ARTÍCULO

La antiglobalización a examen: el Informe Lugano

Trad. de Berna Wang Icaria Editorial / Intermon Oxfam, Barcelona
255 págs. 14,44 2.403 ptas.
 

El Informe Lugano es una nueva propuesta de subversión del orden establecido en occidente, precedida de una denuncia de la inviabilidad a largo plazo de los mecanismos institucionales vigentes y expresada a través de un ejercicio literario astuto que añade una absoluta y rotunda condena moral de los dirigentes del mundo. Que un texto con estos propósitos haya alcanzado siete ediciones sólo en España, país en el que se dan tan escasos lectores de ensayo, es quizás un signo revelador de corrientes de opinión que no se ven representadas en las viejas ideologías de las izquierdas aquiescentes con las socialdemocracias imperantes.

El volumen editado por Icaria e Intermon-Oxfam (!) con el título Informe Lugano, en letras color sangre sobre cubierta negra, incluye tres textos: un prólogo entusiasta (qué otra cosa podría esperarse) de Manuel Vázquez Montalbán, el texto del Informe propiamente dicho y un Anexo de la autora, Susan George, en el que se aclara que el Informe, supuestamente redactado por diez expertos, es una ficción de su creación. El propósito que persigue aquélla no es otro que conferir una apariencia de análisis científico del orden económico imperante, realizado desde dentro, desde sus propias premisas y planteamientos. Con ello pretende presentar los argumentos propios de los defensores del sistema con la mayor objetividad y sin los sesgos inevitables en un crítico acérrimo del mismo. Esta astucia es imprescindible, porque las conclusiones del Informe son dramáticas: el sistema neoliberal globalizado no podrá salvarse del caos y la implosión si no procede de inmediato a reducir la población mundial en dos mil millones de personas durante los próximos veinte años, no sólo induciendo reducciones drásticas en las tasas de natalidad, sino también aumentando las tasas de mortalidad. Esta última expresión es un eufemismo para esquivar el término exterminio masivo. Tanto es así que el capítulo de recomendaciones prácticas desarrolla las condiciones ideológicas, sociales y políticas que habrán de imponerse para poder llevar a cabo de forma imperceptible e indirecta el objetivo propuesto mediante el fomento de guerras, la propagación de enfermedades y catástrofes, y otras actuaciones semejantes. Culmina el espantoso escenario la idea de que no hay que actuar como en Auschwitz, sino promoviendo que las víctimas se elijan a sí mismas. Como quiera que esta conclusión del Informe es, al tiempo que inevitable –por la lógica del análisis realizado–, moralmente insostenible, el Anexo es el texto destinado a afirmar que quien no desee que se apliquen las políticas de exterminio a las que conduce la lógica del sistema debe colaborar desde ahora mismo a acabar con las compañías multinacionales, beneficiarias últimas de todo el «tinglado» y a crear una «nueva democracia internacional», sin más detalles. La autora da por supuesto en todo momento que los dirigentes del mundo occidental aceptarían aplicar políticas de exterminio de un 25% de la humanidad para garantizar al resto los beneficios de la prosperidad que rinde el capitalismo. Con ello, y sin decirlo expresamente, busca un refuerzo poderoso para su llamamiento revolucionario: la condena moral sin paliativos de los dirigentes del orden vigente. Marx no llegó nunca tan lejos.

No cabe duda de que este es un texto inusual en el que las ideas más delirantes se presentan con ropaje de análisis científico y objetivo, y con una retórica inteligente y depurada que prende en sus redes a los descontentos con el mundo en el que viven. ¿Quién es su autora, Susan George? Nacida en Estados Unidos y afincada en Francia, estudió Literatura y Ciencias Políticas. Está asociada al Instituto Transnacional, con sede en Amsterdam, una entidad que coordina los trabajos de investigación de una red de académicos dispersos por el mundo preocupados por la injusticia, la pobreza y la violencia. Ha sido también miembro del Comité de Dirección de Greenpeace. Con su primer libro, publicado en 1976, bajo el título Cómo muere la otra mitad, inició su crítica al capitalismo argumentando que la pobreza del mundo es consecuencia de la lógica del sistema. A partir de este texto seguiría una carrera de activismo antisistema que la ha llevado a altos foros y tribunas en Europa y a erigirse en miembro del reducido grupo de líderes intelectuales de los movimientos antiglobalización. Ha publicado varias obras relacionadas con la pobreza, la injusticia, las políticas del Fondo Monetario y del Banco Mundial, así como numerosos artículos y prólogos cuyas referencias se encuentran en www.tni.orggeorge.

¿Qué argumentos se aducen en el Informe para justificar sus conclusiones? ¿Por qué es inevitable reducir la población en dos mil millones de personas para preservar el capitalismo global? Básicamente, por dos razones principales: porque la Tierra no soportará el deterioro ecológico que supone el actual ritmo de explotación de recursos naturales con una población mundial creciente y, en segundo lugar, por una razón de dinámica social: el sistema liberal genera más y más excluidos de los procesos productivos tanto en el interior de los países desarrollados como en el Tercer Mundo. Los productivos se negarán a transferir la renta necesaria para que los improductivos no se rebelen. La única forma de frenar el conflicto inevitable es reducir la población, limitando con ello el número de excluidos.

El argumento ecológico se repite y reafirma constantemente a lo largo del texto del Informe, sin aportar datos y dando por supuestos y ciertos todos los tópicos al uso. La autora se contenta con aducir en el Anexo que tiene cajas enteras de documentos e informes a disposición del lector que desee pruebas. No me voy a detener a comentar tan rigurosos procedimientos. Lo que hay que decir respecto a la relación entre población y ecología lo dijo de modo insuperable Julian Simon, hace veinte años, en una obra que no ha tenido mayor difusión porque resulta incómoda: The Ultimate Resource (Martin Robertson and Co., 1981). Recientemente, un ecologista danés, profesional de la estadística, ha publicado un libro demoledor de numerosos tópicos y medias verdades: The Skeptical Environmentalist: Measuring the Real State of the World (Cambridge University Press, 2001), de Bjørn Lomborg. En él consulta las fuentes que citan los activistas del ecologismo y, una y otra vez, muestra que las previsiones pesimistas son falseadas no sólo por las evidencias científicas disponibles sino por las propias fuentes citadas por sus defensores. The Economist ha calificado esta obra como uno de los libros sobre política pública más valiosos escritos en los últimos diez años. Contrariamente a lo ocurrido con la obra de Simon, despreciada por la izquierda intelectual hace ahora veinte años, el estadístico Lomborg, un ex miembro de Greenpeace, ha atraído la atención de la opinión pública de Escandinavia y previsiblemente también la atraerá en el resto de Europa. No es sorprendente que El Informe Lugano no quiera enfrentarse a este tipo de estudios.

El segundo pilar argumental de ElInforme Lugano se formula en términos más novedosos. La idea de que el sistema económico vigente genera exclusión social debe quizá su popularidad al sociólogo Manuel Castells, que la ha difundido en su trilogía La Era de la Información y, particularmente, en el volumen tercero de la misma. Define Castells la exclusión social como un proceso ––no una condición– que descalifica a una persona como trabajador en el contexto del capitalismo. ¿Es cierto que el capitalismo genera, sistemática y permanentemente, excluidos sociales como afirman Castells, George y otros críticos? Para ilustrar esta cuestión es preciso formular un modelo teórico simple que pondrá de manifiesto la relación entre progreso económico y exclusión social.

Sean dos comunidades independientes y soberanas, cada una de ellas gobernada por una casta de guerreros, legitimados por una casta de sacerdotes, y una población dedicada exclusivamente a la producción de trigo. La producción y la población de ambas son estables, o el crecimiento tan lento en los períodos sin conflictos ni epidemias que las generaciones no perciben cambios. Por razones internas que no vienen al caso, en la comunidad A se inicia un proceso de concentración de población en ciudades relativamente autónomas de los guerreros y sacerdotes. La población de las ciudades se dedica al comercio y a la filosofía. Algunos grupos habitantes de las ciudades empiezan a pensar creativamente y tras una serie de hallazgos y reflexiones que inicialmente no alteran la vida en lo esencial, se producen dos hechos que van a tener una enorme trascendencia: descubren los gérmenes y su papel en la muerte por infección, y dan con los métodos para reducirlos y, en particular, desarrollan sistemas de depuración de las aguas. Más tarde inventan el motor de explosión y varias aplicaciones del mismo, no sólo para el transporte de personas y mercancías, sino también para el trabajo en el campo (tractores). Le pido al lector que acepte la compresión histórica que implica el modelo en aras de su potencia ilustrativa. En la sociedad A se produce primero un aumento de la población como consecuencia de la caída de la mortalidad gracias a la depuración de las aguas. Conforme va difundiéndose el uso de tractores disminuyen los costes de producción agrícolas, en términos de horas/hombre, y aumenta la producción de trigo. Una generación más tarde ha aumentado la renta per cápita (medida en producción de trigo) porque la producción ha crecido más deprisa que la población. Durante una generación ha tenido lugar, no sin dificultades y desequilibrios temporales, un trasvase de trabajo del campo a la industria de tractores. ¿Qué ha ocurrido mientras tanto en el país B? Caben dos supuestos: que B haya permanecido ajeno por completo a lo ocurrido en A, por ignorancia o por designio de sus clases dirigentes, o que B haya adquirido de A plantas de depuración de aguas que considera del mayor interés para la salud de su población. Más tarde, B habrá adquirido de A algunos motores de explosión, principalmente para transporte de sus élites dirigentes. La población de B aumentará como consecuencia de la depuración de las aguas, pero el trigo disponible para el consumo disminuirá porque ha habido que utilizar parte del trigo producido para pagar las plantas depuradoras y los motores adquiridos.

El precio del trigo sube y el consumo baja. Agotada la tierra cultivable, una parte de la población no puede integrarse en el proceso productivo y se desplaza a los núcleos urbanos en busca de medios de vida, que no encuentra, y aparecen en ellos zonas de pobreza y miseria y de gentes sin ningún ingreso regular: los excluidos sociales. La cuestión crucial es si esta es una situación permanente o transitoria, y la respuesta a esta cuestión depende de cómo reaccione la comunidad B.

Nótese que no ha sido preciso especificar el sistema económico vigente en A y B. La ruptura del equilibrio económico en B ha sido consecuencia de adquirir voluntariamente bienes de A que sin duda resultan deseables también para la población de B. La adquisición no se ha impuesto, ha sido voluntaria, pero ha tenido efectos negativos sobre el equilibrio demográfico, económico y social de B, independientemente de que el sistema económico en A o B fuera de libre mercado o de economía dirigida. ¿Puede B recomponer sus equilibrios y seguir los pasos de A? Se abren aquí multitud de opciones y posibilidades. Los dirigentes de B pueden decidir imitar las instituciones que están en el origen del éxito tecnológico de A, o pueden rechazarlas a causa de creencias religiosas, intereses de sus élites por mantener el statu quo o por cualesquiera otras razones. Ni siquiera el supuesto de que se descubra petróleo en B, cuando empieza a resultar caro extraerlo en A, garantiza la convergencia de B con A. B puede aprovechar las rentas del petróleo para educar a su población, erradicar la pobreza e invertir para emular a A. O puede dilapidar las rentas del petróleo de los más variados, imaginativos y corruptos modos. El lector puede desarrollar las múltiples variantes que, a partir de aquí, admite el modelo. Lo que éste pone de manifiesto, creo que con claridad, es que toda innovación tecnológica potente tiene efectos sobre las sociedades que las absorben, pero cuya productividad es baja en relación con las que las producen. Para que se den estos efectos, tanto positivos como negativos, no son precisos ni el colonialismo, ni las imposiciones, ni las violencias, ni intervención maligna alguna de A sobre B. Nótese también que resulta cuando menos arbitrario juzgar negativamente el aumento en las desigualdades de renta, antes y después de la difusión del proceso tecnológico, y atribuirlas a cualquier forma de «injusticia» o «intercambio desigual». Estas desigualdades de renta per cápita se producen como consecuencia de aumentos de la productividad en la sociedad A que no se ven seguidos por aumentos de la productividad en la sociedad B.

Es importante subrayar que el aumento de productividad que se ha generado en la sociedad A aumenta la necesidad de capital de la sociedad B, porque ésta, que adquiere los nuevos productos de A, requiere más capital (tractores) para aumentar su propia productividad. Pero B no puede incrementar su ahorro porque su consumo ha bajado y su productividad es baja. En consecuencia, B necesita endeudarse con A. Pero una vez que se ha endeudado nada garantiza que los capitales recibidos se inviertan de forma productiva. Pueden gastarse para hacer frente a necesidades sociales o a la satisfacción de clientelismos o, en el peor de los casos, desaparecer en los bolsillos de las élites. Puede ocurrir también que se invierta equivocadamente o de tal modo que A no tenga forma de recuperar su crédito. Cuando en A se sospeche que este riesgo existe, tratará de vender los títulos que representan sus créditos en los mercados internacionales, provocando el derrumbe de los precios de estos títulos y de la moneda en los que estén denominados. Así es como surgen las crisis en los mercados internacionales. Nótese, una vez más, que sigue sin ser preciso especificar los sistemas socioeconómicos de A y B. Basta que haya mercados internacionales de crédito y de capital. La Unión Soviética participó activamente en ellos sin alterar su condición de economía planificada.

Si generalizamos a muchos países el modelo en el que A y B se intercambian capital, préstamos y bienes de equipo de A, contra deuda y productos agrícolas de B, estaremos describiendo el proceso de globalización. ¿Es cierto que éste da lugar a que los países desarrollados sean cada vez más ricos y los subdesarrollados cada vez más pobres a causa de los intercambios descritos? Abandonemos ahora el modelo simplificado y volvamos al mundo real. El Banco Mundial, acosado por los argumentos antiglobalización, ha procedido a estudiar de forma sistemática y rigurosa los efectos de la apertura al comercio de las economías del mundo y ha publicado los resultados en diciembre de 2001 (www.worldbank.org). El Banco Mundial ha medido la evolución de los grados de apertura al comercio de los países del mundo, independientemente de su régimen socioeconómico. El grado de apertura lo mide por el porcentaje que supone la suma de importaciones y exportaciones de cada país respecto a su producto interno. Una vez fijado este porcentaje, ha analizado qué ha ocurrido con el crecimiento económico de los países pobres en los que ha aumentado el grado de apertura comercial y en los que ha disminuido. Entre los países pobres en los que el grado de apertura ha aumentado muy significativamente figuran China, India y México, es decir, países con regímenes socioeconómicos muy distintos. Pues bien, los países pobres que se han «globalizado» han crecido el 5% anual acumulativo durante la década de los noventa, mientras que los países que no se han abierto al comercio han visto reducirse sus tasas de crecimiento en un 1% anual durante el mismo período. Resulta espectacular el extraordinario incremento en exportación de productos manufacturados de los países pobres que se han abierto al comercio. Como referencia con la cual comparar el 5% de crecimiento citado, hay que tener presente que, durante la década de los noventa, los países ricos han crecido, según el citado informe, un 2% anual acumulativo. En los países pobres en los que se ha dado el crecimiento del 5%, como consecuencia de haber doblado su porcentaje de apertura comercial, ha aumentado la esperanza de vida y el nivel de escolarización. La población que se ha beneficiado de esta globalización es de tres mil millones de personas. Desgraciadamente, sigue habiendo dos mil millones de personas que habitan en países pobres que no se han abierto al comercio y en los que la renta per cápita ha bajado.

Volvamos al Informe Lugano. Tanto el análisis teórico como la evidencia empírica demuestran la inadecuación y falsedad de su diagnóstico sobre la globalización. Como antes sucedió con el marxismo, la ideología de los antiglobalizadores es inmune a los resultados de los análisis y estudios empíricos. Tiene la virtud de que nos recuerda con contundencia el triste destino de una parte importante de la humanidad, y el enorme peligro de desacreditar las instituciones y logros que pueden rescatarla de la pobreza.

01/02/2002

 
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