ARTÍCULO

RICARDO BADA

 

La novela corta Cómo me hice monja es una presencia insólita en nuestro idioma, insólita e incómoda, a la que prestarán atención los lectores justos, ni uno más. Su incomodidad deriva sobre todo de la obligación de leer de otro modo al de la costumbre; lo insólito se manifiesta en su obstinación por no acercarse a nada que tenga que ver con la escritura previsible. Parece razonable su extrañeza cuando la lectura y la escritura, hoy por hoy, se han convertido mayoritariamente en costumbrismo. ¿Puede un pronombre personal subvertir nuestra percepción de la realidad a través de la lectura? Este es el caso de la novela que comentamos. Un yo que es indistintamente masculino y femenino (pero no andrógino, no caigamos en la lectura costumbrista) cuenta los recuerdos de un año de su infancia. «Antes de eso no hay nada; después, todo siguió haciendo un solo recuerdo vívido, continuo e ininterrumpido, incluidos los lapsos de sueño, hasta que tomé los hábitos». Entre el antes y el después, transcurre el relato de este niño y niña de seis años de edad que resulta llamarse, además, César Aira. Tampoco hay que admirarse más de lo justo: un amiguito –sólo niño– que aparece en el capítulo nueve se llama Arturo Carrera, nombre que coincide con el del excelente poeta argentino Arturo Carrera, que debe ser un buen amigo del escritor, también argentino, César Aira. El efecto expresivo de ese yo es muy importante porque condiciona la lectura. El lector no acaba de instalarse con comodidad en un texto que es, por otra parte, chispeante. Quien habla es un personaje en la estela de la Zazie de Queneau, esa especie de ingenuos sabihondos de diverso pelaje que ha dado la literatura, y esa parte resulta reconocible; pero la naturalidad con que Aira consigue que el niño y la niña llamados César Aira se instalen en un solo yo es algo realmente nuevo y perturbador. Quien resulta afectada inmediatamente después del lector es la realidad. Y me refiero a la realidad tal como la concibe el lector, no a la realidad de la novela, que no deja de ser una convención que el lector debe aceptar o rechazar. La evolución de la historia del personaje es clara: una vez que sale del envenenamiento producido por el helado descompuesto descubre que su padre está en la cárcel por matar al heladero, es enviado a la escuela con retraso, va de visita a la cárcel a ver al padre, se despista, se mete por un agujero en el que se pierde y, cuando le encuentran, la realidad «se separa de él a la velocidad de su deseo de entrar en ella». Entonces se consuela sabiéndose un ángel, porque «el sueño real era la forma de realidad como felicidad, como paraíso. En el mismo movimiento la realidad se hacía delirio o sueño, pero el sueño también se hacía sueño, y eso era el ángel, o la realidad». Esa entrada a otra percepción, simbolizada en el agujero por el que se pierde, modifica al personaje, no a su dualidad, que sigue siendo un elemento de inquietud permanente. Su discurso se mueve sobre el fondo de una realidad reconocible en sus elementos –el colegio, la madre, el amigo...–, enlaza con otra realidad, la que procede de la radio, sigue con la creación de muñecas mentales –pues carece de las físicas–, realizando en ellas una proyección de los niños de su clase, los crea en su imaginación –en su realidad, en su «ángel»–, les maneja, les da instrucciones; trasciende la escuela, empieza a dar instrucciones en general, instrucciones de vida y, como el personaje mismo confiesa, «tan curiosos son los mecanismos de la mente y el lenguaje, que a veces me descubría dándome instrucciones a mí misma». Pero más tarde descubre algo muy notable: el hecho de que, estando en ese sueño real, también juega: y cuando juega, el juego es, para él/ella la libertad y descubre también que «curiosamente, mientras lo practicaba nunca me daba mis famosas instrucciones mentales». El juego consiste en perseguir a su madre escondiéndose a varios metros de ella cuando salen a la calle. Y no necesita darse instrucciones mientras lo practica porque «las persecuciones ya eran instrucciones en sí, eran mapas, eran ciudad...». Una fisura entre sueño real y realidad empieza a abrirse en el texto, camino del resultado final de la novela. Finalmente, la convicción del personaje es que tiene una «vida real totalmente separada de las creencias, de la realidad general conformada por las creencias compartidas». Tan convencido está de ello que se siente imperceptible. Por eso se sorprende tanto cuando una mujer se dirige a él/ella en la calle. Y ahí, poco a poco, la realidad, digamos, real, aquella que comenzó con un padre que sale con su hijo a comprarle un helado, vuelve por la misma vía del helado y engulle al personaje. Decía al principio que esta novela es el relato de lo que sucede entre un antes y un después del episodio de la vida de un niño, episodio en el que consiste la novela. Hay en ésta una reflexión no especulativa sino literaria sobre la percepción de la realidad como modo de conocimiento tan sugerente como irresumible, tal cual sucede con toda buena resolución de un problema en términos de literatura. Pero queda una duda: ¿desde dónde habla ese narrador autobiográfico? No es desde el presente del episodio sino desde la memoria. Ese después que mencionaba al principio como un solo recuerdo vívido que se mantiene hasta que tomó los hábitos ¿hace que esté hablando ahora que es monja?; en tal caso, ¿cuál es y cómo se constituye ese ahora? O se me escapa a mí o se le escapa a Aira, pero esa voz está, pienso yo, mal colocada. Es todo cuanto objeto a un libro capaz de sanar al lector más enfermo de vulgaridades (si se deja) y de divertir al más exigente.

01/03/1999

 
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