ARTÍCULO

La reivindicación indefinida

Destino. Barcelona, 1997
96 págs.
 

A la muerte de Franco se vio que muchos de los problemas españoles de los años treinta no es que se hubieran resuelto, sino que se habían mantenido ocultos. El nacionalismo era uno de ellos, y emergió en cuanto la losa pasó de tapar la opinión libre a cubrir el féretro del general. En 1976, cuando apareció la colección precedente a ésta, los nacionalismos ya eran una especie de dolor de muelas para los administradores de la transición, y ahora continúan estando en el primer plano de la atención política, no sé si en forma de dolor de muelas o de simple flemón, pero desde luego como algo todavía irresuelto, a pesar –o quién sabe si precisamente a causa– del Título VIII de la Constitución. El encargado de explicar qué eran y qué son hoy los nacionalismos es Miquel Roca i Junyent, que sustituye en la tarea a Carlos Sáenz de Santa María. La elección del autor es también significativa del propósito de esta nueva colección, que de preferentemente informativa pasa a tener mucho mayor nivel de compromiso.

Miquel Roca desarrolla en ocho breves capítulos su visión de los nacionalismos en España, en una España que llama plurinacional, y lo hace con espíritu didáctico, como si se dirigiese a un público predispuesto en contra de los nacionalistas catalanes (y también vascos y gallegos, aunque a estos últimos los menciona más bien para hacer honor al título del libro, porque no se detiene a analizarlos en sus especificidades; en realidad habla sólo del nacionalismo catalán, que por otra parte se supone que es lo que se esperaba de él). Roca parte de una premisa nítida: España es un Estado plurinacional, porque en su seno conviven varias naciones; una nación se define por su historia, su cultura, su lengua, su derecho, su modo de ver el mundo, pero sobre todo una nación se caracteriza por una colectiva voluntad de ser. Como eso existe en Cataluña, el País Vasco y Galicia, el hecho de la plurinacionalidad de España no es una incógnita, sino un dato del problema. Por tanto, si se quiere resolver el problema hay que empezar por reconocer los datos ciertos, a fin de despejar las incógnitas. Se comprenderá que, a partir de este planteamiento, el lector se encuentra como ante esas películas policíacas donde la intriga no reside en la identidad del asesino, sino en el modo como la policía lo capturará, si es que lo captura.

Buena parte del esfuerzo de Miquel Roca se centra en explicar por qué los españoles no catalanes (o vascos o gallegos) no sólo deben comprender que se impone una honda revisión del concepto de España para que todos puedan sentirse confortablemente en ella, sino que, de no hacerlo así, esta cuestión se perpetuará indefinidamente en un clima de tensiones y enfrentamientos que únicamente podrán ocultarse con la supresión de las libertades y de la democracia. No ofrece soluciones concretas, porque, según dice, no son objeto de ese trabajo, pero presenta los hechos y su propia interpretación de ellos de forma clara:

Si hay Título VIII de la Constitución –dice–, es porque había nacionalismos. La generalización del proceso autonómico no sólo fue un expediente para evitar agravios comparativos, sino que redundó en más democracia y más prosperidad incluso para las comunidades no nacionales. De lo que se trata es de profundizar en ese proceso para Cataluña (y País Vasco y Galicia), y los que quieran seguir a la rueda, que sigan si quieren, pero que no estorben, porque al hecho diferencial como generador de valores se corresponde la generalización como limitadora de derechos. Pretender cerrar el modelo autonómico es la mejor forma de tenerlo permanentemente en tensión, porque «en la medida en que el autogobierno se consolida, se generan dos consecuencias simultáneas: por un lado, una mayor confianza en el propio sistema; y por otro, una mayor conciencia de pertenencia y de identidad que impulsa hacia nuevos objetivos». Por eso Roca lamenta que no se hayan aprovechado las oportunidades que brindó la Constitución para la mejor comprensión de la España plurinacional, sino que «de hecho, la práctica ha sido ignorar sus posibilidades en un intento de hacer ignorar su existencia».

Según Roca, pues, no tiene sentido preguntarse cuándo podrá darse por terminada la reivindicación de autogobierno de los nacionalismos que conviven en España, como tampoco lo tiene el intentar saber sobre qué asuntos hay que esperar reivindicaciones nacionalistas y sobre cuáles no. La dinámica nacionalista es la de la reivindicación indefinida, no sólo en el tiempo, sino también en la materia. El nacionalismo tiende a su propia ampliación en todos los órdenes.

Creo advertir en este trabajo de Roca cierto distanciamiento de algunos planteamientos de Jordi Pujol, hoy por hoy el máximo exponente del nacionalismo catalán: censura como un error el establecer términos de comparación como Quebec, Lituania o Croacia, porque «cada nación es distinta de las demás. Sin esta circunstancia no sería nación». También marca distancias con su presidente en la medida que considera plenamente válida la Constitución tal y como está, en la que advierte posibilidades suficientes, a diferencia del criterio expresado por Pujol, más bien escéptico acerca de la virtualidad de la norma máxima para satisfacer las pretensiones de la Cataluña nacionalista. No son diferencias de matiz, sino que, a mi modo de ver, tienen más calado. Miquel Roca no es un teórico del Estado, sino un político práctico y muy experto. Por eso no concluye sus reflexiones dejando claro que nada está claro, sino convirtiendo estas indefiniciones en un reto «para el que ahora se está más preparado –¡qué duda cabe!– que hace veinte años», sabedor de que va a favor del viento: «la democratización de Europa pasará inevitablemente por un reforzamiento de las estructuras plurales de los Estados complejos».

01/05/1997

 
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