ARTÍCULO

Europa y el mundo: tres siglos de historia

Taurus, Madrid
Trad. de Jesús Cuéllar y Victoria Gordo
1.212 pp. 29,50 €
 

No son muchos los historiadores españoles que cuentan con la capacidad y la disposición necesarias para enfrentarse a una síntesis que supere las fronteras del país. Gabriel Tortella es, sin duda, uno de ellos. Lo demostró hace ya varios años en un libro, La revolución del siglo xx. Capitalismo, comunismo y democracia (Madrid, Taurus, 2000), buena parte del cual aparece de nuevo, con sólo algunos cambios, en la obra que ahora comentamos. Y lo ha vuelto a poner de manifiesto en lo que podemos considerar como una segunda versión de su estudio; una versión que, a diferencia de la anterior, no se limita a la última centuria, sino que se remonta a un pasado mucho más lejano. De hecho, el nuevo libro comienza con una mención a la revolución agraria del Neolítico, aunque su auténtico punto de partida se encuentra en los procesos revolucionarios que dieron origen al mundo contemporáneo: es decir, en las revoluciones atlánticas, en especial la francesa, y en la revolución industrial inglesa.

UNA HISTORIA ECONÓMICA

Por eso, no se entiende bien el título de la obra. Por supuesto, todo lo ocurrido en el pasado forma parte de las raíces del siglo xxi; pero al hablar de los orígenes, lo que el lector deduce es que el libro está dedicado a las raíces más inmediatas. Origen, según el Diccionario de María Moliner, es el «punto, momento, hecho o suceso de cualquier clase en que empieza o con que empieza una cosa»; y su empleo en plural se refiere, de acuerdo con ese mismo diccionario, a la «circunstancia que determina la aparición o existencia de una cosa». Vistas estas definiciones, es evidente que una obra en la que sólo los últimos capítulos abordan el período más reciente –los comienzos del siglo xxi y las circunstancias que más directamente han influido en la nueva centuria–, mientras la mayor parte del texto está dedicada a los siglos xviii al xx, no se adecua del todo a ellas.
Tampoco está muy justificado el subtítulo, o al menos la referencia del mismo a la historia social. Aunque en el primer párrafo de la introducción el autor anuncia que su propósito es suscitar el interés de sus lectores por la historia contemporánea «sin compartimientos metodológicos ni distingos doctrinales», poco después nos recuerda que su condición de historiador económico limita el campo de su estudio, y que eso es lo que el subtítulo reconoce. Hasta aquí, todo parece correcto: la obra es en gran medida un «ensayo de historia económica contemporánea», con el añadido de algunos análisis sobre los procesos políticos más relevantes de ese período. Pero, ¿dónde se habla de la sociedad? ¿En qué medida puede definirse como «historia social» lo que aparece en las más de quinientas páginas de este ensayo?
Hace ya casi cuarenta años, Eric Hobsbawm criticó la fórmula «historia económica y social», tan habitual en libros y revistas del segundo cuarto del siglo xx, porque en ella la mitad económica de la pareja acababa teniendo «una abrumadora preponderancia». Frente a la mezcla, el patriarca de los historiadores actuales defendió la autonomía de una historia de la sociedad que ya entonces contaba con un programa propio de investigaciónEric J. Hobsbawm, «From Social History to the History of Society», Daedalus, núm. 100 (invierno de 1971), pp. 20-45 (traducción al castellano: Historia Social, núm. 10 [primavera-verano de 1991], pp. 5-25). En relación con Hobsbawm, sorprende la ausencia de toda mención de sus textos en el libro que comentamos; sobre todo si se tiene en cuenta que el historiador británico dedicó más de treinta años a escribir cuatro obras de síntesis, bien conocidas en España, que abordan precisamente el mismo período al que está dedicada la obra de Tortella: La era de las revoluciones, La era del capitalismo, La era del imperio e Historia del siglo xx (existen varias ediciones en castellano; las últimas, en la editorial Crítica, de Barcelona).. En nuestro caso, a esa crítica general habría que añadirle una segunda consideración: los análisis de las clases sociales y sus transformaciones, de los cambios sociales y las formas de movilización –es decir, del conjunto de temas que conforman el programa específico de la historia social– brillan por su ausencia en la obra que comentamos. De hecho, sólo un capítulo –el más breve del libro, dicho sea de paso– está dedicado a la transformación de la sociedad en el siglo xix («División del trabajo y lucha de clases», pp. 127-145), sin que aparezca otro similar para el siglo xx. Y ni siquiera esas páginas se refieren en exclusiva a lo que se entiende por historia social: casi la mitad del capítulo está dedicada, no a los conflictos sociales protagonizados por la clase obrera, sino a las organizaciones socialistas, desde el cartismo (o chartismo, en la denominación de Tortella) y las sectas revolucionarias francesas hasta el Partido Laborista y el surgimiento del bolchevismo. Lo cual tiene más que ver con una historia política del movimiento obrero que con la lucha de clases anunciada en el título del capítulo.
Si no es muy afortunada la referencia a los orígenes, y tampoco se encuentra en el libro una historia social propiamente dicha, ¿qué es lo que el lector puede buscar en él? Dicho en otros términos, ¿cuáles son los «compartimientos» que recorre el ensayo? ¿Y cuáles las razones que lo hacen recomendable, al menos en opinión del autor de esta reseña? La respuesta a estas preguntas se puede encontrar en la versión expurgada del subtítulo a la que antes me referí. El libro de Tortella –uno de los más destacados historiadores económicos españoles, como es bien sabido– es nada más y nada menos que un excelente texto sobre la historia económica de los siglos xix y xx. Tal es el argumento central de sus explicaciones, y es por ello en ese terreno donde hay que buscar las virtudes, y también las limitaciones, del trabajo.

EL ORDEN LIBERAL-BURGUÉS Y EL ORDEN SOCIALDEMÓCRATA

Dicho esto, no sorprenderá al lector que el análisis de las revoluciones atlánticas de finales del siglo xviii y de las décadas iniciales del xix –definidas, de forma un tanto excesiva, como «I Revolución Mundial»– se centre en sus aspectos económicos; o, para ser más precisos, en la correlación entre la esfera económica y la política. El autor señala con acierto que «los pueblos en general se rebelan no cuando están en la miseria más absoluta, sino cuando están en un proceso de crecimiento» (p. 42); en especial, cuando ese crecimiento se ha visto dificultado por unas estructuras políticas y sociales anquilosadas, como las que impidieron a los colonos norteamericanos estar representados en el Parlamento británico, o las que hicieron imposible cubrir las deudas del Estado francés y obligaron a la convocatoria de los Estados Generales en 1789 o, por fin, las que dificultaron la actividad comercial y el acceso al poder político de los criollos en los territorios de la América hispana. Fueron ésos los obstáculos que provocaron lo que Tortella caracteriza, al modo más tradicional, como una «revolución burguesa» (comillas en el texto); como «una revolución de comerciantes y ciudadanos» –en el sentido de habitantes de las ciudades– «contra las imposiciones de un absolutismo que [era] la expresión política de los sistemas agrarios tradicionales, basados en la hegemonía de la aristocracia terrateniente y en el sistema político de la monarquía absoluta» (p. 68).
Tal definición de lo ocurrido en Francia, y más en general de las revoluciones políticas que comenzaron en Holanda e Inglaterra en los siglos xvi y xvii y culminaron en el ciclo de las revoluciones atlánticas, no goza en nuestros días de muy buena salud. Desde hace más de dos décadas, ha sido discutida tanto por los historiadores que, a partir de François Furet, ponen en cuestión el protagonismo de la burguesía y el carácter unívoco de la Revolución francesa, como por los sociólogos históricos que, desde Theda Skocpol, han insistido en el papel central de los campesinos y los intelectuales y en las semejanzas entre las distintas revoluciones sociales, al margen de la diferenciación –inadecuada, a su juicio– de revoluciones «burguesas» y revoluciones «proletarias». Entre no­so­tros, José Álvarez Junco presentó, hace ya más de veinte años, una crítica demoledora de la primera de esas categorías; desde entonces, su utilización ha sido cada vez menos frecuente y más dubitativa, incluso por aquellos que antes la defendían con más calor. El propio Tortella parece tener sus dudas: de hecho, a esa caracterización le añade de inmediato que tales revoluciones no produjeron la derrota de la aristocracia, sino sólo su «reparto del poder con la burguesía» (p. 204), lo que sin duda representa una carga de profundidad para la definición clasista de las mismasComo reflejo de estas actitudes, véase, por ejemplo, François Furet, Pensar la Revolución Francesa, trad. de Arturo Firpo, Barcelona, Petrel, 1980; Theda Skocpol, Los Estados y las revoluciones sociales. Un análisis comparativo de Francia, Rusia y China, trad. de Juan José Utrilla, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1984; y José Álvarez Junco, «A vueltas con la Revolución Burguesa», en Zona Abierta, núm. 35-36 (julio-diciembre de 1985), pp. 81-106..
En todo caso, esa caracterización abre el camino para el examen –sobre todo económico y, de forma subsidiaria, político– de los siglos xix y xx. Un examen que, en el terreno de los modelos, puede resumirse en la sucesión de dos tipos fundamentales de organización de la sociedad, separados por la Primera Guerra Mundial: el orden liberal-burgués y el orden socialdemócrata. Al primero, cuya implantación ocupó todo el siglo xix, lo definían, en la esfera política, los regímenes representativos de sufragio censitario; en la económica, el de­sarrollo de la industria, hecho posible por los avances revolucionarios que, a partir de Inglaterra, se extendieron por otros Estados europeos y extraeuropeos, y que afectaron inicialmente a la industria textil, la energía y la siderurgia, y más tarde también a los transportes y la industria química; y en el terreno de la política económica, tres principios o «bases esenciales»: el librecambio, el equilibrio presupuestario y el patrón oro. En cambio, lo que caracterizó al orden socialdemócrata del siglo xx –al que Tortella define de nuevo como una revolución, la «Revolución Socialdemócrata», o, de forma aún más enfática, la «II Revolución Mundial»– fue el establecimiento del sufragio universal en el terreno político, y de los Estados de bienestar en el económico. Ambos niveles están estrechamente relacionados: precisamente fue la generalización del sufragio la que hizo posible la irrupción de los partidos de izquierda en la esfera política, y con ellos la implantación de programas de reformas sociales, incompatibles con la vuelta al viejo orden liberal-burgués. Aunque en el paso de uno a otro orden desempeñó también un papel decisivo la nueva política económica, formulada por John Maynard Keynes y asumida por los gobiernos, a partir de los años treinta, «no por convicción sino por la imposición de las circunstancias» (p. 207); una política económica que, en las antípodas de la anterior, se basaba en el abandono del patrón oro, la creación de un nuevo sistema internacional de pagos y la utilización del déficit fiscal como instrumento de política anticíclica.
La descripción del abandono del patrón oro en los años treinta, y más tarde del establecimiento de un nuevo sistema de pagos internacionales, tras la reunión de Bretton Woods en julio de 1944, refleja bien la capacidad del autor para arrastrar a sus lectores, incluso a los menos expertos, por los vericuetos de la historia económica. Lo mismo ocurre con el análisis de los demás rasgos sustanciales de la economía de posguerra, que dieron lugar al «milagro keynesiano» de las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero el enfoque resulta más discutible cuando se pasa de la esfera económica a la política. En este punto, la explicación del fascismo como una reacción defensiva y autoritaria ante la amenaza bolchevique («el fascismo, en su acepción amplia, fue primordialmente un movimiento encaminado a impedir el triunfo de una revolución de extrema izquierda», p. 329), conduce a una mezcla en la que las dictaduras tradicionales de varios países de la Europa oriental, lo mismo que el salazarismo en Portugal, y el franquismo e incluso la dictadura de Primo de Rivera en España, acaban incluidas en el mismo saco que el fascismo italiano y el nazismo alemán; y ello a pesar de reconocer que en los Estados del Este europeo no existía un proletariado industrial relevante al que atribuir la amenaza de una revolución comunista. La desaparición de la especificidad de los movimientos y regímenes fascistas y su identificación con cualquier sistema autoritario y reaccionario es la conclusión final del análisis: «El fascismo balcánico» –se nos dice, por ejemplo– tuvo «más de monarquía feudal que de partido de masas moderno» (p. 353).

¿FINAL DE UNA ERA?

Considerar al orden socialdemócrata como el dominante en el siglo xx, tras la Primera Guerra Mundial, no encaja del todo con la escasa duración y los múltiples avatares a que se vio sujeto: primero en el terreno político, en el que sufrió el asalto de los fascismos y los regímenes autoritarios, y más tarde en el económico donde, tras los treinta años gloriosos (1945-1975), la política keynesiana ha sido desplazada por la vuelta al modelo liberal clásico. En concreto, por la vuelta a un modelo cuyos rasgos principales, a diferencia de los imperantes en el período keynesiano, pueden resumirse en estos tres: las privatizaciones y la liquidación de la economía mixta anterior, las medidas liberalizadoras frente a los monopolios y el control estatal precedente, y la utilización de la política monetaria para reducir la inflación.
En vista de esos cambios, ¿puede decirse que aún seguimos inmersos en el orden socialdemócrata, en esa «II Revolución Mundial» que el autor considera más profunda y duradera que la revolución bolchevique? Aunque Tortella no plantea directamente la cuestión, de su exposición podría extraerse una respuesta afirmativa en la medida en que, por un lado, el componente político de dicho orden –el sufragio universal, la democracia– ha acabado triunfando sobre los totalitarismos y los regímenes autoritarios y, por otro, el Estado de bienestar sigue vigente, con sólo ligeros arreglos, en nuestros días. Lo que no queda claro, de todos modos, es por qué hay que atribuir en exclusiva a la socialdemocracia un orden económico y social en cuya creación intervinieron también otras fuerzas (en especial, los demócrata-cristianos); tampoco se entiende bien que se otorgue una dimensión mundial a un orden cuya aplicación no ha ido más allá –como nos recuerda el libro de Tony Judt, al que está dedicada la segunda parte de este comentario– del continente eu­ropeo. ¿Por qué no hablar simplemente de Estado de bienestar, o, si se quiere, del «modelo social europeo», como un rasgo peculiar, por cierto muy valioso, de la reciente historia continental, en lugar de presentarlo como una realidad implantada por todo el ­mundo?
Más allá de estas dudas, lo que el libro recoge como última conclusión –lo que representa la «gran narrativa» que subyace a la obra– es el éxito del capitalismo como sistema económico. Un éxito que a veces lleva a ocultar o difuminar, consciente o inconscientemente, los aspectos más oscuros del mismo, por ejemplo la explotación de los trabajadores en las primeras etapas de la industrialización. Como muchos economistas decimonónicos, el autor atribuye los sufrimientos derivados de la revolución industrial «a la inexperiencia e incomprensión del sistema político y social» y no a «una perfidia intrínseca del sistema capitalista» (p. 74). No contento con esta defensa, Tortella pone en boca de Marx y Engels algunas frases elogiosas, utilizando para ello la sorprendente fórmula de sustituir a «la burguesía», el auténtico objeto de las alabanzas que aparecen en un conocido pasaje del Manifiesto comunista, por el capitalismo (pp. 89-90). Ya en el siglo xx, su apología del sistema capitalista se dirige contra quienes atribuyen las dificultades económicas del tercer mundo a la de­pendencia y el intercambio desigual con las metrópolis. Al final, la única cara del capitalismo que se nos presenta es la de motor de un crecimiento económico «sin precedentes en sus dimensiones» (p. 507), que «a la larga mejoró los niveles de vida de las clases trabajadoras más humildes» (p. 91), y al que no puede atribuirse responsabilidad alguna en la pobreza de nuestros días. Porque las auténticas causas de esta última se encuentran, a juicio del autor, en la superpoblación y la ausencia de capital humano; por ello, la forma de acabar con tan lamentable situación se resume en esta receta: «Los países pobres pueden salir de la pobreza invirtiendo en educación y controlando su natalidad» (p. 526).
Tiene razón Tortella en algunas de sus afirmaciones: de hecho, no cabe la menor duda de que el capitalismo ha triunfado frente a su principal competidor, el «socialismo de Estado», y ha logrado un considerable aumento de la riqueza, en especial en los países desarrollados. Pero, al menos desde la óptica de un historiador, tal reconocimiento no debería impedir que se recordaran también las limitaciones del sistema y se reconociera el papel de las luchas obreras a la hora de superarlas, o al menos de mitigarlas. Y aunque no tiene mucho sentido hablar de una «perfidia intrínseca» del capitalismo, tampoco es fácil creer que los capitalistas hayan sido promotores altruistas de la mejora de la condición obrera, y mucho menos que la política económica de los países desarrollados no tiene ninguna responsabilidad en la miseria y el hambre de buena parte de la humanidad. En todo caso, no es éste el lugar adecuado para una discusión detallada del asunto, ni un modesto historiador el más indicado para plan­tearla.

ZORROS Y ERIZOS

Frente a la defensa por Tortella de un argumento fuerte sobre la evolución histórica de las dos últimas centurias, Tony Judt inicia su voluminoso libro sobre el último medio siglo de la historia de Europa asegurando que no tiene «ninguna gran teoría de la historia europea contemporánea que formular, ninguna tesis global que exponer ni tampoco ninguna historia integradora y única que contar» (Postguerra, p. 27). El libro no es –de acuerdo con la famosa metáfora de Isaiah Berlin– un erizo, sino un zorro: «sabe muchas cosas» y no sólo «una gran cosa»; tiene muchos argumentos y no únicamente uno. Lo cual no deja de responder al aire de los tiempos: ¿quién se atreve en nuestros días a hablar de «una gran teoría»? Aunque quizá también refleja un cierto temor: el miedo a atribuir un papel central, como hace el erizo, a alguna de las muchas cosas que sabe el zorro.
¿Cuáles son éstas? Para Judt, la historia reciente de Europa es, en primer lugar, la historia de una pérdida: de la pérdida del poder, de la importancia internacional y, en algunos casos, de la condición imperial de los Estados del continente. Algo que se reflejó de forma dramática, ya en los momentos iniciales del relato, en la incapacidad europea para enfrentarse a las amenazas que habían surgido en su interior: en 1945, la mayor parte de Europa «no había sido capaz de liberarse del fascismo por sus propios medios, ni tampoco podía mantener a raya al comunismo sin ayuda»; sólo tras varias décadas y numerosos esfuerzos pudieron los europeos recuperar el control de sus destinos. Pero ésa no es la única pérdida: lo que Judt quiere contar, en un segundo nivel, es la historia del declive de las grandes teorías decimonónicas sobre el progreso y el cambio, la revolución y la transformación social, que habían hecho suyas los partidos y los movimientos políticos de preguerra. En especial, son el decaimiento del fervor político en la mitad occidental del continente y el descrédito del dogma marxista en su mitad oriental los asuntos que más le im­portan.
Bien es verdad que no todo han sido pérdidas; por el contrario, un tercer hilo del relato se refiere al surgimiento de lo que ha venido en llamarse «modelo europeo», fruto de la combinación de las políticas socialdemócratas y demócrata-cristianas (cuya importancia, olvidada por Tortella, rea­parece en el examen de Judt). Y mientras un cuarto hilo nos lleva a las relaciones, complicadas y llenas de malentendidos, con Estados Unidos, el último de los temas que propone el autor –y el menos visible a lo largo de la obra, aunque aparezca al comienzo y al final de la misma– tiene que ver con la destrucción de una sociedad multicultural tras la guerra, pero también con la reciente aparición de una nueva multiculturalidad, tras la emigración masiva de trabajadores extranjeros que ha vuelto a convertir en ciudades cosmopolitas a las principales capitales del continente.
Son muchas, en suma, las historias que el zorro conoce, y que rechazan quedar reducidas a un único argumento. Lo raro es que, entre todas ellas, no aparezca una que, al menos a mi juicio, debería ocupar un lugar bien destacado. La historia de la posguerra, y del último medio siglo, es, por encima de otras cosas, la historia del establecimiento, la consolidación y la expansión de la democracia hasta abarcar todo el continente. Si el libro hubiera sido un erizo, podría considerar esta historia como «la gran cosa» que sabe; es decir, como la tesis global o la historia integradora que merecería la pena contar. Pero como Judt ha preferido al zorro de los versos de Arquiloco, en su libro se echan en falta algunas preguntas que aquel planteamiento habría colocado en primer plano: ¿cómo se consiguió que se asentaran regímenes democráticos en países de la Europa occidental destruidos en gran medida por la guerra y que antes habían sido presas del fascismo? ¿Cómo se logró que triunfaran, treinta años después, regímenes democráticos similares en los países mediterráneos víctimas hasta entonces de dictaduras conservadoras, militares o civiles? ¿Por qué, en cambio, el proceso no ha tenido tanto éxito en la Europa oriental donde, tras la desaparición del comunismo, no se han establecido democracias sólidas ni ha triunfado todavía una auténtica cultura democrática?

TRES ETAPAS DE UNA HISTORIA

A falta de esos análisis, lo que Judt presenta es una crónica, admirable por la abrumadora información que recoge y por el brío con que la narra, de los últimos sesenta años de la historia de Europa. El relato comienza con un balance del conflicto y un examen de las dificultades de la posguerra. Treinta y seis millones y medio de muertos, más de la mitad de ellos civiles, como consecuencia de la guerra; más de tres millones de desplazados al acabar el conflicto (sobre todo alemanes expulsados de Polonia, Checoslovaquia o Hungría); ciudades devastadas y economías destruidas: tal era el panorama que Europa ofrecía en 1945. En tal situación, era necesario iniciar lo antes posible la reconstrucción; pero los vencedores tenían que enfrentarse a otras tareas igualmente urgentes, como definir el nuevo mapa del continente, establecer nuevos regímenes políticos en media Europa, juzgar a los responsables del conflicto, desnazificar Alemania y depurar a los colaboracionistas de los países ocupados.
Por supuesto, Tony Judt no dedica la misma atención a todos estos temas ni se ocupa por igual de todos los Estados del continente. De hecho, son las relaciones internacionales y los orígenes de la Guerra Fría, por un lado, y la evolución de la Europa oriental –en especial, el establecimiento del poder comunista en las «democracias populares» y el control de la Unión Soviética sobre ellas– las cuestiones que acaparan su atención. Los procesos y las purgas de los años 1948-1954 en Bulgaria, Rumania, Hungría, Albania o Checoslovaquia ocupan, por ello, mucho más espacio que el dedicado al juicio de Núremberg; y la nueva organización económica y política de los regímenes comunistas deja en penumbra el restablecimiento de la democracia y los primeros pasos del Estado de bienestar en la Europa occidental.
Concluye esta etapa, la primera de las cuatro en que el autor ha dividido la historia de Europa, con la muerte de Stalin y el final de la Guerra de Corea en 1953. Entonces es cuando –en una segunda fase de su particular periodización, que cubre las décadas de los cincuenta y los sesenta– la atención gira hacia los Estados de la mitad occidental del continente, que empezaban en aquel momento a vivir dos décadas de estabilidad política y crecimiento económico, únicamente alteradas por la pérdida de los imperios coloniales. En su explicación del éxito, Judt no se aparta de la sabiduría convencional: mientras la intervención del Estado en la vida económica y social siguiendo el modelo keynesiano –el autor habla a veces de «Estados-niñera»– estuvo en las raíces de la «opulencia», reflejada en especial en el acceso generalizado de la población a bienes de consumo duraderos (frigoríficos, lavadoras, coches familiares...), el reformismo de los partidos demócrata-cristianos, la moderación de la izquierda parlamentaria y una ciudadanía despolitizada fueron los factores que hicieron posible la estabilidad en el terreno político.
Gracias a los buenos resultados en ambos campos, «por primera vez en la historia, el desahogo y la comodidad estaban al alcance de la mayoría de los europeos» (p. 518). Y no sólo eso. La década de 1960 –que Judt define, con mayor contención que Tortella, como «el momento de la socialdemocracia»– fue también el momento en que, desde la Gran Bretaña laborista, se promovieron nuevas actitudes en materia de moralidad, en especial en lo relativo a la sexualidad (acceso al divorcio, al aborto y la contracepción, despenalización de la homosexualidad, fin de la censura de los espectáculos), que en menos de diez años se extenderían por el resto de los países del continente. Todo lo cual hace más difícil explicar por qué los sesenta «acabaron mal en todas partes» (p. 651); es decir, por qué al final de la década resurgió con tanta fuerza el conflicto estudiantil y obrero en los países que más se habían beneficiado, o estaban a punto de beneficiarse, de tales cambios. Enfrentado a este extraño fenómeno, la explicación de Judt insiste, sobre todo, en el componente generacional: la causa fundamental de los enfrentamientos fue la diferencia entre una nueva generación, la de los hijos, «numerosa, próspera, mimada, segura de sí misma y culturalmente autónoma», y la generación de sus padres, «insólitamente poco numerosa, insegura, marcada por la Depresión y devastada por la guerra» (p. 575).
Tampoco acabó bien ese período en la Europa del Este, a pesar de que en los años cincuenta la desestalinización y las primeras y tímidas reformas de Jruschov habían despertado algunas expectativas de cambio, y de que diez años después las esperanzas se plasmaron de nuevo en las propuestas reformistas, ahora más decididas, de la «primavera de Praga». Pero el lamentable final de aquella última experiencia acabó con todas las esperanzas: «La ilusión de que el comunismo era reformable –explica Tony Judt–, de que el estalinismo había constituido una desviación equivocada, un error que todavía podía corregirse, de que los idea­les esenciales del pluralismo democrático podían de alguna forma ser todavía compatibles con las estructuras del colectivismo marxista [...] quedó aplastada bajo los tanques el 21 de agosto de 1968 y jamás volvió a recuperarse» (p. 650).
Si a ese fracaso le unimos los escasos resultados de las revueltas en Occidente, muy lejos de los que las minorías de estudiantes y obreros radicales habían pretendido, es posible concluir que con el final de los sesenta acabó el largo período de predominio del marxismo, y más en general de las ideologías revolucionarias, en la izquierda europea. «Un ciclo de 180 años de política ideológica en Europa [iniciado con la Revolución francesa] estaba a punto de cerrarse» (p. 653). Lo que se abrió a continuación fue, se­ñala Judt con cierta insistencia, una ­etapa mucho menos atractiva, desde el comienzo de los años setenta y ochenta hasta la caída del muro de Berlín. Menos atractiva en el terreno intelectual: «los setenta fueron la década más desalentadora del siglo xx» (p. 691), «una época de cinismo, de ilusiones perdidas y expectativas reducidas», un tiempo mediocre, rico en «profetas huecos» (p. 692); pero también en la esfera política: «En el Este, como en el Oeste, los setenta y los ochenta fueron una época de cinismo. Las energías de la década de 1960 habían desaparecido, sus ideales políticos habían perdido credibilidad moral y la implicación en los asuntos públicos había dado lugar al cálculo de las ventajas personales» (p. 831).
No es ésta la única vez que el autor intenta definir con un brochazo «el espíritu del tiempo»; pero sí es la ocasión en que se le ha ido más la pluma, dejando que su malestar con diversos aspectos del período (el oscurantismo y el escepticismo de algunos teóricos franceses, o las actitudes irreverentes de los grupos punk) impregne el análisis global de esos veinte años. Lo malo es que su misma descripción de los cambios de las décadas de 1970 y 1980, tanto en el terreno económico como en el ideológico y el político, obliga a poner en duda caracterizaciones tan negativas. Baste recordar, en el primero de esos campos, el final del consenso anterior en política económica y el nacimiento de «un nuevo realismo» (p. 773), que de­sembocó en las medidas de Margaret Thatcher [«reducción de impuestos, libre mercado, libertad empresarial, privatización de industrias y servicios, valores victorianos, patriotismo e individualismo» (p. 780)], o en el abandono por parte de Mitterrand de su programa económico inicial. Más en general, en la política económica (que Judt describe con más detalle, pero con menos rigor del que encontramos en la obra de Tortella) el cambio llevó a una oleada de privatizaciones en toda Europa, que ayudaron a equilibrar los presupuestos estatales y sirvieron de estímulo a la competencia y la eficiencia de las empresas. En el terreno de las ideologías, lo que se produjo, siempre según Judt, fue la de­saparición de una cultura política dominada por el filocomunismo o el «anti-anticomunismo» (p. 323) –es decir, por la idea de que «los ataques al comunismo eran amenazas implícitas contra cualquier objetivo conducente a la mejora de las condiciones sociales» (p. 810)–, y a la vez la recuperación del viejo lenguaje de los derechos humanos y las libertades personales. Por fin, el restablecimiento de la democracia en Grecia, Portugal y España («el proceso más notable e inesperado de la época», p. 756), fue el punto de partida de una etapa que, en los terrenos político y social, acabaría con la caída de los regímenes del «socialismo real». Es verdad que la de­saparición de tales regímenes se debió en gran medida a su ineficacia en la gestión de la economía. Pero también tuvo un importante papel la difusión, a partir de los Acuerdos de Helsinki, del ya mencionado discurso de los derechos humanos; un discurso que, además de impulsar la actividad de los disidentes, frenó la capacidad de respuesta del poder e influyó en el rechazo de la nueva dirección soviética a intervenir frente a los cambios en la Europa del Este.
Sea cual sea la opinión que cada lector tenga de estas transformaciones, resulta difícil atribuirlas al cinismo y el desaliento propios de «una época introspectiva y llena de problemas, [que] miraba hacia el pasado, no hacia el futuro», como señala el autor en otra de sus, a mi juicio, poco afortunadas caracterizaciones (p. 699). Quienes participaron en las luchas por la democracia en los países mediterráneos y los que protagonizaron años después acciones similares en los países del «socialismo real» no eran precisamente cínicos interesados únicamente por el cálculo de sus ventajas personales; muy al contrario, su comportamiento fue un excelente testimonio tanto de su capacidad para el sacrificio como de sus esperanzas en un futuro mejor que el odioso pasado o que el no menos lamentable presente.

¿UN CONTINENTE FISIBLE?

De las múltiples facetas del pasado más reciente –la cuarta etapa en la periodización de Tony Judt, a partir de 1989–, el autor ha destacado especialmente una imagen: la de «un continente fisible» (p. 913); fisible tanto por la división de los Estados de la Europa oriental como por los procesos de descentralización en Europa occidental ocurridos más o menos al mismo tiempo. No le falta razón en ese planteamiento: de hecho, en los años noventa desaparecieron del mapa cuatro Estados consolidados –la Unión Soviética, Checoslovaquia, Yugoslavia y la República Democrática Alemana–, el primero de los cuales era además el único imperio europeo que había sobrevivido hasta entonces (los otros tres se hundieron al acabar la Primera Guerra Mundial). Al tiempo, apa­re­cían catorce Estados, resucitados o de nueva creación: seis en el solar de la Unión Soviética (Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia), además de la propia Rusia; dos en el anterior territorio de Checoslovaquia, tras la separación de Eslovaquia y la República Checa; y cinco como resultado de la fractura de Yugoslavia (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia-Montenegro y Macedonia)Después de la publicación de esta obra, la cifra se incrementó, como recuerdan los traductores, como consecuencia de la proclamación de la independencia de Montenegro, en junio de 2006.. Si a ello unimos las «ganas de escapar de los lazos del centralismo» –o incluso de liberarse de «la responsa­bilidad que suponía la presencia de conciudadanos empobrecidos en provincias remotas» (p. 1005)– que recorrieron la Europa occidental, desde España al Reino Unido, pasando por Francia, Italia, Alemania o Bélgica, la imagen de un continente en fisión parece imponerse como la principal característica del período.
Ahora bien, para llegar a esta conclusión Judt ha tenido que retorcer algo los datos con el fin de adecuarlos a sus propósitos. Como es bien sabido, los procesos de descentralización administrativa y autonomía política en los países occidentales son en muchos casos anteriores a los años noventa: los Länder alemanes proceden de la Constitución de la República Federal de Alemania, aprobada en 1949; la «guerra de las lenguas» que dio origen a la división en regiones de Bélgica tuvo lugar en los años sesenta; Italia se dividió en quince regiones en 1970; el Estado de las Autonomías en España es el fruto de la Constitución de 1978; y las propuestas descentralizadoras en Francia provienen de la presidencia de Mitterrand. Con lo que sólo el traslado de poderes en Escocia y Gales, impulsado por Tony Blair, corresponde a la misma década en que tuvo lugar la división de los Estados de la Europa oriental.
En cuanto a ésta, aunque no hay dudas sobre la importancia de la de­sa­pa­ri­ción de la Unión Soviética y la división de Checoslovaquia, el énfasis en estos procesos ha oscurecido otras cuestiones fundamentales del momento. En concreto, la transformación de una economía «socialista» en otra capitalista –y todas las medidas que este cambio trajo consigo en relación con la fijación de los precios, el fin de las subvenciones estatales y el cierre de muchas empresas, con el consiguiente empeoramiento de las condiciones de vida de la mayoría de la población– ha quedado reducido a unos apuntes sobre las privatizaciones y el triunfo de la «cleptocracia» (p. 986); al tiempo que el análisis de las nuevas estructuras políticas se limita a unas rápidas reflexiones sobre los procesos de depuración y la conversión al nacionalismo de muchos de los antiguos líderes comunistas. La proximidad de los acontecimientos es quizá la causa del escaso tratamiento de estos temas, que contrasta con el detalle con el que se abordaron las etapas anteriores de la historia de la Unión Soviética y las democracias populares.
Y lo mismo ocurre con los países de la Europa occidental. El período más reciente queda en buena medida desdibujado, entre generalidades sobre el modo de ser de los europeos, su diversidad y los valores que les enfrentan con los americanos. Curiosamente es aquí donde, por fin, se define el llamado «modelo social europeo», en un tono que obliga a recordar que la obra está dirigida en primer lugar a un público del otro lado del Atlántico. Como muestran las diferencias con los estadounidenses en cuanto a la duración de las jornadas de trabajo y las vacaciones pagadas, «los europeos habían elegido deliberadamente trabajar menos, ganar menos y tener una vida mejor»; contaban además con asistencia sanitaria gratuita o casi gratuita, podían jubilarse antes y disponían de «una prodigiosa gama de servicios sociales y públicos». Claro está que el modelo era «muy caro», y exigía el pago de «impuestos especialmente elevados»; pero los europeos estaban dispuestos a pagarlos a cambio de disfrutar de vidas más seguras y por ello más largas, y de acabar o al menos mitigar la pobreza de sus conciudadanos (pp. 1130-1131). Todo lo cual lleva a Judt a concluir su libro con un elogio sorprendente, por lo inesperado: aunque el siglo xx asistió a la caída de Europa en el abismo, frente al auge de Estados Unidos, y más tarde de China, la nueva centuria «todavía puede pertenecer a Europa»; no porque vaya a tener un ejército más poderoso que el de Estados Unidos, o porque consiga producir más bienes y más baratos que China, sino porque cuenta con «un modelo útil susceptible de emulación universal» (p. 1141).
Es de suponer que, en las nuevas ediciones de su obra, el autor complete este elogio otorgando mayor importancia a la fusión que a la fisión: es decir, a una Europa unida, formada por veintisiete Estados (si es que para entonces no ha aumentado esta cifra), y con capacidad para superar la desmembración, por dramática que fuera en algún caso, de los Estados de la Europa oriental. A pesar de las dificultades actuales, quizá sea éste el rasgo más relevante de la historia reciente del continente; incluso podría ser el eje, o uno de los ejes, de un «gran relato» digno del erizo de los versos de Arquíloco. En todo caso, y mientras esto ocurre, no cabe duda de que Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 es, a pesar de las críticas y discrepancias recogidas en este comentario, una obra mayor; un libro fundamental para quien quiera conocer la compleja evolución del continente en el último medio sigloCon vistas a las futuras ediciones en castellano del libro, sería igualmente deseable que la traducción fuera objeto de un detenido repaso. En general, el libro está bien traducido; pero con más frecuencia de lo que resulta aceptable aparecen errores en la interpretación del texto original, o la versión castellana resulta algo torpe y da lugar a confusiones. Además, al menos en una ocasión (p. 808), faltan varias frases, y en otra (p. 1020) ha desaparecido una nota; y lo que es más sorprendente, en varios momentos hay errores en la información sobre España no corregidos por los traductores o el editor. Todo lo cual dificulta la lectura de un libro que, tanto por su volumen como por la cantidad de información recogida en él, requiere por sí mismo una especial atención del lector; una atención que no debería verse incrementada con estos problemas..

 

01/10/2007

 
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