ARTÍCULO

Desparpajo

Taller de Mario Muchnik, Madrid
184 pp. 12 €
 

Montero Glez (Madrid, 1965), autor de tres novelas (las anteriores son Sed de champán, 1999, y Cuando la noche obliga, 2003), es uno de esos extraños novelistas que no deja indiferente a nadie: a los defensores de la obra bien hecha y la escritura mesurada les irritarán, si bien les podrán sugestionar, las elipses estructurales del relato y la falta de pudor de su lenguaje; a los políticamente correctos les sorprenderán el entramado social que retrata y la forma desenvuelta con que actúan y hablan quienes lo representan; a los valedores de la novedad y la diferencia, en fin, les apasionará su firme desinhibición en los contenidos, en el uso de tabúes y en su creativo desparpajo verbal.
 

¿Es Montero Glez un provocador literario frente a lo establecido y Manteca colorá un ejemplo de arte inmoderado e incontinente? Tal vez sí. Montero Glez propugna en todo momento la literatura de agitación, de exaltación sensual, tanto fonética como léxica, y de subversión formal que se irradia incisiva en la sensibilidad del lector de la misma manera que los explosivos en un campo de batalla o que la liberación de esquemas morales en la época vanguardista.

La novela, situada en una localización geográfica precisa, el pueblo de Conil de la Frontera, en la costa gaditana, presenta una trama de submundo marginal que protagonizan unos cuantos personajes del lumpen, de la más baja estofa, para dar forma a un relato de acción y sexo, de crímenes y venganzas, de trapicheos y tráfico de droga, de corrupción policial y oscuras impunidades. Manteca colorá es, en resumen, la historia de un ajuste de cuentas en el negocio del narcotráfico, que incluye una trampa, una burda celada urdida por el capo de una organización contra un buscavidas de medio pelo, y su consiguiente venganza.

Esto no es, a todas luces, nuevo. Lo que es nuevo, en cierto sentido, es la forma de contar la historia y de ensamblar la trama. El narrador, presente en todo el relato, tanto que llega a dar pinceladas intuitivas del paisaje o los ambientes y a ofrecer impresiones de carácter subjetivo sobre el tejido social, no va contando la peripecia de los personajes de forma lineal, sino recurriendo casi siempre a un modelo envolvente, de saltos atrás y adelante, con el apoyo incluso de prolepsis y analepsis narrativas, que a la larga consigue entretejer una atmósfera asfixiante, cerrada en sí misma, y crear unos personajes que, planos en apariencia, en el fondo están dotados de perfiles suficientemente imprevisibles.

Es cierto que en algunos casos –en costumbres, usos y tipos– Montero Glez puede caer en el costumbrismo más pintoresco, pero no por ello pierde un ápice de eficacia en su ácida e inmisericorde mirada social. La suya es una perspectiva que se proyecta sin ataduras ni escrúpulos, pero con el necesario distanciamiento literario y estético, sobre las actuales lacras sociales y sobre ese mundo sucio que, si bien es aceptado sin reparos, y hasta con agrado, en la ficción de la literatura y el cine, es incómodo o se rehúye e ignora en la realidad diaria del ciudadano acostumbrado al bienestar.

Y no se trata, sin embargo, de una postura ética ni de una actitud moralista o de denuncia.Al contrario, entre los propósitos del autor sólo parece tener cabida el de escribir una obra literaria que ante todo sea literatura. Por eso, no es ajeno a ella, como decíamos antes, el reto de la provocación, de la desfachatez argumental, del humor más negro y corrosivo y del lenguaje menos complaciente con las buenas maneras y los eufemismos.

Y es aquí, en el tono y la variedad de su escritura, donde Montero Glez alcanza sus mejores logros. Porque, aunque es fácil rastrear bastantes ejemplos –auténticos clichés– del registro coloquial y del habla dialectal, tratados no obstante con una intención irónica o paródica, puede percibirse en todo momento el empeño del autor por la invención léxica o fonética (por ejemplo, sus abundantes onomatopeyas), por las imágenes y metáforas arriesgadas, por las connotaciones que dan a las expresiones cotidianas un sentido diferente al habitual, por los juegos verbales, por los alardes retóricos y, en fin, por la imprevista unión de palabras que normalmente nunca aparecen juntas, como aconsejaba Valle-Inclán.

01/02/2006

 
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