ARTÍCULO

El naturalismo mulato Aluísio Azevedo

Antonio Machado Libros, Madrid
Trad. de Juan Sebastián Cárdenas
452 pp. 21 €
 

El mismo año que veía la luz en Río de Janeiro la primera edición de Memorias póstumas de Brás Cubas, de Machado de Assis, se publicaba en una provinciana ciudad del noreste de Brasil, São Luis de Maranhão, El mulato, de Aluísio Azevedo. La simultaneidad de ambas obras invita a una reflexión, ya que las dos novelas supusieron un antes y un después en la historia de la narrativa brasileña. Por lo que se refiere al autor maranhense, entonces un joven periodista y caricaturista de veinticuatro años, esta novela le permitió darse a conocer en los círculos intelectuales y políticos brasileños. El mulato fue considerada por la crítica como la primera obra de estética naturalista en Brasil. La influencia en ella de El crimen del padre Amaro (1876) y El primo Basilio (1878), de Eça de Queiroz, se manifiesta con claridad en la doble moral del canónigo Diogo, comparable al padre Amaro, así como en el tratamiento de su personaje femenino, Ana Rosa, que es conducida en su pasión amorosa por su instinto biológico como Luisa, la protagonista de El primo Basílio. La diferencia esencial de El mulato con las novelas portuguesas antedichas es el color local del mulato Raimundo, que da título y sentido a la obra. El libro se adecuaba a las más novedosas estéticas literarias importadas de Europa, al tiempo que suponía la manifestación de una nueva generación progresista que se daba a conocer en las últimas décadas del reinado de Pedro II. Aquel grupo de intelectuales progresistas eran abolicionistas en el ámbito ético, republicanos en el político y positivistas en el religioso. De hecho, uno de los aspectos más destacados por la crítica en el momento de la aparición de la novela, fue justamente su anticlericalismo. El racismo, que es su eje argumental, quedaba en un segundo plano, aunque no por ello fuera postergado o minimizado. Como recuerda el escritor Josué Montello, pocos años antes de publicarse la novela de Azevedo, la tranquila vida del Maranhão se vio sacudida por un suceso escandaloso. Una dama de la alta sociedad rural asesinó en su senzala –lugar donde se alojaba a los esclavos– a un niño de piel clara. El caso fue a juicio porque desde que, en 1871, se promulgara la Ley del Vientre Libre, ningún nacido en el país podía ser esclavo. Uno de los que más activamente denunciaron este hecho desde la tribuna pública y la prensa fue el intelectual abolicionista Celso Magalhães, que sumaba a su calidad de escritor y periodista la de promotor público. Magalhães pagó cara su osadía: fue cesado en su cargo y, sin recursos económicos, tuvo que trasladarse a Río de Janeiro, donde moriría aquejado de tisis poco tiempo después.
Aluísio Azevedo, que había publicado una primera obra de estética romántica, Uma lágrima de mulher, en 1879, formó parte del grupo que defendía aquellas ideas abolicionistas con una pasión próxima al fervor religioso. Por ello, es indudable que la historia del promotor público estuvo presente en el momento de la redacción de El mulato. En esta novela no hay lugar para las medias tintas: los buenos son de una honradez rayana en la santidad y los malos –el canónigo y las damas de la alta sociedad–, de una crueldad, hipocresía y cinismo que no se retrae ante nada ni ante nadie. La boda entre el mulato –lo es no por el color de su piel, sino por ser hijo de una esclava– y la joven blanca, de impoluto origen portugués, es inviable para aquella sociedad esclavista que usará todo tipo de medios para evitarlo, incluyendo la muerte en caso necesario: una muerte que será bendecida por la sociedad en general y por el canónigo en particular.
Aluísio Azevedo se dio a conocer con esta obra como uno de los más activos intelectuales que promovieron la caída de la monarquía y el surgimiento de la Primera República. Su carrera de escritor tuvo, con notables altibajos, otros dos momentos brillantes. En 1884 publicó Casa de pensión, novela en la que describía la vida urbana de las clases menos favorecidas de Río de Janeiro y que nos permite conocer el sustrato en que nacerán las futuras favelas del siglo XX. Seis años más tarde, en 1890, editó O cortiço, donde nuevamente presenta con acritud la situación del mundo rural del interior brasileño y la vida miserable de los campesinos. A partir de 1895 se dedicó a la diplomacia –su primer puesto de cónsul fue curiosamente en la ciudad de Vigo, en España– y abandonará la escritura. Sin embargo, estas tres novelas convierten a Aluísio Azevedo en el máximo exponente de la escuela naturalista brasileña. El mulato, obra de un abolicionista de raza blanca –todos ellos lo eran– tiene, como sugería antes, un correlato en Memorias póstumas de Brás Cubas, de Machado de Assis –mulato y descendiente de esclavos que nunca se manifestó a favor ni en contra de la abolición–, ya que si la novela de Azevedo es explícita en su ideario y planteamientos, la de Machado es una combinación de malabarismos narrativos, de sugerencias entredichas y de una ironía finísima, teñida de humor, de los que se vale para exponer la cruda realidad de la sociedad decimonónica brasileña: la de una burguesía ociosa y arrogante sin el menor pudor a la hora de explotar a una clase trabajadora humillada y reducida a la esclavitud.

01/10/2009

 
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