ARTÍCULO

Fresa y chocolate (con churros)

Tusquets, Barcelona, 1997
240 págs.
 

El protagonista de esta narración es un teniente de la policía cubana (Central, Departamento de Homicidios), llamado Mario Conde y que se encuentra suspendido en el ejercicio de sus funciones a causa de una bronca con un compañero. Pero sigue gozando de la protección y el afecto del mayor Rangel, jefe del departamento, quien logra que le asignen la investigación de un crimen de esperpento. El del travesti Alexis Arayán, estrangulado en el bosque de La Habana y al que su asesino le introdujo dos monedas en el ano: post mortem, desde luego. El crimen se comete el 6 de agosto, fecha que en el Gotha sacro –me refiero al santoral de la Iglesia católica– recuerda la dizque transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Y el occiso es hijo de un diplomático cubano de altos vuelos, pero no vivía en la casa paterna sino en la de un disidente, Alberto Marqués, antaño director de teatro de fama incluso fuera de la isla, luego desparametrado por desviacionismo ideológico («elitismo, blandenguería, hipercriticismo, evasionismo y rezagos pequeñoburgueses») en 1971.

Esta novela, Máscaras, del cubano Leonardo Padura, es la tercera de un ciclo titulado Las cuatro estaciones, del que ya han aparecido los dos primeros volúmenes, Pasado perfecto y Vientos de cuaresma. Sólo conozco Pasado perfecto y algún que otro cuento de Padura, y ello gracias a la Semana Negra de Gijón, bendita sea. Bendito sea también el Premio Café Gijón que ha conseguido que por fin se pueda leer en España a un autor de tanto talento. Con todo, déjeseme decir que creo que Máscaras está excesivamente bien escrita, lo que no suena como un elogio, ni lo es. Hay demasiado laboratorio en esta novela. El pie forzado de la fiesta cristiana de la transfiguración actúa sobre lo que se narra como un corsé, y el autor se ha dado cuenta de ello: en el último tercio de Máscaras la transfiguración no se menciona, hasta da la impresión de que Padura hubiese olvidado ese hilo narrativo, queriendo recortar inconscientemente el espacio que ocupa en las páginas anteriores. Por otra parte, y como mandan ciertos cánones, hay una larguísima escena masturbatoria, hay una larga escena heterosexual (con un acento cubano auténtico que la redime), y hay –¡por Dios!– las inevitables dos o tres recetas de cocina, morosas y pormenorizadas y ricas en ingredientes (¡en la Cuba de hoy!) que son el innecesario tributo a la indeglutible y clónica serie de Pepe Carvalho. Y también hay, no sé si como guiño cómplice, homenaje o simple contagio, demasiadas reverberaciones de Fresa y chocolate en la relación del detective Conde con el disidente y homosexual Alberto Marqués: el salto cualitativo es que esa relación termina sellándose con un apretón de manos y no con un abrazo y, además, el disidente sigue viviendo en la isla, seguro que jamás la cambiará por la patria de Mr. Helms y Mr. Burton.

Prima facie, el aspecto más atrayente de Máscaras, sobre todo si tomamos en cuenta el hecho de que está escrita en Cuba y por alguien que también vive y quiere seguir viviendo allí, son las largas parrafadas contra Investigaciones Internas (el aparato estalinista que vigila incansable la pureza de la revolución) y el fariseísmo del stablishment cultural. La descripción del «juicio popular» a Alberto Marqués en vísperas del montaje de Electra Garrigó, el drama atrida de Virgilio Piñera de 1948, puede figurar por derecho propio en cualquier antología sobre la abyección y la cobardía humanas. Pero he dicho antes prima facie: y es que me queda el recelo de que las constantes pataditas a la censura cubana (que no es manca) no sean en último término sino la última coartada de libertad cultural que le quede al régimen castrista. Ya dijo no sé quién que si Kafka hubiera nacido en Colombia lo consideraríamos ahora un escritor costumbrista, y pienso que donde se dijo Colombia más bien pudiera decirse Cuba. Por mucho que nos duela. Y nos duele. Porque en los desahogos de Padura creemos ver lo que él mismo llama, en la página 145, «una libertad de gueto».

Se me queda en el tintero decir que el personaje protagonista, el teniente Mario Conde, amén de investigador policial es alevín de escritor. Uno de sus ídolos es el inconmovible refractario a los medios de masificación comunicada, J. D. Salinger. Su ambición es pergeñar unos textos que sean a la vez «escuálidos y conmovedores». Máscaras incluye un cuento suyo, ni escuálido ni conmovedor, y sin título: y es lógico que así sea, porque el mejor título posible ya lo ocupó hace tiempo García Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Ignoro cuál es el potencial Jekyll/Hide escondido en el alma de Leonardo Padura, pero le atestiguo que el teniente Conde escribe igual de requetebién que su creador.

01/06/1997

 
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