ARTÍCULO

Fronteras y repúblicas

 

El último libro de Félix Ovejero lleva dos ilustraciones: tras las páginas de créditos, una viñeta de El Roto en la que un paisano lee un cartel que reza «Defiéndete de los intrusos. Vota Cromagnon»; y la de la portada, que reproduce el Duelo a garrotazos de las pinturas negras de Goya. Una y otra pueden sintetizar el recorrido esencial de los distintos escritos que componen el libro, la mayoría de combate: mientras que el grueso de su artillería argumentativa –siempre de buen calibre y óptima calidad– se dirige contra el espíritu de tribu hoy encarnado en los nacionalismos en defensa de un cierto republicanismo radical, el modelo ideal presupuesto –la superación de las fronteras– aparece velado tras la sustancia de las razones centrales del texto, sin duda porque Ovejero es consciente de que los Estados, más o menos nacionales, no pueden renunciar a su soberanía, o a los restos que de ella puedan quedarles, por el mismo dilema por el que los luchadores de Goya no pueden fiarse de un posible acuerdo para arrojar sus garrotes y dejar la pelea.
Los términos fundamentales de la argumentación son dos: en negativo, una crítica contundente frente a las dos principales defensas posibles del nacionalismo (del nacionalismo fuerte o propiamente dicho, que pone a la nación como adscripción colectiva dominante y demanda para ella un Estado soberano, quiera decirse lo que se quiera con este hoy vidrioso adjetivo): la del comunitarismo y la de cierto individualismo liberal; y, en positivo, la presuposición de un exigente modelo de democracia deliberativa, con claros contenidos igualitarios, al que el autor ha venido dedicando numerosos escritos los últimos años.
La parte crítica, que tiene como explícito punto de mira a nuestros nacionalismos periféricos, y particularmente al que Ovejero sufre más de cerca –el catalán–, tiene anclajes para ser abstraída a partir de las dos filosofías políticas mencionadas hasta llegar a las dos concepciones básicas de cualquier nacionalismo. Ante todo, la concepción objetivista, para la que las naciones son entidades con una identidad diferenciada –da igual que por la raza o la etnia, la lengua, las tradiciones o quién sabe qué– y sobrepuesta a los individuos que habitan el territorio predestinado por obra de un espíritu intemporal que acoge también a generaciones pasadas y venideras. Frente a la intragable retórica esencialista en la que inevitablemente desembocan estas creencias, que tan fácilmente excusan el sacrificio de los derechos individuales a los ídolos comunitarios de la pureza racial o de la perpetuación de una lengua o una cultura, no se logra una mejor justificación del nacionalismo si se acude al otro cabo de la alternativa.
La concepción subjetivista, al modo del liberalismo más individualista, basa la idea de nación en el modelo del acuerdo voluntario de los asociados a un club. Pero criterio tan aparentemente liberal y democrático no sólo permitiría, como denuncia Ovejero, que los acaudalados construyeran reservas a su medida contratando a siervos sin ciudadanía, sino que sólo puede concluir en la disolución de todo nacionalismo, sea en las variopintas comunidades que deseen segregarse o agregarse, sea, al cabo, en el derecho de cada individuo a entrar o salir de esta o aquella comunidad o incluso a estar solo.
No está excluido que los nacionalistas oscilen de forma ambigua y oportunista de una a otra fundamentación, pero lo que está claro es que entre ellas no hay vías intermedias. No, al menos, vías genuinamente nacionalistas, esto es, lo bastante identitarias como para justificar la aspiración a la independencia estatal. Cabe, eso sí, una visión instrumental de las naciones capaz de dar cuenta de su existencia convencional como resultado de creencias sociales compartidas, de forma similar a como atribuimos sentido al dinero o al matrimonio. Pero esa visión, exenta de pasiones y pulsiones identitarias, desvela a la nación como constructo artificial, compatible en principio –aun con problemas al final– con el modelo de una ciudadanía republicana igualitaria y respetuosa con los derechos individuales al margen de su origen y condición.
Tal es el principal punto de llegada, el más realista e inmediato, de este libro, que, por defecto, propone aceptar las fronteras efectivamente existentes siempre que dentro de ellas exista una república democrática mínimamente decente. Y por cierto, dicho sea de paso, que reconocer que el sistema político español es lo bastante decente como para que no sea razonable justificar la secesión anhelada por nuestros nacionalistas periféricos es algo que no deja de chocar con el lóbrego diagnóstico que de nuestra democracia y otras similares formula nuestro autor.
Sea como sea, más allá de este punto de llegada con tintes realistas, la conocida contradicción del proyecto ilustrado entre la proclamada universalidad de los derechos y su desigual distribución en la práctica, y aun el hecho de que se ponga en riesgo por culpa de los conflictos bélicos, una y otra inevitablemente uncidas a las fronteras, anima a Ovejero a proponer también alguna forma cosmopolita de organización política que permita localizar en cada conjunto de afectados el ámbito de decisión que les corresponde, del individual o el familiar al regional, y del que hoy consideramos estatal al supraestatal. Ovejero lo hace cautelosamente, sin duda porque lo sabe un ideal inalcanzable hoy por hoy y quién sabe si siempre, pero el repudio del nacionalismo, como la nobleza, obliga. 

01/05/2007

 
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