ARTÍCULO

Autoficción e impostura literaria

 

Una de las aspiraciones más audazmente perseguidas en la literatura de nuestro tiempo se manifiesta en el denodado intento de superación de los géneros literarios tradicionales. Dicha experimentación consiste en buscar el logro de productos híbridos, mestizos, en los cuales se pretende integrar en difícil armonía artística elementos procedentes de distintos géneros. En esta búsqueda la novela ofrece un territorio fértil para la experimentación, porque es la modalidad genérica que goza de mayor libertad. Al no estar incluida en la Poética de Aristóteles, de donde procede la normativa posterior, la novela pudo alcanzar con plena libertad sus primeras grandes realizaciones prácticas, sobre todo a partir de Cervantes, antes de que se fundara una tradición sólida de teoría de la narración, que sólo a partir de finales del siglo XIX, con Henry James a la cabeza, empieza a poner las bases de la moderna teoría de la novela. Por ello la novela ha podido desarrollarse como género libérrimo, proteico y multiforme, en el que nuestro Baroja consideraba que todo podía tener cabida y del cual el francés Roger Caillois afirmó con brillantez que cumple como única regla la de transgredirlas todas.
Ya en nuestro tiempo, desde finales del siglo XX hasta nuestros días, la manifestación más interesante de esta búsqueda experimental ha cristalizado en la autoficción, que hunde sus lejanas raíces en esa difícil exploración de límites entre lo real y lo ficticio acometida por el Arcipreste de Hita, Cervantes y Unamuno, entre sus exponentes clásicos más señeros, y que pugna por constituirse en una modalidad con estatuto propio entre las posibilidades narrativas del yo, que van desde las memorias, autobiografías y diarios hasta las novelas autobiográficas, pasando por las autobiografías noveladas. Esta deliberada indefinición entre lo real y lo ficticio, entre lo verdadero y lo inventado, entre lo autobiográfico y lo novelesco, que caracteriza a la autoficción está en la esencia misma de algunas obras importantes de los últimos años, que han logrado amplio reconocimiento de la crítica mejor informada y de muchos lectores, como son las novelas de Javier Cercas, Enrique Vila-Matas y Javier Marías, por citar sólo a tres autores muy conocidos.
Sirva todo lo anterior para recibir con aplauso, por su oportunidad y por el rigor y la lucidez de sus análisis, el libro de Manuel Alberca, cuyo título, El pacto ambiguo, homenajea al ya clásico del francés Philippe Lejeune, Le pacte autobiographique (París, Seuil, 1975), dedicado a la autobiografía, y al que el profesor español pretende complementar. Porque, como sabemos en la teoría de la narración, el «pacto autobiográfico» consiste en que el lector de una autobiografía exige al autor la verdad en lo que cuenta de su vida, mientras que el «pacto novelesco» radica en la suspensión del descreimiento, por lo cual el lector de una novela suspende temporalmente la exigencia de verdad en favor de la verosimilitud literaria (interna) que haga creíble lo que se cuenta en el relato. Y entre el pacto autobiográfico y el novelesco se perfila el «pacto ambiguo», concepto certeramente manejado por Alberca para designar el acuerdo establecido entre el lector y el autor de una autoficción mediante el cual ambos han de moverse en una ambigüedad calculada entre lo real y lo inventado, porque ese protagonista y narrador en primera persona cuyo nombre coincide con el del autor «es y no es el autor», de modo que el lector ha de sortear múltiples dificultades interpretativas ante un texto donde lo autobiográfico se presenta como «un simulacro novelesco sin apenas camuflaje», con las inevitables incomodidades y vacilaciones debidas a tener que moverse entre lo inventado y lo real.
El libro se abre con el capítulo «Soy yos», ingenioso palíndromo ilustrativo de la multiplicidad del sujeto, que desarrolla una exposición teórica con elucubraciones acerca de conceptos y términos conducentes a establecer unos presupuestos teóricos en los que sustentar la práctica del análisis de obras concretas. Se cumple aquí la recomendación que Coseriu pedía para el lingüista y que Darío Villanueva suele trasladar al teórico de la literatura: ambos deben reunir algo de botánico y de jardinero, con el fin de no perderse en estériles logomaquias alejadas de los textos y poder analizar las obras con un conocimiento teórico que trascienda sus concretas realizaciones. Incluso aquí el libro de Alberca es un auténtico ensayo, pues maneja conceptos y términos y profundiza en la explicación de sus virtualidades sin caer en bizantinismos teóricos, fijando con rigor el significado y la función de lo que va exponiéndose en un lenguaje preciso, claro y fluido.
El segundo capítulo, «Las novelas del yo», añade nuevas y oportunas reflexiones acerca de los tres tipos de pacto, el autobiográfico, el ambiguo y el novelesco, con sus implicaciones teóricas y prácticas en los textos y en sus expectativas de lectura, poniendo de relieve en el pacto ambiguo de la autoficción la estrategia y el ludismo autorial para esconderse y ser encontrado, lo cual requiere del lector inteligencia y sagacidad cómplices para acceder a aquel mundo codificado en forma de confesión camuflada. A continuación, fijadas las bases teóricas, Alberca entra en el análisis de obras concretas de las novelas del yo. Empieza por las novelas autobiográficas, centrando su estudio en el fundacional Lazarillo, cuya anonimia parece consustancial a su autobiografismo. Establece tres clases de novelas del yo (novela autobiográfica, autoficción y autobiografía ficticia) y ejemplifica el análisis de las primeras y las terceras en obras importantes del siglo XX: El jinete polaco, de Muñoz Molina, y las Memorias del Marqués de Bradomín, de Valle-Inclán, entre otras.
De la autoficción propiamente dicha se ocupa el siguiente capítulo, «“Aventis” del autor», ejemplar en su fértil conjunción de teoría y práctica por su exposición de la historia del concepto y del término, el examen de sus rasgos estatutarios, la consideración de su virtualidad funcional y su aplicación práctica en las obras más relevantes de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Sin duda, esta modalidad híbrida de la autoficción puede considerarse «la estrategia autobiográfica más desconcertante y transgresora entre las novelas del yo», porque deja al lector en la más completa incertidumbre y vacilación interpretativa, derivadas de la libérrima simulación autorial, cifrada con ingenio en estas palabras de Alberca: «Este soy yo y no soy yo, parezco yo pero no lo soy. Pero, cuidado, porque podría serlo» (p. 129). Y a continuación viene aquí como de molde su aplicación a la exégesis de modélicas autoficciones como Todas las almas, de Javier Marías, El mal de Montano, de Vila-Matas, o La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa.
En «Novelas en nombre propio» se profundiza más en esta encrucijada de materiales narrativos tan diversos, tratando de explicar sus distintas formas de ambigüedad y estableciendo tres clases de autoficción (autoficción biográfica, autoficción fantástica y «autobioficción»), según el pacto ambiguo se acerque más al autobiográfico o al novelesco o se mantenga equidistante entre ambos. «El traje nuevo de la ficción», por último, cumple una doble función: destacar algunas conclusiones inferidas de la teoría y la práctica anteriores, y ponderar la estrecha relación entre la abundancia actual de autoficciones y el discurso posmoderno de una sociedad encumbrada en el individualismo y en el ludismo descomprometidos y sin riesgos. Así, muchas autoficciones pueden verse como espejos complacientes de la posmodernidad, en cuanto autobiografías a la carta donde el autor apuntala su personalidad en otro yo biográfico con un suplemento de ficción que le ayude a ser y a construirse su mito personal, a la vez que también representan la máxima capacidad integradora y transgresora de la novela en su pugna experimental por enriquecerse mediante la ingeniería literaria en la hibridación de géneros.
Sólo pondré un pequeño reparo al excelente estudio de Alberca: el escaso manejo de la bibliografía en inglés. Tal vez por ello no se incluye el interesante libro The ethics of autobiography: replacing the subject in modern Spain (Nashville, Vanderbilt University Press, 2000), del profesor español en la Universidad de Princeton Ángel G. Loureiro, aunque sí el de José María Pozuelo Yvancos, De la autobiografía. Teoría y estilos (Barcelona, Crítica, 2005), que también es de obligada consulta.

01/03/2009

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
9 - 6  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE ÁNGEL BASANTA
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL