ARTÍCULO

Los laberintos de Perucho

Alianza, Madrid, 1996
718 págs.
 

Una muy amplia compilación de los escritos imaginativos cortos de Juan Perucho ha sido recogida bajo el título Fabulaciones. El término estampado al frente del libro, con el que el propio Perucho se refiere a cierta clase de textos suyos (según informa Carlos Pujol, responsable de la edición), resulta afortunado, en su sugestiva imprecisión, para nombrar el conjunto de piezas ahora reunidas porque apunta a dos grandes condiciones de la mayor parte de la escritura del autor catalán: gusto por la narración y predominio de lo imaginativo. Las obras recopiladas, sin embargo, ofrecen una mayor variedad que la que supondría una aplicación estricta de esa etiqueta, por lo que el volumen también podría haber adoptado otros rótulos como narraciones, textos breves, relatos cortos o, más sencillo, prosas.

Sugiero estas vagas equivalencias porque de la suma de ellas sale el verdadero rostro de fondo y forma de este grueso tomo en el que, bajo el principio común de la pura creatividad, se alojan clases de escritos no poco diferentes. Sin propósito de hacer una estricta taxonomía, podríamos separar algunas áreas: estampas semilíricas, invenciones imaginativas en torno a elementos de la naturaleza y relatos de más nítido perfil narrativo. Claro está que tales distingos sólo apuntan variaciones sobre un acorde fundamental y que no existe un aduanero inflexible que impida franquear inexistentes fronteras.

Las modalidades apuntadas, de todos modos, resultan oportunas, y no por pura manía académica, sino para calibrar diferencias de tono sustanciales. El primero de los libros recogidos, Diana y el Mar Muerto (1953), contiene muy breves estampas, cristalizaciones sintéticas de una impresión o mínimas divagaciones que dan pie a un comentario lírico. Esta obrita no tiene su anclaje en lo narrativo –la levedad de sus anécdotas lo confirma– porque su filiación está en la prosa poemática, en la estela de Juan Ramón y en la misma órbita ––en intención, que no en calidad– del Ocnos cernudiano. Salvo por el espíritu evasivo que impregna la totalidad de la obra de Perucho, no mucho tienen que ver estas prosas con los otros dos ámbitos imaginativos recogidos en Fabulaciones.

Grupo relativamente autónomo configuran los artículos literarios que nutren al menos tres de los otros libros alojados en el volumen que comentamos: Botánica oculta (1969) con su anexo de pequeño diccionario de plantas mágicas, Lapidario portátil (1972) y Bestiario fantástico (1976), prolongado también con un apéndice, Jaula para pequeños y felices animales. Constituyen estas páginas uno de los sectores característicos de la obra de Perucho y se guían por un común criterio: elaborar un amplio censo de componentes de los tres reinos de la naturaleza –vegetal, mineral y animal– establecido al margen de las ciencias respectivas y sugerido por la más libérrima inspiración. El autor, erudito en peregrinos saberes, parte de una remota tradición, la de los lapidarios y bestiarios, y fascinado por la impronta mágica de antiguos repertorios, a veces utilitarios, da rienda suelta a una fantasía que puebla el mundo de plantas salutíferas o perniciosas, de minerales portentosos y de inquietantes bestias. Tal vez sea en estas invenciones donde mejor se pone de relieve el distante escepticismo de Perucho, su rechazo pasivo de la condición humana y su favorable proclama, de corte surrealista, del irracionalismo.

Este grupo de imaginaciones sí guarda parentesco con el otro restante, al que pertenecen Historias secretas de balnearios (1972) y Cuentos, especie de arcón final que contiene relatos de tres libros que habían tenido existencia independiente, Galería de espejos sin fondo (1963), Rosas, diablos y sonrisas (1965) y Nicéforas y el grifo (1968). Este buen puñado de cerca de setenta cuentos suponen, en el conjunto de Fabulaciones, la presencia de lo netamente narrativo, que en los dos sectores anteriores no alcanzaba semejante importancia. Aquí, sí: en un sentido tradicional, el autor monta una trama que encarna en unos personajes que viven en un tiempo y un lugar. Que personajes o hechos de histórica veracidad se reinventen o mezclen con ingeniosas falsedades, que la ucronía o la acronía desbaraten el hilo temporal, que el apócrifo tenga carta de naturaleza..., todo ello forma parte del peculiar sistema artístico de Perucho, el cual, mejor dotado para la pieza corta que para el relato amplio, que también ha cultivado, encadena en este último bloque algunos de sus cuentos –quizás el término no sea el que más le convenga, pero nos entendemos– mejores y más característicos.

Fabulaciones, pues, no contiene materia nueva, inédita, ni siquiera demasiado olvidada porque todos esos títulos, menos el primero, resultan accesibles al lector interesado. El mérito y la utilidad de esta extensa reunión está en ofrecer junto este amplio corpus y facilitar una visión global de este escritor inventivo. Se aprecia, además, el carácter unitario y coherente de su labor en un lapso temporal de cerca de medio siglo, lo que evidencia la firmeza de unas convicciones artísticas. Perucho pagó el precio del predominio excluyente del canon realista, pero en nuestros días, en que rige una mayor flexibilidad estética, su obra ha conseguido el reconocimiento que se le regateó y permanece como un testimonio vivo de una literatura artística, no testimonial e imaginativa. Cultura y fantasía son los dos rasgos, junto al humor, que definen su fabulaciones, y los más notables de ellas. Ése es su ceñido mérito, enturbiado por algunas graves limitaciones. Su prosa a veces descubre serios descuidos: así ocurre con su afición a los gerundios o con el abuso negligente de los adverbios acabados en «mente» (siete se suceden en el par de páginas de «Simplemente, he mirado» y cerca de veinte se agolpan en el breve relato «Archipenko o la destrucción»). La propia imaginería llega a bordear la candorosa banalidad: véase «Fileas Fogg...» con su ingenuo comienzo en el que el famoso viajero escribe a su amigo Julio Verne, «que se hallaba a la sazón muy acatarrado redactando Veinte mil leguas de viaje submarino».

Atención particular merece la labor prologal de Carlos Pujol, también creador y ensayista, persona inteligente, culta y sensible, pero al que deben hacerse unas cuantas objeciones a propósito de las páginas introductorias de Fabulaciones. Rehúye Pujol el carácter rutinario y la mera finalidad divulgativa que suelen tener, excepto en publicaciones académicas, esta clase de trabajos «editoriales», pues su prólogo general alcanza aires de manifiesto artístico al socaire de una auténtica hagiografía de Perucho. Carlos Pujol, en sintonía con el autor al que presenta –pero muy poco acorde, en cambio, con su propia obra narrativa–, se muestra como paladín de un radical antirrealismo que le lleva a sostener la curiosa tesis de que toda persona y toda situación que no sea única carece de interés (se supone que literario). Lanzado a estos extremos, la imagen que ofrece de la significación de Perucho no puede resultar sino muy parcial.

El escaso predicamento que ha tenido el autor de Fabulaciones lo presenta como una auténtica conjura de los necios «que mandaban en las modas de la literatura». Lo ocurrido tiene una explicación menos conspiratoria: Perucho compartió con otros narradores –sobre todo con su admirado amigo Cunqueiro– la injusticia sufrida en una etapa de la posguerra por quienes no se inclinaban al testimonio porque los vientos de la historia no les eran favorables; otros vientos contrarios, pero tan de la moda como los anteriores, suben hoy a la estratosfera los fantaseamientos lúdicos. Se entiende que la simpatía personal acreciente en Pujol la valoración del catalán y que caiga en el pecado leve, tan habitual en estos casos, de desnudar a un santo para vestir a otro, pero no parece muy prudente dejar en las puras carnes al santoral entero. Entre líneas, Pujol afirma que las letras que no compartan presupuestos esteticistas y evasivos no merecen la menor consideración, con lo cual, de un plumazo se carga un amplísimo sector de la mejor tradición literaria occidental, que tanto fruto ha sacado de «lo anodino y sociológico, de lo representativo, de lo social», bestias negras que condena al infierno de los réprobos.

01/02/1997

 
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