ARTÍCULO

Cuando se pierde la brújula

Alfaguara, Madid, 1998
404 págs.
 

Todo juicio entraña un lugar y unos parámetros desde donde ejercerlo y defenderlo. Pero cuando de literatura se trata, ese lugar no está enteramente (o no debe estar) en quien valora, sino que emana en gran medida de la propia obra, de las expectativas que suscita y de las reglas que ella misma instaura y que definen su especificidad. Cuanto más próximas estén esas reglas a las convenciones heredadas de la tradición, con mayor comodidad se podrá emitir el juicio. En cambio, a mayor heterodoxia (es decir, cuanta mayor es la renuncia a los moldes previos, especialmente los de género), más necesario se hace fijar los criterios de valoración en aspectos intrínsecos del texto.

Este es el reto que surge al abordar el nuevo libro (que no novela) de Javier Marías. Podría decirse que es el reto de toda obra fronteriza si no fuera porque la transgresión de la que nos ocupa atañe a demasiados presupuestos consustanciales a todo texto literario, incluso del más beligerantemente heteróclito. Porque aún parece asequible apreciar el valor de una obra que, como es el caso de Negra espalda del tiempo, reúne elementos de autobiografía, de reflexión sobre la creación y la ficción literarias, de indagación en torno a otros escritores más o menos ocultos, y que intenta acceder, a través de todo lo anterior, al desvelamiento y comprensión de los intersticios «del tiempo cuando aún no ha pasado ni se ha perdido y quizá por eso ni siquiera es tiempo». Pero cuando lo que se pretende es contar «sin que responda a ningún plan ni se rija por ninguna brújula, ni tenga por qué formar un sentido ni armonía oculta», estamos asistiendo a la vulneración de algo imprescindible: la necesidad de coherencia (cualquiera que sea su manifestación) y, a través de ella, la iluminación de un sentido. Si al fin y al cabo se tratara sólo de una provocación del autor, de poco habría que preocuparse (por lo general los apóstoles del sin sentido proponen y la realidad del texto dispone). Pero resulta que, en efecto, tal propósito se lleva a efecto.

Hay que apresurarse a añadir que una obra tiene perfecto derecho a ser caótica, pero sólo si no se confunde desorden con falta de cohesión y si ese mismo caos fecunda una propuesta de sentido. Para eso hay que incorporar unas estrategias de orden y coherencia, por muy peculiares o subrepticias que sean. Pues bien: poco de ello se percibe en esta última entrega de Marías. La unidad se ha sacrificado a la preeminencia de un caprichoso contar reiterativo y minucioso, perfectamente estéril, y la estructura, ese andamio que salva la obra de la dispersión, queda en borrosa sucesión de fragmentos. De esta manera, las superfluas conexiones entre los distintos personajes (en realidad, personas reales) y entre las múltiples historias sólo «obedecen» a un azar trivial para el lector, a quien seguramente le resultará difícil compartir el entusiasmo del narrador-autor por los hallazgos de todo tipo que, surgidos a raíz de la publicación de Todas las almas, ha ido incorporando a su experiencia. Como ejemplo extremo se puede aludir a las más de ochenta páginas dedicadas al olvidado escritor inglés Wilfrid Ewart. En ellas asistimos a una desmesurada profusión de datos menudos, anécdotas insustanciales y tediosas, que parecen converger en una sutil enseñanza del tipo: «la muerte puede ser bastante estúpida e impredecible». ¿De veras era necesario todo el espacio que se le dedica, toda la documentación transcrita? Que cada página acabe siendo imprescindible es una de las mayores aspiraciones del texto literario, excepto cuando se escribe o se lee desde la comodidad del «todo vale».

Esa sensación de arbitrariedad y de redundancia recorre el libro de principio a fin. Sólo si se hubiera conseguido dotar de interés y profundidad a cada relato y digresión, ya que no por el conjunto, sí por la calidad de las partes se podría haber alcanzado u obtenido un resultado más estimulante. Y sin embargo, poco o nada ofrece Marías en ellas. Es más, cabe la sospecha de que la prometida y nunca practicada exploración de la «negra espalda del tiempo» no sea más que la leve excusa del autor para ir pergeñando temas y peripecias que le son caras. Del mismo modo que, puestos a ser maliciosos, las reflexiones –bastante convencionales– sobre la convivencia de ficción y realidad parecen tener una función atenuadora de la mal disimulada vanidad con que se emiten las pertinaces observaciones sobre Todas las almas. Y es que no hay que ser muy perspicaz para advertir todo lo que hay de autocomplacencia y ombliguismo en este libro, mucho más de lo que es habitual en una obra de corte autobiográfico. Ello disgustará más o menos, pero como actitud que afecta al texto acarrea consecuencias valorables con cierta objetividad. Una es la inclusión de escenas inverosímiles y hasta pueriles (esos adustos profesores oxonienses que, en pleno claustro, esconden bajo sus togas la novela de Marías). Otra, la más grave, es la instrumentalización de la literatura como método de ajuste de cuentas personal, perpetrado, además con torpeza y poco ingenio.

Capítulo aparte, y largo, merecería el estilo de Negra espalda..., sobre todo porque gracias a su peculiar configuración se consigue hacer pasar gato por liebre, banalidad por hallazgo productivo. Posiblemente el problema consista en identificar complejidad y ambigüedad con un empleo efectista del lenguaje. De ahí esa sintaxis descabellada, construida a fuerza de adiciones de contrarios o de disyunciones, estirada hasta el manierismo vacío (por lo general es correcta pero insoportable: «Poco antes o poco después había tenido o tuve noticia de las primeras reacciones...», pág. 37). O el vicio de la adjetivación agobiante («ideas convencionales tradicionales británicas», pág. 83). O los desvíos del uso lingüístico normal, explícitamente reconocidos por el autor (nueva confusión: premeditación con eficacia), tales como «en un tono de voz tan mucho más alto» (pág. 93). Lo peor, no obstante, no son, en sí, estas tropelías, sino el convertirlas en objeto de alarde, en «marca de autor». Una mixtificación más de las muchas que se encierran en este libro, y con su misma función: esperar que con el relumbre del efectismo no se puedan ver ni la vacuidad ni el tedio. Y que quien lo vea, reciba el apelativo de letraherido.

01/08/1998

 
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