Desaparición y camuflaje

EL LUGAR SIN CULPA

José María Merino

Alfaguara, Madrid

Tres son las protagonistas de la nueva novela de José María Merino (La Coruña, 1941): la doctora Gracia, la madre de la doctora Gracia y la hija de la doctora Gracia. La doctora Gracia es bióloga, vive voluntariamente en una pequeña isla del Mediterráneo, lleva a cabo una misión científica, siente que su falta de claridad es «deleitosa como un embeleso» y desea «encontrarse por fin en paz con el mundo, en armonía con lo ajeno». La madre de la doctora Gracia vive en un piso de una gran ciudad, con una demencia agresiva y presa del síndrome de Diógenes, «negándose a visitar ni a recibir médicos, llena su casa de ratones frente a las protestas de los vecinos, dando de comer a las palomas en el patio de luces sobre los tendederos con sorprendentes argumentos ecológicos, declarando una ternura hacia los animales que no puede disimular su regocijo ante las deyecciones que ensucian la ajena ropa tendida». La hija de la doctora Gracia abandonó la casa de sus padres hace tiempo, sin dejar rastro: «si el afecto no se siente como una cobertura invisible pero continua, cualquier pequeña desavenencia puede convertirse en una fisura en los cimientos mismos de la relación».

La doctora Gracia se ha refugiado en esa isla diminuta porque es «el mejor cobijo para quien no busca sino el aislamiento, la desmemoria, un silencio que cubre hasta los mínimos rumores de la conciencia, la felicidad de sentirse vacía de recuerdos, dispuesta para vivir cada día con el seguro automatismo intuitivo de las lagartijas, con su misma vivacidad inconsciente». Pero no es tan fácil para la doctora Gracia lograr el aislamiento. No es fácil porque en la isla, aunque muy pocos, hay otros habitantes que hacen todo lo posible por hacerse presentes. Porque su madre la atormenta con llamadas de teléfono cada vez más violentas. Y porque los pescadores de un barco depositan en la isla un cuerpo que han encontrado en el mar, y que la doctora Gracia, apenas por la sombra de un anillo intuido, piensa que puede ser su hija. Así que la isla de la desmemoria se convierte, sin quererlo, en la isla de la memoria de la doctora Gracia.

Y en la isla de la memoria de los demás habitantes. De los vivos y de los muertos. Del Apuesto Oficial, que se siente desterrado, al frente de una guarnición militar inútil que parece salida de una ficción de Dino Buzzati y que sufre, por una acción de guerra en los Balcanes que le llevó a matar a un hombre. Del pescador tradicional Rafalet Viejo, que se siente como un animal en peligro de extinción y que añora a los que se marcharon, con quienes está perdiendo poco a poco el contacto. Del Escamillo, que regenta el bar y que construye gigantescas esculturas metálicas. De la Rubia Cantinera, una sirena varada que vive con el Escamillo, pero que no puede renunciar a su tarea de seducción. De El Hombre de los Tesoros, «grandes pies incrustados en unas sandalias de cuero amarillo que han conseguido domesticar hasta la deformación, un sombrero de paja en la cabeza, un bolso pequeño colgando del cuello, en una mano el bastón con contera de hierro», que busca restos paleocristianos en la isla. Del Intrépido Buceador, que «conserva el cuerpo atlético a fuerza de ejercicio, y se tiñe el pelo, más que para que parezca muy rubio, para mostrar una forma de ser. Un anillo en el lóbulo de la oreja izquierda y el tatuaje de un signo extraño en el hombro derecho le dan cierto aire de pirata acicalado». Y de el Poeta Suicida, que se mató por su propia mano al ser abandonado por la mujer a la que amaba y que escribía poemas que pueden ser comparados con los de Francisco Pino: «un año antes de su muerte descubre el arte del “soleto”, una construcción poemática sobre una sola palabra de cuatro letras, poemas unívocos, los llamó, que en cierta manera reproducen las cuatro estrofas de la estructura del soneto. Las palabras son veinte: luna, alma, amor, odio, pena, risa, beso, peña, rosa, pene, copa, vino, lana, rima, rama, seno, pino, vela, nada, Dios».

La doctora Gracia estudia cómo preservar una colonia de focas amenazada que vive en la isla, pero habría preferido estudiar a las lagartijas, por las que siente una gran curiosidad: le parecen «el símbolo de algo completo, terminado del todo, que sólo la vida inconsciente consigue ofrecer en su plenitud». Y así como la doctora Gracia estudia a las focas y a las lagartijas, José María Merino, mediante una traslación ligera, pero evidente, convierte a todos los personajes de El lugar sin culpa en animales. Hombres que se convierten en animales, a menudo sabiéndolo, bien por metamorfosis, por ósmosis o por obligación administrativa.
La doctora Gracia anhela ser una lagartija, porque «ser lagartija es carecer de todo ese patrimonio de recuerdos ardiendo en el bosque de la memoria, ese fuego que, cuando se extingue, sólo deja espacios calcinados que abrasan como las quemaduras reales de la piel. Ser lagartija es no saber, sentir el sol, correr a la caza de un pequeño insecto, pertenecer a esa curiosidad elemental que no pueden corromper ni la inteligencia ni el amor». El pescador Rafalet «dice ser un animal más de la isla, tolerado pero no protegido, como la gaviota parda». Por eso no es extraño que, al final de la novela, la doctora Gracia crea descifrar los graznidos de las gaviotas como si fueran palabras de una lengua tranquila, que la invitan a luchar contra el desaliento.

El lugar sin culpa es desasosegante y liberadora, escrita con precisión, con tensión y con un lirismo de roca, tomillo y mar. Y es la mejor novela de José María Merino. 

Ficha técnica

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