ARTÍCULO

Escribir en la noche

 

En las famosas reuniones de la Biblioteca Nacional de La Habana, que marcaron el golpe decisivo contra la libertad de expresión, Fidel Castro pronunció una frase destinada a convertirse en un emblema de ambigüedad: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada». Rara vez se recuerda que la falsa concesión de la libertad en el interior del régimen tiene un antecedente poco noble, la proclama mussoliniana de «todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado». A partir de ahí puede entenderse el significado del veredicto de Fidel. No será posible una actividad intelectual que contravenga los supuestos de la Revolución, ni siquiera la que intente desplegar un discurso propio que pueda ser interpretado como ajeno a ella. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba ahormará las conciencias, incluso para los escritores que intentan desarrollar los postulados del 26 de julio. Aquellos como Lezama Lima o Virgilio Piñera, inicialmente ganados por el entusiasmo, pasarán al exilio interior. «Desde fines de los años sesenta –resume Rafael Rojas en Motivos de Anteo–, Lezama dejó de publicar textos de identificación con el gobierno revolucionario; su epistolario, entre 1970 y 1976, es pródigo en frustraciones y desencantos con el orden social y político de la isla».
No obstante, a pesar de los claros signos de intolerancia que hacia todos los ángulos lanzaba el régimen, el ambiente internacional seguía siendo favorable a Fidel, por lo menos hasta 1968, sobre la base de su compromiso socialista y antiimperialista. En su valioso estudio La memoria frente al poder, consagrado a la tríada Cabrera Infante-Sarduy-Arenas, el investigador exiliado Jacobo Machover ha explicado la persistencia de esa fidelidad, reproduciendo de un modo u otro el patrón dibujado por la temprana visita de Jean-Paul Sartre: «Hasta el estallido del “caso Padilla”, los escritores latinoamericanos, con contadas excepciones culturales de la isla, siguen firmando innumerables manifiestos que tenían muy poco que ver con la literatura». Incluso Mario Vargas Llosa se dejó llevar inicialmente por el entusiasmo, tras tomar distancias en 1967 respecto de la beatería prorrevolucionaria y de «muchos aspectos de la revolución discutibles u objetables»: «Hay uno, sin embargo, en el que aun el espíritu más maniáticamente crítico, el contradictor por temperamento y vocación, se vería en serio aprieto si tuviera que impugnar la política de la revolución: el de la cultura».
Los intelectuales apenas intervinieron como tales en el proceso que llevó a la victoria de Fidel, o en la gestación doctrinal de su movimiento. Muchos escritores jóvenes se sumaron con entusiasmo a un cambio en el cual creyeron ver una revolución cultural, popular, antiimperialista y apartada del molde soviético. A cualquier precio: había que secundar, en palabras de Cabrera Infante, «la marcha segura y aplastante de la revolución cubana». Aplastante a medio plazo también para aquellos que asumieron la nueva fe, o que, como los procedentes del mítico grupo Orígenes, la adaptaron a la nueva fórmula de redención y permanecieron fieles a ella. La revolución rusa de 1917 había experimentado una evolución similar en el plano de la cultura: los entusiastas del primer momento se dividieron más tarde entre aquellos que superaron pronto el espejismo, exiliándose, los que sobrevivieron sirviéndose de una moral de adecuación a lo inevitable y quienes, finalmente, resultaron tan aplastados como los disidentes de 1918-1922.
Con una estimable dosis de desgarramiento, Duanel Díaz ha intentado con éxito la reconstrucción de esa trayectoria en Palabras del trasfondo. Las primeras frases son ya un zurriagazo, que apunta a un aspecto olvidado del castrismo: su acción destructora del acervo cultural previamente acumulado en el período al que califica despectivamente de seudo-república. Es la mención de las bibliotecas destruidas de grandes intelectuales y/o eruditos, como Lydia Cabrera, Jorge Mañach o Labrador Ruiz. Añadiríamos las de instituciones como el Centro Asturiano o el Centro Gallego. Lo que se presentó como un proceso de cambio que generalizaría los instrumentos de formación a los cubanos se convirtió muy pronto, por efecto de la voluntad punitiva de la Revolución, en un cierre de las posibilidades de que los compañeros, ya que no ciudadanos, de la isla materializaran una reproducción ampliada de sus recursos culturales disponibles. A pesar de lo cual, y como sucediera también en la Rusia revolucionaria, al tiempo que descendía el cierre sobre las conciencias, las expectativas propiciaron una considerable floración cultural, colocada, eso sí, en una difícil encrucijada: potenciar la creatividad, aunque fuera dentro de la Revolución, pero con una distancia deliberada del patrón soviético, o asumir la prioridad del servicio al proceso revolucionario.
Duanel Díaz examina esa encrucijada, con toda su complejidad, en el primer capítulo, «Del pecado original». El triunfo de Castro había dado un vuelco a la posición de los intelectuales, quienes, por otra parte, sabían de su escasa intervención en unos acontecimientos con cuyo desenlace «Cuba se había convertido en la vanguardia de la humanidad». Tras las vacilaciones de primera hora, la definición de esa vanguardia resultaba inequívoca en la forma, bajo las etiquetas de socialismo y comunismo, pero mucho más difícil de identificar en el fondo, porque el modelo soviético solo atraía a los ya convencidos, tipo Alfredo Guevara en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos o, en general, a los inscritos en el Partido Comunista. Nicolás Guillén, «el Poeta Nacional», les servía de mascarón de proa. La vía propia, con el Movimiento 26 de Julio y el diario Revolución, dirigido por Carlos Franqui, como telón de fondo, fue ensayada por su suplemento cultural, los Lunes de Revolución, con el desenlace conocido de su cierre fulminante en 1961. Duanel Díaz recuerda que los pronto censurados no se habían rebelado ante la supresión de la prensa libre en mayo de 1960. En absoluto rechazaban la peligrosa asimilación entre la tarea del escritor y las políticas revolucionarias. Nada menos que Virgilio Piñera proclamaba que «la nueva literatura cubana» debía ins-pirarse en la reforma agraria o en la nacionalización de empresas extranjeras. Se abría así el espacio para una oscilación pendular entre quienes acentuaban la presión en defensa de la servidumbre revolucionaria y los que percibían la inminencia de una desertización forzada por la dependencia respecto de las consignas del poder. El aldabonazo que supuso en 1968 la aparición de Fuera de juego, de Heberto Padilla, fue el punto de llegada y el detonante para que se produjera el desenlace autoritario primero, y estalinista después, con el encarcelamiento del poeta y su confesión pública en 1971.
A partir de ese momento, «la lengua del poeta es ahora del todo la lengua del poder, el lenguaje de la ideología en su maniqueísmo esencial». Es lo que representan, entre otros, los escritos de un Fernández Retamar, denunciando a «los intelectuales de la anti-América» en nombre de los que luchan «por la verdadera libertad». (Tuve ocasión de comprobar a título personal la persistencia de esa mentalidad en Fernández Retamar cuando, en 1991, por defender yo el carácter inequívocamente democrático del pensamiento de José Martí frente a la versión castrista, me calificó nada menos que de «diablo de Martí».) Con la mirada puesta en la reelaboración de la historia, tal actitud se apoyaba en la dualidad insuperable entre el polo negativo, el autonomismo reencarnado en los intelectuales no revolucionarios del presente, y el polo positivo, la vertiente «mambisa» de José Martí, cuya intransigencia se vería realizada por la política revolucionaria de Fidel Castro. De ahí el rechazo tajante a asumir el fondo democrático del ideario martiano. A los momentos de ambigüedad que subsistían en Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes, novela llevada al cine por Tomás Gutiérrez Alea, sucede el mundo de revolucionarios y gusanos de Manuel Cofiño, premio Casa de las Américas en el emblemático 1971, apenas registrado el fracaso de la «zafra de los diez millones». Nota al margen: la realidad cubana se alejará de las películas de Gutiérrez Alea hasta Fresa y chocolate, ya en pleno desastre del Período Especial.
Duanel Díaz desmenuza la utilización del concepto de «diversionismo ideológico» que presidirá el lenguaje oficial para designar cualquier intento de los escritores por mantener un espacio de autonomía bajo la cobertura de una protesta de lealtad a la Revolución. El término surge curiosamente con la denuncia a la «microfacción» comunista a fines de los años sesenta, para luego servir de ariete en la prosa de Raúl Castro por ser «arma sutil que esgrimen los enemigos de la Revolución». Como consecuencia, el escritor, según la advertencia de Guillén, tiene «el deber de vigilar nuestra propia obra, de manera que ella no se convierta en un arma en manos del enemigo», dado que Cuba es un país en guerra. Consecuencia: la propia tradición cultural cubana anterior a 1959 debía ser rigurosamente depurada desde los criterios derivados del marxismo-leninismo. Paradojas del totalitarismo, advierte Duanel Díaz, «la misma ideología que privilegia el acto sobre la palabra le atribuye a esta el poder que tuvo en los tiempos en que las palabras y las cosas no se habían separado aún».
Ya que no en cuanto al régimen político, el hundimiento del bloque socialista, y el consiguiente de la economía cubana, tuvieron por efecto una necesaria modificación de las valoraciones oficiales y de la propia actitud de los intelectuales, muchos de los cuales pasaron desde el régimen al exilio interior y/o al efectivo de la emigración, a veces aprovechando su propia integración previa en instituciones del régimen. En cuanto a lo primero, cobró forma una especie de liberalismo retrospectivo, orientado a subrayar las diferencias observables en los años sesenta entre las peripecias de los intelectuales cubanos bajo la Revolución y la rigidez del patrón soviético. No habría sido necesario el deshielo en Cuba, dado «que la propia Revolución Cubana, desde sus inicios, nació descongelada» (Julio García Espinosa en La Gaceta de Cuba). En Cuba no habría existido «aquella aberración que se llamó “realismo socialista”». Siempre a la caza de la oportunidad, esa óptica de recuperación habría sido apuntada en sus líneas maestras ya en la década anterior por Fernández Retamar, al admitir a quienes sin tener –como él– una «justa brújula política», eran grandes escritores y dotados de «un patriotismo verdadero». Tal posición se ha convertido en leitmotiv de la última década, y hasta el último número del semanario gubernamental La Jiribilla ensalza en diciembre de 2010, como si fuera algo propio, a Lezama Lima, «el ángel de la Jiribilla».
La recuperación se produce no solo en el campo literario. Los heterodoxos de los años sesenta son ahora vistos como hombres que simplemente menospreciaron las exigencias de una coyuntura histórica de excepcional dificultad. Las revistas-símbolo de la originalidad revolucionaria, El caimán barbudo en su primera etapa y Pensamiento crítico, son hoy la muestra a exhibir de que «el más grande empeño de los años sesenta fue conseguir un marxismo abierto al tiempo que cubano». Lo dice una de sus dos figuras clave, Fernando Martínez Heredia, convertido en gloria de la patria, a quien será dedicada la Feria Nacional del Libro de La Habana en 2011. Su compañero de aventura en los sesenta, Jesús Díaz, seguirá otra vía muy diferente, fundando en su exilio español la revista Encuentros de la cultura cubana. Más allá de citas ocasionales, el libro de Duanel Díaz renuncia a analizar ambas empresas marcadas por la vocación de una teoría revolucionaria no soviética. En espera de un estudio más profundo sobre el tema, que de paso debiera reconstruir las tensiones entre los diarios Hoy (comunista) y Revolución hasta su forzada convergencia, vale la pena leer el pormenorizado estudio que sobre El caimán barbudo ha publicado Liliana Martínez con el título de Los hijos de Saturno. Intelectuales y revolución en Cuba (Ciudad de México, FLACSO/Miguel Ángel Porrúa, 2006). Liliana es hija de Fernando Martínez y ofrece la interpretación ya canónica del desajuste entre pensadores revolucionarios y demandas de la revolución, pero la documentación ofrecida, más la ayuda proporcionada en entrevistas por su padre y otros supervivientes, hace del libro una excelente plataforma para ulteriores empeños historiográficos.
Ahora bien, la rehabilitación del pasado no significó en los años noventa la renuncia a mantener la condena contra los intelectuales disconformes del día, ahora en nombre del culto a la identidad nacional. A juicio de Duanel Díaz, el viejo origenista Cintio Vitier se habría convertido desde esas coordenadas en el ideólogo del Período Especial, al ensalzar la creatividad propia de lo cubano frente a la modernidad europea y norteamericana. Tampoco faltaron regresos a formas críticas del pasado, añadiríamos, de significado difícil de interpretar con precisión dada la existencia de la censura: en su última película, la brillante Guantanamera, Tomás Gutiérrez Alea vuelve a la coartada de cargar contra la burocracia que en los años sesenta inspirara La muerte de un burócrata. La valoración de Duanel Díaz dista de ser benévola, ya que a su entender un cine de calidad como el de Titón, rozando siempre los límites de la crítica tolerada, recupera los supuestos valores originarios de la Revolución, convirtiendo a su autor en «el artista por excelencia del castrismo».
En suma, Duanel Díaz ofrece una interpretación de la historia cultural castrista con sólidos apoyos en la interacción/sumisión respecto al sistema político dictatorial, y sobre una copiosa base de textos objeto de una lectura imaginativa y lúcida. Como conclusión, cita un expresivo versículo de Heberto Padilla: «La historia es este sitio que nos afirma y nos desgarra».

01/09/2011

 
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