ARTÍCULO

Sólo para alemanes

 

Resultaba evidente que los organizadores se sentían superados por la situación. Cuando tuvo lugar la presentación pública de la última obra del historiador Götz Aly en presencia del autor, la editorial tuvo que cerrar sus puertas antes de la hora anunciada en las invitaciones como inicio del acto para evitar la avalancha de público. Dos meses más tarde, tras quedarse fuera, varios centenares de asistentes que no habían podido acceder a un debate con Aly golpeaban furiosos una pared de la sala. Desde que se publicara el indiscutible libro de Daniel Goldhagen Los verdugos voluntarios de Hitler, que causó furor en 1996, ninguna otra publicación sobre el tema del nacionalsocialismo en Alemania ha provocado tanto eco en los medios de comunicación como el estudio de Götz Aly. ¿Por qué? Porque contradice el tópico según el cual el régimen nacionalsocialista habría estado al servicio de las élites de la industria pesada, el capital financiero, los militares y la burocracia, pero no al de la «gente de a pie», a la que habría seducido y victimizado.

Aly, inmerso en el polvo de los archivos desde hace veinticinco años, dio con fuentes y hechos jamás citados con anterioridad que demuestran que la dictadura nacionalsocialista aseguró su estabilidad, en absoluto automática, ganándose la lealtad de la mayoría de los alemanes mediante buenas obras de carácter sociopolítico. Según Aly, el gobierno nacionalsocialista se manifestó como una «dictadura complaciente» que tuvo muy en consideración las necesidades materiales y cotidianas de millones de alemanes de clase media. Sin embargo, satisfacerlas sólo era posible –al menos durante la guerra– mediante el saqueo despiadado de los no alemanes: «Basándose en una guerra de saqueo total y de razas, el nacionalsocialismo consiguió un nivel de igualdad y promoción social hasta entonces nunca visto en Alemania. Esto le hizo ser popular y criminal». La asistencia social del Estado para los alemanes y los robos con homicidio masivos de judíos y otros «subhumanos» componen las dos caras de la misma moneda, según Aly.

Al principio de su investigación, Götz Aly se planteaba la siguiente cuestión, todavía hoy sin respuesta: «¿Cómo pudo ocurrir algo semejante?» ¿Cómo un régimen tan criminal pudo actuar con semejante consenso interno hasta llegar al exterminio de los judíos europeos? Aly es deudor de este interrogante desde el principio de su actividad, y ha intentado una y otra vez responderlo desde distintas perspectivas. Se ha ocupado de las acciones relacionadas con la eutanasia en las instituciones sanitarias alemanas –el primer asesinato masivo de «vidas sin valor humano» (lebensunwerten Leben)–, de los planes de traslado, expulsión y asesinato de numerosos científicos y expertos jóvenes, con su «planificación sobre un tablero de dibujo» despreciativa de los seres humanos, y de la expropiación y deportación de los judíos húngaros. Un estudio elaborado en colaboración con Christian Gerlach configuró el punto de partida de El Estado popular de Hitler. El ejemplo de Hungría permitió reconocer claramente la relación entre la «arianización» (en Hungría: «magiarización»), la lucha contra la inflación, el blanqueo estatal de dinero y la política de asistencia social (Wohlfahrtspolitik) para los alemanes.

Quienes se muestran críticos con el libro más reciente de Aly le reprochan al historiador, nacido en 1947, que como antiguo marxista y sesentayochista sitúe la «racionalidad económica» del Holocausto en primer plano y menosprecie la energía criminal de la ideología racial nacionalsocialista. Una crítica injustificada, pues Aly ha seguido con todo detalle los impulsos ideológicos. A los aspectos que ha venido analizando añade uno más –apenas tenido en cuenta hasta el momento–, sin cuestionar los anteriores. Algo tan monstruoso como el Holocausto no puede atribuirse a una sola causa: sólo puede explicarse a través de una serie de interacciones. Raul Hilberg, el investigador sobre el Holocausto de mayor prestigio mundial, considera a Götz Aly su «legítimo sucesor».

Una segunda y muy superficial crítica refuta la tesis atribuida al autor de que el nacionalsocialismo sería el precursor del «Estado social» de la República Federal Alemana. Aly señala, sin duda, algunas leyes y decretos del régimen nacionalsocialista aún vigentes: la introducción de los tipos de impuestos I a IV, el régimen matrimonial de separación de bienes, el subsidio familiar por hijos y la paga de Navidad, la exención de impuestos para los suplementos de nocturnidad, domingos y días festivos, el derecho de los trabajadores a disfrutar de vacaciones y el seguro de enfermedad para los jubilados. Por otra parte, subraya siempre que estos gestos de generosidad, que debían acallar a la masa del pueblo, sólo podían financiarse si el «gran Reich alemán» se resarcía con los países conquistados y, sobre todo, si desvalijaba a los judíos hasta el límite. Sólo así se preveía una buena situación de abastecimiento para los alemanes. Los dirigentes del régimen tenían muy en cuenta el estado de opinión de la población alemana. La mayoría de ellos habían ascendido desde una condición humilde hasta posiciones de poder insospechadas, y conocían las preocupaciones de la «gente de a pie», pero también las posibles –y en 1918 absolutamente fatales– consecuencias de su insatisfacción. Los sobornaron en aras de la unidad interna del régimen y apoyaron de un modo antes nunca visto la posibilidad de promoción social de todos aquellos considerados eficaces. En principio, estas circunstancias son conocidas entre los historiadores y existe un consenso general al respecto. Para el gran público suponen, sin embargo, una provocación y el desafío de tener que enfrentarse de un modo completamente nuevo a la cuestión de en qué medida tu propia familia se aprovechó de posibles complicaciones culpables.

Al igual que torpedea la opinión generalizada de que las conquistas de la «economía social de mercado» se debieron exclusivamente a la tenaz lucha solidaria de la clase trabajadora, Götz Aly contradice el prejuicio de que fueron los burgueses, los ricos, quienes más se aprovecharon del régimen nacionalsocialista. Más bien parece lo contrario: quienes obtenían grandes beneficios tenían que soportar una fuerte carga impositiva, los propietarios de inmuebles pagaban un impuesto especial, los acreedores debían renunciar a los embargos y las empresas habían de asumir unos impuestos más altos sobre sus ingresos. Aun así, el pleno empleo y el rearme tenían que financiarse con créditos tan gigantescos que el Estado amenazaba con la bancarrota. «Si se tiene en cuenta esta situación –escribe Aly– queda clara la razón por la cual la política exterior alemana se encaminaba hacia la destrucción de Checoslovaquia y la interior hacia los pogromos contra los judíos. El fisco alemán necesitaba dinero». El beneficio que se obtuvo con la «arianización» de los bienes judíos, que en su mayor parte se reconvirtieron forzosamente en empréstitos del Estado, debía revertir exclusivamente en el Reich.

Este mismo modelo fue el que se aplicó también más tarde en los países ocupados. Allí las necesidades del ejército –incluida la soldada de las tropas alemanas de ocupación– debían cubrirse, asimismo, con medios procedentes de estos países. Debido a los costes de la ocupación, a impuestos cada vez más altos y a los créditos obligatorios, los gastos de la guerra sobrepasaron rápidamente en más de un cien por cien el presupuesto del último año de paz de un país ocupado, y en la segunda mitad de la guerra a menudo en más de un doscientos por cien. Para mitigar la presión inflacionista, los alemanes desviaron los ingresos obtenidos por la venta de las propiedades judías en forma de fondos públicos –como bonos del tesoro franceses, por ejemplo– hacia las cajas de ahorro estatales de las respectivas naciones, desde donde fluían de nuevo al «presupuesto de los costes de ocupación». De este modo, los países ocupados refinanciaron una considerable parte de las cargas económicas de la ocupación con los bienes de los judíos. Los alemanes se preocupaban mucho de encubrir estas transacciones como asuntos internos del país ocupado. Aly reconstruye las muy semejantes técnicas de blanqueo de dinero a partir de varios ejemplos: Polonia, Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, Serbia, Grecia, Rumanía y Hungría.

Los soldados alemanes se daban la gran vida en todas partes. Los ocupantes pagaban además en efectivo con las respectivas monedas nacionales, lo que, al contrario que las incautaciones arbitrarias, sí que estaba en consonancia con las Convenciones de La Haya. Esto encubría un sistema tan refinado como perverso: todos los bancos tenían que cambiar a su moneda los llamados billetes RKK impresos en Alemania para las tropas alemanas, pero que sólo tenían validez en el extranjero. Por los billetes RKK recibían moneda nacional de los bancos emisores a un tipo de cambio que revalorizaba enormemente el marco del Reich. En lugar de una expropiación individual se produjo una pérdida encubierta para la mayoría, para toda la economía del país ocupado. En Francia, pero también en todos los demás países, los ocupantes dieron rienda suelta a su furor consumista sin control. Enviaron millones de paquetes por correo militar a su país, y cuando volvían de vacaciones los soldados llegaban cargados de productos típicos y objetos de lujo. A testigos a las que interrogó Aly, «todavía hoy se les ilumina la mirada: zapatos del norte de África, terciopelo y seda, licor y café de Francia, tabaco de Grecia, miel y tocino de Rusia, toneladas de arenques de Noruega...». Los líderes nacionalsocialistas, con Hitler y Goering a la cabeza, animaban a los soldados a emprender sus expediciones de saqueo aparentemente legales. Sólo desde el frente del Este, donde a menudo no podía repartirse la soldada, los soldados enviaban a su país el dinero sobrante, con lo cual incrementaban la capacidad de compra en el Reich, algo que el régimen no deseaba en absoluto. Pero también para ese problema se encontró una solución: las tropas de combate eran trasladadas una y otra vez a Occidente, donde podían descansar y volver a acaparar riquezas.

Con su condescendencia, los líderes nacionalsocialistas querían ganarse «el corazón del soldado» mediante una «previsión duradera»: una lección aprendida de las amargas experiencias de la Primera Guerra Mundial. El soldado en el frente no debía preocuparse por la manutención de su familia. En comparación con las esposas de los soldados británicos y estadounidenses, que tenían que mantener la economía doméstica con sólo alrededor del 38% de los ingresos de sus maridos, las familias alemanas recibían por término medio un 73% de los ingresos en tiempo de paz de sus sostenedores, que contaban además con su propia paga. «Desde el punto de vista sociohistórico, las mujeres alemanas dispusieron de más dinero del que nunca antes habían tenido», resumió Götz Aly ante el asombrado público. Aunque fueron cada vez más los alemanes que perdieron sus casas y bienes a causa de los bombardeos aliados, muchos compatriotas pudieron compensar sus pérdidas gracias a propiedades que todavía por entonces eran judías, como muebles, menaje y vestidos. Hasta el verano de 1944 llegaron a diecisiete grandes ciudades alemanas 15.734 vagones con muebles expropiados a judíos de Europa occidental, de ellos 2.699 sólo a Hamburgo.

A pesar de que no puede calcularse exactamente el monto del botín alemán obtenido por la liquidación de bienes judíos, Aly considera que se sitúa entre quince y veinte mil millones de marcos. Directa o indirectamente, en parte a través de largos y tortuosos desvíos, el «95% de los alemanes» vivían de la emigración, la deportación, el asesinato y los trabajos forzados de los judíos europeos: «El Holocausto seguirá resultando incomprensible mientras no sea analizado como el robo masivo con homicidio más sistemático de la historia moderna». Aly elabora los siguientes cálculos: de los costes de guerra corrientes del Tercer Reich, los extranjeros, las personas que realizaban trabajos forzados y los judíos pagaron alrededor del setenta por ciento, los alemanes con mayores ingresos alrededor del veinte por ciento, y los alemanes de clase media y los obreros –que no dejaban de ser unos sesenta millones de personas– un diez por ciento como máximo. Esta proporción fue puesta en entredicho enseguida muy ferozmente por otros historiadores. Así, el historiador económico J. Adam Tooze calculó que no el setenta, sino sólo el veinticinco por ciento de los colosales gastos bélicos del Tercer Reich fueron sufragados desde el exterior. La carga fundamental la soportaron los propios alemanes, en la medida en que firmaban empréstitos estatales a gran escala, con lo que renunciaban a un consumo privado inmediato. Aly contrarrestó con el argumento de que esos créditos de guerra no habían gravado y preocupado directamente a los alemanes, y explicó que la absurda polémica era el resultado de la confusión entre los ingresos –la base de Aly– y los gastos de la guerra. Sea como fuere, ningún lego podrá decidir esta polémica. Pero eso no disminuye las múltiples sugerencias que nos brinda el autor.

A diversas preguntas del público –¿De quién es la culpa? ¿Quién lo sabía?–, Aly reaccionó con una indicación razonable e intelectualmente cabal en el sentido de que eso no constituía el objeto de su investigación, que su libro no tenía respuestas para esto. Que él, en principio, no podía dar una explicación de cuál era la esencia del nacionalsocialismo. Aly considera, no obstante, que, a partir de su trabajo, «la imagen del nacionalsocialismo podría cambiar en los próximos diez años».Y en el sentido de que la motivación racista, ideológica y las convicciones éticas del Holocausto deben completarse por medio de las motivaciones político-fiscales y económicas. Éstas fueron las que jugaron con el oportunismo y la codicia personal de los alemanes corrientes.

Traducción de Ruth Zauner

01/12/2005

 
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