ARTÍCULO

Dos interpretaciones de la Guerra de la Independencia

 

Es posible que algún lector, al tanto de la producción historiográfica, se sorprenda al ver la firma de Ronald Fraser en un libro dedicado a la Guerra de la Independencia. Fraser es historiador muy reconocido por sus trabajos sobre la Guerra Civil española y sobre el movimiento estudiantil de los años sesenta del si­glo xx y no es habitual que un especialista tan caracterizado como él se aventure a entrar de lleno y con decisión en un tiempo muy alejado relativamente del que hasta el momento ha centrado su atención. José Manuel Cuenca, sin embargo, no constituye sorpresa alguna. A la época de la Guerra de la Independencia ha dedicado varios estudios, relacionados fundamentalmente con la Iglesia católica y la historia de Andalucía, y, por lo demás, es notoria su disposición a ofrecer síntesis, en el momento oportuno, de acontecimientos relevantes (en su día dedicó sendos volúmenes a la Guerra Civil y a la Segunda Guerra Mundial).
La sorpresa ante el libro de Fraser se disipa de inmediato en cuanto se acomete su lectura. Lejos de desentonar del resto de su producción historiográfica, La maldita guerra de España constituye un eslabón más en una trayectoria coherente caracterizada por narrar los avatares de una sociedad en momentos críticos. Fraser persigue el mismo objetivo que se fijó en otros trabajos suyos centrados en el ­siglo XX: hacer una historia desde abajo, a partir del recuerdo de las experiencias individuales, en especial las del pueblo llano. La finalidad de Cuenca es otra: ofrecer una síntesis actualizada de ese tiempo histórico. Fraser dedica la mitad de su libro a 1808, por ser éste el momento en que se manifestaron de forma más viva las distintas iniciativas y reacciones ante el intento conquistador napoleónico. Cuenca no concede a ese año más atención que al resto. Fraser casi no se preocupa de la evolución institucional y centra su relato en los avatares de quienes tomaron las armas, en las distintas estrategias y reacciones ante este hecho, en los conflictos en el frente y en la retaguardia, en las condiciones de vida en el campo y en las ciudades, etc. Cuenca, aparte del levantamiento y las operaciones bélicas, trata de la organización institucional de la España insurrecta, de las Cortes de Cádiz, del reinado de José I y del estado económico y social del país. El relato de Fraser, organizado cronológicamente, da cuenta de vivencias colectivas e individuales y, a través de un conocimiento minucioso de los acontecimientos, traza la incidencia social de una situación conflictiva cuyo de­sarrollo no respondió a los planteamientos de quienes la iniciaron. El hilo conductor del libro de Cuenca es la evolución política e institucional de España en ese tiempo.
La base del libro de Cuenca es bibliográfica y su propósito, ofrecer el estado actual de nuestro conocimiento, siempre con la mirada puesta en las opiniones de sus colegas de profesión. Es un texto con un marcado carácter académico, redactado según el peculiar estilo del autor y plagado de extensas notas bibliográficas, que vienen a ser una especie de subcapítulos. En este sentido, el libro sirve de guía para captar el estado de la investigación sobre determinados aspectos. Fraser, sin embargo, concede a la bibliografía un lugar secundario y, salvo casos contados, recurre a ella en busca de datos y no de interpretaciones o de explicaciones. Esto condiciona el texto, en el que más de una vez son evidentes las lagunas informativas. En todo caso, la bibliografía disponible no ha prestado la atención suficiente a los asuntos tratados por Fraser, de ahí su esfuerzo por buscar las fuentes adecuadas. Como declara en el prólogo, «me he visto obligado a crear nuevas fuentes, a veces en forma de base de datos, construidas a partir de fragmentos para poder explorar aspectos importantes sobre la resistencia y los cambios sociales (o la falta de ellos) que la guerra produjo (o perpetuó)». El intento, de indudable interés metodológico, es uno de los valores más relevantes del libro y cabe aventurar que abrirá muchas perspectivas a ulteriores investigaciones.
Tan diversos son los dos libros en sus objetivos y en el método como en su contenido. En este punto casi no hay coincidencia, al margen de datos fácticos y un par de apreciaciones: la tópica consideración negativa de la monarquía de Carlos IV, que ambos toman como punto de partida, y la calificación de la actuación de Fernando VII en 1814 como «golpe de Estado» (hecho bien explicado, hace tiempo, por Miguel Artola).
Debido, tal vez, a que en todo momento mira de reojo a sus colegas de profesión, Cuenca se muestra cauto, en ocasiones, a la hora de expresar su opinión, pero en general queda bien patente su ubicación en la línea de una larga tradición historiográfica que considera la Guerra de la Independencia como la reacción unánime del pueblo español en defensa de la religión, de la patria y de su rey, y –en un segundo término– de las creen­cias tradicionales y de su propio ámbito doméstico. Según Cuenca, el esfuerzo bélico fue permanente y, en contra de lo mantenido por muchos historiadores actuales, enfatiza que el espíritu de resistencia ni siquiera se quebró en el seno del ejército español, «pese a sus múltiples infirmidades y carencias» (p. 47). Como es historiador con mucho oficio, trata de poner sordina al mito de las gestas heroicas de los españoles, pero éstas no quedan en modo alguno desdibujadas en su libro. Sin embargo, reconoce que «la gran parte si no la exclusividad de la victoria sobre los franceses» corresponde al ejército británico, aunque auxiliado de forma decisiva por la guerrilla.
Elemento sustancial de la interpretación de Cuenca es la evolución del sentimiento de los españoles durante los años del conflicto, que expone así: «Los fervores de cruzada bélico-religiosa darían paso a un fuerte orgullo patrio en el que la solidaridad primaba sobre la robusta vivencia particularista de pasadas épocas. Era el pueblo español en su conjunto el que había superado el formidable órdago de la invasión, impulsado por los principios de catolicidad y monarquía que cimentaron desde los días medievales el ser de la nación» (p. 373). Desde aquí llega a la conclusión principal: la unión y unanimidad de los españoles confirió un carácter singular a esta guerra, «crecientemente considerada por historiadores y amplios sectores dirigentes como la horma misma de la nacionalidad hispana» (p. 52).
En este proceso de consolidación de la unidad de España surgieron dos agentes discordantes: los afrancesados y los liberales de las Cortes de Cádiz. El juicio sobre los primeros no puede ser más negativo y, por supuesto, en nada concuerda con las investigaciones más sólidas, desde la pionera de Artola hasta la muy documentada y perfectamente planteada de López Tabar. Cuenca reconoce acierto en muchas de las reformas emprendidas por el Gobierno de José I, y a pesar de que no explica ni su alcance ni su carácter, concluye: «El balance y resultado de la empresa en la que cooperaron [los afrancesados] no pudieron ser más dañinos para el porvenir de España. Las secuelas que dejó en todas sus fibras condujeron a la quiebra de su proceso evolutivo, la fractura de sus élites, la pérdida de su imperio y, en fin, la eversión más completa, con el consiguiente e irremozable rezago frente a los grandes países de su entorno» (p. 36). En cuanto a los liberales de las Cortes de Cádiz, los responsabiliza de haber causado una situación de «crispación y desaliento» (la terminología es significativa) que provocó desánimo entre los patriotas españoles. También en este caso –quizá con más matices– quedan malparadas sus reformas, incluida la Constitución de 1812 por su «irreductible hostilidad» hacia la Monarquía. Pero Cuenca va más lejos e introduce todo tipo de dudas sobre la actitud religiosa de los liberales gaditanos, en quienes –afirma– una historia «interna» de las Cortes descubriría «no pocas huellas de un talante acentuadamente anticlerical y, en algunas vertientes, irreligioso e incluso anticatólico» (pp. 228-229). El juicio no deja de ser sorprendente, así como su opinión sobre la abolición de la Inquisición: fue legal, pero «la consideración de su legitimidad suscita muchos interrogantes» (p. 242).
Si la defensa de la monarquía y de la religión dieron sentido al levantamiento y resistencia contra Napoleón y ello contribuyó a la configuración de España como nación, afrancesados y liberales no pueden quedar en peor lugar. Los primeros serían, realmente, traidores, y los segundos, un obstáculo para el progreso de España, pues llegado el momento decisivo para acometer la reconstrucción del país, es decir, a la vuelta de Fernando VII al trono en 1814, los liberales no fueron capaces de captar los aires «renovadores» a que aspiraba la nación como resultado del «sentimiento de unidad nacional y patriotismo de características inéditas» creado durante la guerra. Por el contrario, los «serviles» o reaccionarios (la terminología es de Cuenca) se mostraron «más porosos» a ese nuevo espíritu (p. 373).
El libro de Cuenca abunda en juicios tajantes como los apuntados, necesitados, cuando menos, de demostración. Véase, por último, el relativo a Fernando VII: «Aun conociendo bien las múltiples taras del complejo personaje –el más inteligente y culto de todos los soberanos de su dinastía–, no es fantasioso imaginar que, sin la guerra, el reinado de Fernando VII hubiera sido, en líneas generales, positivo» (p. 36). Un examen del escaso tiempo en que reinó antes de la guerra (en marzo-abril de 1808), cosa que no hace Cuenca en este libro, no permite entrever nada positivo y, por lo demás, sería interesante saber en qué se basa para atribuirle la cualidad de ­«culto».
En La maldita guerra de España,Fraser enfoca el acontecimiento de manera completamente distinta. Su atención se centra en averiguar las razones de la movilización contra Napoleón y los efectos que ello tuvo en la vida de los españoles, pero no entra en el examen del resultado del proceso desencadenado como consecuencia de esa movilización, esto es, en la transformación política operada por las Cortes de Cádiz y por el Gobierno josefino. En consecuencia, cuanto en el libro se dice sobre nación, patriotismo y aspiraciones sociales debe ser entendido –Fraser lo advierte en distintas ocasiones– como referido a un marco cronológico limitado, antes del debate político y la actuación revolucionaria de las Cortes.
Fraser ofrece dos aportaciones relevantes: una información extraordinariamente rica sobre las actitudes de la población antes de la guerra y una interpretación inteligente y, a mi juicio, bien fundada, del levantamiento contra Napoleón. Interesa subrayar este último extremo, pues supone una novedad importante en el panorama historiográfico. El análisis de una copiosa base documental conduce a Fraser a desmontar dos mitos: el de la espontaneidad del levantamiento y el de la resistencia generalizada de los españoles.
El factor general decisivo que movió en el primer momento (mayo de 1808) a tomar las armas fue la idea de que la pérdida del rey (Fernando VII) equivalía a la desaparición de toda esperanza en un futuro mejor. Ahora bien, esto no fue elaboración popular, sino resultado de una labor propagandística desarrollada por los fernandinos, para quienes resultaba de enorme utilidad un levantamiento controlado (el adjetivo, utilizado por Fraser, es fundamental) para eliminar de los cargos públicos a los designados por Godoy y demostrar a Napoleón, al mismo tiempo, su capacidad de movilización. Sin embargo, el pueblo no siempre siguió este mensaje y se limitó a hacer lo que mandaban sus autoridades locales y provinciales, de ahí la heterogeneidad de los levantamientos, tanto en móviles concretos como en las formas y el tiempo.
Los levantamientos tuvieron un carácter –afirma Fraser– «bicéfalo»: por un lado, fueron continuación de la confrontación entre godoyistas y fernandinos, arrastrada desde años antes (en ciertos lugares, la razón principal del alzamiento «patriótico» consistió en eliminar a las autoridades nombradas por Godoy); por otro, un rechazo tajante de la ocupación napoleónica, porque los pueblos interpretaron que los franceses acabarían con su monarquía, con su religión y –lo que es más determinante– con su forma de vida, su propia existencia, sus casas y propiedades. Ni hubo, por tanto, homogeneidad en los móviles, ni unanimidad, ni espontaneidad. En unos casos el levantamiento fue preparado y en otros espontáneo; en ciertos lugares se ve con toda claridad la mano de la élite fernandina y en otros aparece como obra más bien de las clases trabajadoras (así sucedió en Cataluña, donde la resistencia –apunta Fraser– fue mayor y más encar­nizada que en el resto de España y donde los gremios y la organización del somatén desempeñaron un papel protagonista).
Así pues, la movilización de 1808 fue, en general, resultado –concluye Fraser– de la combinación de «instrumentos» (el pueblo) y «causantes» (la clase dirigente fernandina), pero los acontecimientos y, sobre todo, las continuas derrotas tras el espejismo de Bailén dieron lugar a una situación confusa que desbordó las previsiones iniciales y acabó provocando un proceso revolucionario. La primera constatación importante (e inesperada para los dirigentes fernandinos) fue la to­ma de conciencia por parte de la sociedad española de su capacidad para introducir cambios políticos. Tal fue la gran novedad del motín de Aranjuez (se logró, nada menos, que la abdicación del monarca), confirmada a lo largo de la guerra. El pueblo luchó contra el invasor, mientras comprobaba cómo desfallecía el ejército mandado por la nobleza (en 1810, afirma Fraser, el ejército «era una fuerza de­sacreditada y apagada», p. 602) y cómo las élites locales huían muchas veces ante la presencia de los franceses o, en todo caso, no contribuían a la lucha con sus personas y sus bienes de la misma forma que las clases populares. Ni siquiera la Iglesia cumplió en este sentido, pues, aparte de arengas, su papel fue en general decepcionante «en el único aspecto en que su contribución habría decantado la balanza a favor de los patriotas: la aportación económica» (p. 519).
El relajamiento en la resistencia (y, en algunos casos, la defección) de la Iglesia y de las clases acomodadas fue perceptible, aunque no quepa generalizarlo, pero las exigencias de cambio social de la masa de los españoles, en particular de la población agraria, no adquirieron en 1808 un carácter revolucionario. Así pues, no fue la de la Independencia una «guerra popular» (p. 393). Fue –mantiene Fraser– una guerra «nacional» en cuanto a su finalidad, pues se luchó por la patria (entendida en el doble sentido de patria chica y el conjunto de la monarquía), pero las clases bajas tuvieron sus propias razones para emprender la lucha: la principal, su creencia, primero, en las consecuencias positivas que se derivarían para ellas de un cambio de Gobierno (traducido en la sustitución de los godoyistas por los fernandinos) y, después, en el rechazo de una dominación exterior que consideraron siempre funesta (p. 680).
A la vista de estos dos libros –según mis noticias, las más recientes visiones generales de la Guerra de la Independencia publicadas en castellano–, cabe presumir que el bicentenario será fructífero en el debate historiográfico, si no irrumpen escritores aficionados ayunos de método, como sí está ocurriendo en otros casos. 

 

01/04/2007

 
COMENTARIOS

Juan Sisinio 08/02/13 18:44
¡¡Perfecta la reseña y la comparación crítica!!

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