ARTÍCULO

Don Quijote contra Hamlet

 

Que, en el fondo, el diálogo razonado sirve para poco, es cosa que sabe todo aquel que vea inutilizados sus argumentos en el curso de una conversación: raro será que tienda la mano al adversario y más habitual que le guarde un secreto rencor por quitarle la razón. Eso no quiere decir que nadie cambie sus juicios, pero estos cambios suelen deberse antes a íntimas modificaciones graduales que a súbitas revelaciones paulinas: son transiciones y no revoluciones. Sucede algo parecido con este libro del profesor Juan Carlos Monedero, condición para cuyo disfrute es estar ya, de antemano, de acuerdo con él. Y su postulado principal es casi una cuestión de fe: o se cree o no se cree. Pero, ¿creer qué? Bueno, que el sistema liberal-capitalista es radicalmente injusto y que la avanzadilla del así llamado neoliberalismo ha provocado un retroceso dramático de los estándares democráticos y sociales, que sólo una reinvención de la izquierda transformadora puede –y debe– remediar. A explicarlo se dedican casi trescientas páginas. Primero, se ofrece un diagnóstico; después, una solución.
En cuanto al diagnóstico, el punto de partida no puede ser más claro: la democracia realmente existente es una gran simulación y vivimos bajo la égida del así llamado pensamiento único. ¡Tan eficaz, se afirma aquí, que cada uno de nosotros lleva un policía dentro! La insistencia en el gobierno de las palabras que da título al libro se explica por el crédito que se otorga a la célebre tesis gramsciana de la hegemonía, renovada últimamente a través de la teoría de los marcos interpretativos: quien controla los significados, controla el poder. De ahí que sea necesario «recuperar el habla como arma de transformación y bálsamo reconfortante» (p. 22). Pero no sólo el habla, claro, porque quejío flamenco ha habido siempre: la cualidad social del lenguaje justifica la colectivización –moderada, que ya no estamos en el koljós– de la riqueza: «Siendo animales sociales, cualquier resultado es fruto de la riqueza colectiva, y cualquier disfrute particular que pretenda desentenderse del origen del mismo –la suma histórica y presente de esfuerzos humanos– se convierte en un privilegio» (p. 20). Sigamos.
Para corregir el rumbo es necesario desenmascarar aquellos discursos que privan a la democracia de su potencial transformador. Y el último de ellos –quizás el más perverso– es el de la gobernanza, concepto ideado para despolitizar la sociedad y reemplazar el anhelo de transformación mediado por el Estado por la resolución de problemas concretos a través del mercado. Este proceso culminaría con el desmantelamiento del Estado social y su sustitución «por una suerte de Estado gendarme encargado de disciplinar la protesta surgida del deterioro social que trae consigo el modelo de globalización neoliberal» (p. 164). ¡Nunca hemos estado peor! Para que no se consume semejante apocalipsis neoliberal, es urgente politizar la sociedad y desvelar sus conflictos ocultos; volver, en fin, a la bienamada ideología. A juicio del autor, esto debe entenderse como una respuesta popular al retroceso democrático de los últimos decenios –aunque mejor no sugerir esto, pongamos, en Hungría– y el objetivo final es «una sociedad que aprenda, transforme y disfrute» (p. 59); literalmente. ¿Y cómo llegamos hasta allí, supuesto que de verdad queramos llegar?
La respuesta está en la reconstrucción de la izquierda y en la subsiguiente conformación de una democracia participativa. El método es «un pesimismo esperanzado que piensa hacia delante» (p. 15). Y la estrategia, la siguiente: «Hace falta pensar mejor para desbordar la modernidad; hace falta organizarse mejor, para desbordar al Estado. Hace falta producir mejor para desbordar el capitalismo» (p. 72). Aunque este esfuerzo meliorativo se alimente de la utopía, se asegura que es una utopía con los pies en el suelo. Y por más que se cite al Che Guevara y se defienda un libro blanco del comunismo, capaz de proclamar sus logros históricos en la lucha contra el capitalismo, no nos confundamos: «Quienes vean en la crítica actual al sistema democrático las mismas razones que animaron a la crítica política por parte de la izquierda en los años sesenta y setenta pecan de orgullo generacional o malogran el análisis» (p. 222). Oído, barra.
Son la ciudadanía crítica y los movimientos sociales los que, a través de la deliberación, pueden aportar a la democracia el pluralismo que le es tan necesario. A este respecto, se refieren unas comarcas de la emancipación –feminista, ecologista, internacionalista obrera, multicultural et alii– que encarnan propuestas para una democracia avanzada. Por ejemplo, la participación de los medios de comunicación en la educación popular, la discriminación positiva a favor de la mujer o la igualdad de capacidades –no oportunidades ni resultados– como fundamento del contrato social. Aunque a veces resuene aquí otro contrato: «Reinventar el sentido para reconstruir lo político y reconstruir lo político para reinventar el sentido» (p. 281). Es la clase de afirmación que inquietaba al Nanni Moretti de La sconfitta, su cortometraje de 1973. Allí encarna a un joven engagé que desespera a un teórico comunista al interrogarle sobre la posibilidad de que ellos vieran en vida –¡y supieran reconocer!– las primeras fases de la emancipación profetizada por Marx; a falta de respuestas, Moretti se lleva un guantazo. Es el problema de los prolegómenos.
Sea como fuere, hay un pasaje del libro que acierta a sintetizar todo su sentido, además de condensar las aspiraciones poéticas de su lenguaje: «La magia de Don Quijote está en su diálogo permanente, que no es solamente con el bueno de Sancho, sino que es con todo el colectivo. Porque hablaba con los demás creía en la utopía. Hamlet, por el contrario, hizo su castillo en el monólogo. Por eso volvió su locura contra sí mismo. El neoliberalismo ha necesitado pueblos hamletianos. La emancipación, más Quijotes» (p. 36). Y en ésas –mientras tanto– estamos.

01/04/2010

 
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