ARTÍCULO

El loco de Pest

 

La vida de Ignác Semmelweis (1818-1865) es un rompecabezas sin solución. Estamos ante un hombre cuyas concienzudas investigaciones, realizadas antes de cumplir los treinta años, lo llevaron a concebir un medio para controlar la devastadora epidemia de fiebre puerperal que arrasaba por entonces Europa. Semmelweis salvó las vidas de incontables mujeres y de sus hijos recién nacidos. Mostró cómo una aproximación estadística a los problemas de la medicina podía echar por tierra teorías sobre la enfermedad populares pero místicas. Su obra allanó el camino para que Pasteur dilucidara la teoría del germen. Hizo de la obstetricia una ciencia respetable. Y reveló cómo la eminencia y la autoridad profesionales podían provocar la estupidez extrema y los amargos celos.

Este emigrado húngaro, sin embargo, murió en Viena deshecho y solo, abandonado por su familia y sus colegas en un manicomio vienés. Hizo falta que pasaran cuarenta años para que fuera conmemorado en Pest, su ciudad natal. La controversia en torno a su vida prosiguió hasta la década de 1960, cuando se exhumaron y reexaminaron sus restos para devolverlos más tarde a su país natal. Aún hoy, los estudiosos de Semmelweis son partidistas. ¿Fue Semmelweis el causante de su propia destrucción, el Loco de Pest, como era conocido? ¿O fue la víctima de una difamación deliberada por parte de la clase médica racista, antisemita, anticientífica, decadente y asesina que imperaba en la Austria del siglo XIX ?

Semmelweis fue el cuarto hijo de un próspero tendero judío. Su educación, tanto en húngaro como en alemán, le hizo odiar la escritura, algo que habría de costarle caro en años posteriores. Empezó a estudiar Derecho, pero rápidamente cambió a Medicina, licenciándose en 1844, el mismo año en que fue habilitado para ejercer la tocología. En aquella época, el Allgemeines Krankenhaus de Viena era el hospital más grande y más famoso del mundo. Albergaba dos clínicas de obstetricia, la primera para enseñar a los estudiantes de medicina y la segunda para formar a las comadronas. En 1846, Semmelweis fue nombrado ayudante del director de la Primera Clínica Obstétrica.

La fiebre puerperal es una grave enfermedad que afecta a las mujeres durante el parto. Puede ser agresivamente infecciosa. Durante una epidemia de veinte meses que comenzó en 1821, por ejemplo, la fiebre puerperal mató a una de cada seis mujeres ingresadas por parto en los hospitales vieneses. Nadie sabía la causa. Una teoría cuya creencia estaba muy extendida culpaba a los aires nocivos; la consecuencia fue que se hicieron numerosos agujeros en los muros y las puertas de los hospitales en un intento desesperado de mejorar la ventilación. En 1864 se instaló incluso un costoso sistema de ventilación en la clínica de maternidad vienesa. Se introdujeron a través de los techos conductos de aire; por los pasillos se colocaron rejillas de hierro. Todo fue en vano.

Semmelweis se dio cuenta enseguida de que la tasa de mortalidad de las mujeres en la clínica para estudiantes de medicina era exactamente tres veces mayor que en la clínica para comadronas. Entre 1841 y 1846 calculó que 1.989 mujeres habían muerto en compañía de los estudiantes de medicina, de un total de 20.042 ingresos: un 9,9 por 100. Las cifras correspondientes para las comadronas fueron 691 muertes de un total de 17.791 ingresos hospitalarios: el 3,3 por 100. Las mujeres internadas en el Allgemeines Krankenhaus eran muy conscientes de estas diferencias. Las que ingresaban en la primera clínica imploraban ––«retorciendo sus manos», según Semmelweis– ser trasladadas a la segunda. Dar a luz en las calles de Viena era más seguro que dentro de los muros del más prestigioso centro médico de la ciudad.

Semmelweis estableció una correlación entre la vertiginosa incidencia de la fiebre puerperal y la introducción de autopsias en el hospital durante la década de 1820. Cuando su amigo Jakob Kolletschka, un catedrático de medicina forense, murió de una enfermedad indistinguible de la padecida por las mujeres con una fiebre puerperal mortal, Semmelweis llegó al convencimiento de que la raíz del problema se hallaba de alguna manera en la limpieza. Kolletschka se había cortado con un bisturí mientras practicaba una autopsia. Semmelweis sugirió que las partículas del cadáver habían entrado en contacto con la sangre de Kolletschka, provocando por tanto su muerte. Los estudiantes de medicina estaban expuestos a las mismas partículas de los cadáveres mientras practicaban las autopsias. Los estudiantes podían haber sido la fuente de la enfermedad que pasaba rápidamente a las mujeres a las que atendían a continuación.

Semmelweis probó su idea introduciendo nuevas normas de higiene en mayo de 1847. Obligó a que médicos y estudiantes se lavaran las manos con jabón y agua caliente, se cepillaran las uñas y se enjuagaran las manos con una solución de cloro hasta que quedaran empapadas. En junio, las tasas de mortalidad habían descendido sólo en un porcentaje muy pequeño. Cayeron aún más cuando Semmelweis se dio cuenta de que la transmisión de partículas de los cadáveres podía producirse de una mujer a otra. Era posible detener en seco la enfermedad según iba avanzando por una sala del hospital insistiendo simplemente en la desinfección con cloro de las manos del médico después de que examinara a cada mujer. Su aterradora conclusión fue que los médicos y sus estudiantes de medicina habían provocado una epidemia de muertes absolutamente evitable. Después del parto, el útero tenía que verse como una enorme herida recién abierta. Sólo la higiene obsesiva podía impedir que se convirtiera en un portal para que se introdujeran por él partículas fatales por medio de exámenes vaginales contaminados.

Se trataba de unos resultados asombrosos y convincentes. Pero Semmelweis, por razones que son aún objeto de disputa, no escribió sus hallazgos para su publicación. Lo que hizo, en cambio, fue dejar que sus colegas y amigos hicieran circular su descubrimiento. Ferdinand von Hebra era el director de la Revista de la Sociedad Médica de Viena y publicó artículos sobre los trabajos de Semmelweis en diciembre de 1847 y abril de 1848, invitando a que otros probaran su técnica de desinfección con cloro. Y Charles Routh, que era uno de los alumnos de Semmelweis en el momento de su descubrimiento, presentó un informe de los acontecimientos vividos en Viena a la Real Sociedad Médica y Quirúrgica el 21 de noviembre de 1848Véase Charles H. F. Routh, «On the Causes of the Endemic Puerperal Fever of Vienna», The Lancet, 9 de diciembre de 1848, págs. 642-643., escribiendo que la verdadera causa de la mortalidad por fiebre puerperal era la «falta de limpieza de los médicos y estudiantes de medicina presentes», sus manos se impregnaban con materia cadavérica al diseccionar, practicar autopsias y llevar a cabo operaciones obstétricas en cuerpos muertos. El doctor Semmelweis recomendaba a todos los estudiantes adscritos a su sección del Hospital de Maternidad que no manipularan materia muerta o, si lo hacían, les prohibía que realizaran ningún examen de las pacientes hasta el día siguiente. Y obligaba a todos los estudiantes a lavarse las manos en una solución de cloro antes y después de cada examen realizado a una persona viva. El resultado fue que el número de muertes se redujo de treinta a siete por mes, la tasa normal de mortalidad de la sección sólo para comadronasLa reacción ante este informe fue de escepticismo. Una persona del público criticó a Routh por prestar una atención insuficiente a las circunstancias de Viena: «Era bien sabido que Viena era el lugar más insalubre de Europa. La fiebre de un tipo bajo era muy frecuente en la ciudad. El hospital estaba situado en un lugar húmedo y estaba mal ventilado y sucio. Los estudiantes también eran cualquier cosa menos limpios», afirmó un tal D. Webster..

Aunque sus notables observaciones las conocían sólo un pequeño círculo de colegas muy próximos, la reputación de Semmelweis se vio afectada en los salones de la medicina vienesa. Europa se hallaba sumida en un período de caos a mediados de siglo y las revoluciones de 1848 dividieron a la academia vienesa al igual que habían dividido las calles de la ciudad. En marzo, el príncipe Clemens von Metternich, un destacado defensor de los derechos de reyes y emperadores, rechazó las propuestas de reforma democrática, enfureciendo a los estudiantes y a los miembros más jóvenes del profesorado que se mostraban favorables al cambio. Este grupo de disidentes creó una Legión Académica para ejercer mayor presión sobre el gobierno. Semmelweis fue un partidario entusiasta de la Legión, vistiendo su uniforme de sombrero con pluma, pantalones grises y chaqueta negra para dar sus clases. Semejante celo revolucionario desató la ira de la vieja guardia del hospital y especialmente del reaccionario jefe de la unidad de Semmelweis.

Johann Klein era uno de los muchos hombres que, como señaló en cierta ocasión el cirujano alemán Theodor Billroth, «se había criado en una camisa de fuerza intelectual con gafas oscuras delante de sus ojos y algodones en sus orejas». Klein rechazó los argumentos de Semmelweis en relación con la limpieza. Junto con sus colegas, probablemente se sentía enojado por el hecho de que este húngaro precoz estuviera haciendo que prácticas ortodoxas –y sus practicantes– parecieran no sólo ridículas, sino también peligrosas. De hecho, como señala Sherwin Nuland en The Doctor's Plague, fue Klein quien insistió en que los estudiantes de medicina examinaran los cadáveres en primer lugar, y fue él quien había relajado las restricciones para llevar a cabo exámenes vaginales durante el parto. Semmelweis parecía estar diciendo que las políticas de Klein eran la causa directa de la epidemia.

Cuando el nombramiento temporal de Semmelweis tenía que ser renovado en marzo de 1849, Klein bloqueó su solicitud, a pesar de los ruegos de colegas y superiores médicos, como el renombrado patólogo Karl von Rokitansky y el experto en diagnosis Josef Skoda. Semmelweis no pudo ni siquiera establecerse como médico independiente con el derecho de ingresar pacientes en un hospital. Más tarde, y muy de mala gana, se le concedió el estatus de Privatdozent, pero no era remunerado por su trabajo y tuvo que aceptar la ridícula condición de poder dar clase únicamente a sus alumnos utilizando un maniquí. Herido e insultado, abandonó Viena y se fue a Hungría sin decírselo ni tan siquiera a sus amigos o partidarios.

En Pest las cosas no eran mucho mejores. Sus padres habían muerto, la mayoría de su familia eran refugiados y al volver encontró sólo a su hermana y su único hermano, un sacerdote católico, que se habían convertido del judaísmo. Los niveles académicos en la Universidad de Pest eran bajos. En mayo de 1851 le concedieron una segunda oportunidad. Ocupó un puesto sin remuneración en la sección de obstetricia del Hospital de San Roque de Pest, donde volvió a introducir la desinfección con cloro con un extraordinario éxito en los resultados. Su trabajo le valió la cátedra de obstetricia teórica y práctica en 1855, cuando tenía treinta y siete años. Su vida parecía por fin asentarse. Contrajo matrimonio con Maria Wiedenhoffer, de veintiún años, y en 1858 publicó su primer artículo describiendo su trabajo en una revista médica húngara.

Pero de nuevo provocó el conflicto. La oposición a su trabajo parecía crecer cada vez con más fuerza. Por razones que siguen siendo oscuras, el gran patólogo vienés Rudolf Virchow denunció a Semmelweis. Y en medio de estas desagradables controversias, Semmelweis empezó a escribir el libro que al final destrozaría y cimentaría a un tiempo su reputación.

La etiología, el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal se publicó en 1861. Está dividido en dos partes. En la primera, Semmelweis compila una enorme colección de datos, presentados en sesenta y tres tablas detalladas, para construir una teoría sobre la transmisión de la fiebre puerperal. Además de sus observaciones entre las mujeres, incluía resultados de experimentos en conejos, que brindaban apoyo a su teoría de que las partículas procedentes de autopsias constituían el origen de la enfermedad. Es un tratado denso, pero que da fe de la extraordinaria meticulosidad con que llevó a cabo sus investigaciones. La segunda parte ataca a sus críticos. Escribió que los estudiantes de medicina a su cuidado sabían lo bastante de obstetricia moderna como para «ridiculizar a Virchow». Critica a Carl Braun ––que sucedió a Semmelweis en el Allgemeines Krankenhaus y que luego ocupó la cátedra de Johann Klein tras la jubilación de éste– por su falta de lógica elemental. Y llamaba a Friedrich Scanzoni, el catedrático de obstetricia de Würzburg que se había mostrado escéptico sobre sus teorías, un «observador abyecto» de sus descubrimientos.

El libro, aunque reunía todas las investigaciones de Semmelweis por primera vez en un solo volumen, fue recibido con duras críticas, y con terribles resultados para la asistencia médica. Porque incluso en 1861 la fiebre puerperal era una amenaza omnipresente. En una reunión de la Sociedad Obstétrica de Londres, por ejemplo, el doctor William Tilbury Fox informó de la «muy alta tasa de mortalidad» por fiebre puerperal entre 1833 y 1858, más de un tres por 100Véase William Tilbury Fox, «On Puerperal Fever», The Lancet, 23 de noviembre de 1861, págs. 500-501.. En el debate posterior, incluso los más grandes obstetras de Londres hubieron de admitir que «no sabían lo que era realmente la fiebre puerperal». El tratamiento habitual de la época incluía sangrías, sanguijuelas y mercurio. El presidente de la sociedad proclamó que «el obstetra no podía plantearse un objetivo más noble que la disminución de esta mortalidad».

Pero la Etiología de Semmelweis era un tratado ecuánime en comparación con las acusadoras cartas abiertas que hizo circular y que Nuland había traducido anteriormente en colaboración con Ferenc Gyorgyey. Se burlaba de Scanzoni por enviar «un importante contingente de asesinos involuntarios [sus alumnos] a Alemania [...]. Declaro ante Dios y ante el mundo que es usted un asesino y la "Historia de la Fiebre Puerperal" no sería injusta con usted si lo inmortalizara como un Nerón médico, en castigo por haber sido el primero en oponerse a mi teoría salvadora de vidas».

Su pobre juicio y su conducta errática no hicieron más que empeorar. Semmelweis vagaba por las calles de Budapest, refunfuñando y repartiendo panfletos dirigidos contra quienes se negaban a seguir sus enseñanzas. Parecía pasar de períodos de excitación y energía a una depresión que lo paralizaba. En julio de 1865 su aspecto era el de alguien que había perdido el juicio. El 21 de julio, en una reunión ordinaria del claustro de profesores de Pest, Semmelweis recibió una invitación para hablar sobre una vacante para un puesto de profesor en su departamento. Según un testimonio, se levantó y, de manera totalmente inesperada, empezó a leer el juramento de las comadronas. Una semana después, su esposa lo puso en manos de los psiquiatras: el encarcelamiento en un brutal manicomio sería una descripción más acertada. Murió el 13 de agosto, a los cuarenta y siete años.

La teoría largo tiempo mantenida ha sido que Semmelweis murió de una infección bacteriana de la sangre, provocada tras cortarse en un dedo, un resultado tristemente irónico a la vista de sus trabajos sobre la fiebre puerperal. Pero la exhumación de sus restos en 1963, junto con el descubrimiento de nuevos documentos en los años setenta, sugieren un final más trágico.

Parece que fue su esposa quien atrajo a Semmelweis al manicomio vienés. Él pensaba que estaba viajando primero a un balneario en Grafenberg y luego a Viena para visitar a Ferdinand von Hebra, su amigo y defensor desde hacía años, y trabajar en su casa. Nada más llegar, tres médicos, ninguno de los cuales era psiquiatra, aprobó su reclusión involuntaria en una de las más repugnantes instituciones de Viena. Se resistió a los esfuerzos por obligarlo, tras lo cual le pusieron una camisa de fuerza y lo encerraron en una celda oscura, donde fue golpeado por su obstinación. Cuando murió no mucho tiempo después, la prensa médica simplemente dio cuenta de su fallecimiento y no hubo obituarios reconociendo sus logrosVéase British Medical Journal, 26 de agosto de 1865, pág. 215. Su vida ha demostrado ser, no obstante, una fuente de inspiración para diversos escritores, como la tesis doctoral de Louis-Ferdinand Céline. Y el noruego Jens Bjørneboe escribió una obra teatral favorable estrenada en Oslo en 1969, titulada simplemente Semmelweis..

Sherwin Nuland, catedrático de cirugía en Yale e historiador de la medicina, ha estudiado la vida de Semmelweis durante casi treinta años. En 1979 brindó una radical reinterpretación de la biografía de este hasta entonces muy alabado médicoVéase Sherwin B. Nuland, «The Enigma of Semmelweis-an Interpretation», Journal of the History of Medicine and Allied Science , julio de 1979, págs. 255-272.. Utilizando un lenguaje típicamente colorista, describió la muerte de Semmelweis como digna del modelo de una obra de Sófocles: «un héroe, una verdad, una misión y finalmente una huida de apasionada arrogancia que acaba en la perdición». Semmelweis poseía un «defecto fundamental» en su personalidad. Tenía una «psique autodestructiva».

Las cosas podían haber sido muy diferentes, señala Nuland. En la época del descubrimiento de las causas de la infección en Viena, la clase médica austríaca estaba deshaciéndose de la costra de su pasado y una nueva generación de médicos con mentalidad científica estaba tomando el relevo. Rokitansky fue nombrado rector de la universidad en 1852. Hebra era director de una influyente revista. Pero cuando Semmelweis tuvo la oportunidad de explicar su trabajo, apenas dijo nada. El motivo habitual que se da para este silencio era su miedo a ser vulnerable a los ataques en vista de sus orígenes como un judío húngaro que hablaba un pobre alemán. Pero sí parecía tener una humildad conmovedora, escribe Nuland, también poseía una característica más peligrosa: «La realidad de su genio, de su inmenso descubrimiento, de sus poderosos amigos, nunca superó a su sensación aún mayor de falta de valía. Como en toda psicopatología, esa idea que tenía de sí mismo convivía con su contrario; una megalomanía, una furia y, por último, un imponente huracán de grandiosidad que lo arrastró a su destrucción».

Finalmente, Semmelweis habló. Leyó una ponencia a la Sociedad Médica de Viena en mayo de 1850. Triunfó sobre sus enemigos, pero una vez más –¿orgullo desmedido?, ¿pereza?, ¿inseguridad sobre la calidad de su alemán?– se negó a publicar sus argumentos. Nuland muestra una actitud desdeñosa en torno a la afirmación de que Semmelweis tenía un «alma herida». Acusa a Semmelweis de cobardía, de regresar precipitadamente a Hungría «porque era segura». En un artículo anterior, establece una cruel analogía: la de un hombre que «vuelve corriendo con su madre [...]. Se obligó a creer en la fantasía de su rechazo porque le daba la racionalización que necesitaba para regresar a toda prisa a los brazos protectores de esa madre». Pero la madre de Semmelweis había muerto en 1844 y, fueran cuales fueran sus motivos para volver en 1850, no lo hacía para estar con su madre. Estaba volviendo a su patria después de que su carrera hubiera quedado injustamente destruida en Viena. La acusación de Nuland es despiadada. Semmelweis, sostiene, era impetuoso. No consiguió crear una red de colegas que pudieran actuar como sus defensores. De hecho, abandonó a los pocos amigos que había conquistado. La oposición era, por tanto, inevitable, especialmente en vista de su mal genio y su orgullo herido. Su descenso a la psicosis fue rápido.

El artículo de 1979 de Nuland tuvo un poderoso efecto en los estudios sobre Semmelweis. El modo fundamentalmente respetuoso en que se había abordado el trabajo de este obstetra húngaro daba paso ahora a unas críticas desmesuradas. Nuland desarrolló aún más su teoría. En 1988, en una nueva versión de la historia para una serie de biografías médicasVéase Sherwin B. Nuland, «The Germ Theory Before Germs», en Doctors: The Biography of Medicine , Knopf, 1988, págs. 238262., llamó a Semmelweis «obstinado», «contumaz» y «testarudo». Semmelweis mostraba defectos de personalidad. Era «enérgicamente detestable», un «evangelista que arrojaba fuego del infierno» y una «aguijada con pretensiones de superioridad».

Aunque The Doctors' Plague se basa en buena medida en estas dos redacciones anteriores, Nuland ha aumentado la concentración de su ácido crítico. Hay incluso un destello de terquedad semmelweisiana en la versión de la historia que nos ofrece Nuland. Describe cómo su teoría sobre la muerte de Semmelweis no fue, al menos en principio, universalmente aceptada. Pero el «tiempo no ha hecho más que reforzar» su teoría y, sobre la perspectiva más amplia de la vida de Semmelweis, «mis argumentos básicos son los mismos que eran entonces [en 1979] y siento con más fuerza que nunca que son válidos». Este tono de certeza me recuerda a la visión que Semmelweis tenía de sí mismo hacia el final de su vida. Con sus investigaciones originales completadas hacía tiempo, Semmelweis aspiraba únicamente a convencer a otros de su punto de vista, y en términos cada vez más vigorosos. No había lugar para explicaciones alternativas o argumentos atenuantes.

Nuland critica a Semmelweis no sólo por negarse a publicar sus hallazgos a la manera académica convencional, sino también por su falta de rigor científico. Pero Semmelweis no era un académico como Rokitansky y Scanzoni. Era un médico que se había especializado en obstetricia. No tenía una formación científica avanzada ni ningún mentor que estuviera cerca de él: ciertamente no su superior Klein. No había nadie para aconsejarle diariamente en las sutilezas del protocolo científico. Nuland parece juzgar a su biografiado de acuerdo con las reglas de la ciencia médica comúnmente aceptadas del siglo XXI . Esto es injusto. Cuando Nuland arremete contra Semmelweis por lo que no sabía –el valor de la investigación de laboratorio, por ejemplo– se tiene la sensación de que no está dispuesto a tomar en consideración las limitaciones de la educación médica de Semmelweis y el entorno en que trabajó. Nuland ve los aprietos de Semmelweis como «fundamentalmente su propia culpa», su lucha «solitaria porque él eligió que así fuera».

Lo que resulta tan sorprendente sobre esta versión tan poco carititativa es la ausencia casi total de empatía y comprensión que muestra Nuland por un hombre que era víctima muy claramente de una seria inestabilidad psicológica. Nuland ha diagnosticado que Semmelweis padecía la enfermedad de Alzheimer. Pero las oscilaciones de carácter que caracterizaban la conducta de Semmelweis antes de su definitivo derrumbamiento mental podrían haber sido también consecuencia de una forma de enfermedad maníaco-depresiva. Nunca lo sabremos a ciencia cierta. Sí nos consta que los últimos años de la vida de Semmelweis estuvieron arruinados por síntomas de psicosis, síntomas que podrían haberse manifestado en una forma más mitigada en momentos anteriores de su carrera. Es posible que algunos de los elementos de la enfermedad de Semmelweis se encontraran ya presentes en la época de sus descubrimientos a finales de la década de 1840. Si es así, merece una compasión aún mayor.

Cualesquiera que fuesen las razones, Semmelweis se mostró incapaz de equiparar sus descubrimientos a una estrategia para descubrir cuál era el mejor modo de convencer a los colegas de su devastadora responsabilidad a la hora de provocar una epidemia. Este fracaso personal no le resta valor a la obsesiva tenacidad con que persiguió su causa. En 1970, el cirujano estadounidense Owen Wangensteen defendió que es a Semmelweis –y no al británico lord Lister– a quien debería atribuirse el desarrollo del principio de la antisepsiaVéase Owen H. Wangensteen, «Nineteenth Century Wound Management of the Parturient Uterus and Compound Fracture: The Semmelweis-Lister Priority Controversy», Bulletin of the New York Academy of Medicine , agosto de 1970, págs. 565-596..

De modo aún más significativo, el filósofo e historiador Codell Carter, con quien Nuland admite que tiene desacuerdos «interpretativos», ha defendido que Semmelweis fue uno de los primeros en darse cuenta de la necesidad de una única causa para explicar cada episodio de fiebre puerperal Véase K. Codell Carter, «Ignaz Semmelweis, Carl Mayrhofer, and the Rise of Germ Theory», Medical History, vol. 29 (1985), págs. 33-53.. Semmelweis anticipó la teoría del germen veinte años antes de que Pasteur la formulara explícitamente. En su ponencia de 1850, por ejemplo, Semmelweis defendió que, para cada mujer que caía enferma, sería posible rastrear el origen de su enfermedad hasta dar con materia orgánica animal en descomposición. Fue una contribución esencial a la teoría de la fiebre puerperal, así como a su control práctico.

Carter ha publicado una serie de observaciones muy originales y cuidadosamente validadas sobre Semmelweis desde que completó la única traducción inglesa moderna de la Etiología en 1983. Por ejemplo, demuestra que la teoría de que Semmelweis se esforzó poco por comunicar sus descubrimientos está muy equivocada. En 1847, junto con sus estudiantes, Semmelweis escribió cartas a destacados obstetras de toda Europa describiendo sus hallazgos y animándolos a enviar sus respuestas. Una carta de un estudiante, quizá la descripción más antigua que se conoce del trabajo de Semmelweis, fue enviada el 21 de diciembre de 1847 al catedrático Gustav Michaelis de KielVéase K. Codell Carter y George S. Tate, «The Earliest-Known Account of Semmelweis's Initiation of Disinfection at Vienna's Allgemeines Krankenhaus», Bulletin of the History of Medicine , vol. 65 (1991), págs. 252-257.. El estudiante describía la virulenta epidemia de fiebre puerperal padecida en Viena, que parecía resistente a cualquier tipo de intervención. Daba cuenta de detalles del descubrimiento de Semmelweis de que el útero era el lugar de origen de la enfermedad y de que estaba transmitiéndose «alguna sustancia nociva», muy probablemente una «infección de un cadáver». Explicaba la eficacia de lavarse con chlorina liquida . La carta concluye modestamente. El defensor de Semmelweis escribe que sus hallazgos «merecen atención y puede que alienten experimentos similares en otros hospitales de maternidad».

Extrañamente, a la vista del enorme interés en Semmelweis, siguieron aún descubriéndose nuevos secretos sobre su vida hasta bien entrados los años setenta. Nuland cita, por ejemplo, a Georg Silló-Seidl, un médico húngaro que, en 1977, encontró doce páginas de documentos relativos a él en los archivos de Viena. Revelaron por primera vez detalles del examen médico de Semmelweis inmediatamente antes de que lo enviaran al manicomio, la orden que lo envió allí, un informe médico de su estancia, el plan para su autopsia y un diagnóstico finalVéase K. Codell Carter, Scott Abbott y James L. Siebach, «Five Documents Relating to the Final Illness and Death of Ignaz Semmelweis», Bulletin of the History of Medicine, vol. 69 (1995), págs. 255-270.. Estos papeles describen su estado mental perturbado. Según el médico que lo examinó, Semmelweis «empezó a mostrarse indiferente con la familia [...]. Buscó oportunidades para entretenerse en otros lugares [...]. [Su manera de beber] excedía los límites de la moderación [...]. Su conducta pasó a ser más indecorosa [...]. Quienes están a su alrededor han percibido un incremento de la excitación sexual [...]. Ahora mantenía relaciones habituales con una prostituta».

Una vez dentro del manicomio, estaba excitado, confundido y agitado, hablando a voces, moviéndose de modo imprevisible, gritando ocasionalmente y atravesando fases de un tembloroso frenesí. Las entradas finales en el diario del manicomio describen su extinción solitaria: « se quitó sus ropas [y] estaba tumbado en [el] suelo [...] tartamudea de manera más perceptible [...]. Arrastra el pie derecho durante su andar amplio e incierto [...]. No conoce a nadie [...]. La mandíbula inferior le cuelga un poco [...] ojos vidriosos, semiabiertos [...]. Muerte por la tarde». Su esposa, Maria, no asistió a su funeral.

 

Traducción de Luis Gago.

© The New York Review of Books. www.nybooks.com

01/09/2004

 
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