ARTÍCULO

Arqueología

Ediciones B, Barcelona, 1998
349 págs.
 

Uno de los rasgos que definen la novela española de fines de siglo es consagrar la actualidad como esencia de la creación literaria. Por eso, resulta curioso el aparente resurgir de la novela histórica. Baste citar las últimas obras de Miguel Delibes, Luis Antonio de Villena o José Manuel Fajardo. Sin embargo, más que constatar un hecho cuantitativo, creo que debemos preguntarnos cuál es el objetivo de transitar tiempos y espacios tan lejanos al nuestro. En mi opinión, la literatura histórica ha de convertirse en un modo de recrear, es decir, de volver a construir la armazón de períodos ignotos, no con la pretensión de hacer un ejercicio arqueológico sin más, sino con el propósito de proyectar luz sobre parcelas demasiado prosificadas por los historiadores; sobre pedazos de vidas singulares que forman parte, desde su individualidad, de los valores eternos del ser humano, eso que Unamuno llamó «intrahistoria».

La última novela de Fajardo no consigue ninguno de estos objetivos. Para forjar la enrevesada, por prolija, trama de El converso, el autor recurre a dos formas de contar que tienen una fecundísima tradición en nuestras letras. De una parte, la novela picaresca; de otra, la bizantina. De la primera sólo queda la estructura superficial, esto es, narración en primera persona; sucesión de episodios más o menos anecdóticos que pretenden servir de base a psicologías pretendidamente complejas... En efecto, Fajardo toma de la picaresca aquellos que son ingredientes de género. No hay lugar, sin embargo, para la lectura entre líneas; para las alusiones, llenas de retranca, a las que nos acostumbró, magistralmente, el anónimo autor del Lazarillo de Tormes; para la crítica social de la que también Lázaro fue juez y parte. Se estarán preguntando cuál es el motivo de que la novela haya sido titulada El converso si ninguno de estos alicientes puede ser hallado en ella. La penosa existencia a la que estuvieron condenados los conversos, es decir, aquellos que, por imperativos ajenos a su esencia, tuvieron que ocultar su verdadera fe detrás de prácticas vacías de razón, se salda con cuñas aleatorias e inconexas acerca de cuestiones tan prescindibles como la circuncisión.

Buena parte del acontecer narrativo bebe de la llamada novela bizantina, de manera que asistimos, impasibles, a la sucesión de naufragios, anagnórisis milagrosas... Fajardo no hace sino convertir el encanto de lo arbitrario, común al género (baste recordar El libro de Apolonio o Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Cervantes), en una agónica retahíla de episodios de cuya utilidad quedan excesivas dudas.

En su insistente escarbar en el pasado, José Manuel Fajardo pretende, sin conseguirlo tampoco, recuperar para la literatura el sentido clásico de la amistad, que alcanzara su máxima expresión con las opuestas y, a la vez, confluyentes personalidades de Don Quijote y Sancho Panza. De ahí que El converso reconstruya las vidas, llenas de congojas y penas, del propio narrador, Thomas Bird, y del converso Cristóbal Mendieta. Sin embargo, de manera opuesta a lo que sucede en la obra cervantina, la amistad no sirve para que uno y otro crezcan a la par y se hagan así seres completos. La relación se reduce a encuentros, sin orden ni concierto, en distintos momentos de sus vidas, con las consiguientes narraciones de los acontecimientos acaecidos entre cada uno de ellos. No podemos hablar, por tanto, de líneas que, aun cuando sean independientes, se crucen para completarse. Más bien estamos ante líneas paralelas que un título común se ha encargado de poner bajo el mismo lomo, sin que apenas nunca lleguen a juntarse.

Me gustaría acabar refiriéndome al papel que cumple la mujer en la novela. En unas esperanzadoras primeras páginas, se esboza una presencia femenina, Catalina, que, al final, queda en agua de borrajas, tan desdibujada como el resto de los personajes. La que estaba destinada a convertirse en norte y guía de las vidas de los protagonistas es desterrada del marco narrativo ante la imposibilidad, bastante manifiesta, de sacar partido a un personaje en el que se encontraba la clave para la confluencia de Thomas Bird y el converso. Este cúmulo de carencias pretende ser sustituido por nuevas creaciones femeninas, meras reproducciones de la primera. De motor de la narración, la mujer pasa a ser una burda comparsa de sus correlatos masculinos.

Si tuviera que rescatar algún aspecto de El converso, me quedaría, sin dudarlo mucho, con la fluidez en el contar. Para ser justos, no podemos hablar de Fajardo como un mal prosista. Ahora bien, de ahí a saber construir una narración en la que cada uno de los elementos se necesite entre sí va mucha distancia. Quizás ese mismo pasado literario, más que histórico, al que con tanta claridad nos remite su obra, pudiera facilitarle los modelos de los que partir.

01/03/1999

 
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