ARTÍCULO

Pensamiento, orígenes y fuentes del maniqueísmo

 

Resulta obvio que en el uso coloquial de los términos «maniqueo» y «maniqueísmo» no es posible detectar más que la intención denigratoria contenida en la idea global y confusa de una oposición radical y simplista entre un bando (bueno) y «otro» (malvado). Pocos saben que el maniqueísmo fue una religión antigua, rival temible de otras grandes religiones que hoy perviven. De hecho, el significado en exceso elemental y vago que muestra el lenguaje corriente halla en cierto modo su reflejo –y acaso su justificación– en el desconocimiento que de esta religión se tiene incluso en los ámbitos cultos, en la medida en que el maniqueísmo ha sido secularmente caricaturizado y distorsionado en los ámbitos teológicos hasta hacer de él una mera herejía cristiana y, por tanto, un fenómeno aborrecible.
En realidad, el maniqueísmo fue una religión autónoma de extraordinaria complejidad e importancia cultural. Nacida en el siglo III d.C. en la Mesopotamia sometida al dominio persa, esta religión universalista se extendió por todo el mundo conocido de la época: hasta los confines de Europa en Occidente y hasta China en Oriente, donde se conservó viva al menos hasta el siglo XVII. Su fundador, Mani, que se creyó el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad, concibió su fe como la definitiva, la que completaba a la vez que invalidaba todas las existentes. No es extraño, por ello, que rivalizara con el zoroastrismo, el budismo y el cristianismo en las regiones donde éstas se hallaban ya firmemente implantadas, y posteriormente con el islam. De este modo, generó numerosos fenómenos de fusión cultural, por lo cual el interés que presenta su conocimiento no se circunscribe al de una sola tradición religiosa.
Los dos volúmenes que aquí reseñamos constituyen una demostración elocuente de la complejidad y la trascendencia cultural del maniqueísmo. El primero constituye una introducción sistemática y crítica a este fenómeno, y es obra de Fernando Bermejo Rubio, profesor del Máster de Historia de las Religiones de la Universidad de Barcelona y especialista reconocido en foros internacionales en los ámbitos de la historiografía sobre Jesús de Nazaret, las corrientes gnósticas y el maniqueísmo, temas sobre los cuales ha publicado contribuciones relevantes en varios idiomas en revistas y colecciones especializadas. El segundo es una amplia antología de textos, editada por Fernando Bermejo y José Montserrat Torrents, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de obras tan conocidas como La sinagoga cristiana o la edición de Los gnósticos en la Biblioteca Clásica Gredos; en este segundo volumen colectivo, junto con los dos editores literarios ya mencionados, han colaborado un conjunto de excelentes estudiosos: el iranista Alberto Cantera, el arabista Xavier Ballestín, el egiptólogo Alberto Quevedo, el experto en lengua siríaca Francisco del Río y el sinólogo Antonio Prevosti (a los que se suman algunas colaboraciones de los estudiosos franceses Madeleine Scopello, Jean-Daniel Dubois y Nathalie Bosson, así como del iranista Xavier Tremblay).
Los dos volúmenes –para cuyas cubiertas se han utilizado bellos manuscritos iluminados– pueden ser leídos de manera independiente, aunque han sido publicados simultáneamente y presentan una obvia complementariedad: así, el volumen de textos remite a menudo, para la aclaración más detallada de los aspectos del pensamiento maniqueo, a los parágrafos del estudio introductorio. En conjunto, representan una novedad absoluta en el panorama bibliográfico en lengua castellana, y una contribución muy relevante a la historia de las religiones, una disciplina que sólo en las últimas décadas está desarrollándose en nuestro país.
El subtítulo del primero de los volúmenes, el Estudio introductorio de Fernando Bermejo, no debería llamar a engaño. Su interés no radica única ni principalmente en ser el primero de este tipo escrito en lengua española, sino en la novedad que presenta en el panorama internacional. En efecto, merece ser considerado uno de los mejores estudios generales disponibles –si no el mejor– por la amplitud y exhaustividad, claridad, organización sistemática de la información y por las soluciones aportadas a diversos ámbitos oscuros del maniqueísmo. Estudios como los de François Decret (Mani et la tradition manichéenne, París, Seuil, 1974), Michel Tardieu (Le manichéisme, París, PUF, 21997; original de 1981) o Reinhold Merkelbach (Mani und sein Religionssystem, Opladen, Westdeutscher Verlag, 1986) no pueden compararse con éste en extensión, profundidad, sistematicidad y compleción.
Conviene hacer hincapié al mismo tiempo en que la indudable documentación que muestra esta obra no va en detrimento de su claridad: el volumen será leído con mucho provecho por historiadores de las religiones, filólogos y teólogos (que se sentirán tentados a acudir al amplio aparato de notas), pero también, a pesar de su densidad informativa, por cualquier lector culto sin conocimientos previos sobre el tema. La organización interna del libro –en capítulos subdivididos en noventa y dos parágrafos encabezados por sendos títulos– y el carácter progresivo de la información proporcionada contribuye a realzar la claridad expositiva. Da la impresión de que el autor ha querido escribir un libro eminentemente comprensible, lo cual el lector no puede sino agradecer.
La presente «Introducción» al maniqueísmo aborda todos los temas deseables de forma ordenada: las fuentes a nuestra disposición para el estudio de Mani y su obra; el carácter del maniqueísmo en el marco de la historia de las religiones (aquí es muy interesante el estudio de sus rasgos definitorios para responder a la pregunta «¿Es el maniqueísmo una gnosis?»); la vida de Mani, etc. La exposición de la doctrina de los primeros principios abre los apartados que se dedican a exponer la ideología religiosa del maniqueísmo; sigue la aclaración de la complicada cosmogonía y la antropología (los dos primeros apartados quedan aún más claros si cabe con la inclusión al final del libro de un apéndice-esquema del panteón maniqueo). A continuación encontramos la doctrina de la salvación o soteriología y la profetología, donde se aclara el papel de Jesús en la serie profética aparecida en el mundo y el de Mani como clímax de esa sucesión. Siguen capítulos sobre la organización interna (eclesiología), la praxis moral, el ritual y la piedad –incluyendo un apartado sobre el arte maniqueo–, así como sobre los postulados relativos al fin de los tiempos (escatología).
Resultan sumamente interesantes, a mi juicio, los dos capítulos finales del volumen. El primero es un «Esbozo de una historia del maniqueísmo», un tema harto difícil, ya que los estudiosos no se ponen de acuerdo a veces ni en las cuestiones básicas relativas a la formación de esta religión ni en si puede considerarse como religión autónoma o más bien como una herejía cristiana. El segundo, «Panorama de la historia de la investigación», es igualmente útil y contiene dos apartados finales sobre la renovación de los estudios en el siglo XX y las perspectivas actuales. Sólo quien conoce muy bien la materia desde una perspectiva global de años y de trato con los textos y los comentaristas puede confeccionar estas síntesis.
Merece igualmente mención la utilidad de los cuatro apéndices (panteón maniqueo, prosopografía o índice de personajes maniqueos, cronología de Mani y el maniqueísmo, y cronología de la investigación), así como la imponente bibliografía. Además, los índices de textos antiguos citados o comentados, onomástico y de materias facilitan mucho la consulta de la obra. Un conjunto de mapas e ilustraciones (lamentablemente no publicadas en color) cierra un excelente volumen.
Esta obra, escrita al mismo tiempo con la imparcialidad y la empatía esperables en un historiador de las religiones, demuestra que el fenómeno maniqueo es sumamente complejo y que no es en absoluto reductible a una concepción dualista de la divinidad y el cosmos (Luz contra Tinieblas). Al mismo tiempo, detecta las influencias de elementos cristianos, gnósticos, zoroástricos, mesopotámicos y, tal vez, budistas y jainistas en el maniqueísmo, así como posibles influencias maniqueas en el cristianismo y el islam. Por lo demás, permite descubrir aspectos sorprendentes para nuestra mentalidad, como el papel salvífico que desempeña el proceso de la digestión para los maniqueos. Otros aspectos parecerán más seductores a muchos lectores, como la presencia en el maniqueísmo de una incipiente teología de las religiones (en la que éstas son concebidas como formas del despliegue que adopta una misma revelación divina) o el ideal del respeto por los seres vivos y la «no violencia».
Por lo que respecta al volumen colectivo de textos, es asimismo una obra pionera en nuestra lengua: si se excluye la «Epístola de Secundino», una carta enviada por un maniqueo norteafricano a Agustín de Hipona, que ha sido traducida en el corpus de escritos antimaniqueos del mismo Agustín, preparado por Pío de Luis para la Biblioteca de Autores Cristianos, es la primera vez que se traducen a nuestra lengua –y con qué rigor y exactitud– fuentes maniqueas. El público culto sabe de los grandes descubrimientos de manuscritos del siglo XX que afectan al judaísmo y al cristianismo (Manuscritos del Mar Muerto y la Biblioteca copto-gnóstica de Nag Hammadi, ambas accesibles en traducción publicada por la editorial Trotta), pero pocos son conscientes de la importancia de los hallazgos de textos maniqueos en Egipto y Asia Central. Publicar los textos es el máximo regalo que puede ofrecerse a quien desea estudiar por sí mismo cualquier fenómeno ideológico de la Antigüedad.
El volumen recoge una amplia selección de fuentes traducidas de los originales, todas ellas dotadas de introducciones y notas (algunas, muy profusamente): en total se contabilizan más de dos mil notas. La importancia de la labor de los autores es perceptible cuando se repara en que contiene obras traducidas de nueve lenguas diferentes: de la casi totalidad de las lenguas en que se conservan fuentes maniqueas (latín, griego, copto, parto, persa medio, sogdiano y chino), así como de fuentes no maniqueas en siríaco y árabe. También en este caso índices de textos, onomástico y de materias completan el volumen, haciendo de él un instrumento de trabajo indispensable y hasta ahora inexistente.
El volumen se divide en dos partes, distinguiendo las fuentes producidas por los propios maniqueos de las fuentes polémicas, externas. La primera parte consta de fragmentos de obras de Mani (entre las que destaca el Šābuhragān, traducido por Alberto Cantera), fuentes griegas (en especial el extraordinario Códice Maniqueo de Colonia, dado a conocer en 1970 y que ha ejercido una gran influencia en la comprensión del contexto religioso en que se formó Mani), fuentes coptas (con una amplia selección de Kephalaia o Capítulos, así como de Salmos, en traducciones de José Montserrat y Alberto Quevedo), el Códice de Tebessa (texto latino fragmentario pero interesantísimo para el conocimiento de la eclesiología maniquea), numerosas fuentes iranias de muy distintos géneros literarios, y el bien conservado Tratado Maniqueo chino o Tratado Chavannes-Pelliot (traducido por Antonio Prevosti). La segunda parte consta de fuentes paganas (entre las que destaca el primer tratado antimaniqueo conservado, el Contra las doctrinas de Mani del filósofo neoplátonico egipcio Alejandro de Licópolis), una selección de obras heresiológicas cristianas (como Acta Archelai, Efrén de Nísibe, Teodoreto de Ciro o la noticia de Teodoro bar Kōnī, traducida por Francisco del Río) y dos capítulos de las obras de los doxógrafos musulmanes an-Nadīm y aš- ahrastānī (traducidos por Xavier Ballestín), cuyos testimonios son importantes por la calidad de sus fuentes y la independencia de su juicio.
En mi opinión, no son numerosos, por fortuna, los aspectos criticables en estas obras, que han sido preparadas con indudable esmero, hasta el punto de que resulta difícil incluso encontrar en ellas errores tipográficos. En el Estudio introductorio de Bermejo cabe señalar, en todo caso, el lapsus en la referencia (p. 37, nota 1) a Amin Maalouf como «egipcio», cuando es libanés; en el volumen de textos (p. 536) se halla, por ejemplo, «mescolanza» por «mezcolanza».
En el volumen de textos, dado el esfuerzo de los editores por elaborar una antología representativa, he echado de menos la inclusión de textos uigures (paleoturcos), lo que habría proporcionado una mayor compleción (tal vez esperable en una segunda edición ampliada). En este caso, probablemente habría sido más fácil de justificar lo que resulta ahora más difícilmente comprensible, a saber, que en algunos casos se haya recurrido a eruditos franceses para la traducción de algunos textos –en número, por otro lado, no demasiado importante– latinos, coptos o partos (lo que podría haber obligado en algún caso a eventuales retraducciones). A pesar de la indudable valía de estos colaboradores transpirenaicos –Madeleine Scopello, de la Academia Francesa, es especialista en los Acta Archelai, por ejemplo–, los mismos autores del volumen –u otros– habrían podido efectuar esta labor con igual eficacia.
Estas últimas observaciones críticas son, en verdad, peccata minuta. La publicación de estos dos magníficos volúmenes representa una contribución de indudable importancia a la cultura de nuestro país, tanto más meritoria cuanto que se produce en un ámbito en el que la tradición de estudios sobre el maniqueísmo era prácticamente inexistente. El estudio científico de la religión en el ámbito hispanoamericano tiene desde ahora dos nuevos e indispensables instrumentos de trabajo.

01/04/2010

 
COMENTARIOS

raul agramon lerma 14/09/15 20:05
el maniqueismo finca de manera estraordinaria el donde de lo humano_?, el NO de las situasiones y da un respiro al autoconocimiento estableciendo reglas claras para que se vigile lo mas grandioso que es la finalidad de la creacion....

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