ARTÍCULO

De proscripciones y traiciones

 

El mérito es enorme. Revelar, mediante el estudio paciente y exhaustivo de seis casos particulares en que el nacionalismo se ha erigido en el gran protagonista de la historia de una sociedad, la existencia más o menos velada de «manifestaciones, sentimientos, ideas, doctrinas, movimientos y partidos» ajenos al nacionalismo y presentes, no obstante, en cada una de estas seis sociedades; revelarlo, insisto, tiene un mérito enorme. Por varias razones. En primer lugar, por lo que supone, en el orden estrictamente moral, haber modificado el centro de interés. Sin abandonar el campo del nacionalismo, y salvando, claro está, las distancias, se trata de un giro muy parecido al operado por los medios de comunicación españoles el día en que dejaron de enfocar prioritariamente a los terroristas de ETA para interesarse también por la suerte de sus víctimas. En segundo lugar, por lo que tiene de estricto descubrimiento, por los indicios y las certidumbres aportados. Y luego, en fin –aunque ésta sea, tal vez, de todas las razones, la más sujeta a discusión–, por el entusiasmo con que son descritos a menudo estos hitos de lo que el autor llama el «no nacionalismo», por el optimismo que lleva aparejada la propia exposición de los hechos. Este mérito, es hora de decirlo, corresponde a Juan Pablo Fusi y a su último libro, Identidades proscritas. Por supuesto, también a muchos de los que lo han precedido en el estudio de una cualquiera de las sociedades analizadas, y ello independientemente de si su trabajo ha girado en torno a un aspecto concreto de estas sociedades o ha tenido, por el contrario, un carácter más general. Entre la abundante documentación manejada por Fusi, en ediciones convencionales o a través de Internet –a la obtenida en la red el autor la califica, entre asombrado y agradecido, de «inundatoria»–, figuran ensayos, novelas, poesías, biografías, artículos, monografías, informaciones periodísticas o simples estadísticas. Pero, más allá de las deudas contraídas –y puntualmente reconocidas a lo largo del libro–, está el acierto del ensamblaje. De entrada, en lo tocante a cada uno de los casos tratados, donde aparecen mezclados política, literatura, arte, economía, conflictos lingüísticos, religiosos, laborales, todo cuanto, en definitiva, favorece una aproximación totalizante a la sociedad en cuestión, y siempre desde la doble perspectiva del nacionalismo y el no nacionalismo. Y luego, claro, en lo tocante a la suma de todos estos casos, a su exposición conjunta, dado que constituye una muestra –parcial, pero significativa– de la dialéctica generada por la irrupción del nacionalismo en estas sociedades y permite entrever, aquí y allá, determinadas constantes. Identidades proscritas aborda los casos del País Vasco, Irlanda, el judaísmo, Sudáfrica, Escocia y Canadá. Esto es, el análisis de una sociedad que el autor conoce de primera mano, por haber nacido en ella –en San Sebastián, concretamente– y por haberle consagrado buena parte de su obra, y de otras cinco sociedades que le resultan sin duda más ajenas, aunque no puedan por menos de recordarle, en más de un aspecto, la suya propia.Tal vez por ello el capítulo inaugural del libro sea el dedicado al País Vasco. Nada mejor que un territorio conocido, estudiado hasta la saciedad, para sentar las bases de lo que vendrá a continuación –y aquí, al decir territorio, pienso no sólo en el País Vasco, sino también en España entera–.Y es que gran parte de los rasgos que caracterizan el caso vasco constituyen, a su vez, los atributos esenciales de algunas de las otras sociedades analizadas. Así, la aparición del nacionalismo a finales del siglo XIX como un fenómeno divisivo, que rompe una sociedad plural, forjada trabajosamente a lo largo de la historia no por oposición a España, sino como parte fundamental de la misma, se da igualmente en Irlanda y Escocia, internamente y en relación con el Reino Unido –si bien en el caso escocés con poco éxito–, y, aunque algo matizada, en el Quebec canadiense.También la construcción de la identidad nacionalista en torno a una lengua, a un fuerte sentimiento religioso, a un mundo rural idealizado y a un conjunto de mitos y leyendas es común al País Vasco, Irlanda y Quebec (en Escocia, el hecho de que ni la lengua ni la religión acompañen lo suficiente dificulta considerablemente el proceso constructivo).Y, en fin, la existencia en todos estos lugares, al lado del nacionalismo étnico, de un nacionalismo cívico o de un «no nacionalismo», de una suerte de identidad comunitaria, de sentimiento de pertenencia a una comunidad determinada, que tanto puede manifestarse a través de la cultura –la inmensa mayoría de los grandes escritores irlandeses, los Wilde, Shaw, Joyce, O'Casey, Beckett, crearon su obra al margen o a pesar del nacionalismo– como a través del deporte –el ejemplo del fútbol en Escocia–, o de la urbanización y modernización de la sociedad –la ciudad de Montreal en Quebec, un islote mayoritariamente anglófono rodeado de irredentismo «francofrancés»–, o de la propia política –el constitucionalismo vasco, con su componente cívico–; la existencia de todas estas identidades proscritas constituye también un nexo, y no precisamente insignificante, entre estas sociedades. Distinta es la circunstancia del judaísmo y de Sudáfrica. No porque no haya lazos que justifiquen su inclusión en la obra –la dialéctica entre nacionalismo y no nacionalismo, y la ocultación del segundo en beneficio del primero, está presente, y bien presente, en ambos casos–, sino porque aquí las características son tan singulares que dificultan un análisis conjunto con el resto de las sociedades examinadas. En el caso judío, por la propia ausencia de un territorio al que referir el estudio o, mejor dicho, por la multiplicidad de territorios, y de Estados, actuantes.Y en el caso sudafricano, por el racismo inherente a la acción política (un rasgo compartido, huelga decirlo, con el judaísmo). De todas formas, el recordatorio de que la inmensa mayoría de los judíos no fueron sionistas, sino ciudadanos franceses, ingleses, alemanes o italianos perfectamente asimilados, o de que, en palabras de Fusi, fue el Holocausto el que «"obligó" a los judíos de todo el mundo, incluidos los judíos norteamericanos, a descubrir que eran judíos», contribuye sin duda a explicar esta proscripción identitaria. De igual modo, el ejemplo, casi sacrificial, del Partido Liberal y el Partido Comunista en Sudáfrica –y, en este contexto, la impresionante figura de Bram Fischer, el abogado afrikáner de buena familia que defendió a los Mandela, Sisulu y Mbeki en el juicio de Rivonia, se afilió al Partido Comunista y acabó sus días trágicamente en la cárcel–, cuya lucha por los derechos civiles a lo largo del siglo XX ha permitido que este país no haya pasado de un nacionalismo afrikáner a uno africanista, encarnado por el Congreso Nacional Africano, sino que pueda hablarse hoy en día de la existencia de un régimen de libertades. El ejemplo de estos dos partidos –digo- sirve también para realzar estas identidades proscritas. Con todo, el propósito esencialmente descriptivo de la obra, la voluntad de fijar, a través de la media docena de casos analizados, la existencia de un espacio no nacionalista allí donde el nacionalismo ha marcado o sigue marcando la pauta, no evita que el lector se pregunte, al cerrar el libro, si basta con ello. Es cierto, como sostiene Fusi, que «el no nacionalismo es ante todo un hecho sociológico (con o sin dimensión política)», por lo que no cabe identificarlo «ni necesaria ni preferentemente» con el antinacionalismo. Pero también lo es que en aquellas sociedades en las que no ha habido, por lo general, una oposición manifiesta al nacionalismo, éste ha acabado saliéndose con la suya. El ejemplo del País Vasco, tan caro al autor, resulta en este sentido muy ilustrativo. Hasta que no surgió, a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco, un amplio movimiento cívico de rechazo al nacionalismo radical –y al menos radical, pero igual de incívico–, los partidos políticos no sintieron el imperativo, o no tuvieron el coraje, de movilizarse contra el terrorismo, esto es, contra la forma más extrema adoptada por el nacionalismo. Lo cual no significa, claro está, que esta lucha sea suficiente para parar el golpe. Sólo indica, vistas las consecuencias, que, de no haber surgido esta respuesta, el objetivo final de los nacionalistas estaría hoy mucho más cerca. Y es precisamente de esta respuesta, de esta resistencia, de esta necesidad de no bajar la guardia, de lo que trata el último libro de Aleix Vidal-Quadras. Compuesto por una serie de conferencias que abarcan un período de casi ocho años –de abril de 1998 a enero de 2006–, La Constitución traicionada constituye tal vez la obra más acabada de su autor, aquella en que menos se notan el roce de la actualidad y la discontinuidad ocasionada por el carácter fragmentario del material empleado en su construcción. A mi modo de ver, dos son los factores que han contribuido a ello y los dos guardan relación con la distancia. Por un lado, el género. La conferencia, aun cuando posee el aliciente de la presencia del público y la tentación consiguiente de buscar refrendos inmediatos a lo que uno está proponiendo –lo cual resulta muy perceptible, por ejemplo, en las dos primeras conferencias recogidas en el volumen, que tuvieron como escenario Barcelona, ante un público fiel y entregado, y centradas en la reforma del Estatuto catalán–, es un género más distante que el artículo, más reposado, de recorrido más largo y, en consecuencia, más profundo. Pero, aparte de este factor –que ya se daba en alguna de las obras anteriores del autor–, está el referido a la otra distancia, la que el propio Vidal-Quadras ha puesto entre él y la política activa. Para entendernos: a pesar de que Vidal-Quadras sea, desde 1999, parlamentario europeo por el Partido Popular, y a pesar de que haya llegado incluso a ocupar la Vicepresidencia de la Cámara, la política, la política de verdad, terminó para él el día de la primavera de 1996 en que José María Aznar decidió que un pacto de legislatura con Jordi Pujol bien valía su cabeza.Y esta fractura –que el europarlamentario no parece haber digerido nunca del todo, a juzgar por la cantidad de veces que alude a ello en el libro, de forma más o menos velada–, al tiempo que ha ido alejándolo de la política ha ido sacando a la luz el intelectual que siempre ha llevado dentro. Algo de lo que todos los lectores, por supuesto, no pueden sino alegrarse. De ahí que La Constitución traicionada, antes que la obra de un político, sea la obra de un intelectual. Eso sí, de un intelectual apasionado por la política. Es decir, de alguien convencido de que «sin verdad reconocible y de contornos precisos, no hay conciencia, y sin conciencia la libertad se transforma en un arma de destrucción del orden social y de la convivencia pacífica».Y hoy en día, el enemigo mayor de esta libertad, una vez enterrado –venturosamente enterrado– bajo las ruinas del Muro el socialismo real, es el nacionalismo etnicista, la forma más perversa y persistente de totalitarismo. Para Vidal-Quadras, no basta con mantener la guardia alta; hay que pasar al ataque. Nada de conllevancias, pues. Las conllevancias se han puesto a prueba durante un cuarto de siglo y el balance no puede ser más descorazonador. No hay asimilación posible. El pacto constitucional de 1978 ha sido traicionado y la responsabilidad incumbe única y exclusivamente a una parte, a la representada por los nacionalismos periféricos (aunque en los últimos tiempos, todo hay que decirlo, uno pueda dudar asimismo de la lealtad del socialismo).Y esta traición empieza a traer consecuencias. Piénsese en la reforma del Estatuto catalán y en el proceso por antonomasia. En uno y otro caso, y más allá de lo que se ventila en cada comunidad autónoma, o precisamente por ello, lo que está en juego es el orden social y la convivencia pacífica que el conjunto de los españoles se dieron a sí mismos el 6 de diciembre de 1978, cuando refrendaron masivamente la Constitución. El punto de vista de Vidal-Quadras recuerda al de no pocos intelectuales que, a lo largo de la historia, han advertido públicamente de los peligros que comportaba la inacción y la estrategia de apaciguamiento ante el acecho de una forma cualquiera de totalitarismo. El destinatario de sus palabras, claro está, son los políticos. O sea, lo que él mismo fue hasta 1996 y sólo en apariencia sigue siendo. De ahí que apele en más de una ocasión a los dos grandes partidos nacionales, el suyo y el socialista, en cuyas manos está la posibilidad de pactar una reforma de la Constitución que frene de una vez por todas lo que el subtítulo del libro llama «la embestida secesionista».A no ser que uno y otro, o el uno por el otro, se conformen con gestionar eso que el autor en el prólogo –en un alarde de anticipación respecto a lo que Pasqual Maragall diría casi seis meses más tarde, con gran escándalo, en el pueblo más diminuto de Cataluña– califica de «Estado residual». Pero La Constitución traicionada no es sólo una reflexión sobre los estragos del nacionalismo en la España constitucional y la consiguiente –y apremiante– llamada a la acción.También es un conjunto de ensayos escritos por un ilustrado, liberal donde los haya, preocupado por la consolidación de las sociedades civiles, convencido de que no todos los valores tienen el mismo valor, comprometido –en este caso, desde la acción y desde la razón– en el proceso de construcción europea y defensor acérrimo de las libertades civiles y de los derechos individuales.Y también es, en fin, un libro irónico, mordaz, muy bien escrito, donde destacan la brillantez expositiva del pensador y la esgrima certera del polemista.Aunque todo ello no impide, claro está, que éste sea también un libro triste. Porque, detrás del intelectual, uno tiene a menudo la sensación de estar oyendo al político que no pudo ser. «No existe peor melancolía que la que produce un trabajo dejado a medio hacer», dijo el autor a su auditorio, el 8 de septiembre de 2005, en Barcelona. Sin duda.

 

01/11/2006

 
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