ARTÍCULO

Si América Latina pudiera elegir

 

En su versión española, el título de este libro puede dar lugar a dos grandes equívocos. Cabe, en primer lugar, imaginar que se trata de un ensayo, de corte fundamentalmente ideológico, en el que se examinan tres distintos modelos de sociedad (Chile desde 1973, Cuba desde 1959 y Costa Rica desde 1953, hasta mediados de la década de los noventa), se discuten sus pros y sus contras, y se argumenta a favor de uno de ellos como modelo para toda América Latina. El segundo equívoco, derivado del anterior, sería pensar que el problema de la región es la ausencia de un modelo de referencia, o algo así como una crisis de identidad, y no la crisis simultánea del Estado y del marco institucional de su economía, de sus redes sociales y sus actores políticos.

Vayamos por partes: la presente obra no es bajo ningún concepto un ensayo, sino el resultado bastante voluminoso (681 páginas) de un trabajo sistemático de recopilación de datos y análisis estadístico de éstos para permitir comparar los tres modelos mediante indicadores. Carmelo Mesa-Lago, autor de un buen número de trabajos sobre política social en América Latina, se apoya en el trabajo previo de un conjunto de colaboradores –prestigiosos en bastantes casos pese a su juventud– para esta tarea que les ha tomado diez años. Parte del esfuerzo está dedicado a documentar y analizar los cambios de políticas de los gobiernos a lo largo del período estudiado. El resultado es una acumulación de información de una seriedad y extensión sin precedentes.

Es muy posible que en la década de los sesenta la fascinación ante la revolución cubana condujera a muchos jóvenes latinoamericanos, estudiantes o profesionales, a una apuesta muy poco realista por reproducir el proceso revolucionario, y el modelo de sociedad subsiguiente, en sus propios países. Pero ese espejismo hace ya mucho que se disipó, y quienes hoy se aferran al mito de la revolución cubana lo hacen más como rechazo a las directrices de Washington, o en defensa de sus propias ilusiones juveniles, que por creer en la superioridad del modelo de la isla. Argumentar sobre la superioridad de la educación o la sanidad en Cuba sirve para criticar la situación en los demás países, pero sólo una minoría muy ideologizada piensa que sería posible –sin el apoyo que en su tiempo prestó la Unión Soviética al régimen castrista– reproducir esos avances en medio de la actual desastrosa situación de la economía cubana.

Se podría pensar, sin embargo, que las cosas funcionan ahora al revés, y que es el mito norteamericano de la sociedad de mercado el que distorsiona la visión de los latinoamericanos y les impide tomar en cuenta las ventajas de una sociedad mixta como la costarricense. Algo hay de esto, aunque las sucesivas crisis de la región desde la mexicana de 1995, y el impacto de las turbulencias de origen externo –las crisis asiática y rusa, en 1997 y 1998– han disminuido mucho el entusiasmo por el modelo norteamericano. Pero sería probablemente un error pensar que el entusiasmo por la sociedad de mercado es o ha sido un fenómeno básicamente de corte ideológico.

De la misma forma que el mito de la revolución cubana se difundió gracias a las dificultades del desarrollismo en los años sesenta, el triunfo del neoliberalismo en América Latina no tiene sentido fuera del contexto de la crisis de la deuda. Los gobiernos adoptaron la liberalización y las privatizaciones cuando se hizo evidente que sólo por esta vía podían obtener recursos y atraer nueva inversión extranjera, cuando el peso de la deuda externa les forzó a tratar de reducir a toda costa sus déficit fiscales para concentrar sus recursos en el pago de intereses como condición para la refinanciación de la deuda. Por convicción o por conveniencia, los gobernantes aprendieron a hacer de la necesidad virtud.

En su momento se anunció que las reformas promercado encontrarían una fuerte resistencia social, por lo que el intento de llevarlas a cabo pondría en peligro los regímenes democráticos de la región, a menudo recién reconstruidos tras experiencias autoritarias más o menos largas. Y, sin embargo, en general no hubo tal resistencia, y sólo en Venezuela (en 1992) y en Ecuador (en enero de 2000) se puede decir que hubo en un momento dado riesgo de que se produjera un golpe militar ante la oposición social a las reformas, y no para imponerlas en contra de esa oposición, sino para derrocar a los gobernantes que las impulsaban.

La razón de que no existiera una fuerte resistencia social frente a las reformas no era tampoco el convencimiento neoliberal de los ciudadanos, sino su exasperación ante una crisis que no terminaba nunca. Las víctimas de la hiperinflación y el caos económico dieron un cheque en blanco a quienes les aseguraron que las reformas promercado permitirían volver a la vía del crecimiento, o al menos recuperar una existencia cotidiana normal. Delegaron en gobernantes plebiscitarios para que tomaran medidas que no les gustaban, con la esperanza de que sabrían lo que se hacían, que conseguirían crear una nueva certidumbre, unas reglas de juego que permitieran volver a pensar el presente y el futuro.

Cuando las reformas tuvieron efectos positivos espectaculares –en México y Argentina hasta el error dediciembre mexicano y el efecto tequila de 1995, por ejemplo–, es indudable que subieron la credibilidad y el prestigio de las ideas neoliberales y del modelo de sociedad de mercado. De esto hace ya más de siete años, sin embargo, y hay razones para pensar que hoy, en Argentina, Brasil o Perú, las demandas sociales se alejan bastante de ese modelo de mercado. De hecho, se alejan de casi cualquier modelo, pues se expresan más como un rechazo de lo que existe que como una propuesta de un orden alternativo bien definido. Por paradójico que pueda ser, en Chile es la derecha de Lavín la que enarbola el populismo mientras un gobernante socialista trata de hacer avances sociales en medio de una crisis económica y respetando la lógica de la economía de mercado. ¿Sirve de algo en este contexto mostrar con rigor que el modelo mixto de Costa Rica o el modelo chileno de mercado con compensación social son superiores a sus rivales?

La terrible impresión que hoy produce la región es que, dentro de sus abismales diferencias sociales y económicas, que de antemano harían ilusoria la propuesta de una receta o modelo para toda la región, el verdadero problema es que los ciudadanos no sienten que puedan ya elegir, sino que se ven zarandeados por el curso de unos acontecimientos –las famosas turbulencias financieras-que no controlan ellos ni sus gobernantes. Y éstos tratan de sobrevivir al día a día, impulsados por la demagogia algunos, otros por una injustificada fe en sí mismos, y una minoría por una auténtica pasión política reforzada por una buena preparación técnica.

¿Contribuirá el libro de Mesa-Lago a fijar un nuevo sentido común en los técnicos y gobernantes de los que en fin de cuentas depende la agenda política latinoamericana? Ojalá que sí, pero la duda es si antes será preciso que se produzcan más experiencias como el desfondamiento del régimen de Fujimori, la polarización venezolana o el pavoroso colapso del Estado en Argentina. Si deberá seguir empeorando la situación de la región antes de que se abandone la fe en el mercado como único regulador social sin por ello intentar regresar al pasado populista y proteccionista. No es fácil, en este sentido, saber si este libro llega demasiado pronto o en el momento preciso.

01/11/2002

 
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