ARTÍCULO

Sociología y economía históricas

 

Las relaciones entre las ciencias sociales y el análisis del pasado histórico oscilan según la situación de cada disciplina. En las últimas décadas, la economía ha alcanzado una creciente preeminencia en el contexto académico y su teoría pasa por un momento de relativa certeza. La sociología, en cambio, se encuentra en pleno proceso de revisión crítica de sus bases epistemológicas. El recurso a la historia tiene por consiguiente distinto sentido en uno u otro caso. La economía viene utilizando la historia como un enorme campo de pruebas para aplicar modelos complejos y métodos cuantitativos, dentro de explicaciones endógenas de los fenómenos económicos. La sociología, por su parte, acude cada vez más al análisis e interpretación del pasado para iluminar los problemas emergentes de la reflexión sociológica; se interesa por la explicación de los grandes procesos de cambio social y en la historia a fin de reflexionar sobre la relación entre estructuras y acción. De este modo, mientras la sociología histórica ha ido alcanzando un grado considerable de autoafirmación y de variedad, apenas empieza a surgir una economía histórica que trascienda la rígida entente entre la «Nueva Historia Económica» y la teoría neoclásica.

Las obras de Michael Mann y Eric Jones son unas buenas muestras tanto de las diferencias entre la sociología y la economía en su recuperación sustantiva de la historia, cuanto de las analogías existentes entre estos dos tipos de respuesta a las tensiones actuales entre interpretación y explicación, entre métodos cualitativos y cuantitativos, entre modelizaciones y teorías contextuales en las ciencias sociales. Se trata en ambos casos de continuaciones de primeras obras, que aparecen además caprichosamente entrecruzadas, pues mientras Eric Jones se centró en su anterior entrega en la búsqueda de los rasgos distintivos de la trayectoria económica europea de muy larga duración –en El milagro europeo (1992 en castellano)–, Michael Mann dedicó su primer volumen de Las fuentes del poder social (1991 en castellano) a reescribir la historia de toda la humanidad antes del cambio modernizador. Ahora sucede lo contrario: Mann reduce su ámbito a la Europa entre los comienzos de la Revolución Industrial y la Primera Guerra Mundial, mientras que Jones nos ofrece un panorama no eurocéntrico de las experiencias de crecimiento sostenido en la economía de los períodos anteriores a la industrialización y el cambio tecnológico.

NARRACIÓN COMPLEJA VERSUS TEORÍA SOCIOLÓGICA

El segundo volumen de Las fuentesdel poder social continúa su original reescritura de la historia tratando de ordenar la complicada urdimbre de acontecimientos del largo siglo XIX europeo por medio de la articulación e interrelación de redes solapadas de poder –económico, político, militar e ideológico– que definen la naturaleza y los caracteres de los fenómenos históricos relevantes en un período de importantes cambios y de algunas notorias persistencias. El objetivo es un ajuste de cuentas con la sociología clásica, buscando superar la tensión entre el reduccionismo monocausal de Marx en la explicación del cambio social y la indefinida multicausalidad de Weber, frente a los que se afirma la codeterminación de las fuentes del poder social. El análisis es expresamente comparativo: busca las analogías sustantivas entre las trayectorias de cinco estados nacionales protagonistas, Francia, Alemania, Austria-Hungría, Estados Unidos, Gran Bretaña y, en menor medida, Rusia. Y el enfoque es razonablemente prospectivo: la dinámica histórica se considera un proceso abierto y sin dirección predeterminada en importantes cuestiones relacionadas con la forma constitucional y territorial del Estado, la configuración de la ciudadanía, la estructura social y las relaciones interestatales.

Para Mann, el período 1760-1914 se abre con el solapamiento de cuatro grandes revoluciones, en relación con cada fuente del poder social: la Revolución Industrial, las revoluciones políticas liberales, la revolución militar de los últimos absolutismos y una revolución en los canales de difusión cultural, por medio de la alfabetización discursiva. Todas deben parte de su razón de ser a la interacción dinamizadora entre las distintas fuentes, y se combinan en instituciones sociales y políticas históricamente distintivas, esencialmente en las dos que dan subtítulo al extenso volumen, las clases sociales y los estados nacionales. En la medida en que las clases y las naciones-estado son el producto singular del siglo XIX , el mayor aporte teórico se produce en estos dos niveles considerados por el autor como expresiones «impuras» de la interacción de las fuentes del poder. Mann se destaca como un sofisticado analista de la estructura social, identificando hasta cinco grandes colectivos sociales estructurales y de identidad –las clases del Antiguo Régimen, los capitalistas, la clase media, el proletariado urbano y los campesinos– en un período que elevó las clases a una dimensión socialmente difusa y abiertamente política pero sin llegar necesariamente al enfrentamiento abierto por la solapada influencia de censuras provocadas por la influencia de otras adscripciones identitarias. Por otra parte, recorre el conjunto de las teorías disponibles sobre el Estado para diseñar un tipo de configuración estatal polimorfa compuesto por instituciones menos coordinadas entre sí de lo que el concepto weberiano de Estado moderno reconocería, sometido a variables influencias de diferentes grupos sociales constituidos en la sociedad, y con un importante eje en la geopolítica que fomentaría la amenaza de políticas exteriores autónomas.

Pero el libro es, expresamente, una historia contemporánea de Europa. Y es así como debe valorarse principalmente. La ordenación de datos y fenómenos significativos efectuada por medio de su tipología de fuentes permite a Mann incorporarse a los debates en curso sobre numerosas cuestiones historiográficas. En relación con las causas de la Revolución francesa, Mann establece un original vínculo entre los efectos constitucionales del militarismo dieciochesco, relacionados con crisis fiscales y con la incapacidad de las cortes absolutistas de institucionalizar la oposición en el seno de la élite política, y la difusión cultural, fomentada por el «capitalismo de imprenta» y de enorme influencia sobre la radicalización política de la emergente clase media; el alcance de la Revolución Industrial es analizado desde los parámetros del «revisionismo» hoy dominante, y sus moderados efectos sobre la redistribución social de la riqueza sirven de base a una reflexión sobre la contingente relación entre modernización económica y revolución política; la formación de la Europa de las naciones es analizada desde la perspectiva de los cambios en la constitución política en función de las capacidades de los Estados de dotarse de un personal especializado para penetrar en la sociedad civil, y de asumir emergentes demandas de representación clasista, territorial y confesional. Por su parte, la historia del movimiento obrero es enfocada de forma comparada distinguiendo las trayectorias británica, americana y centroeuropea en sus esenciales diferencias históricas producidas por la variada cristalización de las restantes fuentes del poder social en materia de capitalismo, militarismo y nacionalismo.

Es, por contra, en su renovación de la teoría social donde el libro realiza una aportación mucho más modesta. El ajuste de cuentas con el marxismo no termina de producirse nunca; antes al contrario, Mann implícitamente restaura la figura de Marx al reconocer la centralidad de las clases sociales en la estratificación social del siglo XIX y al dar valor explicativo a la lucha política de clases en importantes jalones del período, si bien está debidamente mediada por la influencia de otras fuentes cristalizadas en instituciones distorsionadoras del enfrentamiento entre clases. Por su parte, el intento de servirse de su tipología de fuentes para describir la urdimbre de procesos concretos que desencadenaron finalmente la Primera Guerra Mundial aleja el volumen II de Las fuentes del poder social de la estrategia de análisis por ideal-tipos de Weber, su principal sociólogo clásico reivindicado. En suma, la sociología histórica de Michael Mann no hace sino presentar un mapa de las variadas problemáticas a que se enfrenta toda teoría social, pero más que realmente explicar el siglo XIX desde una teoría, ordena por medio de su tipología de poderes organizados los complejos fenómenos históricos del período, logrando en definitiva una síntesis más rigurosa que las procedentes de la historial social.

REDUCCIONISMO RECURRENTE

Crecimiento recurrente es una obra de finales de la década pasada escrita en un momento en el que la admiración por el milagro económico de los «tigres asiáticos» favorecía una reinterpretación de la historia económica mundial que tuviera en consideración la evolución histórica de estos países anterior a su industrialización. Ésta debía en realidad partir de la necesaria revisión, a la luz de la posterior trayectoria industrial de Inglaterra, de la Revolución Industrial como principal cesura en la historia económica mundial. Sobre la pionera industrialización inglesa ha construido sus señas de identidad una parte fundamental de la disciplina, lo cual ha tenido como consecuencia no sólo un reduccionismo tecno-determinista en la interpretación del cambio económico sino también un enfoque que confunde reiteradamente el ejemplo inglés con la teoría del cambio estructural y con el modelo a la hora de estudiar otras experiencias de modernización económica. El alegato de Jones es a favor de una imagen mucho más gradual del dinamismo económico, en consonancia con el dominante revisionismo sobre los caracteres de la industrialización, pero representa también un viraje en el enfoque, de la Revolución Industrial como causa a la industrialización como efecto de un crecimiento anterior, «pretecnológico», que es el que requiere ser estudiado.

El estudio de Jones se basa en la asunción de que «el aparente estancamiento económico» anterior a la Revolución Industrial inglesa «ha ocultado la tendencia subyacente hacia el crecimiento» en numerosas economías del globo aparte de la europea (pág. 15). Crecimiento que Jones está dispuesto a considerar intensivo, es decir, de la producción y la renta per cápita. En la medida en que el autor asume como condición humana la propensión a hacer crecer los rendimientos económicos, la empresa del libro pasa a ser principalmente la contraria, aislar y analizar los factores depresivos que han actuado como frenos al crecimiento intensivo, e identificarlos en los escenarios históricos en los que es posible conjeturar razonablemente una dinámica de expansión de la producción y de la renta capaces de absorber el crecimiento demográfico durante largos períodos. Lo primero implica revisar la función de las instituciones sociales, políticas y culturales en la promoción y la limitación del crecimiento; lo segundo le lleva a dibujar un mapa de grandes trazos de las áreas de dinamismo económico independiente ajenas a la experiencia europea: el mundo antiguo mediterráneo, la China de la dinastía Song (siglos X XIII ), partes de Eurasia en la época moderna y, sobre todo, Japón bajo el shogunato Tokugawa (1660-1868).

Jones se muestra incómodo en el mundo de las instituciones sociales y culturales; mientras resta valor a las formaciones sociales –como el feudalismo compartido por Japón y Europa– a la hora de conocer la dinámica de una economía, argumenta que las instituciones culturales, particularmente las religiones, tienen un impacto más ambiguo sobre los incentivos económicos de los individuos que lo que la sociología y la antropología suelen admitir. Pero es la política –verdadero «opio de estos pueblos» según concluye– el nivel que pasa a primer plano como esencial candidata para dar cuenta de los frenos en la tendencia histórica al crecimiento, pues ella permite un tipo de racionalidad depredadora y «buscadora de rentas» por parte de los individuos contraria a la continuidad del crecimiento intensivo. De esta manera, no son las invasiones y las campañas militares los principales factores extraeconómicos que acaban con los períodos de expansión, sino los efectos colaterales de la formación de imperios, que encastillan castas militares y funcionariales indolentes e incultas.

La empresa de Jones choca aquí, sin embargo, con un escollo insuperable, pues en la medida en que renuncia a edificar una economía política suficientemente rigurosa de esos imperios económicamente ineficientes, la obra cae presa de un recurrente reduccionismo que confunde la política con el Estado y los grupos de interés con los gobernantes políticos. Convertidos en meros acaparadores de rentas, los políticos de la Eurasia medieval y moderna son demonizados, pero a costa de sacrificar la comprensión del crecimiento intensivo mismo, el cual, para aparecer y sostenerse en el tiempo, requiere, tal y como Jones asume, la puesta de marcha de políticas bastante definidas en materia de gasto público en infraestructuras y de liberalización de los mercados.

Es cierto que Jones no busca explicar el crecimiento, pues éste parece explicarse solo. Como en el capítulo 5 de La riqueza de las naciones de Adam Smith, el crecimiento recurrente del pasado histórico sólo merece para el autor ser estudiado como una suerte de historia natural; pero cuando se analiza la narración que hace de los ejemplos de crecimiento intensivo en la historia se descubre entre líneas un tipo de reduccionismo incluso más profundo, epistemológico. Que el crecimiento intensivo se haya dado en otras zonas y épocas distintas de la Europa contemporánea es una cuestión empírica de la que no se deriva que todos los casos históricos de crecimiento se deban enfocar bajo un único prisma teórico, y uno principalmente endógeno que convierte los mercados en la fuente exclusiva de toda manifestación de crecimiento económico. La paradoja es que mientras Jones reconoce que las instituciones políticas tienen posibilidades de cambiar, de manera que no siempre frenan el crecimiento sino que pueden favorecerlo, las instituciones económicas y especialmente los mercados son invariables, realizan siempre la misma función, y es sólo cuestión del grado de desarrollo que alcancen por la influencia de factores exógenos negativos.

La identidad de la teoría económica en un período de especial afirmación excluyente está detrás de la meridiana claridad de esta obra, pero también de los defectos de su propuesta, de forma que finalmente la pretendida crítica al eurocentrismo dominante en el mundo académico se vuelve contra el propio autor: tan reduccionista como hacer de Gran Bretaña el modelo de mordernización económica a seguir por los países en desarrollo es quizá la pretensión de explicar a los habitantes de estos países su historia económica por medio de esa «visión de la buena vida esencialmente suiza, burguesa, tranquila» (pág. 226, el énfasis es mío) con la que el autor reconoce que una gran parte de los economistas e historiadores económicos se enfrenta a su trabajo justificándola sólo por estar todos ellos «en contra de la miseria humana evitable». En este sentido, la sociología histórica que representan autores como Michael Mann puede proporcionar un necesario complemento al mapa de instituciones y prácticas causantes de la ineficiencia en la distribución de recursos económicos que dibuja Jones: una mayor preocupación por explicar por qué las economías premodernas fueron como fueron y no de otra manera, un ejercicio positivo básico que los economistas interesados por la historia han ido olvidando por su apego a los razonamientos contrafactuales, las asunciones ahistóricas y el recurso al ceteris paribus.

Sin resolver sus implicaciones para la teoría, la obra de Mann reivindica la complejidad de las relaciones entre economía, sociedad y política, y es desde este punto de partida desde donde debe aumentar la comunicación entre ambas disciplinas emergentes. Pero con todo, la de Eric Jones es una sugerente economía histórica interpretativa que representa una bocanada de aire fresco dentro del panorama en el que se desenvuelve la historia económica, demasiado optimista acerca del valor heurístico de las fuentes cuantitativas que emplea, como afirma el propio Jones, y a la vez demasiado sumisa con una teoría económica que, cuando le lleguen las horas bajas, tal vez deba también recurrir a la historia para aumentar su autorreflexividad crítica.

01/09/1998

 
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