ARTÍCULO

Cultura del culo

Principal de los libros, Barcelona
Trad. de José Miguel González Marcén
240 pp. 19 €
 

El titular que encabeza esta reseña no pretende ser una metáfora de nada, sino el escueto y fiel reflejo de la materia que se aborda y desmenuza en el libro del polígrafo francés Jean-Luc Hennig. Al lector curioso, después de las historias del excusado (Ángel O. Prignano, El inodoro y sus conexiones, Buenos Aires, Biblos, 2007) o del onanismo (Thomas W. Laqueur, Sexo solitario. Una historia cultural de la masturbación, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007), por citar tan solo dos ejemplos recientes, no debe cogerle por sorpresa una nueva indagación en el pasado de objetos o aspectos habitualmente silenciados de nuestra civilización por un discutible sentido, no por melindroso menos habitual, del decoro o el pudor.
No obstante, conviene aclarar desde el comienzo que la obra que ahora nos ocupa se inscribe solo parcialmente en esa corriente: lo hace, indudablemente, por su temática, pero no por su tratamiento, dado que no estamos –pese a lo que indica su inexacto título– ante una «historia» de las posaderas, sino simplemente ante un recorrido libérrimo y algo arbitrario (tanto en su disposición organizativa como en la elección de autores y asuntos concretos) por el papel que ha desempeñado esa parte de la anatomía en el imaginario colectivo y en la representación cultural. Un papel mucho más prominente de lo que, de entrada, cualquiera tendería a admitir, hasta el punto de que, al finalizar el volumen, debe reconocerse que no anda descaminado André Roulin en una jocosa cita que nos advierte desde la misma portada que, después de leer esta obra, usted «nunca volverá a sentarse como antes».
En efecto, Hennig nos muestra con datos y referencias concluyentes que el culo, tanto masculino como femenino, ha estado presente –omnipresente– en las creaciones artísticas, manifestaciones culturales y elaboraciones intelectuales en general, no sólo como capricho, provocación o moda sino, más allá de todo ello, como una constante y a veces hasta una obsesión que termina por suponer un desafío a la innegable tendencia inicial a la banalización del tema. Sería absurdo negar, por otra parte, que el asunto tiene una vertiente bufa que en ningún caso se orilla sino que, por el contrario, queda subrayada por el tono deliberadamente irónico que adopta el autor en múltiples pasajes, por no decir casi en la totalidad del libro. En nuestra cultura el culo está estrechamente ligado a cierto sentido del humor, dimensión que es aprovechada por Hennig para jugar con los equívocos, burlarse de las convenciones o detenerse en algunas fantasías recurrentes a lo largo de los siglos, de Rubens a Dalí.
Pero, puesto que hemos mencionado tanto el humor como la fantasía, hora es ya de reconocer que –siempre desde la perspectiva estrictamente cultural– la más importante función de esa parte de la anatomía ha estado relacionada con los deseos más íntimos de los seres humanos. Por decirlo claramente, el culo ha constituido desde siempre un elemento erótico de primer orden, y ello independientemente de las tendencias o preferencias sexuales que se revelaran. No estamos hablando, conviene insistir, de manifestaciones desinhibidas de nuestro tiempo. En estas páginas hay múltiples menciones a épocas anteriores, como el Medievo, que muestran actitudes no precisamente recatadas por lo que respecta al trasero. Baste citar a este respecto la divertida fábula erótica del siglo xiii titulada «Berenguer, el del culo largo», en la que una mujer obliga a su cobarde marido a besarle «al lado del agujero, y hasta justo en él» como acto de sometimiento (pp. 30-32).
De 1537 procede una oda al «culo de mujer» y, sobre todo, al «culo regordete», más sabroso si es «de jovencita», de un tal Eustorg de Beaulieu, que dio rienda suelta a sus fantasías lúbricas antes de tomar los hábitos. Más adelante, cuando llegamos al libertinaje dieciochesco y a su más conspicuo representante, el marqués de Sade, la atracción sexual se une inextricablemente a los juegos de dominación, a la humillación y al dolor, es decir, a ese universo que hoy identificamos como sadomasoquista. Según Hennig, «debemos a Rousseau el relato de la primera zurra placentera», pero lo cierto es que estas experiencias ambiguas deben entenderse en un contexto en el que la práctica de la flagelación –no sólo en los conventos– constituía un recurso habitual (p. 110). Baste pensar en las azotainas teóricamente educativas, de las que no se libraba (en la representación iconográfica) ni el niño Jesús. No hace falta remitirse a Freud para encontrar una conexión entre todos esos elementos, siempre con el riesgo más que probable de que el sacrificio más sublime se convirtiera en el «placer más depravado».
Y, de este modo, unas referencias llevan inevitablemente a otras, en teoría opuestas, pero en el fondo más próximas de lo que suele querer reconocerse. Elemento de seducción, ingrediente básico de las fantasías más inconfesables, objetivo central en los ritos del sometimiento y la humillación, el culo simboliza un indiscutible recurso de placer y, al mismo tiempo, una no menor fuente de sufrimientos. Quizá por ello existe una larga tradición que aproxima la parte trasera de nuestra anatomía al diablo, como si existiera una «extraña atracción recíproca» entre ellos (p. 25). Desde un punto de vista complementario, podría decirse que ello explicaría la inquina de la Iglesia católica hacia todo lo relativo al trasero y, en particular, las actividades «contra natura» que se pueden ejercer con él: dicho claramente, el acto sodomita vendría a ser el pecado por antonomasia, un ultraje a la sociedad, a la moral y a ley natural (p. 218).
Pero el culo es también –y con ello no se agotan ni mucho menos sus significados culturales– el lugar donde se concentran algunas de las torturas más espantosas salidas de la mente perversa del ser humano. Desde coser el esfínter anal hasta el suplicio de la rata desgarradora que cuenta Octave Mirbeau, pasando por el tradicional empalamiento que aquí se detalla en la forma refinada de que el palo tenga punta redondeada para que no desgarre los órganos y prolongar así la vida –y, por supuesto, la agonía– del torturado durante tres días.
Y así, del baño clásico a la cirugía, del burdel tradicional al exhibicionismo moderno, pasando por los modelos que han tenido un innegable protagonismo social (del adonis griego a Marilyn Monroe), el culo va presentando una impresionante gama de facetas que han sido anatematizadas, referidas o celebradas por los más diversos autores, no sólo los más previsibles, los Apollinaire, Bataille, Joyce y compañía, sino otros muchos que en principio no tenderíamos a relacionar con este lugar anatómico, como Velázquez o Sartre. Algo más que un mero divertimento para satisfacer curiosidades, este recorrido por la cultura del culo, repleto de sugerencias, sólo adolece de ausencia de un verdadero orden expositivo y, sobre todo, de un empeño por abarcar todos los aspectos de nuestra cultura occidental sin abdicar de un descarado ombliguismo francés.

01/06/2011

 
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