ARTÍCULO

Cuba reinterpretada

Tusquets, Barcelona, 400 págs.
 

«Veinte años no es nada», decía Gardel, pero no fue así para Huber Matos, legendario comandante de la Sierra Maestra. En octubre de 1959, Matos presentó a Fidel Castro su renuncia por la ascendencia que el Partido Socialista Popular (comunista) venía cobrando en las filas revolucionarias. La acción de pedir su regreso a la vida civil le costó ser arrestado, juzgado y condenado a veinte años por «traición». Nunca, sin embargo, instó a sus tropas a la sedición, si bien contaba con suficiente autoridad y renombre para haberlo hecho con éxito. Su intención era, sencillamente, alertar al pueblo cubano de lo que sucedía tras el telón del comandante en jefe y la revolución, ambos entonces en pleno esplendor. En octubre de 1979, Matos fue puesto en libertad: «Vístase, usted se va hoy», le dijo el sargento de turno, orden que pone punto final a Cómo llegó la noche.

Estas memorias están cargadas de serenidad y ponderación aunque, lógicamente, también de rabia. Huber Matos perdió veinte años de su vida y Cuba el futuro prometido por una revolución que se decía tan «verde como las palmas». Quizá si las hubiera escrito más próximo a su salida de la cárcel, no hubiera logrado la voz convincente y conmovedora que se escucha a lo largo de la narración. Además, el que haya esperado veinte años le favorece, ya que lo que fue –o pudo haber sido– la revolución cubana no es hoy más que un hecho histórico –o una oportunidad perdida– y, en consecuencia, el público lector puede ser más propenso a admitir lecturas contestatarias de la mitología revolucionaria.

Cómo llegó la noche –valga el énfasis– es un libro de memorias y, por tanto, su valor es testimonial. Matos nos aporta sus vivencias en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, el primer año arrollador después del triunfo y su larga, mayormente solitaria, sentencia carcelaria. El que sus afirmaciones acerca de determinados hechos no sean del todo comprobables no disminuye la calidad de su testimonio como uno de los pilares del Ejército Rebelde. ¿Cuál era la posición del popularísimo comandante Camilo Cienfuegos respecto a la progresiva influencia de los comunistas? ¿Cómo explicar su trágica desaparición después de que fuera a Camagüey a arrestar a Matos, entonces jefe militar de esa provincia? El autor sostiene que Cienfuegos compartía muchas de sus inquietudes, que Castro celaba del cariño que el pueblo sentía por él y que lo envió a Camagüey con propósitos siniestros.

Los datos hoy disponibles no avalan fidedignamente el escenario sugerido por Matos. Aunque no se puede descartar que algún día se esclarezca con certeza lo que le pasó a Camilo, no es probable que así sea. Su desaparición es un enigma tan difícil de descifrar en la historia de la revolución como el asesinato de John F. Kennedy en la de Estados Unidos. En ambos casos, la historia oficial ofrece explicaciones que dejan demasiados cabos sin atar y dan pie a intrincadas teorías conspirativas. Puede que la avioneta de Camilo y su piloto, de hecho, se esfumara sobre las costas cubanas sin dejar ni un suspiro de rastro; a lo mejor Lee Harvey Oswald actuó por su cuenta cuando le disparó a Kennedy en Dallas. Posible, sí, pero no suficientemente probable.

En el caso de Camilo, la forma en que Fidel Castro ha ejercido el poder a lo largo de casi 45 años da pie a poner en tela de juicio la historia oficial. Ni antes ni después de 1959 se ha valido de instituciones para practicar la política, ya que su concepción de la misma es militar –de ordeno y mando– y no civil, la cual implicaría un vaivén de negociaciones, concesiones y pactos que le es ajeno. Por lo contrario, Castro ha tejido múltiples y variadas redes de lealtades –durante la lucha contra Batista y en la absolutez de su poder a partir de 1959– exigiéndole a sus seguidores una estricta incondicionalidad a su persona. Son términos inapelables, como bien constataron los llamados viejos comunistas defenestrados en la década de 1960 después de haberle sido útiles a los inicios de la revolución y el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia y otros dos oficiales fusilados en 1989, por sólo nombrar dos casos célebres. Bajo esa luz, lo propuesto por Huber Matos es posible, aunque nunca se encuentren las pistas para confirmarlo. Las de la historia oficial, después de todo, se esfumaron.

La lectura de Cómo llegó la noche sugiere tres temas centrales a una revisión historiográfica de la revolución cubana. El primero gira en torno a la pregunta de por qué una transición pacífica a la democracia fue imposible en la Cuba de los cincuenta. A mediados de la década, después de todo, se empezaron a dar las condiciones para ello: una liberalización parcial del régimen; un movimiento cívico que alistó a cientos de miles de ciudadanos en favor de una restauración democrática; e indicios de que los moderados del régimen y de la oposición ganaban influencia. Así y todo, a principios de 1956, la coyuntura desaparecía y la violencia se fue afincando como el medio principal de oposición a Batista. Una importante pieza de este rompecabezas es el Partido Ortodoxo –fundado en 1947 por Eduardo Chibás bajo el símbolo de una escoba para barrer la corrupción– que presumía de su «independencia política», es decir, de su resistencia a pactar con otros partidos y grupos. Aunque distaba aún de ser el primer partido, el peso de la Ortodoxia sobrepasaba las urnas, ya que su mensaje había calado hondo en la juventud de aquella época, Fidel Castro y Huber Matos incluidos. ¿Era posible una política democrática sin concesiones? No, evidentemente, pero la cultura política cubana antes de 1959 ya arrastraba una dosis peligrosa de intransigencia y de inconsciente antidemocrático. Lo que Jorge Mañach llamó la «frustración republicana» fue caldo de cultivo de altísimas expectativas en la ciudadanía y de una actitud que «ahora sí» –el triunfo de la revolución– Cuba tendría que andar por buen camino.

La Sierra Maestra se alza imponente sobre la lucha contra Batista. La oposición armada, no obstante, se asentó fundamentalmente en las ciudades: fueron el sector del Movimiento 26 de Julio conocido por el Llano, el Directorio Revolucionario fundado por estudiantes no afiliados a los fidelistas y otros grupos urbanos los que soportaron la mayor represión y su gestión fue tan o más importante en el colapso del régimen batistiano que la de la Sierra Maestra. Las relaciones entre la Sierra y el Llano –segundo tema historiográfico– son terreno casi virgen y prometedoramente fértil para los historiadores, como bien lo demuestra el recién publicado Inside the Cuban Revolution (Harvard University Press, 2002) de Julia Sweig, quien le da al Llano su merecido lugar, fundamentado en fuentes primarias cubanas nunca antes consultadas. Estas relaciones son, además, imprescindibles para entender el liderazgo de Fidel Castro en su plena genialidad: la de convertirse en el líder mesiánico que el pueblo cubano ansiaba y la de perfeccionar el arte de la política conspirativa que le permitió (con) fundir la lealtad a su persona con la lealtad a la revolución y a Cuba.

La revolución cubana, sin duda, representó las mejores aspiraciones de casi todo un pueblo. Activa o pasivamente, la inmensa mayoría de los cubanos se opuso a Batista a finales de los cincuenta y apoyaba la restauración de la Constitución de 1940 –democrática, progresista, nacionalista– como antídoto a la dictadura. El espectro político cubano de la época se extendía fundamentalmente del centro a la izquierda; la derecha y el pensamiento conservador ocuparon espacios muy reducidos en la Cuba republicana. El triunfo revolucionario auguraba profundas reformas internas, una democracia plena y una afirmación nacionalista. Una vez en el poder, la revolución se fue radicalizando de manera tal que la justicia social y la soberanía nacional desplazaron a la democracia y las libertades. Aun después de que el gobierno se alineara con la Unión Soviética e insertara a Cuba en el centro de la guerra fría, el apoyo popular no mermó sensiblemente. Así y todo, la revolución también generó una oposición importante surgida, incluso, del propio seno del Ejército Rebelde, revolucionarios que no aceptaron –como Matos y quizá Cienfuegos– el volte-face hacia el comunismo. Sobre todo a la luz del presente, la historiografía cubana está obligada a retomar los inicios de la revolución y desenredar los hilos de los dos proyectos nacionales que coincidieron: el reformista que era explícito en la lucha contra Batista y el radical que estaba encubierto pero se fue imponiendo una vez tomado el poder. Ambos tenían raíces y razones cubanas. Las de la oposición, sin embargo, han sido soslayadas y es hora ya de desvelarlas sin los prejuicios manidos por la guerra fría y la mitología revolucionaria.

Con Cómo llegó la noche, Huber Matos nos ha entregado un libro necesario: desgarrante como testimonio de su dolorosa vivencia y estimulante para una reinterpretación de la historia de Cuba ya en proceso. Cuando caiga el telón sobre el último acto de la revolución, Cuba –quién sabe– emprenderá buen camino. Ojalá que no pasen otros veinte años hasta llegar a ese punto final tan postergado, entre otras razones, porque desentonaría nuevamente del estribillo de Gardel.

01/04/2004

 
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