ARTÍCULO

Dios no es un patriarca bíblico

Trotta, Madrid, 1996
Trad. de Eva Juarrós
320 págs.
 

Desde el malestar de la ancestral secundariedad, las teólogas feministas de los últimos decenios han intentado reconstruir una historia de la experiencia religiosa, y la propia práctica, desde su punto de vista de mujeres. Pero las estrategias de lectura bíblica feminista se inscriben en un territorio del que la autora de Pero ella dijo desea desmarcarse, ante la posibilidad de ser malinterpretada como uno más de los ejemplos de práctica posmoderna. Su propuesta de interpretación de los textos bíblicos supone una de(-re-)construcción de los mismos en un nuevo paradigma «retórico» y «emancipatorio», que ante todo da por sentado que la historia, y en particular la historia de las mujeres, se escribe a instancias de una cierta intencionalidad. Evidentemente, la intencionalidad en cuestión se denomina aquí patriarcado –más simplemente, más realistamente, poder–. A nadie escapa que las tres grandes religiones monoteístas han servido de legitimadoras del desequilibrio entre hombres y mujeres, así como de fundamento de la adscripción de papeles específicos y exclusivos que reducen el mundo femenino a espacios de dependencia y de privación de autonomía. Los varones han sido –y siguen siendo, por ejemplo en la Iglesia Católica– el modelo de ser humano, la única imagen de Dios, la representación terrena del propio Cristo. La nueva lectora de la Biblia representa un ethos nuevo también: la Biblia debe leerse desde el desideratum de la igualdad, de una iglesia de las mujeres. Ahora bien, si las mujeres toman la palabra no es para excluir, ni a otras mujeres (ni quizá a los varones tampoco). Desgraciadamente, el «discipulado de iguales» que se postula como base de una «iglesia de las mujeres» es virtualmente imposible, excepto entre iguales que respondan a señas de identidad. Pero reconocer que las teólogas de la Divinity School y las amas de casa de Parla no hablan el mismo lenguaje sería precisamente incurrir en una lógica de la identidad dualista, kiriocéntrica, de la que por definición se desea huir.

El cambio de paradigma, de uno hermenéutico a otro retórico –sin olvidar una práctica imprescindible no sólo para el feminismo sino para todo intento de desvelar la cara oculta y (más) verdadera de nuestros sistemas conceptuales–, supone la liberación del esencialismo del sentido. La retórica es el arte de la multiplicidad, el arte de hacer verosímil lo posible. Sin embargo, entre los peligros que acechan a este tipo de intentos, hay un virtual esencialismo precisamente en la creencia de que es posible y pertinente deconstruir la lectura patriarcal de los textos bíblicos. Esencialismo doble: en lo que toca al texto y su proceso de recepción, y a la concepción de la mujer. La conceptualización de la mujer es algo determinado históricamente, el texto en su versión literal también lo es. Las estrategias de lectura no tocan al texto, sino a nuestra recepción. No sé si es posible, así, liberarse del androcentrismo o kiriocentrismo de los textos bíblicos. Sí es, quizá, posible asimilarlos, consumirlos, con otro espíritu.

Una utopía feminista puede representar una –o la única– alternativa válida a nuestros desgastados sistemas sociales. La posibilidad de una teología de la liberación femenina que sirva de fundamento a una Iglesia nunca excluyente, nunca réplica de los patrones de las instituciones patriarcales, es también una búsqueda de respuesta a la contradicción evidente entre ser feminista y formar parte de la iglesia. El libro de Elisabeth Schüssler Fiorenza trata de enseñarnos cómo elaborar una revisión seria, no una regresión antropológica, o un eclecticismo más o menos histérico. Pero el lector se encuentra con un preámbulo demasiado largo, compuesto como discurso típicamente académico que hace sospechar que, en realidad, todo aquello de lo que se predica la huida necesaria está enquistado en el propio discurso. Acaso ello significa simplemente que si la teología pretende ser algo más que escolástica –como la literatura cuando trata de ser arte y no filología– debe hallar su lugar fuera del ámbito académico.

Quizá hoy sufren las mujeres el más grave problema de identidad de toda su historia: se les permite –y ellas participan en el juego, porque no existe otro– acceder a los mismos espacios que los varones, pero son interpretadas, en los límites del más ortodoxo aristotelismo, como materia –como organismo, para realizar(se) las funciones doméstico-excretoras o reproductoras, como cuerpo para satisfacer(se) los impulsos sexuales, como material psicoanalítico para (auto)interpretar(se) los impulsos creativos. Una nueva teología recta, potencialmente revolucionaria, puede abrir las puertas a espacios nuevos de convivencia entre –y para– todos, en la esperanza de una Tierra Prometida que todas y todos están llamados a construir. Pero es imprescindible no confundir el mito con las formas de vida, los textos con la ética. Deseablemente, tomar la palabra supondría para las mujeres implantar el germen de una revolución conceptual, al desbaratar los fundamentos ideológicos de nuestros sistemas culturales occidentales, la liberación de la carga ancestral de su culpabilidad, y una invitación, en suma, a participar, con pleno derecho, con voz plena en el ágape que debiera presidir el Espíritu. No es preciso que Dios ostente atributos femeninos, es suficiente con que no se le arrebaten los atributos de una divinidad universal: la sabiduría y la justicia. Si Dios habla, no habla para unos-as en exclusión de las-os otras-os. Si Dios habla, habla para todos. Para todas y todos aquellos que quieran (¿o puedan?) oír.

01/04/1997

 
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