ARTÍCULO

El corazón en tiempos de barbarie

Anagrama, Barcelona, 1995
Trad. de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira
182 págs.
Anagrama, Barcelona, 1997
Trad. de C. Grumpert y X. González Rovira
190 págs.
 

Ignoro hasta qué punto han influido en Antonio Tabucchi, a la hora de escribir La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, las duras objeciones de carácter ideológico de un sector de la crítica italiana a propósito de Sostiene Pereira. En todo caso, lo que le importa al lector es tener en cuenta la estrecha relación entre ambas novelas, relación que podemos ver anunciada en la nota final del autor a Sostiene Pereira: Cuando en 1992 murió el periodista que le sirvió de inspiración para su célebre personaje, ya nadie se acordaba de él: «Portugal vivía la vida convulsa y agitada de un país que ha recuperado la democracia después de cincuenta años de dictadura. Era un país joven, dirigido por gente joven. Nadie se acordaba ya de un viejo periodista que se había opuesto con determinación a la dictadura de Salazar». En Sostiene Pereira Tabucchi trata de devolvernos la memoria y de recuperar el clima político, social y moral de una Europa cercana a la segunda guerra mundial a través de la dictadura de Salazar y de la guerra civil española, mientras que La cabeza perdida de Damasceno Monteiro es una reflexión pesimista sobre el presente de la democracia portuguesa, una reflexión que de nuevo vale para España y para toda Europa.

Una lectura tergiversada de la primera novela nos lleva, pues, a una lectura igualmente tergiversada de la segunda. Las razones italianas para criticar a Tabucchi tienen una explicación histórica que puede remontarse, simbólicamente, a la polémica de Elio Vittorini con Palmiro Togliatti en 1947 en las páginas de Il Politecnico, donde el marxista Vittorini proponía el concepto de «revolución moral» frente al de «revolución ideológica» y la independencia de la actividad cultural frente a la política. Una polémica que se reanudará, siempre en el marco de las libertades democráticas y de una izquierda influyente, a través de Luckács y de su defensa del realismo decimonónico. 

Las razones españolas son distintas. El marxismo vivió clandestinamente durante muchos años y la oportunidad de iniciar un debate público coincidió con el ocaso de las ideologías. A diferencia de Italia, hay nostalgia no tanto de una ideología como de la clandestinidad y de la oposición a la dictadura, que coincidió, en literatura, con los años de esplendor del llamado realismo social o socialista, y que, a diferencia del realismo del siglo XIX , era esencialmente arcádico (en vez de pastores, obreros) y utópico. Es así como, en el marco de esta sociología de la literatura, se explica la polémica reseña de mi amigo el novelista Juan Pedro Aparicio en el número de febrero de Revista de Libros, descarado ejemplo de cómo se puede tergiversar una lectura.

Las razones críticas de Aparicio no son literarias y las pocas veces que lo son resultan discutibles. La repetición de «sostiene Pereira» no es un ripio sino el leitmotiv que da la necesaria cadencia musical a todo el libro, la «monótona» y melancólica musicalidad que escuchamos en la música de Ennio Morricone y en la voz de Dulce Pontes en la versión cinematográfica de Roberto Faenza. Por otro lado, hablar de inverosimilitud en literatura es altamente peligroso, porque en un proyecto narrativo lúcido lo más absurdo puede tener una lógica y nacer de una necesidad. El Quijote es el ejemplo más sublime. A Aparicio le parece inverosímil que alguien pudiese salir de Portugal sin escapar de la temible PIDE, ignorando o queriendo ignorar que esta huida está basada en un hecho real. Como ignora o parece ignorar que Tabucchi no sólo es profesor de literatura portuguesa y un excelente traductor del portugués sino que ha vivido en Portugal por mucho tiempo y que lo visitó por primera vez, como leemos en Conversaciones con Antonio Tabucchi de Carlos Gumpert, precisamente «a mediados de los años sesenta, cuando el país estaba atravesando el momento final y tal vez más oscuro del salazarismo».

A Aparicio sólo parecen preocuparle las razones estrictamente políticas y exige que la literatura sea fiel a estas razones. Por eso nos dice que «la imaginación no alcanza siempre donde llega la memoria» y por eso condena «las incoherencias del propio Pereira como personaje». Lo que ocurre es que no está criticando el libro que lee, sino reescribiendo lo que él quisiera leer. Se le ha escapado la dimensión moral de la novela y ha interpretado como ha querido las referencias históricas. La dimensión moral explica que Pereira sea un hombre lleno de contradicciones, porque la duda es uno de los grandes temas de este libro (el dogma está en manos de los asesinos de Monteiro Rossi y de Damasceno Monteiro). La referencia a los sacerdotes vascos, que tanto escandaliza a Aparicio, es igualmente central, por un lado porque la Iglesia vasca fue, por razones obvias, antifranquista, por el otro porque el bombardeo de Guernica no sólo exacerbó ese antifranquismo, sino que despertó la conciencia de muchos escritores católicos franceses. Un despertar de la conciencia que inevitablemente tuvo que influir en el católico Pereira quien, nos dice el cervantino cronista o transcriptor Tabucchi: «En sus visitas nocturnas me iba contando que era viudo, cardiópata e infeliz. Que le gustaba la literatura francesa, especialmente los escritores católicos de entreguerras, como Mauriac y Bernanos, que estaba obsesionado por la idea de la muerte, que su mayor confidente era un franciscano llamado padre Antonio, con el cual se confesaba temeroso de ser herético porque no creía en la resurrección de la carne».

Como ocurrirá en La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, el eje central es la relación entre individuo y sociedad y, en cierto modo, cómo es posible la solidaridad social sin lesionar la libertad individual y viceversa. La personalidad individual de Pereira aparece narrativamente exacerbada. Su catolicismo es atormentado, le obsesiona la muerte tal vez porque su padre tenía una agencia de pompas fúnebres, es muy reservado y cree que «es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón». Lo único que le ata al país es una gran nostalgia «de una vida pasada y de una vida futura» y es en esta nostalgia, no en las ideas políticas del joven revolucionario Monteiro Rossi, donde se encuentra la raíz de su nueva conciencia. Apenas verle, «le pareció reconocerse en aquel joven, le pareció que se encontraba a sí mismo en los tiempos de Coimbra». Monteiro Rossi ama la vida y encuentra la muerte, Pereira desde que murió su mujer vive como si estuviera muerto y no cree en la resurrección de la carne, pero al final conoce la resurrección. Antes de conocer a Monteiro había creído que «la literatura era la cosa más importante del mundo», pero su último texto en el periódico Lisboa es un texto de denuncia. Tal vez porque finalmente su nuevo yo hegemónico ha recordado las palabras de Monteiro Rossi que también Aparicio podría recordar: «Nosotros no hacemos la crónica, señor Pereira, eso es lo que me gustaría que entendiera, nosotros vivimos la Historia».

Como he dicho, la acción de Sostiene Pereira ocurre en el verano de 1938. Pronto la península ibérica estará dominada por el fascismo que ha de llevar a Europa a la guerra. Esta lucha entre el bien y el mal reaparece en el Portugal de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, pero ahora en el presente: «Así, por desgracia, parecen ir las cosas en nuestro país. Un país que sólo recientemente ha recuperado la democracia y que ha sido acogido en la Comunidad Europea». La novela se abre con el descubrimiento de un cadáver decapitado, el de Damasceno Monteiro. A la investigación propia de la novela policíaca se añade desde el principio un elemento social: la marginación de los gitanos, «que una vez fueron nobles y que ahora se han convertido en unos miserables». La investigación por parte de un joven periodista, Firmino, revelará el siniestro aspecto político: el asesino es Titânio Silva, combatiente en Angola y hoy sargento de la siniestra Guardia Nacional. Se desenmascara así el mundo de la droga, de la corrupción política, de la tortura, de la ineficiencia de la justicia y de la debilidad del sistema democrático. Entre el joven Firmino y el abogado se establece una relación que recuerda a la del joven Monteiro Rossi con Pereira. Firmino tiene veinticinco años y prepara un estudio sobre La influencia de Vittorini en la novela portuguesa de posguerra apoyándose en las teorías de Lukács. El abogado, a quien llaman Loton por su parecido con Charles Laughton, procede de una familia adinerada, es un hombre obeso, corpulento, de labios carnosos y rostro fofo y tiene una expresión que no se sabe si es «pedagógica, meditabunda o simplemente melancólica». Como Pereira, tiene un sueño recurrente, está lleno de dudas y ama la literatura por encima de todo, pues «también la literatura ayuda a comprender el Derecho». Entre sus autores preferidos están, naturalmente, Kafka, Hölderlin, Pessoa y Camus: «Podemos afirmar con Camus que las grandes revoluciones son siempre metafísicas y que, como él sostiene apoyándose en Nietzsche, los grandes problemas se encuentran en la calle». Por eso le aconseja a Firmino: «Como instrumento de indagación no elegiría a Lukács».

En Sostiene Pereira la brutalidad de los hechos hacía innecesaria la denuncia. Ahora las palabras son imprescindibles. Por eso la presencia indignada y compasiva de Tabucchi es mucho más visible. Si Damasceno ha perdido la cabeza es porque se la han cortado. Por eso el abogado nos dice: «Yo defiendo a los desgraciados por que soy como ellos (...), creo haber conocido las miserias de la vida, haberlas comprendido y asumido». Como en los mejores versos de Louise Colet, sus palabras «son una espina en el corazón». Y este corazón agobiado y melancólico es el que denuncia la corrupción y la norma pero también el que nos acompaña por las maravillosas calles de Oporto, por la infancia, por los recuerdos y por los sueños, y el que nos acerca, a través de la ética de los sentimientos, al misterio de la condición humana, una ética que es, asimismo, la poética que alimenta a su escritura: «Sociología de la literatura –repitió con expresión disgustada el abogado–, vivimos tiempos bárbaros».

01/08/1997

 
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