ARTÍCULO

El escándalo místico

 

«¡Ay, dulce señor Jesucristo! ¿Quién vio nunca a ninguna madre sufrir así en el parto? [...] Y ciertamente no era admirable que todas tus venas se rompieran cuando estabas pariendo el mundo entero en un solo día». Son palabras de la Página de meditaciones de Margarita de Oingt, texto que figura como apéndice del libro La mirada interior, un ensayo que gira en torno a las escritoras místicas y visionarias europeas de la Edad Media. Sus autoras, Victoria Cirlot y Blanca Garí, nos presentan a ocho figuras, de las cuales algunas fueron monjas, otras beguinas (mulieres religiosas que, sin hacer votos y apartándose de las instituciones, vivían como religiosas en el siglo) y otras reclusas, cuya vida era análoga a la de las ermitañas y anacoretas pero trasladada a la ciudad, donde moraban en celdas construidas contra los muros de las iglesias. Todas ellas plasmaron su experiencia interior, a veces a riesgo de la vida, como Margarita Porete que murió quemada por la Inquisición.

En efecto, los libros de estas escritoras, que recogían visiones y mensajes directamente revelados, resultaban con frecuencia atrevidos, atrevimiento que se redoblaba por el empleo, en muchos casos, de la lengua vulgar. Si la exégesis del Cantar de los Cantares, de donde partía la noción de amor místico, podía parecer discreta en latín, llevada a cabo en la lengua hablada y, además, con tintes derivados de la poesía de los trovadores –concretamente del concepto de amor delohn–, sonaba escandalosa. Tanto más cuanto ahora no se trataba de expresar un amor imposible, sino, en palabras de Hadewijch, el «furor de amor». Y así ya en el Concilio de Lyon se habló del escándalo de las «mujeres religiosas».

Con todo, desde el siglo XIII estas místicas fueron consideradas maestras debido a su experiencia y el «carisma de la palabra revelada». Ahora bien, una mujer inspirada por la gracia podía ser doctor en teología ex beneficio, pero no ex oficio, y en ningún caso ejercer «dirigiéndose a los hombres, sino en silencio, privadamente, no enpúblico ni delante de la iglesia». A pesar de ello su voz emergía de modo incontenible, así la de Hildegarda, porque «Dios le ordenaba escribir», o la de Margarita de Oingt porque «escribía o se moría». Sea como fuere, su importancia en el campo espiritual llegó a ser notoria, ya que (leemos en el prólogo) «ellas se constituyeron en el testimonio vivo de la existencia de Dios» y «hasta tal punto se establecieron las correspondencias entre lo femenino y la experiencia de Dios, que en el siglo XIV los hombres místicos tuvieron que feminizarse».

Con claridad y con eficacia Victoria Cirlot y Blanca Garí –que se reparten el trabajo sin que el libro pierda unidad–, nos van presentando, pues, las ocho místicas, de modo que las vemos aparecer nítidamente y vemos cómo se movieron en su mundo. Hildegarda de Bingen, cuyos dones abarcaban además de la escritura, la música y la profecía, visionaria desde los tres años de edad, vivió en una celda desde los catorce y sólo a los veinticuatro salió para predicar y llegar luego a ser abadesa de Rupertsberg. Hadewijch de Amberes influyó en Jan van Ruusbroec y plasmó en poemas sus visiones extáticas, donde surgen ya un ángel medidor, ya el árbol invertido del conocimiento. Beatriz de Nazaret aprendió el oficio de copista, se sometió a rigurosos ayunos, pensó en fingirse loca, al modo de los «locos de Dios» que moraban en el desierto, para acercarse más a Cristo al sufrir más afrentas, y reaccionaba a sus visiones con desmesura de llanto y risa. Matilde de Magdeburgo escribió, en «un alemán que sirve para decir lo indecible» y que Enrique de Nördlingen consideró era el «más maravilloso y extraño», La luz fluyente de la divinidad, donde al plano cosmológico-simbólico, se une el paralelo al Minnesang cortés y a la vez un radicalismo comparable al del maestro Eckhart («Debes amar la nada», escribía), cifrado todo ello en una mística negativa, pues había que «descender a los infernos, inundarse de oscuridad».

Junto a éstas, Margarita de Oingt, que contemplaba el cuerpo de un Cristo madre pariendo en el momento de su muerte, empleó el simbolismo de tres colores tanto al hablar de las letras como al hacerlo de la Trinidad, y se vio a sí misma como un árbol seco al que el agua de vida hacía reverdecer. La temperamental Angela de Foligno, que al llegar a la basílica superior de San Francisco de Asís se puso a gritar: «Amor no conocido, ¿y por qué me dejas? Amor no desconocido, ¿y por qué, y por qué, y por qué?», experimentó visiones que la llevaban a penetrar en la herida de Cristo y beber su sangre, siendo, con todo, su último grito: «¡Oh, nada desconocida!». Margarita Porete, beguina, probablemente de las llamadas «giróvagas», que vagaban por los caminos, y por cuya obra Espejo de las almas simples fue quemada en París, habló igualmente de la nada y dio a Dios el nombre de Loing-pres porque «el lejos es más bien cerca, pues el alma conoce en sí misma el Lejos como Cerca. [...] y todo es para ella Uno sin un porqué, y ella es nada en ese Uno». Y finalmente Juliana de Norwich, que se debatió por conciliar la creencia en el infierno con las palabras que le habían sido reveladas: «el pecado es necesario pero todo acabará bien, y todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien», que siglos más tarde recogería T. S. Eliot para finalizar sus Cuatro Cuartetos. Un total de 317 páginas de puro arrebato que no deja de sorprender al lector, el cual llega a entender que estas personalidades apasionadas y desconcertantes, con sus voces y formas de expresión llamaron a escándalo pues osaban cantar, por ejemplo, como hizo Hadewijch, «el devoramiento mutuo de Cristo y el alma en la eucaristía».

01/01/2002

 
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