien tocaba detrás del horizonte». Laura representa, como Theo y Agnes, el aspecto positivo de la novela. Junto a ella están sus compañeros del Instituto Emerson de Santa Fe. Martin Lowell, miope y brillante en sus estudios, Tom Chávez, excelente deportista, con aspecto de galán de la televisión, «un actor de telenovelas». Y ellos son los que marcan el tono de comedia que acaba por degenerar en comedia negra. Martin les invita a celebrar el final del bachillerato en la casa que sus padres tienen en Caracol Beach, un balneario a treinta y dos kilómetros por la autopista de Santa Fe para familias acomodadas y donde nunca ocurre nada.

En Ibandá de Akú nunca sucedía nada, hasta que llegó el tigre. En Caracol Beach «nunca sucedía nada, hasta que la señora Doickson llamó para denunciar a unos jóvenes perversos que bailaban rock en el jardín de los Lowell». La novela es la historia de cada uno de los personajes, sus vidas en apariencia anodinas marcadas sin embargo, desde su nacimiento, por un destino trágico, patético o heroico: el fallecido teniente Samá, la maravillosa Catalina la Grande, el profesor Theo Uzcanga y la profesora Agnes MacLarty, el alguacil Sam Ramos, atormentado por el hambre, por la nostalgia de San Juan de Puerto Rico, por la traición a Beto y por el afecto a su hijo el travesti Nelson o Mandy, el compañero de su hijo Tigran el Temible, la prostituta mexicana y un largo etcétera de personajes que el lector consigue retener sin dificultad porque todos desempeñan un papel específico, muchos de ellos de carácter simbólico, en el desarrollo del relato.

Un desarrollo de gran vitalidad narrativa y lleno de sorpresas. Nos desplazamos del presente al pasado, de un espacio geográfico a otro, de unos personajes a otros. Del mismo modo, de la comedia ligera a la telenovela y a la comedia negra, de la tragedia a la magia de las evocaciones y a los símbolos. Una serie de motivos recurrentes, de invocaciones y de letanías imponen su ritmo musical. La cantante Albita Rodríguez aparece en un escenario, la escuchamos también entre las buganvillas. Reinaldo Arenas y el poeta veracruzano Francisco Hernández son las referencias literarias. Los siete samurai de Kurosawa, la referencia cinematográfica. Y una serie de frases o aforismos marcan, como diademas, el espíritu del libro: «no amar a nadie es una inmoralidad», «el miedo es una camisa de fuerza, el olvido es una celda de manicomio», «la demencia es una forma de extravío», «este mundo es una mierda, sí, una mierda pero no hay otro». Con frecuencia «la frase se ilumina con la impertinencia de un anuncio de neón».

Los temas centrales de la novela son la orfandad, la soledad, la cobardía, la violencia, el suicidio, el miedo y, por supuesto, la locura, la guerra y el amor. El tejido narrativo se apoya en la constatación de que «la vida es una serie de casualidades. De equívocos». En esta cadena de casualidades y de equívocos está la clave del desarrollo narrativo, divertido, ágil, lleno de tensión y de sorpresas. Hay además intensidad emocional y una convincente denuncia de la absurda aventura cubana en Angola aunque desprovista de todo discurso ideológico, resulte un tanto simplista. El exceso, la simplificación, la falta de verosimilitud y la no siempre oportuna intervención del autor son los defectos más visibles. La intervención del autor lleva al moralismo y a hacer demasiado explícito lo que funcionaba perfectamente bien sin necesidad de explicaciones. El exceso lleva a exagerar el elemento de comedia en detrimento de la tragedia. Y hay una mecánica ley de coincidencias que contribuye a alargar la novela innecesariamente.

Pero posiblemente estas objeciones preocupan más al crítico, irritado por la borrosa frontera entre modernismo y postmodernismo, que al amable lector. Ya que, en todo caso, Eliseo Alberto ha mostrado una notable imaginación, una no menos notable capacidad para crear un tejido narrativo complejo, variado y sin embargo perfectamente accesible, la definicion de una estética sin caer en la literaturización y una prosa eficaz desnuda de artificio.

01/08/1998

 
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