ARTÍCULO

Taller de escritura

El Acantilado, Barcelona
472 págs. 19,23 €
 

Con las oportunas reservas, y a la vista de la obra que nos ocupa y de otras publicadas con anterioridad, aún puede parecer tolerable en nuestros días el aserto enunciado por alguien hace tiempo de que una novela es cualquier libro que lleva estampado en su portada el membrete de novela. Sin llegar a los extremos de este supuesto, la evolución novelesca y la teoría literaria del siglo XX han permitido en la práctica exceder con frecuencia y con fortuna los límites tradicionales del género e incluir dentro de sus coordenadas títulos de estructuras y discursos tan heterogéneos que en otro tiempo serían condenados por la ortodoxia preceptiva.

Por eso, no conviene entrar en controversias efímeras sobre El estenotipista en la Academia Universal tan solo porque, en principio, no sea una novela de uso corriente ni de apariencia habitual, y mucho menos conforme al gusto actual del consumo. Para conocimiento y orientación del lector, que tal vez se va a encontrar de repente ante un texto muy diferente del que espera, es necesario aclarar que se trata de una novela sobre la escritura, sobre sus formas y procesos, y que su análisis se ha de centrar, creemos, en su estructura, su sentido y su discurso.

Esta obra de Alberto Escudero es por su misma esencia un texto transgresor. El autor rebasa y rompe las fronteras genéricas entre la novela y el cuento, de modo que puede ser considerada como una novela –discursiva, metaliteraria o experimentalista, si se quiere– o un conjunto de cuentos enlazados por un tenue esqueleto narrativo. Su protagonista entra por azar en un espacio cerrado o sociedad oculta, la Academia Universal, cuyos miembros, en estricta jerarquía, se dedican a crear relatos. Toda su vida en la Academia gira alrededor de los cuentos porque vida y literatura son la misma cosa y porque la sustancia de la que todos estamos hechos es el relato, de modo que se puede contar la historia del mundo y la humanidad, y hasta de los cielos, mediante una serie de relatos, ya que no hay más vía para arribar al conocimiento del mundo que la del relato. Con semejantes puntos de partida, la novela se inserta de lleno en la metaliteratura, en una narración que versa sobre sí misma, sobre sus posibilidades de elocución, y se constituye en un mundo autónomo al margen de la realidad empírica. El personaje narrador se sumerge así, no sólo en un reducto claustrofóbico, sino sobre todo metafórico y simbólico –de reconocible tradición literaria– y con su relato va conformando un espacio, el de la literatura, del que nadie, una vez dentro, puede escapar. De manera que si la vida y la literatura son la misma cosa, autor, narrador, personaje y lector se mueven dentro del mismo territorio, allí donde la ficción deja de ser el espejo de la vida para transformarse, aunque imaginaria, en la vida misma.

En consecuencia, como todo texto transgresor, el de Escudero debe ser abordado y leído de diferente manera a como suelen leerse los libros de ficción, pues el placer de la lectura que desemboca en el puro esparcimiento ha de reemplazarse por el placer que persigue el conocimiento de la literatura. No hay duda de que ni la simplicidad del argumento y la trama, ni la función de los personajes planos, ni el carácter simbólico del espacio y el tiempo, despertarán un interés o un atractivo especial en una lectura normal. Para ello serían tal vez necesarios una acción novelesca variada y un movimiento narrativo dinámico que no hay aquí. La novela, por el contrario, discurre lenta, con un ritmo entrecortado que, a medida que avanza entre la amalgama de relatos, hace pesada la lectura.

El sentido, por tanto, hay que interpretarlo a partir de sus claves discursivas, de su estructura narrativa que se acerca en muchos momentos a la categoría ensayística, y de ese taller de escritura que supone el complejo proceso de creación y comentario de los relatos heterogéneos que componen la novela. Los internos de la Academia Universal escriben relatos, pero también realizan escolios y exégesis sobre ellos en debates y actos académicos públicos, al modo de las academias clásicas y los centros escolásticos, al tiempo que reflexionan sobre numerosos aspectos vigentes de la teoría narrativa.

Tal vez estos méritos sean insuficientes para poder valorar de modo positivo esta novela. No obstante, y aunque los resultados no lleguen a la altura deseable, es de justicia destacar el empeño del autor por intentar nuevos caminos para el género del cuento, como ya había hecho en otros títulos anteriores, entre los que merece recordarse de manera especial La piedra Simpson (1987).

01/02/2003

 
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