ARTÍCULO

El mundo en un alma

Gredos, Madrid
Introducción, traducción y notas de Isabel García Adánez
524 págs. 28,25 €
 

El 23 de mayo de 1767, Herder abandonaba Riga «para ir qué sé yo adónde». Lamentaba la etapa anterior de su vida, repleta de «situaciones que encerraban mi espíritu, que lo restringían», y lo errado de los estudios emprendidos, que lo hicieron convertirse en «un tintero de cultura sabihonda», «en un estante lleno de papeles y libros», en «un diccionario de artes y ciencias que no he visto ni entiendo». En el Diario de viaje que empezó a escribir entonces, expresó la desazón y los motivos que lo habían llevado a emprender esa fuga, así como la convicción de que su deber «hubiese sido más bien conocer por extenso el mundo, los hombres, las sociedades, las mujeres, el placer, y ello con la noble y fogosa curiosidad de un adolescente que penetra el mundo, y corre de uno a otro con rapidez y sin cansarse», para encontrar en él un vasto repertorio de sensaciones e impresiones que estimularan la creación y propiciaran el conocimiento del alma humana. El viaje pasaba a ser motor de un proceso espiritual de cambio.

Medio siglo más tarde encontramos al poeta Heinrich Heine huyendo de Gotinga y publicando por entregas sus Cuadros de viaje (1826-1831) o conjunto de relatos por Alemania e Italia: «El viaje por el Harz» (1824), «El mar del Norte» (1825-1826), «Italia» (1828), «Los balnearios de Lucca» y «La ciudad de Lucca» (ambos de 1829) y «El libro Le Grand» (1826), una Bildungsroman o novela de formación, de corte autobiográfico y estructura epistolar. Aun variando notablemente el tono entre el primer relato y los siguientes, Heine mantiene siempre una misma actitud, idéntico designio y similares intereses. Lleva por único cicerone «mi corazón», pues «allá donde voy me cuenta las historias que han pasado en las casas y, a excepción de los nombres y las fechas, me lo cuenta todo con bastante exactitud». Al poeta no le interesa registrar o anotar sino crear; no pretende acotar el mundo, sino apropiarse de su misterio y verse en él, sentir reflejada su alma en la Naturaleza, para desarrollar la fisiognomía del yo que postulaba Herder en 1778. Porque «infinito es el sentimiento de felicidad cuando el mundo de las apariencias se funde con nuestro mundo interior». El mundo reflejado en el alma del poeta va emergiendo en estos Cuadros de viaje, donde el narrador empieza abriendo fuego contra el ámbito levítico-académico de Gotinga, ciudad de la que huyó tras doctorarse en Derecho. «La ciudad en sí es bonita –escribe en «El viaje por el Harz»– y como más le gusta a uno es mirándola de espaldas». Quiere huir a las montañas, a reírse de las «huecas salas» y de la «falsa patulea» dejada atrás, propósito que explica la abundante sátira del primer relato, en el que, de rebote, Heine parodia al tipo de viajero notarial y documentado, cuando describe una ciudad en estos términos: «[Osterode] tiene no sé cuántas casas y diversos habitantes, entre ellos algunas personas». O bien al exclamar: «¡Qué delicioso sabe un plato semejante cuando se conocen los datos históricos sobre el tema y aun así se lo come uno!».

Sabedor de que, cuando el amor falta en el corazón del observador, la Naturaleza languidece o muere porque queda entonces reducida a dato o utensilio –«el sol ya no es más que algo de no sé cuántas millas y los árboles vienen muy bien para la estufa»–, en los Cuadros poco a poco Heine se desprende de la coraza irónica y adopta ademanes de poeta-soñador entregado a la contemplación. El lirismo –en verso o en prosa– brota ante un paisaje inédito y virginal, que se descubre y muestra por vez primera a los ojos del caminante. También, ante el Tiempo (la Historia), si bien a él accede el soñador romántico a través de sus vestigios, bien sean monumentales y artísticos, bien sencillos y humildes, e incluso toscos: una abadía, una cruz, un abalorio, la picota de un ahorcado o una barca pesquera.

Si ante la Naturaleza el viajero canta, ante la Historia, rememora y fabula. Así, en Verona, deambulando por los escenarios shakespeareanos, admite que «al poeta le gusta visitar este tipo de sitios, por más que él mismo se sonría ante la credulidad de su corazón». Y también los muros del coliseo romano le dijeron, «en su fragmentario y lapidario estilo, las cosas más profundas» de los Graco, César, Bruto o Tiberio Nerón. Y es que otra de las figuras que encarna el viajero romántico es la del soñador. En Italia, sobre todo, Heine se siente convertido en un sueño. Una y otra vez se autorretrata como sonámbulo, embriagado por el sueño o en somnolencia escalofriada. Pero allí también viaja con «los claros ojos griegos de Goethe», que lo sacan del extravío ensimismado y lo llevan a meditar serenamente sobre el presente, a interrogarse por el espíritu de «nuestro» tiempo (el Zeitgeist herderiano), por la antinomia progreso-libertad, por el desgarro del pensamiento contemporáneo. Ya no hay contorsiones grotescas en este meditador. Sí hay, por momentos, melancolía, acritud y un tenue nihilismo, que no cabe achacar a motivos personales (la prohibición de publicar el segundo cuaderno de los Cuadros) sino a otros más hondos: la general confusión reinante, el trueque de los intereses espirituales por los materiales, la disolución de las tajantes peculiaridades en la progresiva universalidad de la civilización y cultura europeas porque ya no hay en Europa naciones sino partidos políticos. Tal vez por ello Heine declare que no le preocupa tanto la fama de poeta como el postrer reconocimiento de haber sido «un valiente soldado en la guerra de liberación de la humanidad».

Junto al Heine metafísico y moral encontramos al fabulador que se nutre de las muchas historias y leyendas populares que va recopilando por el camino y que intercala en su relato. La mayoría de ellas pertenecen a las distintas modalidades cultivadas por los escritores románticos: la fábula-cuento alemana (sobre la que diserta ampliamente), los Märchen o las historias góticas de fantasmas.

Es la primera vez que se traduce y publica con dignidad este libro, tan desconocido para el lector español. Y, sin embargo (dato que se le escapa a la editora), dos extraordinarios viajeros como Baroja y Camba sí habían leído los Cuadrosde viaje. A don Pío no le gustaron nada. Los leyó en francés, durante un viaje en tren de Málaga a Córdoba (hacia 1918): «No me gusta todo lo que creí que me iba a gustar. Indudablemente hay un talento grande en el autor, pero hay también mucha petulancia. [...] El autor se esfuerza en demostrar su ingenio a todo trance. [...] El viaje por las montañas del Harz y la isla de Nordernay no me parece gran cosa. La historia del tambor de Legrand, con su aire imperialista y francesista, en parte la encuentro bien; la admiración por Napoleón se me figura un poco ridícula y las notas hostiles sobre Inglaterra las hallo muy vulgares y muy banales». En cambio, al impar viajero y humorista que fue Julio Camba, estas páginas le encantaron. Tuvo a Heine omnipresente en sus mil correrías (en París, en Londres, en Alemania, en Italia) y muy a menudo lo cita elogiosamente. Es más, Camba incluso toma como modelo la disertación de Heine sobre los pies de las damas de Gotinga para trazar su propio relato titulado «El pie alemán se transforma». Son dos lecturas diferentes de estos estupendos Cuadros de viaje. Vale la pena que cada lector haga también la suya propia.

01/01/2005

 
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