ARTÍCULO

Liberalismo o barbarie

 

«¡Hay mejor forma de enseñar las virtudes de la democracia que mostrando cómo fueron realmente, históricamente, los totalitarismos?». La pregunta figura en la introducción de este libro recopilatorio de los principales ensayos historiográficos de Antonio Morales (catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Salamanca entre 1989 y 2001, y ahora catedrático emérito de la Universidad Carlos III) y da sentido en gran medida a la trayectoria intelectual del autor y, podríamos añadir, al propio oficio de historiador. La historia como profilaxis moral o como antídoto de la barbarie: tal podría ser una definición plenamente vigente de esta vieja profesión tantas veces subsidiaria durante el siglo XX de las ideologías más devastadoras.
Es inevitable, por ello, que Antonio Morales construya algunos de estos ensayos, sobre todo los contenidos en el bloque «Revolución francesa, ¿revolución burguesa?», como un inventario de ocurrencias desdichadas, una suerte de museo de los horrores, en el que el lector se reencuentra con algunos de los engendros que ha ido dejando a su paso la historiografía española en las últimas décadas, especialmente en aquellos tiempos –hoy, al parecer, olvidados– en que el marxismo constituía el pensamiento único de nuestras ciencias sociales. Véase, sin ir más lejos, el jugoso debate, reconstruido por Morales pieza a pieza y cita a cita, sobre el concepto de revolución burguesa, tema clave de la agenda historiográfica española durante dos décadas, que hizo correr ríos de tinta hasta su virtual agotamiento a mediados de los años ochenta. Un concepto que, en su opinión, ni en Francia ni en España «refleja una realidad», porque todo indica que no fue la burguesía la que hizo la revolución liberal, sino esta última, concebida y realizada por una amalgama de intelectuales, funcionarios, militares patriotas, clérigos ilustrados y nobles desclasados, la que hizo a la burguesía. Si, como dice el autor, «el verdadero problema de la historia es el de los conceptos», el de revolución burguesa muestra, tal vez mejor que ningún otro, el peligro de que un concepto equivocado acabe suplantando la realidad, en vez de representarla y explicarla.
Más allá del valor didáctico de este necesario ajuste de cuentas con el pasado, En el espacio público proporciona alternativas muy sugerentes a los atascos conceptuales que venimos padeciendo. El ensayo titulado «Una interpretación del siglo XVIII español a través de la perspectiva nobiliaria» plantea el papel central desempeñado por la pequeña y mediana nobleza en el despotismo ilustrado y la trascendencia de las reformas impulsadas desde arriba por el Estado borbónico, un fenómeno acorde con la importancia que el autor suele atribuir a la administración como factor de estabilidad y progreso en la moderna historia de España. De ahí la significativa continuidad histórica, capaz de saltar por encima de la gran ruptura del año 1808, existente entre la Ilustración y el liberalismo, según se aprecia en la similitud de los orígenes socioprofesionales y, probablemente, geográficos de los ilustrados y los liberales. Si los datos sobre la ausencia de una burguesía revolucionaria parecen concluyentes –por ejemplo, la composición social de las Cortes de Cádiz o del exilio liberal en la Década Ominosa–, resulta discutible, por el contrario, el contrafactual que planea sobre este y otros textos del autor: que el reformismo ilustrado, en unas condiciones históricas menos adversas, habría sido capaz de crear una sociedad liberal sin necesidad de pasar por los horrores de una revolución. La impresión es, más bien, que la misma crisis sistémica que hizo necesarias las reformas ilustradas acabó bloqueando su desarrollo e imponiendo una ruptura traumática.
La idea de un liberalismo sin revolución lleva a Antonio Morales, por un lado, a reivindicar el legado de la Institución Libre de Enseñanza y la vigencia, un poco a contrapelo, de sus valores más representativos –«austeridad, coherencia, solidez cultural, patriotismo»– y, por otro, a glosar la conocida crítica de Furet a la Revolución Francesa –y en particular a su etapa jacobina–, entendida como una peligrosa aceleración del cambio hacia la modernidad puesto en marcha ya por el despotismo ilustrado. A François Furet cabe considerarlo, sin duda, uno de los grandes referentes intelectuales de Antonio Morales, que dedicó un trabajo, incluido en este volumen, a estudiar el escaso eco, «por no decir el absoluto rechazo», que la obra del historiador francés ha tenido entre sus colegas españoles. Una ojeada al índice onomástico nos dice que Furet es el personaje más citado del libro, seguido de cerca por otros dos autores que han constituido asimismo una constante y poderosa referencia en la trayectoria de Antonio Morales: Pío Baroja y su sobrino Julio Caro Baroja. Sobre ellos versan sendos capítulos del libro que figuran en bloques distintos y separados por más de cien páginas. Tal vez hubiera sido conveniente ponerlos juntos, uno detrás del otro, para calibrar mejor el grado de discrepancia, continuidad o complementariedad que hay entre la obra de ambos, aunque la división del libro en cuatro grandes apartados –«Formas de la historia», «Revolución francesa, ¿revolución burguesa?», «Cuestiones disputadas» y «Estado y nación»– funciona en general admirablemente a la hora de ensamblar y dar coherencia a textos tan diversos.
De Pío Baroja le interesa en este ensayo su amarga visión de la España de los años treinta y, en particular, de la Guerra Civil, que dio rienda suelta, en palabras del novelista, a «un odio eterno, [que] no acabará nunca». La obra de Julio Caro, por su parte, le resulta mucho más coherente de lo que podría sugerir la enorme diversidad de temas y saberes que contiene. Morales destaca la fecunda relación entre historia y antropología que encontramos en su amplia producción. Se diría que el pesimismo antropológico de Caro Baroja continúa y sistematiza el de su tío el novelista, reafirmado ya para siempre, tras la Guerra Civil, en un concepto fatalista del destino histórico del pueblo español, atrapado en una tragedia sin salida ni remedio. El escepticismo general que tiñe la obra y la personalidad de Julio Caro no le impidió, en opinión del autor, desarrollar metódicamente un proyecto intelectual cuyos extraordinarios resultados rebasan con mucho el modesto perfil que Caro –escéptico también en esto– traza de sí mismo como un «aprendiz de humanista». En su propio escepticismo, no obstante, radica la esperanza de que, al final, los grandes conflictos históricos o políticos se acaben por puro agotamiento. Así lo creía –nos recuerda Antonio Morales al final de su texto– a propósito del drama vasco.
El autor toma el pulso a la historiografía internacional en varios de los ensayos recogidos en este libro, principalmente en relación con el debate sobre la narración en la historia y con la biografía y su resurgir como género historiográfico, un hecho tempranamente consignado en su artículo «En torno al auge de la biografía», publicado en 1987. La «razón narrativa», por utilizar una expresión de Ortega, formaría parte de aquellas categorías y paradigmas que, habiendo articulado tradicionalmente el oficio de historiador, fueron puestas en entredicho por escuelas historiográficas muy influyentes en la segunda mitad del siglo XX. Morales presenta un sombrío balance de lo poco que las ciencias históricas han obtenido en los últimos tiempos a cambio de la renuncia a sus viejas certidumbres, de forma que el libro, como dice Jon Juaristi en su espléndido prólogo, puede leerse como «una crónica de la disolución de los modelos generales» y de la «crisis general de la disciplina histórica». Una crisis que, en lo que atañe al caso español, tiene tras de sí algo más que un problema epistemológico: se trata de una crisis de legitimidad, en particular de la historia de España, que afecta a la forma de enseñar la historia, a su propia denominación como asignatura –«conocimiento del medio»– y a la fragmentación del relato histórico en el marco de una lógica territorial tan pintoresca como la que lleva a un manual de primaria publicado en Castilla y León a denominar a Isabel la Católica «personaje autonómico ilustre», como si se tratara de una folclórica o de un cocinero de vanguardia. Lo trae a colación Antonio Morales en el capítulo titulado «Historia y ciudadanía», complementario del que dedica a «La crisis en la enseñanza de la historia», salpicado también de ingeniosas ocurrencias alumbradas por la moderna pedagogía –esa plaga– en su afán por hacer el pasado más comprensible y atractivo a las nuevas generaciones, como la recomendación de que los estudiantes eviten «seguir un orden cronológico en el estudio de la historia», sabio principio pedagógico que muchos de ellos se han esforzado en aplicar al pie de la letra.
Los últimos capítulos del libro nos sitúan ante la doble vertiente, historiográfica y política, de la cuestión nacional en la España democrática. Morales Moya termina su ensayo «Estado y nación en la España contemporánea» advirtiendo del peligro, señalado en su día por el socialista francés Jean-Pierre Chevènement, de que el desarrollo en Europa de un nacionalismo identitario, de base étnica o por lo menos cultural, se produzca a costa de la nación de ciudadanos heredada de la Ilustración y de la revolución liberal. Volvemos así al problema de los usos y los fines de la historia, a su utilidad como escuela de ciudadanía y como sistema de referencias capaz de contrarrestar la «fascinación por el vacío» que el autor atribuye al pensamiento posmoderno. Ante el riesgo de que la pulsión identitaria llene ese vacío, este excelente libro de Antonio Morales ofrece poderosas razones para seguir creyendo en la tradición liberal como marco de convivencia y fuente de conocimiento.

01/11/2009

 
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