ARTÍCULO

En efecto, Julio

Galaxia Gutenberg, Barcelona
1408 pp. 58 €
Institución Alfonso el Magnánimo, Valencia
368 pp. 15 €
Edhasa, Barcelona
360 pp. 16,50 €
Debate, Madrid
394 pp. 20 €
 

De cuanto viene publicándose acerca de Julio Cortázar, un escritor en permanente estado de gracia que sigue ganando batallas después de aquella muerte imposible para quien parecía haber pactado con el diablo, poco lo ha sido con el rigor y la clarividencia de Saúl Yurkievich. Un autor en quien confluyen numerosos aspectos que lo hacen indispensable a la hora de aproximarse a la obra del escritor argentino, aunque nacido en Bruselas, ciudad que agasaja con lápida la casa cuna de Cortázar, y que llama «Enormísimo Cronopio» a este ilustre bruselense, aunque lo fuera por poco tiempo. Pero decía que Yurkievich es cortazariano esencial porque en él se unen rigor y conocimiento, esperables en quien llevó adelante la edición de la obra completa de Cortázar, en publicación por Galaxia Gutenberg, pero es que además este profesor y crítico literario y poeta argentino tiene mucho de conceptista, de jugador de los artificios pirotécnicos lingüísticos, lo que lo convierte en analista pionero de Julio Cortázar. Por citar uno de los ejemplos que Saúl Yurkievich desglosa en Julio Cortázar: mundos y modos, una silva de varia lección sobre un escritor todoterreno que se movió por la novela y el teatro, también por los ámbitos biográficos y traductores, pero a quien la posteridad parece relegar al territorio del relato tal vez porque Rayuela, tópico desmontado con agudeza por Saúl Yurkievich, es presa óptima para ser encasillada en el pecio del entretenimiento experimental.Aparte el Cortázar poeta, quien ya se deja ver en Contar y cantar: Julio Cortázar y Saúl Yurkievich entrevistados por Pierre Lartigue, sabroso capítulo del libro yurkievichano, pero que se muestra en plenitud en Poesía y poética, tomo cuarto de las Obras completas cortazarianas en edición, precisamente, de Saúl Yurkievich con la colaboración de Gladis Anchieri. Lástima que el papel poético, en absoluto desdeñable, de Cortázar quedase oscurecido por sus aportaciones narrativas. Porque muchos de los poemas que aquí se dejan ver –obviemos la afortunada gracieta de los «pameos y meopas»– resultan del mayor interés, y no sólo desde el aspecto de brillantez que inevitablemente acompaña a Cortázar. Degustador del endecasílabo, como sin darse cuenta, por sentir que por ahí respira el idioma, pero también artífice de ráfagas poéticas esenciales para entender por dónde alentaba el polifacético autor. De quien bien pudieron obviarse los poemas de El poeta púber, de interés –en todo caso– arqueológico. Sin embargo, resulta esencial el ensayo Imagen de John Keats no sólo porque es una aportación muy importante a los estudios keatsianos, sino también porque Cortázar introduce en él finísimo escalpelo en la normalmente mal analizada figura de Fanny Brawne, compañera ideal del poeta.Además, a través del riguroso ensayo es factible seguir, paso a paso, los métodos de trabajo de Julio Cortázar, un investigador que no dejaba de lado aquello que llamaban voluntad de estilo a la hora de acompasar severidad técnica con sensibilidad escritora.Y el don de la amenidad que evidentemente poseía.
De él resulta inspirado reflejo Cortázar sin barba de Eduardo Montes-Bradley, cineasta, periodista y documentalista que resulta, según se desprende de su opíparo libro, un cronopio de tomo y lomo. Un enormísimo cronopio él también, que va desmontando sucesivamente todas las capas de la cebolla biográfica de Julio Florencio, como así se firmaba en principio Cortázar. Un elemento despadrado, quien nunca terminó de aceptar la huida del hogar conyugal de su progenitor. Un caballero, por otra parte, sin ninguna relación con el cuerpo diplomático argentino, como insinúan las biografías canónicas cortazarianas. Quede, pues, su presencia en Europa, y de ahí el origen belga de Cortázar, como un misterio del que Montes-Bradley apenas apunta teorías, siempre desmitificadoras. Como lo es la totalidad de su volumen, empeñado en desmontar leyendas como la que apunta a las peculiares erres del gigante rayuelero como consecuencia de su fonética francesa. El propio Cortázar confesaría a Mercedes Milá que se trataba de «un defecto vocal» (p. 139). El libro de Montes-Bradley desmiente igualmente la especie propalada sin justificación alguna por Ernesto Golden en Los argentinos y la Guerra Civil española (Buenos Aires, 1996) que Cortázar hubiese pertenecido, durante nuestra contienda a una especie de socorro falangista argentino. Más llamativo resulta que el autor de Cortázar sin barba sitúe a los que hacen de éste un derechista en su primera época, en línea justificadora del compromiso cortazariano con la revolución cubana. Porque «para exacerbar el sentido que no tuvo la revolución cubana es imprescindible exaltar a priori la condición reaccionaria del converso» (p. 199). Y por ahí sigue este bien documentado libro, al que ilustran fotografías como esa de 1943 y en la que, coincidamos con Montes-Bradley, el parecido con Clark Kent es sorprendente.Y que hace decir al impertinente comentarista: «¿Qué haremos con tu imagen, san Cortázar? ¿Con cuál de todos nos quedaremos?» (p. 251).
Más pertinente y previsible, dentro de la buena factura del libro (deudor en gran parte de Aurora Bernárdez, la primera esposa del autor de Los premios), parece Julio Cortázar: El otro lado de las cosas, del profesor valenciano Miguel Herráez. Un biógrafo convencional que aborda paso por paso la vida –y obra– del objetivo de su esfuerzo.Y que no se complica la vida en marañas y requilorios, lo que sí hace Eduardo Montes-Bradley.Tampoco cuando aborda el caso Padilla, incidente por el que Herráez pasa de puntillas y a consecuencia del cual se produjo el divorcio entre numerosos intelectuales y el castrismo, resuelto por Julio Cortázar con un claro alineamiento del lado de Fidel Castro, aun consciente de lo poco que podía valer la «autocrítica y crítica hacia quienes le habían apoyado» (p. 222) que, una vez redactada por Heberto Padilla, culpable del grave delito de escribir Fuera de juego, un libro de poemas disidente, le permitiría abandonar la cárcel. Por lo demás, se trata de un libro muy aseado y repleto de buena intención hacia su protagonista, un hombre que tampoco quiso trascender su persona más allá de los libros que escribía. Y ello a pesar de que dijera de sí mismo, y transcribe Miguel Herráez: «No soy un escritor profesional. Soy un aficionado que escribe libros» (p. 294). En efecto, Julio, que diría Saúl Yurkievich.

01/04/2006

 
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