ARTÍCULO

Ferrer, mito y miseria

 

Fue en su época, y más concretamente durante un corto período que podemos circunscribir grosso modo a los tres primeros lustros del siglo xx, uno de los personajes españoles más conocidos y estimados en el extranjero. Aunque eclipsado por los aparatosos acontecimientos posteriores, empezando por la Primera Guerra Mundial, su memoria aún pervive en diversos paí­ses europeos en forma de monumentos, lápidas y placas diversas. No se conmemora en todas esas expresiones materiales tanto al ser humano de carne y hueso (ni al activista, ni siquiera al ideólogo) cuanto al símbolo de la moderna resistencia contra la «España negra e inquisitorial». Es obvio que su injusta condena a muerte como supuesto responsable de la Semana Trágica fue el factor clave para que se desatara aquel emotivo reconocimiento póstumo.
Pero éste no habría sido posible si no hubiera operado sobre la tupida red de contactos y complicidades que había tejido el mismo Ferrer allende los Pirineos en los años inmediatamente anteriores. De este modo se fraguó una de las muchas paradojas que rodearon la vida y la muerte de aquel «millonario subversivo»: como explícitamente se dice en una de las páginas de esta biografía, una de las cosas más llamativas de aquella gran campaña pro Ferrer fue que España quedó al margen de ella. Contrastaba el gran aprecio que se tenía al creador de la «Escuela Moderna» –en Francia sobre todo, pero también en Italia, Bélgica y otros paí­ses europeos– con la indiferencia que su figura despertaba puertas adentro. Más aún, puede decirse que fue precisamente esta clamorosa falta de apoyos la que resultó determinante para que las autoridades españolas lo escogieran como chivo expiatorio de las agitaciones de julio de 1909 en Barcelona. Masón peculiar, demasiado burgués para los anarquistas, excesivamente radical y excéntrico para los republicanos, Francisco Ferrer y Guardia se había convertido por sus propios méritos (teóricos y «prácticos», como enseguida tendremos ocasión de exponer) en auténtica bestia negra para el pensamiento conservador, los partidos de derechas y los sectores eclesiásticos.
La praxis a la que acabo de referirme no era otra que la famosa «propaganda por el hecho». Como estamos tratando de Ferrer y sus compinches, podría precisarse todavía más: el atentado selectivo con fines insurreccionales, con el rey –Alfonso XIII– en el permanente punto de mira. En el limitado esquema revolucionario de nuestro personaje, el magnicidio era el catalizador imprescindible para el levantamiento –necesariamente violento– del pueblo contra el orden establecido. Fue tan coherente o tan fanático –según se mire– con estos presupuestos, que no resultaría muy exagerado caracterizar su vida como una permanente conspiración. Parece que su interés por la pedagogía «moderna» era sincero en la medida en que consideraba que era necesario formar a las jóvenes generaciones en «la ciencia» y en «la verdad», lejos de las garras de la superstición religiosa. No sería exacto, por tanto, considerar que esa dimensión pedagógica fuera sólo una mera tapadera para sus otras actividades subversivas. Pero, como a lo largo de estas páginas queda claramente de manifiesto, nos encontramos ante un hombre de una pieza y no muchas más ideas y, sobre todo, un temperamento impaciente. Ferrer necesitaba vislumbrar la revolución en el horizonte inmediato y para ello estaba decidido a explorar todos los atajos, de modo que urdía, alentaba o financiaba las más variadas maquinaciones tendentes a aquel fin. Eso sí, siempre en la sombra. Difícilmente podía probársele su participación en complot alguno en un marco de garantías. Por eso, la calificación de «figura intrigante» que emplea Avilés le cuadra tan bien: en su doble sentido.
Se ha dicho en distintas ocasiones de un modo simplificado, pero no inexac­to, que Ferrer fue condenado injustamente en 1909 porque no pudo ser justamente condenado en 1906, como promotor, inductor y financiador del famoso atentado de la calle Mayor. Tras una minuciosa revisión de los documentos ya conocidos y de algunos otros dispersos por archivos de diversos países que añaden matices o permiten puntualizaciones, Juan Avilés llega a conclusiones muy cercanas a las ya conocidas: es más que probable que Ferrer estuviera directamente implicado no sólo en éste sino en el anterior atentado contra Alfonso XIII en la calle Rohan de París en 1905. Junto a él intervinieron y colaboraron en diverso grado, y entre otros, Morral, Vallina, Estévanez, Malato y Lerroux, por citar nombres fácilmente reconocibles. La cuestión, ahora como entonces, cuando se celebraron sendos juicios, es hasta qué punto las sospechas fundadas pueden ser aceptadas como evidencias por un tribunal. Y hay que reconocer que en este aspecto de tirar la piedra y esconder la mano, Ferrer fue un consumado maestro.
«Pedagogo, anarquista y mártir»: los tres conceptos del subtítulo intentan abarcar las tres facetas fundamentales del biografiado. Pero hay que dejar claro que todas ellas son hasta cierto punto equívocas cuando las examinamos de cerca y se aplican al personaje que nos ocupa. Con respecto a la primera dimensión, Ferrer fue más un promotor cultural que un pedagogo con ideas propias: era un autodidacta con grandes lagunas en su formación, un hombre consciente en el fondo de sus limitaciones, pese a su petulancia, hasta el punto de que «se consideraba falto de preparación para abordar seriamente los temas intelectuales que más le interesaban» (p. 199). Su cosmovisión era también bastante reducida, con una evidente tendencia al maniqueísmo más grosero. Si a ello le añadimos el radicalismo más elemental en el aspecto estratégico, podemos hacernos cargo de lo que significaba su anarquismo: no era tanto una comunión con el ideal libertario o sus objetivos emancipadores como una confluencia con sus métodos expeditivos. En fin, si fue mártir, lo fue a su pesar, porque en consonancia con su modus operandi en otros casos anteriores, con motivo de los trágicos sucesos de julio en Barcelona actuó siempre bajo cuerda y con actitudes poco claras. Es verdad que no tuvo un protagonismo en los hechos, pero da la impresión de que no fue por falta de ganas, sino porque era a esas alturas un hombre aislado, sin apoyos políticos ni organizativos. Eso sí, hay que reconocer que murió con la entereza y gallardía de las que no hizo excesiva gala a lo largo de su vida.
No le falta razón en cierto mo­do a Juan Avilés cuando escribe en el prólogo que en buena medida cree haber desvelado «el misterio de Ferrer». Al terminar el libro, sin embargo, el lector tiene una sensación extraña: ¿el misterio Ferrer? Cualquier conocedor del ambiente y de la época que aquí se trata tiene que concluir por fuerza que no hay en estas páginas ningún descubrimiento sensacional, ningún dato trascendental que nos obligue a mirar al personaje desde otra perspectiva. Ha bastado con que Avilés ordene todos los datos conocidos con claridad y precisión, que haya añadido algunas pinceladas nuevas y que en los asuntos más escabrosos –los complots terroristas– se haya movido con mesura y hasta –me atrevería a decir, si se me entiende bien– con sentido común. Como resultado de todo ello, el libro es impecable en forma y fondo: he aquí un Ferrer diáfano en su tosquedad. Nada hay en su vida ni en su obra que permita sustentar, ni de lejos, el mito. Por eso, en definitiva, el misterio de Ferrer se diluye: quítense las bambalinas y el oropel... y nada queda. 

01/01/2007

 
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