ARTÍCULO

El cartero pasó 139 veces

Alfaguara, Madrid
576 pp. 21,50 €
 

Leer este libro es darse un banquete al lado del cual las bodas de Camacho y el festín de Baltasar son callos a la madrileña en el figón de la reina Patoja: ¡qué delicia! Es algo así como Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, y este Wilhelm Meister es el Gran Cronopio cuando descubre la existencia de los cronopios. Qué prodigio de diablo cojuelo este epistolario que nos permite asomarnos a una etapa tan desconocida de su vida, cuando era un muchachote ya casi cuarentón, recién llegado a París, y que se movía por ella en bici, primero, y en Vespa después. Me lo imagino con Aurora sentada detrás, como en un fotograma de Gregory Peck con Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma. Mismamente.
Paco Porrúa, con quien la literatura de nuestro idioma está en deuda por el descubrimiento y publicación de Rayuela y de Cien años de soledad, le dijo a Carles Álvarez al terminar de leer las galeradas de Cartas a los Jonquières: «Es maravilloso. Se lee como una novela». Muy cierto, y la pena grande que sentimos (de la cual se hace eco Álvarez en el prólogo), es que la familia Jonquière se fue a vivir a París en 1959, de manera que esta correspondencia comenzó a espaciarse y nos quedamos sin conocer, por ejemplo, la génesis de Rayuela.
Pero vayamos por partes, como diría Jill la Destripadora. ¿Quiénes son los Jonquière? Eduardo, el cabeza de familia, es un pintor y escritor, poeta sobre todo, cuatro años menor que Cortázar, con quien coincidió en la Escuela Normal Mariano Acosta, de Buenos Aires, anudando entonces una amistad que sobrevivirá a todos los avatares del tiempo y de sus personalidades, a veces tan asimétricas. Creo poder asegurar, basándome en esta correspondencia y en la lectura de los tres tomos de sus Cartas (1937-1983) (Madrid, Alfaguara, 2000) –soy un epistolómano convicto y confeso–, que Eduardo A. Jonquière fue sin duda, si no el más íntimo amigo de Julio Cortázar, sí aquel al que más le confió de su vida privada y de sus afanes como escritor. María, la esposa de Eduardo, es artista gráfica, y también cuentista a ratos perdidos. Están además los niños, Alberto hijo y Maricló (la cual mantiene con Julio una relación especial, y a la que Julio le envía poemas infantiles muy lindos), y las otras dos hijas que nacerán más tarde.
La primera carta del epistolario aparece datada en Siena, el 13 de febrero de 1950, y la última en Managua, el 24 de febrero de 1983. Son, pues, treinta y tres años de correspondencia, bien tupida hasta 1959, como ya dije, aunque luego no cesa casi ni un solo año (exceptuando 1977 y 1981, hay registros de todos los demás). Cartas donde un Cortázar al principio mentalmente muy joven y todavía inseguro le confía a sus amigos del otro lado del charco sus dudas existenciales y laborales y sus descubrimientos en el terreno del arte, que constituye para él un continuo deslumbramiento. Al mismo tiempo, son cartas que dan una imagen viva del París de los años cincuenta y sesenta, del ambiente que allí se respiraba y las ideas que en él se cocían. Un testimonio de primera mano y por un observador de altísimo nivel (con lo que no pretendo hacer un chiste sobre la elevada estatura del autor).
En el apretado espacio de tres folios es materialmente imposible hasta la mera enumeración del repertorio de temas que aborda esta correspondencia. Valga decir que apenas hay un aspecto de las artes que quede fuera de ella, predominando las referencias a la pintura, pero no son pocas las que atañen a la música –especialmente el jazz– y a la escultura, sobre todo cuando su destino transhumante de corrector de textos de la Unesco llevó a Cortázar varias veces a la India, y en una de ellas se alojó en la residencia del entonces embajador mexicano en Nueva Delhi, Octavio Paz.
Ni que decir tiene que la literatura, a través de las lecturas, y también la propia escritura en esos años, ocupa un amplio espacio de estas ciento veintiséis cartas y trece tarjetas postales, y descubrimos en Cortázar fobias no muy explicables (le sorprende y hasta horroriza que Aurora lea a Galdós) y coincidencias inesperadas (la lectura de Sparkenbroke, de Charles Morgan, que deja grabada indeleble en su memoria, como en la mía, la ciudad de Lucca). Anotamos cuando cuenta que ve bastante teatro: «Dan una estupenda pieza de Samuel Beckett: En attendant Godot». Vivimos en primera fila sus encuentros personales con Camus en París y con Somerset Maugham en Roma. Acompañamos su reflexión sobre el fenómeno de la traducción y su simpática reivindicación de las traducciones libérrimas y amadrileñadas de los Moratín. Sentimos su entusiasmo contagioso cuando lee por primera vez Paradiso, de Lezama Lima. Etc., etc., etc.
Y París. Hay en la página 70 una frase que me conmovió hondamente al leerla: «La rue d’Odessa, la rue Delambre, y la presencia continua del cementerio ahí tan cerca, con Baudelaire enterrado, y Aloysius Bertrand». Y ahora vos, Julio, que te quedaste anclao en París, precisamente en ese cementerio donde también reposan César Vallejo y Jean Seberg, quién iba a pensarlo, che.
Lo digo «y no me corrro» (César Vallejo dixit!): este volumen de Cartas a los Jonquières es un libro de imprescindible lectura para cortazarianos y no cortazarianos, para cronopios, esperanzas y famas. La prosa siempre tersa y precisa de Cortázar se encuentra aquí en estado prístino, sin la sobrecarga del compromiso con un público lector. Su público lector eran dos amigos en Buenos Aires, y con ellos él se muestra como es, sin macroestructuras literarias, retóricas ni tan siquiera ortográficas que tomar en cuenta. Y además le da rienda suelta a su humor demoledor y un si es si no es rabelaisiano, logrando que en más de una carta nos desternillemos de risa, como con toda seguridad lo hicieron los Jonquière al recibir los originales. Y entonces, ¿qué mejor destino para una correspondencia estrictamente privada que hacer la felicidad de miles y miles de lectores?

01/01/2011

 
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