ARTÍCULO

Las profecías de Joaquín de Fiore

Trotta, Madrid
Trad. de David Guixeras
452 pp. 30 €
 

La impronta que dejó en su propio tiempo, así como la gran cantidad de seguidores tras su muerte, justifican la fama de Joaquín de Fiore (ca. 1135-1202) hasta el presente. Y esta fama justifica a su vez el intento de escribir una nueva vida de este personaje que reemplaza con éxito al ensayo biográfico de Herbert Grundmann.
La comprensión general de la obra de Joaquín es normalmente, aun entre las personas cultas de nuestros días, bastante insegura e imperfecta. Bien se imagina su figura como la de un místico, o un profeta apocalíptico con tintes de entusiasta «milenarista» (defensor de un ciclo de mil años de reino material de Cristo con sus fieles sobre la tierra antes del Juicio final y el paso definitivo de la humanidad a otro mundo, celestial), un fanático solo obsesionado con adivinar el fin de los tiempos, bien se simplifica hasta extremos insoportables la aportación teológica e historiográfica de Joaquín, limitándola a su concepción de una triple edad del mundo que lleva, cada una, la impronta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Pero Joaquín fue bastante más que eso: fue un intérprete concienzudo de la Biblia, un teólogo serio del misterio trinitario, un elaborador de una teología del monacato, que consideró la expresión más perfecta y sublime de la vida del ser humano sobre la Tierra. Joaquín fue consejero de los papas de su época, fundador de una congregación religiosa como variante del Císter, además de un hombre intensamente implicado en la historia de su tiempo.
La obra de Potestà procura poner de relieve la riqueza del pensamiento joaquiniano ensayando una nueva biografía del monje cisterciense desde una perspectiva historiográfica, esto es, desde la idea de que, para entender a Joaquín, su obra y su época, es preciso relacionar o, mejor, conectar estrechamente los hechos ciertos conocidos de su vida con las decisiones monásticas, las orientaciones políticas y eclesiásticas y las proyecciones teológicas que adoptó durante su existencia.
El éxito de Joaquín entre sus contemporáneos y seguidores consistió en saber relacionar estrechamente la historia de su época con los hechos bíblicos y su interpretación más profunda, que es espiritual, simbólica y tipológica: un personaje o hecho del Antiguo Testamento, denominado «tipo», tiene su correspondencia, o «antitipo», en el Nuevo Testamento y en la historia presente o inmediatamente futura. Sobre la base de unos treinta y cinco o cuarenta años de estudio de la teología de su época y de la Biblia, Joaquín creyó encontrar las claves para descifrar enteramente la historia, presentada como historia de la salvación, desde una perspectiva apocalíptica, es decir, desde la consciencia de estar viviendo los últimos tiempos del mundo presente.
Potestà pasa rápidamente sobre la vida del Joaquín anterior a la composición de sus obras para entrar muy pronto de lleno en materia ideológica: los primeros apuntes teológicos de Joaquín como autor, cuando era ya monje benedictino y abad de Corazzo, contenidos en la Genealogía, concluida en 1176. En esta obrita se ponen los fundamentos básicos del sistema: desde Adán hasta Jesucristo se han cumplido 63 generaciones (21 desde Adán hasta Isaac más 42 desde Jacob hasta Jesús, con una duración superior, cada una, a los treinta años); desde Jesús hasta el presente de Joaquín (1.176) han transcurrido también cuarenta generaciones (cada una de ellas con un promedio de treinta años). Ello significa que faltan algo más de dos generaciones –hasta más o menos 1.260– para el primer momento del fin del mundo, que se cumplirá en la generación número 42 desde Jesús (no en la 63). El número 42 –y no el 63, como se esperaría por paralelismo– corresponde a la suma de generaciones desde Jacob hasta Jesús, aparte de que el Espíritu ha indicado que en esta segunda parte de la historia del mundo hay una abreviación categórica del tiempo.
El resto de los capítulos van entreverando los episodios vitales con la historia de la composición del resto de las obras, que son muchas: tres escritos «mayores» y más de quince títulos menores que complementan o precisan la visión de las obras importantes. Estas son: la Concordia (o «acuerdo») entre el Antiguo y Nuevo Testamento; el Salterio de diez cuerdas (instrumento musical cuyo origen se atribuye a David), que investiga la vida interna y la «economía» de la Trinidad y su proyección en la historia del mundo, y la magna Exposición del Apocalipsis.
Estas obras fueron redactadas por Joaquín simultáneamente, como si escribiera en tres scriptoria a la vez. Además, las adaptó continuamente a los nuevos hallazgos de su interpretación escrituraria y a los hechos de la historia, y no dejó de corregirlas hasta casi el final de sus días, en 1202. La explicación de su contenido, junto con la historia de su composición en sus diversas fases, va aclarándose a la vez que se desarrollan los pasos de la vida de Joaquín, desde Corazzo hasta la fundación de una nueva versión del Císter (la abadía de Fiore), más dedicada a la contemplación, pasando por sus años de viajes a la curia papal y su contacto con el emperador Enrique VI, del Sacro Imperio Romano Germánico. Creo que Potestà ha conseguido con ello realizar una proeza: ir desarrollando la teología de Joaquín y su interpretación de la historia con una claridad, precisión y orden admirables. Al lector no le quedan puntos oscuros ni siquiera cuando Joaquín evoluciona tanto en su pensamiento que expone puntos de vista contradictorios.
Es auténticamente fascinante en la obra de Joaquín de Fiore la complicada doctrina sobre cómo están profundamente imbricadas la revelación de la Trinidad en su esencia con la historia humana. Hay tres personas en la Trinidad, por lo que hay tres «órdenes» de seres humanos: los laicos o «cónyuges», que se corresponden con la providencia del Padre; los clérigos o estamento eclesiástico jerarquizado, que se corresponden con la providencia del Hijo, y los monjes (con su culminación en el Císter) que se corresponden con la providencia del Espíritu Santo. Igualmente, y también porque existen tres personas en la Trinidad, hay tres tiempos de la historia: a cada uno de los tres órdenes corresponde en cada uno de esos tiempos o fases de la historia una función predominante, pero no exclusiva. Primero, el orden de los laicos/cónyuges que domina el tiempo del Antiguo Testamento (hasta Juan Bautista). Segundo, el orden de los clérigos, que corresponde al tiempo del Hijo o tiempo de la Iglesia (desde la Pascua hasta los momentos actuales de Joaquín); y, tercero, el orden de los monjes, que corresponde a los tiempos del Espíritu, los momentos finales del mundo antes del Juicio final (que, para entendernos, denominaremos como «milenarista», aunque según Joaquín esta expresión no hay que entenderla al pie de la letra). La historia va dando vueltas como si trazara círculos ascendentes, y pasa desde el dominio de las funciones menestrales de los laicos hasta la sublimidad del conocimiento otorgado por el Espíritu en esos momentos finales, donde el orden que domina es el de los monjes, dedicados a la contemplación de la verdad.
Potestà aclara como toda esta concepción está imbricada con la idea del fin del mundo inmediato hacia 1260, el mismo número de días que aparece en el Libro de Daniel 7, 25 («un tiempo, dos tiempos y medio tiempo») para significar los días en que el decimoprimer rey del Cuarto Reino (¿Antíoco IV?) luchará contra los hijos de Israel, y es el tiempo en el que los dos testigos del Apocalipsis 11, 3-12 predican antes de ser asesinados). El inicio de las tribulaciones finales comienza con la caída de Jerusalén en 1187 por obra de Saladino y seguirá su camino indicado por otros indicios, unas veces pensados como la caída posterior del Sacro Imperio Romano Germánico, o bien como una difuminación de este sin caída expresa y la llegada de anticristos (falsos cristianos y quizá los sarracenos).
Estas profecías no se cumplieron, y el fin del mundo no llegó, pero el sistema interpretativo de Joaquín tuvo notables seguidores en el curso de la historia, entre los que podemos señalar –aparte de sus estrictos continuadores de la Orden Florense– nombres ilustres como los de Roger Bacon (1214-1292), Arnaldo de Vilanova (1234-1313) y Jerónimo Savonarola (1452-1498). Pero Joaquín no se creyó jamás un profeta, sino un mero intérprete de la Escritura, en la que todo está revelado y en la que se descubre una sublime concordia y paralelismo de los acontecimientos del Antiguo Testamento y los de la Iglesia. Solo hace falta estudio, contemplación y ayuda del Espíritu para saberla interpretar.
El libro de Potestà no solo ayuda a comprender a Joaquín de Fiore, sino una buena parte del complejo e interesantísimo siglo xii, un tiempo en el que se alza la figura de Joaquín de Fiore como representante de una cultura bíblica que se asienta sobre la interpretación simbólica, espiritual y ante todo tipológica. Para los escolásticos de París, tan racionalistas, Joaquín de Fiore era hasta cierto punto un retrógrado, pero un retrógrado cuya fama perdura hoy en día.

01/12/2011

 
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