ARTÍCULO

El aprendiz de todo

El Acantilado, Barcelona, 320 págs.
Premio de Novela Café Gijón 2003
 

Con Letanías de lluvia (Premio Azorín, 1992), el escritor asturiano Fulgencio Argüelles irrumpía con frescura y pujanza en el panorama literario español. Se trataba de una novela lírica que encerraba la épica cotidiana de los habitantes de Peñafonte, una aldea minera de la montaña astur, además de ofrecer el amasijo de memoria y leyenda y el telar de sentimientos. A ella le siguió Los clamores de la tierra (1997), narración histórica ambientada en el reinado de Ramiro I (843850), y minuciosa recreación de una época especialmente turbulenta en la que, junto a los protagonistas de la epopeya, descubríamos a otros personajes más humildes –como Arbidel, el escudero del monarca–, a partir de cuyas vidas el autor trazaba la dimensión colectiva de un pueblo tan marcado por su geografía –el monte: aislamiento y resistencia– como lo es el de Asturias. Vino después Recuerdos de algún vivir (2001), que tiene como historia principal la búsqueda de la madre ausente del hogar desde que el narrador –un médico y escritor de unos treinta años– era un niño, búsqueda que deriva en el hallazgo del diario de Gracia Lumet, la madre, una mujer culta y bella, ex actriz de cine, que acabó mendigando por las calles de Madrid y bordeando, a ratos, la prostitución y el alcoholismo. Del color de la nada (1999) reúne los cuentos de este interesante escritor.

En El palacio azul de los ingenieros belgas (Premio de Novela Café Gijón 2003), Argüelles vuelve a situarnos en un pequeño pueblo minero de Asturias donde vive el joven Nalo, narrador y testigo de una serie de sucesos y hechos que, situados en el plano de la historia –el presente narrativo abarca desde la dictadura primorriverista a la huelga o revolución de octubre de 1934–, o bien únicamente ceñidos al cotidiano vivir, a la concreta existencia, al pequeño núcleo familiar y amistoso que rodea al joven, devienen en cadena de aprendizajes, genuino proceso de formación de la conciencia del adolescente, que en ese período afronta diversos ritos de paso.

La novela se abre con la dramática muerte del padre de Nalo, entibador en la mina de carbón, hecho que da lugar a una amplia escena –duelo, velatorio y entierro– en la que vemos reunidos a los principales personajes que componen el estrecho círculo del joven: la madre, que «usaba las palabras como si fueran una herramienta de ataque»; el abuelo Cosme, muchos años pegado a sus botellas de anís y aferrado a un silencio que no era «tranquilo y perfecto porque estaba como ansioso y vacío de toda esperanza»; la abuela Angustias, que siempre hablaba de verdad porque lo hacía desde el refranero de su alma; Lucía, la hermana mayor, que a consecuencia de su afición a la poesía hablaba de una forma extraña, «adornando los pensamientos con metáforas y músicas»; o el primo Alipio, que será un destacado militante anarquista.

A ellos se suman, en el desarrollo de la historia, los personajes que habitan o pertenecen a ese singular topos que es el palacio azul –los ingenieros belgas y sus familias, más la servidumbre–, donde al poco empieza a trabajar Nalo como aprendiz del jardinero Eneka –personaje destacado que hablaba con expresión «tan limpia y primitiva que a mí me recordó la imagen de una lámpara alumbrando en la noche cuando cae la nieve»– o el herrero ruso Basilio –que «hablaba como si estuviera leyendo un libro»–, entre otros. Y si realzo este rasgo de los personajes no es porque sí. Todos ellos son portadores de una historia, a veces enigmática o secreta, cuyas grandes líneas y sentido Nalo irá descubriendo y entendiendo en el desarrollo del relato, aunque todavía al final se reconozca como «aprendiz de todo», a pesar de tener ya en su hacienda personal «el ser encargado principal de un palacio, el estar enamorado de una musa de nombre Talía y el poseer para lectura y estudio toda una enciclopedia universal».

Con habilidad y elegancia, Argüelles salva el escollo en que a menudo encallan novelas de estas características: el costumbrismo fácil (sea histórico, ideológico, paisajístico, antropológico o folclórico). Y para ello el autor opera por elevación. Pues nos asomamos a ese mundo a través de la mirada ingenua y sorprendida de un joven que acaba de dejar atrás la infancia, la representación del mismo está levemente teñida de la fantasía y lo maravilloso propios de una cabeza infantil (sorteando, por fortuna, el manido realismo mágico), donde bullen multitud de imágenes y analogías que a su vez dibujan ese mundo evocado en «palabras de siete entendimientos» –como las que empleó el abuelo, cuando le reveló su historia a Nalo–, que encierran la referencia y su interpretación. Conforme crece y perfecciona su oficio de jardinero, el joven descubre su verdadera vocación al revelársele «la posibilidad de la creación de formas y circunstancias nuevas a partir de las que ya nos eran mostradas». Toda una premisa que tiene una lectura metaficcional ya que, al cabo de su periplo, este joven aprende que la escritura puede ser el medio de multiplicar los momentos.

El otro mecanismo que sirve para elevar el relato muy por encima del vuelo raso predominante en nuestro actual panorama narrativo tiene que ver con la calidad de los episodios (momentos) seleccionados para ilustrar ese proceso de aprendizaje a cuyo término Nalo descubre el cuerpo, el amor, el mecanismo de los sentimientos, las leyes del determinismo, el lenguaje de la naturaleza o el sentido de la Historia. Porque al simple relato de hechos, Argüelles agrega siempre la repercusión de los mismos en la conciencia del personaje, creándose así una doble capa que otorga densidad y hondura a una historia jalonada por lo que podemos llamar la poética de la multiplicidad de los momentos.

El joven Nalo advierte ya muy pronto que un momento pueden ser dos, o que una cosa son los objetos y otra las circunstancias, y sospecha de «los accidentes» de lugar y tiempo tanto como de «la aritmética» de los momentos (expresada inicialmente su representación del mundo con el precario bagaje escolar); una sospecha que, con el paso de los años, según crece, se convierte en certeza y a la vez en signo de la complejidad de la vida, plagada de dualismos y desdoblamientos, que narrativamente se traduce en el paralelismo, a veces invertido, que liga algunas de estas historias, abocada cada una de ellas a desenlaces contrastantes. Así ocurre cuando por primera vez entra en el palacio azul y es entrevistado (puesto a prueba) por el ingeniero Hendrick, cuando su hermana Lucía le explica todo lo referente al sexo y al amor, cuando explora el cuerpo de la señorita Elena, cuando se proclama la Segunda República y ve revivir a su abuelo, o ante aquellos días del «tiempo desarreglado», cuando la revolución de octubre de 1934, suceso culminante tras el cual sobreviene la muerte y la diáspora o la claudicación.

Se abre entonces para Nalo un tiempo que «discurría uniforme, de momento en momento, sin conjeturas ni definiciones, sin que ninguna circunstancia se quedara desamparada y flotando en el aire, y el fuego ardía sin ruido...».

01/03/2004

 
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