ARTÍCULO

El mal de África

Turner- FCE, Madrid, 416 págs.
Trad. de Esther Muñiz Espada
Mondadori, Barcelona, 296 págs.
Ed. Ramón Jiménez Fraile
Mondadori, Barcelona, 335 págs.
Trad. de Librada Piñero
Ediciones B, Barcelona, 590 págs.
Trad. de José Clementi
Península, Barcelona, 528 págs.
Trad. de José Luis Gil Aristu
Península, Barcelona, 528 págs.
Trad., Ramón Minguillon
 

En enero se han celebrado elecciones generales en la ex colonia española de Guinea Ecuatorial, el segundo país más rico de África en los años sesenta, uno de los más pobres del mundo en la actualidad; me pregunto cuántos españoles sabrían localizar en un mapa este diminuto país formado a partir de un puñado de islas volcánicas en medio del Atlántico y un pedazo de selva continental, marcado con tiralíneas hace cien años.

Estas nuevas elecciones, se supone, apuntalarán en el poder al dictador que en 1979 derrocó, en el llamado Golpe de Libertad, a su tío Macías, miembro de la misma etnia, fang, y del mismo clan: bajo uno y otro, este pequeño y rico país vive sumido en el horror, la miseria y la desesperación, mientras la Madre Patria, la metrópolis, vive de espaldas a un pueblo con el que compartimos, mal que nos pese, durante más de un siglo la misma historia. Un tapiz de claroscuros, sin duda, plagado de errores e injusticias, fruto del síndrome del colonizador y del colonizado: pero ya es hora de limpiar las heridas abriendo la llaga para que pase el aire; si no se aventa bien y pronto ese pasado, la pequeña huella que dejó España y lo español en el continente africano corre el peligro de gangrenarse aún más y exhalar un fétido humor... antes de desaparecer definitivamente.

Me voy a permitir una anécdota personal, no sé si se puede elevar a categoría: este verano tomé un taxi en Libreville (la capital del Gabón, país que limita con Guinea) para que me llevara a la Embajada de España. Mi acento y destino me debieron delatar y el taxista comenzó a dirigirse a mí no en el previsible francés, sino en castellano: era ecuatoguineano, uno de tantos exiliados que se ganan la vida en el «rico» Gabón, donde muchos tienen familia, al pertenecer a la misma etnia (fang); aquella conversación se prolongó más allá de mi carrera; y se resume en tres corolarios: el primero, que en un pequeño territorio en medio de la selva africana del tamaño de Soria se habla español; que los guineanos que no están envenenados con el síndrome del antiespañolismo tienen un único y amado suelo sobre el que comenzar a cultivarse: su base cultural española; y, tercero, que este idioma, una vez más, en los países limítrofes, connota inmediatamente pobreza y desesperación, cuando hace «sólo» cuarenta años eran los nigerianos, gaboneses y cameruneses quienes buscaban trabajo en la próspera provincia españolaPara los lectores interesados en tener un completo panorama de este dramático desencuentro, recomiendo el libro de Mariano de Castro y Donato Ndongo, España en Guinea, Ediciones Sequitur, 1998..

El azar ha querido reunir en apenas un año una serie de interesantes libros sobre la historia y colonización de esta parte, aún tan desconocida, del África Ecuatorial. Los que se refieren estrictamente a Guinea Ecuatorial son tres; dos libros de viajes escritos en primera persona y una novela. La biografía africana del vitoriano Manuel Iradier –el descubridor y primer explorador del golfo de Guinea, gracias al que España, en su día, pudo reclamar esos territorios como propios, frente a la rapiña francesa– ha sido editada y compendiada por Ramón Jiménez Fraile, autor de un estupendo y reciente libro, Stanley. De Madrid a las fuentes del Nilo, sobre el que luego volveré, cuando acometa en la segunda parte las reseñas de recientes publicaciones sobre este fantástico personaje.

Iradier, humanista, liberal, aventurero hijo de su tiempo, va desgranando en sus cuadernos, que luego reconstruyó a su regreso, la increíble aventura, de la que salió milagrosamente ileso (a costa, eso sí, de perder a su hija pequeña, víctima del clima insalubre), que supuso hollar por primera vez el territorio continental de Río Muni: cartógrafo, etnólogo, humanista, en sus anotaciones meticulosas y serenas (jamás juzga lo que descubre, intenta comprender desde la distancia de otra fe religiosa y otra civilización) vemos la fauna, la flora, los ritos y las costumbres de las tribus con las que se va encontrando en su asfixiante incursión hacia las tinieblas de la selva ecuatorial.

El libro tiene ese irenismo positivista y decimonónico que hoy, tan posmodernos nosotros, miramos con desdén y suficiencia. La prosa no es excelente, pero la materia que sus ojos van descubriendo y que las palabras intentan transmitir a las cuartillas seducen al lector como los relatos de un niño, llenos de frescura y entusiasmo; sin este último, se intuye, Iradier difícilmente habría sobrevivido a tanta calamidad.

Mejor escritora, más jugosa, infinitamente irónica y divertida, supera a nuestro vitoriano la victoriana Mary Kingsley quien, en otra excelente edición de Jiménez Fraile, nos relata casi el mismo viaje de Iradier, sólo que cuatro lustros después, cuando ya la tímida presencia española es un hecho patente. Kingsley amplía los horizontes de su aventura con faldas (¡y flema británica!) hasta buena parte del territorio del actual Gabón. Al hecho de ser la primera mujer que se adentró tanto en la espesura, se añade su inteligencia, su impagable sentido del humor, sus testimonios, escalofriantes, del canibalismo practicado por los fang, sanguinaria etnia, por aquel entonces, de la que ofrece valiosos apuntes de primera mano; como también, del despiste de muchos primeros colonos sobre el territorio al que llegan, o la astuta y cínica voracidad de los negreros de nuevo cuño, la candidez suicida de algunos misioneros, el acecho de lo salvaje a cada paso, o el ambiguo juego de muchos de los nativos que las distintas metrópolis «usan» como tapadera local de sus inconfesables planes, etc. Ningún lector aficionado a este tipo de libros debería privarse de este lujo ahora al alcance, y en excelente traducción.

El último libro recién aparecido sobre Guinea es una novela. Se titula Al sur de Santa Isabel, y su autor, Carles Decors, se declara en la solapa hijo de aquellos españoles de la posguerra que buscaron el Dorado en las costas de África, en las plantaciones de cacao de Fernando Poo. Relata la historia de un colono que, en los turbulentos días de la independencia, se ve atrapado en la isla, en una conjura de pasión y poder que le sobrepasa, hasta treinta años después, cuando intenta abandonar el desmantelado país, cuyos ojos casi no reconocen, escondido en la selva, al sur de la isla, entre los bubis, y descubre que, como siempre, las decisiones que uno cree tomar y cambian nuestro destino irremediablemente son sólo el último resorte de un cúmulo de fuerzas, inercias, sinergias incontrolables de las que Tomás Rimbau, el protagonista, es sólo un pequeño engranaje. Viaje iniciático, memoria de una época dorada y terrible, reconstrucción (hermosa, minuciosa) de una ciudad, Santa Isabel, hoy Malabo, que sólo existe ya en libros como éste y en el recuerdo de unas pocas personas; e interesante novela sobre la pasión, el poder y el destino, personal y político, de un grupo de desterrados para los que el nombre de Guinea es un turbión de azufre en el corazón, mientras para el resto de sus conciudadanos apenas significa un lugar en el mapamundi.

Un pequeño lunar a propósito de una novela bien construida que ignoro a cuántos podrá interesar: el capítulo sobre el mundo religioso de los bubi y cómo interfiere en la peripecia personal del protagonista no está bien integrado con el resto. El interés de lo que se relata en él es etnográfico, antropológico, pero no se inserta como debiera, «desde dentro», en la trama, en la psicología de los personajes. Ampliando un poco más los horizontes a toda la zona del África Ecuatorial, nos tropezamos ahora con otra serie de libros fascinantes, todos ellos, créanme, absolutamente recomendables. El primero en aparecer fue el del escritor flamenco Jan Brokken, El pájaro de la lluvia. Se trata de un viaje literario a través del Gabón, un encuentro con quienes han protagonizado o escrito en el último siglo la peripecia de este fragmento ecuatorial del antiguo Congo francés: desde Du Chaillu o Brazza, sus descubridores, hasta Dian Fossey y sus estudios sobre los gorilas, pasando por el entrañable doctor Albert Schweitzer, laico misionero, premio Nobel de la paz y memoria viva, aún, en su hospital de Lambarené; o escritores como Céline o Simenon; todos ellos discurren con elegancia por estas páginas, europeos que han contribuido a forjar el destino de este trozo selvático de bosque y costa: el río Ogoué o el tren a Franceville (ese delirio del presidente Omar Bongo que arruinó al país, hasta hoy) se convierten también en personajes de un libro escrito con inteligencia, humor y, me da la impresión, una dosis más que suficiente de «mala idea» flamenca (a lo Hugo Claus, para entendernos), que lo colocan en el límite de lo políticamente correcto; dando por sentado que el tratamiento que hace del presidente y sus delirios de grandeza ferroviarios habrán, directamente, puesto precio a su cabeza en aquel fascinante y, pese a todo, relativamente estructurado país Un caso similar en lo «delictivo», pero lejano en el resto de los propósitos, pues se trata de un reportaje periodístico sin pretensiones literarias, es el de Robert Klitgaard, Tropical Gangsters (Basic Books, 1990), profesor de la Universidad de Harvard y cooperante en los años ochenta en Guinea Ecuatorial. Aquél relata en un estremecedor informe sus experiencias en medio del caos y la corrupción generalizada, la paranoia de los dirigentes, que cultivan un antiespañolismo nacionalista mientras expolian lo poco que queda de un país sumido en el caos y el terror, los latentes y terribles ritos tribales, el enfrentamiento de las etnias, el desplome moral de un pueblo desamparado, que perdió sus viejas estructuras, sustituidas malamente por la «democracia orgánica» franquista para de ahí pasar a las dictaduras sanguinarias del clan de Mongomo. La alta funcionaria de la Unión Europea que me proporcionó este libro (desconocido en España, como tantas cosas sobre la actual Guinea) me confesó que durante sus años de trabajo y residencia en aquel país lo conservó siempre en una caja fuerte..

Pero vayamos a los orígenes de toda esta historia, que no son otros que los desvelos en el siglo XV de don Enrique el Navegante por circunnavegar África en busca del mítico reino del Preste Juan: así fue como se descubren las Azores, Cabo Verde, la isla de Fernando Poo (por el marinero luso que le dio su nombre), São Tomé, Príncipe... y, por fin, la desembocadura de un río que a veinte millas de la costa aún derramaba agua dulce: el Congo, del que ya se canta, con su otro nombre, Zaire, en Os Lusiadas, de Camoens.

La fascinante historia de este río, el más enigmático del mundo, el último en ser navegado, cartografiado, el único que pasa dos veces por la línea del Ecuador, con su forma de serpiente abrazadora de las más oscuras tinieblas del corazón de África, el río de Stanley, pero antes, muchos siglos antes, del reino portugués y cristiano del Manikongo: de todo ello se nos da cuenta con un entusiasmo que contagia en cada página en esta magnífica «biografía» del río Congo que escribiera Peter Forbath en 1977 y, por fin, se traduce al castellano (y cuya recensión se publicó en Revista de Libros, núm. 71). Uno, fascinado, no sabe si le seduce más la marea de datos bien compuestos, el rigor y claridad de los análisis, o lo increíble de todas las historias que aquí se relatan, pero lo que sí se sabe enseguida es que la lectura de este impresionante testimonio nos hace más sabios, más curiosos, más respetuosos con un continente desconocido (por usar la locución más tópica). Uno entiende mejor el anhelo del ser humano por ir hacia lo ignoto, aunque ello suponga «el horror» de Kurtz: asistir al desplome de una civilización como la del Manikongo en el siglo XV y ver cómo los católicos portugueses no fueron capaces de sustituirla por un entramado humanista y occidental (era el momento, y la época), sino por un hervidero de negreros y tratantes sin piedad que destruyeron el frágil equilibrio de lo que hubiera sin ofrecer una nueva y mejor estructura a cambio (salvo, eso sí, la imposición de la monogamia a golpe de hisopo, por parte de los misioneros); hecho este que se repite, siglos después, con más codicia y mejores medios, en uno de los momentos más vergonzantes de la civilización occidental: el de la explotación del Congo por parte del rey Leopoldo. Perfectamente complementario con El pájaro de la lluvia y El río Congo, el remate ideal de este viaje consiste en la lectura de la autobiografía de Stanley: no porque nos vaya a contar nada que no supiéramos ya a estas alturas, sino por lo bien que escribe: en los tramos iniciales, cuando relata su paso por el orfanato, su prosa nos recuerda al Dickens de Oliver Twist; cuando nos cuenta su peripecia marítima como grumete camino de Nueva Orleáns resuenan ecos de Melville; el relato de su paso por la guerra de secesión es memorable, digno de Hawthorne; las vicisitudes en África a partir de su encuentro con Livingstone, el descenso por el río Congo hasta su desembocadura, o la «venta» de su talento como explorador al astuto rey Leopoldo (negra aventura que se puede seguir detalladamente en el documentado y esclarecedor libro de Adam Hochschild), sólo es superable por alguien como Conrad.

Stanley, por supuesto, no dice la verdad, inventa, con una pluma tan poderosa y descomunal como su energía física o su olfato de periodista, un personaje, él mismo, fascinante, irrepetible: bula matari, el rompe piedras, como lo llamaban «sus» negros: la otra cara de la moneda, los matices que él no quiere o puede dar de sí mismo, los hemos leído ya en Brokken, Forbath o Jiménez Fraile; ahora, aquí, nos dejamos seducir por el estruendo increíble de su personalidad: léanse sólo sus opiniones sobre su idioma natal, el galés, y las recomendaciones a sus compaisanos para que se dejen de políticas lingüísticas de campanario y se dediquen a cultivar el inglés, su idioma de cultura y de proyección universal, para advertir que nunca se casó con nadie y que cultivó, contra viento y marea, el don de querer ser libre, llegar hasta donde nadie había llegado y regresar para contarlo. No creo que en el siglo XX haya habido ni una sola gesta parangonable a la que llevó a cabo este huérfano de hospicio en el corazón de África.

Todos estos libros, que el azar editorial ha querido reunir en pocos meses, pueden hacernos meditar, más conocedores de su causa, sobre cosas tan sangrantes y actuales como la emigración «subsahariana» (valiente eufemismo), la aparición en ciudades europeas, en los guetos africanos, de ciertos ritos animistas, el improrrogable debate sobre el problema del continente negro y su corrupción endogámica, sin paternalismos antañones, pero sin la mendaz mala conciencia del blanco posnegrero, «culpable» de todo lo que allí pasa hoy. El ejemplo surafricano, con su complejidad, quizá sea un buen punto de partida: conocer la historia, algo de la historia, de estos territorios, algunos tan entrañables e indisolublemente ligados a nuestra propia sangre, acaso nos ayude a no volver a cometer los errores ni las ingenuidades de entonces. Un montón de páginas maravillosas, terribles, fascinantes.

01/02/2003

 
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