ARTÍCULO

Crónica familiar

Ollero & Ramos, Madrid, 1998
185 págs.
 

Leemos en la contrasolapa de este libro: «Un golpe del azar puede cambiar para siempre una vida», lo que, inevitablemente, nos trae a la memoria le coup de dés de Mallarmé, precisamente en el centenario del fallecimiento del poeta (ocurrido en Valvins el 9 de septiembre de 1898). No podemos pasar, pues, por alto la oportunidad que nos facilita el azar para recordar a uno de los poetas fundamentales de este tiempo (fundamental, porque buena parte de la poesía posterior se fundamenta en él), siendo previsible, además, que este centenario en España transcurra inadvertido. Tanto se ha insistido en su condición de poeta denso, hermético y difícil, que muchos lectores le evitan con reverente temor. Sería absurdo proclamar que la lectura de Mallarmé no presenta dificultades. Pero debe tenerse en cuenta que es, sobre todo, como Góngora, un poeta visual, con lo que la potencia y plasticidad de las imágenes ayuda a su lectura. Puede parecer oscuro, pero es luminoso.

Aquí terminan las muy improbables relaciones entre Mallarmé y el libro de Elvira Lindo que pasamos a comentar, y que pertenece, es natural, a otro entorno, casi a otro planeta. Elotro barrio, que en español tiene un sentido figurado muy concreto (ir «al otro barrio» es morir), es una amable novela desencadenada por «un golpe de azar»: no exactamente un «golpe de dados», sino algo más prosaico aún, abrir una lata de berberechos en conserva, provoca una carambola de consecuencias excesivas. Casi hay más muertes a consecuencia de un insignificante accidente doméstico que en un terremoto, y al cabo, la mencionada (y rebelde) lata de berberechos es el hilo por donde se desenrolla el ovillo de un enredo familiar, que haría bramar de envidia al más imaginativo folletinista venezolano. Esta evocación no debe interpretarse en descrédito de Elvira Lindo, que refiere su novela con humorística moderación hasta que no le queda otro remedio que desmelenarse (porque la anécdota es desmelenada, así como el mundo que parece reflejar –el de ciertas especies urbanas características de la segunda restauración borbónica–, sobre el que yo, por desconocerlo, no tengo opinión). De modo que propongo la lectura de El otro barrio como una ficción más o menos extraterrestre afincada en una realidad concreta, en la que hay especies muy representativas de esta sociedad. El trasfondo de El otro barrio es la familia, y, como queda dicho que es novela muy de su época, de esta época, trata de la disolución familiar. El protagonista, a quien Elena Lindo, ironizando con el azar, bautizó Ramón Fortuna (aunque más le hubiera valido apellidarse Fernández, como su amigo Valentín, compañero de colegio y su contraste perpetuo a causa del implacable orden –entre otros órdenes-alfabético escolar), que apenas tiene familia, está asediado por familiares por todas partes, con la posibilidad de diversas madres, incluidas las inefables hermanas Echevarría, las impagables Eche. A punto de alcanzar el costumbrismo delirante, la famosa lata de berberechos desata, si no la tragedia, que éste no es tiempo de tragedias, al menos el desastre. ¿Saben en qué consiste que se le venga a uno el mundo encima? Lean esta novela y se enterarán. El infortunado Ramón Fortuna no abre la lata de berberechos, sino casi la caja de Pandora. Y a estos accidentes se suma un tema ilustre anunciado por los versos de Antonio Machado del pórtico («¡Muchos años pasaron sin que yo te recordara, padre mío!»), el de la búsqueda del padre, que sacó a Telémaco a los mares y a Stephen Dedalus a las calles de Dublín. Como era de esperar en Fortuna tan desgraciado, en lo civil es huérfano de padre. Claro que en cualquier esquina puede saltar Leopold Bloom.

La novela está bien narrada y es amena. En pocas páginas (185 exactamente) suceden muchas cosas. La prosa es funcional, y a veces no tan buena. Pero por lo general, cumple y se entiende.

01/08/1998

 
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