ARTÍCULO

Dios no juega a los dados (¿o sí?)

 

Nunca fue más cierto aquello de que el pasado ya no es lo que era. Para demostrarlo, el historiador británico, afincado en España, Nigel Townson ha dirigido una obra de historia contrafactual que cuenta con la colaboración de siete reconocidos especialistas en la historia contemporánea de España: José Álvarez Junco, Juan Pan-Montojo, Fernando del Rey, Santos Juliá, Javier Tusell, Pablo Martín Aceña y Charles Powell. Cada uno de ellos, más el propio Townson, responsable de la introducción y de dos capítulos del libro, se encarga de responder a una de las preguntas que jalonan este singular recorrido por la historia de España, desde el asesinato de Prim en 1870 hasta la participación española en la guerra de Irak, con su posible influencia en el atentado del 11 de marzo y en las elecciones generales celebradas tres días después.

La sola idea de poner «patas arriba» los últimos ciento treinta años de nuestra historia puede poner nervioso a más de uno, sobre todo en el gremio de los historiadores. Hay que decir, sin embargo, que la historia contrafactual no es una disciplina del todo nueva, aunque su desarrollo se haya visto favorecido en los últimos tiempos por eso que se ha dado en llamar la «crisis de los grandes relatos», entendidos como procesos históricos unívocos conducentes a un desenlace predeterminado. En su ensayo introductorio, Nigel Townson hace remontar los antecedentes de la historia contrafactual hasta los años treinta, al rebufo de la teoría de la relatividad, del «principio de incertidumbre» de Heisenberg y de la teoría del caos, que tanta influencia ha tenido en algunas ciencias sociales al introducir el azar como variable ineludible del comportamiento humano. La historia contrafactual se sitúa, pues, en la estela de un viejo empeño por romper con rígidos determinismos que a menudo han servido para interpretar el pasado como un proceso cerrado e ineluctable, protagonizado por personajes que actúan guiados por móviles racionales en pos de un objetivo previamente establecido. Frente a la concepción de la historia como un «crimen perfecto», es decir, como una construcción narrativa en la que todas las piezas encajan con pasmosa precisión, obras como la que coordina Nigel Townson vienen a reabrir casos que el tribunal de la historia consideró definitivamente resueltos. Tal vez no sea casualidad, dado el carácter «forense» de esta opción historiográfica, que de los nueve capítulos que componen el libro tres se refieran a otros tantos casos de asesinato: los del general Prim y el almirante Carrero Blanco y la matanza del 11 de marzo. Y aún se podría incluir en este bloque el trabajo de Juan Pan-Montojo sobre la guerra de Cuba, que hace inevitable la pregunta sobre las consecuencias que la muerte de Cánovas en 1897 pudo tener en la crisis del 98.

Esta es una de las premisas de las que arranca el libro: que en la historia no existe la «cosa juzgada», en el sentido que el Derecho confiere a esta expresión. Todo episodio histórico puede ser sometido a revisión, y nada impide formular desenlaces alternativos que podrían haber cambiado por completo el caprichoso curso de la historia. Townson recuerda en su introducción que el análisis contrafáctico ha sido acusado alguna vez, sobre todo desde la historiografía marxista, de ser un mero pasatiempo de salón que trivializa el sentido profundo de la historia. Ello no ha sido óbice para que los mismos que han anatemizado la historia contrafactual hayan recurrido a ella cuando les ha interesado. Juguemos limpio, pues, y admitamos que todos hemos sentido la tentación e incluso la necesidad de preguntarnos «¿Qué hubiera pasado si...?». La mayoría de los supuestos que plantea el libro justifican este juego de simulación histórica, empezando por la pregunta recurrente –el contrafáctico por excelencia de la España del siglo XX – sobre si hubo alguna posibilidad de evitar la Guerra Civil. Recuérdese el debate que sostuvieron años después dos protagonistas de la política española de los años treinta, José María Gil Robles y Joaquín Chapaprieta, cuyas memorias sobre aquel período se titularon, respectivamente, No fue posible la paz y La paz fue posible, o la respuesta afirmativa que Largo Caballero da en sus memorias a la pregunta «¿Pudo evitarse la guerra civil?». También lo cree Santos Juliá, aunque con muchas y razonables cautelas, al analizar las opciones abiertas en aquella encrucijada en que se encontró la República en mayo de 1936, cuando Indalecio Prieto recibió de Azaña el encargo de formar gobierno. En caso de haber aceptado y de encontrarse en el poder el fatídico mes de julio de 1936, los militares sublevados habrían tenido enfrente, según el autor, a un gobierno con amplio respaldo popular y con un presidente enérgico y resolutivo en disposición de abortar el levantamiento militar antes de que fuera demasiado tarde. Lo que no cree Santos Juliá es que para ello se diera la condición previa: que Prieto hubiera podido vencer la resistencia del grupo parlamentario socialista, formado en gran parte por seguidores de Largo Caballero, cuyo veto tácito a Prieto como candidato a la presidencia del gobierno desbarató en origen aquella operación. Sólo quedaba la posibilidad de que el dirigente socialista optara por la vía de los hechos consumados y aceptara el nombramiento contando con que, una vez en el poder, sus rivales en el partido no se atreverían a negarle su apoyo. Azaña siempre le reprochó que no diera ese paso, pero era una tirada de dados –como los que ilustran la portada del libro– de resultado muy incierto, porque, como dice Santos Juliá, es altamente improbable que la izquierda del PSOE y de la UGT le hubiera dado un cheque en blanco a su bestia negra para salvar a una república «burguesa» en la que Largo Caballero y los suyos habían dejado de creer. Sólo en el caso remoto de que los caballeristas hubieran votado su investidura, un gobierno de Prieto habría podido tal vez evitar la Guerra Civil.

De todos los supuestos considerados en el libro, el que parece menos justificado es el que plantea Nigel Townson sobre una posible coalición electoral de los partidos republicanos en 1933 capaz de impedir el triunfo de la CEDA y, con ello, las convulsiones del Bienio Negro. En primer lugar, que Azaña y Lerroux pudieran llegar a un acuerdo para gobernar juntos y presentarse en coalición en unas próximas elecciones puede considerarse descartable incluso como hipótesis. La historia del primer bienio republicano sería incomprensible sin el conflicto casi permanente entre estos dos personajes, cuyas relaciones se encontraban en el otoño de 1933 en un momento especialmente tormentoso. En segundo lugar, admitiendo como mera especulación que los republicanos hubieran ido en coalición a unas elecciones anticipadas, lo más probable es que su electorado más conservador, guiado por su aversión a Azaña, hubiera acabado votando a la CEDA, que habría visto agrandado de esta forma el triunfo electoral que obtuvo en noviembre de 1933. Así pues, lo que los republicanos hubieran ganado por la izquierda, concentrando votos y escaños, lo habrían perdido con creces por la derecha. Tal es la conclusión a que llevan algunas simulaciones contrafactuales: que la historia se parece a un juego de «suma cero» en el que lo que se gana por un lado se pierde por otro.

Otras veces queda la impresión de que de esas encrucijadas salen caminos que dan largos rodeos y atajos que sirven para llegar en menos tiempo al mismo destino. Álvarez Junco sugiere que si Amadeo de Saboya hubiera podido contar con la ayuda del general Prim, asesinado tres días antes de que el nuevo rey pusiera el pie en España, la monarquía amadeísta habría tenido una opción seria de consolidarse y de dar al país una estabilidad institucional de la que estaba muy necesitado. Aquel régimen no hubiera sido muy distinto de la monarquía semidemocrática en que acabó convirtiéndose el régimen de la Restauración tras las reformas introducidas por los liberales a partir de los años ochenta, sobre todo la ley del sufragio universal. Este capítulo entra, pues, por derecho propio en el amplio apartado de las posibles oportunidades perdidas de la historia de España, del que forma parte, asimismo, el trabajo de Juan Pan-Montojo sobre la guerra contra Estados Unidos en 1898. En realidad –afirma este autor–, un acuerdo con Estados Unidos sobre Cuba apenas hubiera supuesto otra cosa que cambiar el «desastre» de la derrota por la «humillación» de una paz poco honorable. Tal vez se habría ganado algo en las relaciones entre el Ejército y el poder civil, y la expansión económica iniciada tras el 98 pudo haber sido más rápida e intensa, pero España –como otros países europeos– habría entrado en el siglo XX con la misma o parecida crisis de identidad y autoestima. Tampoco la posibilidad de que Franco rechazara el Plan de Estabilización en 1959 habría tenido, según Pablo Martín Aceña, grandes consecuencias políticas. El crecimiento económico hubiera sido sensiblemente menor en los años sesenta, pero el coste de ese mayor atraso lo habría pagado el país, no el régimen de Franco, una afirmación que va contracorriente de las interpretaciones comúnmente admitidas y que nos pone, como otros ejercicios contrafactuales, en la tesitura de los caminos que se bifurcan para llegar finalmente al mismo lugar. Es un caso parecido al que aborda Nigel Townson al tratar el asesinato de Carrero Blanco. De no haber ocurrido el atentado que acabó con su vida, ¿habría interferido el almirante Carrero, desde la función tutelar sobre el rey que le fue encomendada por Franco, en la posterior transición democrática? Nigel Townson dedica casi cincuenta páginas a responder a esta pregunta y su respuesta se parece mucho a la que dio Alfonso Ossorio hace ya muchos años: que Carrero Blanco se habría retirado discretamente de la vida pública en cuanto hubiera comprobado que la idea de la monarquía que tenía el rey no coincidía en absoluto con la suya.

La gran ocasión, nos dice Fernando del Rey, para que la España del siglo XX siguiera un rumbo más venturoso se presentó cuando la descomposición del sistema canovista hizo inevitable un cambio político que pudo haber llevado a España a la democracia. La última palabra la tenía Alfonso XIII, en cuyas manos estuvo facilitar una transición democrática que probablemente se habría producido –si es que no estaba ya en marcha– de haber negado su apoyo a Primo de Rivera en septiembre de 1923. Esa fue, afirma el autor, «la gran oportunidad perdida» de su reinado y tal vez de la democracia española, que hubiera disfrutado en los años veinte de un contexto internacional mucho más favorable que el que se encontró la República en 1931. El escenario alternativo que a partir de ahí construye Fernando del Rey resulta muy plausible, pero todo él descansa sobre el hecho de que Alfonso XIII hubiera preferido los riesgos de una aventura democrática a las aparentes garantías que, para la estabilidad de su trono, le ofrecía un régimen militar. El rey tenía que optar por una u otra jugada, y prefirió la segunda, porque le permitía seguir ejerciendo de crupier de la política española, convencido como estaba de que en la historia, como en el casino, la banca lleva siempre las de ganar.

Javier Tusell y Charles Powell se refieren a los dos momentos en los que nuestra historia reciente estuvo más cerca de tomar derroteros distintos de los que finalmente siguió. La entrada en la Segunda Guerra Mundial hubiera colocado al régimen de Franco bajo una presión insoportable cuando se consumó la derrota del Eje. En esas condiciones, dice Tusell, «no es imaginable de ningún modo» que el franquismo hubiera sobrevivido al final de la guerra, y, aunque es difícil saber qué tipo de régimen se habría implantado en tal caso, cabe pensar en una democracia de perfil bajo tutelada por los aliados occidentales. El último caso lo analiza Charles Powell con su habitual ecuanimidad. La decisión de Aznar de incorporar a España a la coalición que participó en la guerra de Irak hizo de nuestro país, afirma Powell, un objetivo preferente del terrorismo islámico. Si consideramos los atentados de Madrid como el factor clave en la masiva movilización del electorado que dio el triunfo al PSOE el 14 de marzo, llegaremos a la conclusión de que sin la participación española en la guerra de Irak el PP no habría perdido las elecciones.

Una discutible opción personal forzó posiblemente el rumbo de la historia. ¿Azar o necesidad? Dejémoslo en una decisión de alto riesgo con la que un líder político arrastró a su partido a jugarse –y a perder– el poder. El análisis contrafactual lleva, como se ve, a una revalorización historiográfica del papel del individuo, convertido a veces en el guardagujas de acontecimientos de los que depende que la historia tome una u otra dirección. De ahí la afirmación de Álvarez Junco de que el error más grave que cometió Prim en su vida fue morirse, porque pudo haber evitado fácilmente su propia muerte y ahorrar al país los problemas políticos que se derivaron de ella. Parece una boutade, pero el pasado está lleno de sucesos fortuitos. Recordarlo puede servir como antídoto de la irresistible atracción que el historiador siente por el determinismo, un riesgo inherente, como dice muy bien Townson, a la propia estructura narrativa de la historia. Por el contrario, las simulaciones contrafactuales pueden desembocar en un relativismo histórico que, llevado hasta sus últimas consecuencias, sustrae al pasado de cualquier interpretación racional y hace del historiador una especie de vidente de lo que no pasó. Una paradoja que recuerda aquella sarcástica definición de la historia de Juan Valera como la ciencia que permite «adivinar» el pasado.

01/03/2005

 
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