ARTÍCULO

Casi de miedo

Ediciones B, Barcelona, 1998
171 págs. 2.200 ptas.
 

El escritor barcelonés Javier García Sánchez publica estos días una nueva novela, Los otros. La dimensión de la misma –me refiero a su dimensión cuantitativa–, indica que el autor de Elmecanógrafo ha optado esta vez por un asunto novelesco más ceñido en forma y contenido. Los que hayan leído anteriores obras del autor (El mecanógrafo, Ladama del viento sur, La vida fósil) saben ya cuál es el norte estético y temático de su literatura: una avalancha de palabras en pos de grandes desarrollos psicológicos, pulsiones irrefrenables y escenarios tan distintos como imprevisibles; un día nos traslada el escritor a los días del romanticismo; otro, a los aledaños de un quiosco de barrio; otro, tras la rueda de algún ciclista desfalleciente. Esta vez García Sánchez incursiona por el mundo de los fantasmas y los miedos. Poe y Lovecraft parece que van a llamar a su puerta, incluso uno espera algún indicio de Henry James; nadie puede meterse en un mundo de inquietudes si antes no ha hecho su máster leyendo Otra vuelta de tuerca. Digamos al lector que nuestro autor ha desperdiciado una buena oportunidad de meternos el miedo en el cuerpo, suponiendo que fuera este su cometido, con algún terror de buena ley. Y es que el envite tenía su riesgo. Tanto si García Sánchez intentó una representación del mal, un viaje a su núcleo más insondable, como si intentó llamarnos la atención con alguna honda reflexión que llevara aparejada una bocanada de escalofrío.

Resumo. Dos periodistas investigan el caso de un policía que a su vez investigaba casos de desaparecidos tipo Quién sabe dónde. El policía tenía un hijo que parece que un día es succionado (me invento este verbo porque no sé cual otro encajaría mejor con estos casos) por un espíritu parece ser maligno. Como el hijo ahora es, digamos, malo, intenta matar a su padre, el policía. Éste se defiende e hiere con su pistola reglamentaria a su hijo y, de paso, a su mujer. Va derecho al manicomio. Hasta ahí se trasladan también unos periodistas que quieren investigar la obsesión del policía por los desaparecidos. Uno de estos periodistas también tiene una hija «succionada». Y la novela termina con la niña mirando a través de una ventana y dibujando una sonrisa cínica que parece sacada de una mala película de terror.

El asunto de los desaparecidos prometía, incluso si con ello nos hubiera recordado el programa televisivo de Paco Lobatón. En ese programa, al margen de su cuota de sensiblería barata, hay una dimensión de inevitable realidad avalada por la estadística. No me refiero a los que se van a comprar tabaco y nunca más regresan, porque esos, nos dice la literatura –y también la estadística–, se van a conciencia. Me refiero a los que desaparecen, como si se los tragara la tierra. Esos casos existen. Pues bien, uno creía que ese costado ominoso, trágico e irreversible que tienen era lo que iba a ocupar Los otros. Pero Javier García Sánchez sólo enuncia un problema, el de la gente que un día desaparece, para cambiarlo por otro de naturaleza mucho más sobrenatural, esos espíritus que se apropian de nuestra existencia y nos conducen hasta la enajenación. Aquí el autor barcelonés entra de lleno en Stephen King. Y aquí es donde su novela naufraga en la imposibilidad narrativa. Porque sin ser Stephen King, y ya no digamos el Henry James de Otra vuelta de tuerca, todos los gestos, las maneras de moverse los personajes, los terrores que se suponen que tenían que contagiarnos, se convierten en remedos, un lastimoso pastiche.

Las primeras páginas de Los otros prometían un texto verdaderamente inquietante. Mientras su autor se movía en el terreno de los sentimientos dolorosos que producen la inesperada desaparición de un ser querido, la novela funcionaba con precisión. Pero enseguida algo hizo desistir a García Sánchez de lo que parecía su idea original. Un ramalazo de un mal digerido Lovecraft arruina la empresa. Destroza a un clásico del desasosiego, banaliza a un maestro del terror actual como es el autor de El resplandor y termina abocando al lector al visionado de una película trillada. Y de rebote, García Sánchez deja pasar una oportunidad de oro para ayudar a construir una buena narrativa de género en castellano.

01/02/1999

 
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